La provocación del escocés Capítulo 14
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Capítulo 14

Caminando, recorrí la distancia que me separaba de la terraza del bar en el que trabajaba mi amigo Carlos.

Le escribí el día anterior para quedar hoy, pero todavía estaba esperando a que viera mi mensaje. También lo llamé, una única vez porque no quise insistir, pero la llamada se cortó sin que él descolgara.

Era muy raro y como me extrañaba, había decidido venir al bar a verlo. Necesitaba saber que no le había sucedido nada malo.

Era viernes, las nueve y media de la mañana. Yo hoy no trabajaba porque el domingo viajaba a Escocia y el jefe nos había dado el día libre para todas las cosas que necesitáramos hacer, por si había alguna que no se pudiera hacer en fin de semana.

Había sido un gran detalle y muy de agradecer. Yo lo único que tenía pendiente era comprarme algunas cosas de última hora, pero lo haría esta tarde, con Lyn y Noa.

El plan era ir al centro comercial y empezar por entrar al supermercado, para comprar varias cosas indispensables que quería llevarme. Lyn también quería comprar algunas cosas y, además, cogeríamos algo de comida para picotear durante el viaje.

Después, una vez dejáramos lo del supermercado en el maletero del coche de Noa, ya que nos moveríamos las tres en su coche, recorreríamos el centro comercial mirando las tiendas.

Yo quería encontrar un par de jerséis, algún pantalón y si veía una chaqueta que abrigara más que las que tenía, pues también caería. No quería pasar frío en Escocia.

Siempre podría comprarme allí lo que necesitara, pero si podía llevármelo desde aquí, comprarlo en mi zona segura, lo prefería.

El día queríamos cerrarlo cenando en un restaurante japonés y después irnos a relajarnos al piso, para dar el viernes por finalizado.

Lyn estaba viviendo con Noa y conmigo desde el lunes por la noche y nos iba genial. La prueba la había pasado con éxito. Lo decía por Lyn, porque para Noa y para mí, en ningún momento nos había hecho falta comprobar que encajábamos para convivir.

El martes, como anticipó Noa, fuimos las tres a la casa de los padres de Lyn, con el coche, y con la ayuda de ellos, cargamos el maletero con bolsas en las que iba de todo un poco. Lyn no se lo llevó todo, pero sí la mayoría.

Al llegar a la terraza del bar, la recorrí y entré en el local. Eché un vistazo rápido, pero no localicé a Carlos. Fui a la barra.

—Hola —saludé a Ricardo, otro camarero del bar.

—Hola, preciosa. ¡Vaya sorpresa! —sonrió.

—Espero que buena —dije con diversión.

—Siempre —confirmó con un guiño.

—Vengo a ver a Carlos.

—No está —me informó, demasiado serio.

Fruncí el ceño.

—Esta semana tiene el turno de mañana —comenté.

—Así es.

—¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo? Ayer le escribí y le llamé y no me contestó. No sé nada de él y es muy extraño. Y ahora no está aquí, cuando tendría que estar trabajando.

—Ven. Vamos fuera a hablar tranquilos —me pidió.

Rodeó la barra y nerviosa, lo seguí hasta la terraza.

—Cuando caen cuatro gotas, la gente huye de la calle —comentó, observando la terraza casi vacía.

Se refería a que el interior del local estaba lleno, mientras que en la terraza solo había un par de mesas ocupadas. Lo normal era que fuera al revés, pero, como había dicho Ricardo, había llovido un poco y eso bastaba para que la gente rehuyera igualmente de la lluvia.

Lo que no entendía, porque con el mal día habían montado la carpa y la terraza estaba cubierta. Vamos, que era imposible mojarse.

En este momento ya no llovía, pero el día continuaba muy oscuro.

—¿Dónde está Carlos? —le pregunté, insistiendo.

Ricardo soltó un suspiro y se giró hacia mí, quedándose de cara.

—Su padre lo ha jodido.

Agrandé los ojos.

—¿Cómo? No puede ser… Hace años que no sabía de él. Desapareció y pensábamos que…

—Ya… —Bufó—. Pues no. El ojalá estuviera muerto no nos ha servido de nada. Aunque suene mal.

Apretó la mandíbula.

—Cuando dices que lo ha jodido… —susurré.

—Se le apareció a Carlos en la calle. Debió seguirlo, porque lo pilló en una zona solitaria y por sorpresa.

Apreté los labios, para controlar el temblor.

—Le ha…

—Sí, le ha pegado una paliza —soltó con rabia—. ¡Joder! —alzó la voz y se presionó el puente de la nariz.

Tragué saliva.

—¿Cómo está? —pregunté con miedo.

—Regular y mal. ¿Sabes?

Asentí.

—Me llamó anoche para contármelo. Estaba muy jodido. Y después habló con nuestro jefe. No vendrá a trabajar por unos días, hasta que sus heridas dejen de ser visibles. El jefe le ha dicho que no se preocupe por nada. Ha querido ayudarlo más, pero Carlos no se ha dejado.

—Gracias.

—No hay de qué, Zoe. Lo único que pasará es que Carlos quiera acabar conmigo por contártelo —dijo con diversión.

—Nunca lo permitiría —hablé de la misma manera.

Nos dimos un abrazo y me fui, para ir directa al piso de Carlos. Sabía dónde vivía, por lo que, una vez estuve montada en la moto, me dirigí a su dirección.

Tardé menos de diez minutos en llegar y en estacionar cerca de la entrada del edificio, en el aparcamiento para motos.

Después de dejar bien la moto, caminé con decisión hacia la puerta del edificio. No tuve ni que picar al portero, ya que en ese momento salió una mujer y aproveché para entrar.

Subí por la escalera, ya que Carlos vivía en la primera planta y frente a su puerta, en el rellano, esta vez sí, piqué al timbre.

—Te he escuchado —le dije al cabo de unos segundos—. Deja de mirarme por la mirilla y abre —le pedí.

Cuando lo hizo, contuve la respiración al verle la cara.

—No tendrías que estar aquí, Zoe. —Negó con la cabeza.

—He venido porque estaba preocupada por ti. Ayer te escribí y te llamé.

—Ya… Lo siento —suspiró—. No tuve buen día, como ves.

—Yo sí que lo siento —susurré, dando un paso hacia él.

—¿Quién de los chicos te lo ha contado para que estés aquí?

—¿Importa?

—No. Solo era curiosidad —sonrió de medio lado.

Se apartó de la puerta para dejarme pasar y entré a su salón.

—¿Te duele mucho?

Lo miré preocupada.

—No es nada que con hielo y unos días no se vaya —contestó, encogiéndose de hombros—. ¿Quieres un café?

—Ahora no me apetece nada.

Alargó el brazo, para señalarme el sofá y asentí, antes de ir hacia él. Carlos caminó a mi espalda.

Me senté acomodándome de lado, para mirarlo de frente. Él hizo lo mismo.

Levanté la mano, para acariciarle la mejilla con cuidado. Tenía un buen golpe en ella y también en el ojo del lado contrario. En el cuello tenía unos arañazos muy feos.

—Estoy bien —susurró.

—Lo siento tanto…

—Lo sé. Por si sirve de algo, yo también le di una buena paliza y no solo eso, sino que está detenido.

—¿De verdad? —pregunté con sorpresa.

—Por fin, sí. Ya no tiene escapatoria ni puede actuar a la desesperada. Lo han pillado y pagará por todo lo que ha acumulado a lo largo de su vida, sumando mi denuncia de ayer.

—¿Qué te ha dicho la policía?

—Que no me preocupe por nada, que no saldrá.

—Joder, Carlos, no sabes cómo me alegro.

Me incliné hacia él para abrazarlo y nos mantuvimos de esa manera durante un rato.

—¿Te duele por mi culpa? —le pregunté susurrando, por el abrazo.

—No. Estoy estupendamente —contestó en un murmullo.

—Si necesitas algo, cualquier cosa… —Dejé la frase en el aire, cuando me separé de él—. Lo digo muy en serio. Aunque tenga que irme yo…

—Zoe, relájate. Ya ves que estoy bien; los golpes desaparecerán. Tú en lo único que tienes que pensar es en tu inminente viaje, porque supone muchísimo para ti.

Hablé con Carlos el martes, para contarle las últimas grandes novedades. En ese momento quedamos para ir a cenar al bar el sábado, como despedida, pero ya no iba a poder ser porque principalmente las chicas y yo íbamos por él.

—¿Ya lo tienes todo preparado?

—Más o menos —sonreí—. Tengo dos maletas abiertas en la habitación. He ido sacando cosas según me acordaba, pero lo más fuerte lo haré mañana. Tengo todo el día.

—Me alegro tanto por ti.

—Lo sé. —Asentí.

—¿Y qué tal con tu enemigo número uno?

—¡Oye… que solo tengo uno!

Reímos.

—Por eso mismo he dicho uno —aclaró con un guiño.

—La semana ha pasado como cualquier otra —le conté—. Después del lunes tan raro que tuve con Rhys, los demás días volvió a sus rutinas de siempre. O sea, que sigue ignorándome y haciendo como que no existo.

Me encogí de hombros.

—Estoy seguro de que en Escocia limaréis asperezas —comentó, sonriendo de medio lado.

Elevé las cejas, provocando que riera. Acabé sonriendo al verlo.

—Seguirá ignorándome —dije convencida de ello.

—No lo sabes. —Me hizo un guiño.

—Hasta aquí he llegado. —Levanté las manos—. Se acabó el hablar de ese hombre. —Bufé.

—Cobarde.

—¿Cobarde, yo?

Solté un jadeo, señalándome.

—Eso he dicho, sí —recalcó, sonriendo con picardía.

—¡Qué fuerte!

Rio de nuevo.

—Estaremos en contacto durante el tiempo que estés en Escocia, así que ya irás contándome cómo te va, por lo que espero oír los avances entre vosotros, por el cambio de país.

Puse los ojos en blanco.

—Claro, nos llamaremos y Lyn también te llamará. Además, Noa estará aquí y la verás más a menudo que de costumbre. Ya lo verás.

Sonrió de medio lado y continué hablando.

—Por cierto, ya que no iremos mañana al bar porque no estarás, ¿qué te parece si vienes tú a nuestro piso por la tarde, para cenar allí tranquilos los cuatro? Es un buen plan y no puedes decir que no, ya que el domingo nos vamos temprano para el aeropuerto. Noa nos lleva.

Hice un puchero.

—Quita esa cara de pena —me pidió con diversión.

Reí, porque no fallaba. Puchero que le hacía, cosa que conseguía.

—Acepto, pero avisa a las chicas. No quiero que se asusten al verme.

—Hablaré con ellas en cuanto las vea. ¡Genial, entonces! Pues mañana tenemos cena.

Aplaudí.

—Así descansas hoy. Nosotras estaremos liadas haciendo las compras de última hora para el viaje.

—¿Llevo algo?

—A ti mismo. Nada más —le contesté con un guiño, haciéndolo sonreír.