Capítulo 15
—Pues ya está —dijo Noa.
Acabábamos de pararnos a unos metros del comienzo del camino que llevaba al control de seguridad.
Hacía una hora que llegamos al aeropuerto, tiempo en el que Lyn y yo facturamos las maletas y después fuimos con Noa a tomarnos unos cafés en una de las cafeterías.
Nuestra amiga nos había traído, ya que Lyn y yo ya nos despedimos el día anterior de nuestros padres.
—Te escribiré en cuanto aterricemos —le dije a Noa.
—Sí. —Asintió.
La abracé, apretándola a mi cuerpo, y cerré los ojos. Era la primera vez que íbamos a estar tanto tiempo separadas. A saber, cuánto.
—Cuídate —le pedí, después de darle un beso en la mejilla.
—No te preocupes por mí. Ahora tengo faena cuidando a Carlitos.
Sonreí.
—Cuídalo tan bien como sabes para que se recupere rápido —le pedí.
—Lo voy a hacer tan bien que acabará escondiéndose de mí, para que no lo encuentre.
Soltamos una carcajada.
Al final de la tarde del día anterior, Carlos vino al piso, para cenar con nosotras. Para entonces mis amigas ya sabían lo que le había sucedido y, sin sacar el tema porque entendíamos que no era nada agradable para Carlos, Lyn y Noa estuvieron muy pendientes de él.
De vuelta al momento del aeropuerto, cuando Lyn abrazó a Noa, yo me uní y le llenamos la cara de besos a nuestra amiga, antes de despedirnos definitivamente de ella. Hasta que volviéramos a hablar por teléfono.
Nos costó separarnos de Noa y cuando lo conseguimos, yo no miré atrás, hasta que no estuve muy cerca de la entrada del control de seguridad. Desde ahí, levanté una mano y Noa, que no se había movido, me imitó.
Por suerte, no le vi bien la cara, ya que si me daba cuenta de que estaba llorando, yo iría detrás. Tenía muchas ganas de llorar y a la mínima se me escaparían las lágrimas.
Ya lloré el día anterior. Un poco con mis padres, porque mi madre me puso melancólica, y después con mis amigos, durante la cena con Carlos.
Lyn y yo pasamos el control de seguridad sin problema, con las mochilas de viaje y los bolsos, y nos dirigimos hacia las escaleras mecánicas, para ir a la zona donde estaban los bares, las cafeterías, los restaurantes y las tiendas variadas.
Nuestros compañeros nos esperaban en una cafetería. Todos, sí, Rhys incluido. Por un mensaje de Rita, una compañera, sabíamos que ya habían ocupado una mesa.
Para esta aventura, Nerea, otra de las compañeras que viajaba con nosotras, creó un grupo con los ocho que formábamos el equipo que iba a Escocia, para estar en contacto de manera rápida.
—Estoy nerviosa —dijo Lyn.
La miré sonriendo.
—Yo ahora mismo no. Supongo que cuando lleguemos me volverán los nervios —comenté.
—¿No te pone nerviosa estar a punto de ver a Rhys?
Puse los ojos en blanco.
—¿En serio? ¿Qué tiene de diferente hoy? Es como cualquier otro día de trabajo.
—Ja… no te lo crees ni tú. Para empezar, es domingo y estamos en el aeropuerto. Y, para terminar, aquí estáis obligados a manteneros cerca el uno del otro y a veros todo el tiempo. Él no puede desaparecer —rio—. Joder, joder…
—¿Qué?
Fruncí el ceño.
—¿Te imaginas que va sentado a tu lado en el avión? —me preguntó con los ojos abiertos al máximo.
—Sí, claro… —Solté una carcajada—. Te recuerdo que yo voy en la ventanilla y tú a mi lado, por lo que, si le tocara en nuestra fila, serías tú la que lo tendrías sentado al lado.
—Pero estarías muy cerca, igualmente.
—Él irá en otra fila sentado con Brad —hablé convencida de ello.
—Tenemos que averiguarlo —dijo con una risilla.
Negué con la cabeza, mirándola divertida.
Cuando llegamos frente a la cafetería, no tardamos en dar con nuestros compañeros. Rita ya nos había visto y estaba preparada con una mano levantada. Lyn y yo le sonreímos y fuimos directas hacia la mesa.
—Hola —los saludamos hablando al mismo tiempo.
Nos correspondieron de la misma manera, mientras nos sentábamos en las sillas libres. Dejamos las mochilas en el suelo, entre nuestros pies, y nos quitamos las chaquetas acolchadas, para dejarlas colgadas en las sillas.
—¿Habéis pasado bien el control? —nos preguntó Santi.
—Sí. Ningún problema —contesté.
—Pues a César solo ha faltado que le pidieran desnudarse del todo —comentó Nerea, riendo.
—No fastidies —dijo Lyn, sorprendida y divertida.
—No me hacéis caso, pero la chica que le pedía que fuera quitándose capas lo hacía a propósito, y no por nada de seguridad —habló Rita.
—Nosotros nos lo hemos perdido —habló Brad—. Hemos entrado por separado y hace unos minutos que nos hemos encontrado aquí.
—¿Al final todo bien? —le pregunté a César.
—Estupendamente —contestó haciéndome un guiño.
—Genial —sonreí.
—Vamos a pedir —se dirigió a mí Lyn.
—Sí. ¿Queréis algo más? —les pregunté.
Tenían sus bocadillos en la mesa y cafés con leche o zumos.
—Si puedes traer una botella de agua te lo agradecería —me pidió Nerea—. Se me ha olvidado cogerla.
—Claro. —Asentí.
Me levanté con el bolso que todavía llevaba cruzado al pecho y seguí a Lyn hasta la zona donde estaban los bocadillos.
—No tengo tanta hambre —comentó Lyn, mirando por cuál decidirse.
—Yo tampoco, pero si nos sobra, nos los llevamos bien envueltos. Lo mismo nos entra hambre durante el vuelo o al llegar. No sé cuándo estaremos en el destino final y dónde podremos comer, porque nos vienen a buscar al aeropuerto.
—Tienes razón, mejor tener provisiones —rio—. Aunque llevamos bastantes en las mochilas.
—Pero no tan sanas como un bocadillo —comenté divertida, haciéndola reír de nuevo.
Lyn eligió un bocadillo de tortilla de patata y yo uno de lomo con queso. Cogimos tres botellas de agua, la de Nerea y una para cada una, y fuimos hacia la caja.
Le pedimos al chico que atendía que nos partiera los bocadillos. Nos hizo dos mitades de cada uno porque los queríamos compartir y después le pedimos los cafés con leche.
—Perdona —llamó su atención Lyn—. ¿Puedes darnos algo para tapar los bocadillos? Es que nos va a sobrar y no nos gustaría tener que recoger restos dentro de los bolsos.
—Claro —le respondió el chico, sonriendo.
—Mejor que servilletas, ¿no? —me preguntó.
—Dónde va a parar… Claro que sí —le contesté divertida.
Cuando lo tuvimos todo y pagamos, nos dirigimos a la mesa otra vez.
—Tienes que estar contenta, no te ha tocado Rhys a tu lado en la mesa —susurró mi amiga, a unos pasos de nuestras sillas.
La miré sin decir nada. No me molesté, ¿para qué?
Coloqué la bandeja en la mesa, le di su agua a Nerea, rechacé el dinero que quiso darme y después, me senté para disfrutar de mi desayuno.
Lyn acercó la bandeja hacia las dos, dejándola en medio. Mi amiga, para no tener hambre, enseguida se puso a comer. Yo primero endulcé el café y le di el primer sorbo.
Me sentí observada, pero en ningún momento creí que fuera por Rhys. Para nada. Él era el último para todo en mi lista de posibilidades, dado nuestro historial.
Me esforcé por controlar el impulso de levantar la cabeza para mirar a todos mis compañeros, para descifrar a qué venía la sensación que tenía.
No quería mirar directamente a Rhys, no más de lo que ya lo había hecho en una pasada visual rápida al llegar, porque estaba demasiado guapo y eso me cabreaba más que nuestra situación. Tenía el pelo como si se hubiera pasado varias veces los dedos, alborotado, pero le sentaba demasiado bien.
Para el viaje se había vestido cómodo, aparte de que no iríamos a la empresa porque, al ser domingo, quien nos recogería en el aeropuerto nos llevaría a las casas en las que viviríamos por el tiempo que estuviéramos en Escocia.
Llevaba puesto un chándal de sudadera con capucha.
Yo para viajar elegí una malla de color marrón chocolate con un jersey un poco ancho que me cubría hasta por debajo del trasero.
Este era de color beis y tenía el cuello ancho, por lo que me caía por un hombro, dejándolo al descubierto.
En los pies llevaba unas zapatillas casuales.
Más cómoda no podía ir, a no ser que hubiera venido directamente en pijama. Lyn optó por un pantalón vaquero ancho y una sudadera, con un calzado parecido al mío.
Mientras escuchaba la conversación animada de mis compañeros, a la que se unió Lyn, entre bocado y bocado, me comí la parte del bocadillo de lomo con queso porque el chico me lo había calentado y prefería el queso blando.
La otra mitad, la de tortilla de patata, la envolví y la metí en el bolso, porque con un trozo tenía más que de sobra. Hice lo mismo con la de Lyn; mi amiga me lo agradeció con la mirada. Ella también se decidió por comerse ahora el de lomo con queso.
Mientras comía, observé a mis compañeros, pasando la mirada rápido de unos a otros, para que ninguno me preguntara si me pasaba algo. Cuando me terminé el bocadillo, bebí un poco de agua y después continué con el café con leche.
Lo retiré todo, apartándolo, menos la taza. Esta la cogí rodeándola con las manos.
Y entonces sucedió. Al echarme un poco hacia atrás en la silla, llevándome la taza conmigo cerca de los labios, me encontré de golpe con los ojos de Rhys.
Nos mantuvimos la mirada, mientras a los demás les pasaba desapercibido el torbellino que se formó entre nosotros en cuestión de segundos.