La provocación del escocés Capítulo 9
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Capítulo 9

Rhys

—Recuérdame por qué estamos aquí todavía —le pedí a Brad, muy serio.

—Es lo que nos conviene, sobre todo, a ti —me dijo, hablando bajo.

Sacudí la cabeza y dirigí la mirada a mi taza, que hacía unos minutos se había quedado vacía.

—Estoy hasta las narices.

Acaricié el asa de la taza, pensativo.

—Tío, yo actuaré según lo que necesites. Lo sabes, ¿no?

—Claro que lo sé.

—Ya viene —me advirtió.

—Estupendo.

Olivia no tardó en ocupar la silla de la que se había levantado para ir al baño. De la misma manera que no perdió el tiempo para acercarse más a mí, tomando distancia de Brad.

Mi amigo puso los ojos en blanco.

—¿Nos pedimos otro café? —preguntó Olivia, dirigiéndose solo a mí.

—Pide lo que quieras, yo lo haré cuando me apetezca —le contesté, tranquilo y serio.

Ella hizo un puchero, antes de llamar la atención de una de las camareras.

Miré a Brad, al gran amigo en el que se había convertido. Fue un gran descubrimiento cuando comenzamos a trabajar en la empresa y desde entonces pasábamos muchísimas horas juntos. Tanto en el horario de trabajo como fuera de él, en nuestra vida privada.

Brad me cayó bien desde que lo conocí y encajamos de maravilla. Tanto que a las pocas semanas de estar trabajando juntos se lo presenté a Drew, mi mejor amigo. Ese fue el inicio de nuestro grupo reducido de amistad y desde ese primer día lo que teníamos solo había hecho que crecer.

No me encontré con su mirada, ya que lo pillé observando detrás de mí. No necesité preguntarle a quién estaba mirando, porque no era una cosa, sino una mujer por la que últimamente estaba cada vez más interesado: Lyn.

Y en la misma mesa estaba Zoe. Tamborileé los dedos junto a la taza, mientras mis pensamientos me alejaban del lugar en el que estaba.

Me sucedía muchas veces y en casi todas ellas agradecía que fuera así. Aunque esta vez no lo conseguí del todo, ya que, a pesar de meterme en mi mundo, levantando barreras a todo lo que me rodeaba, aun así, podía notar la presencia de Olivia muy cerca de mí.

Cómo me tocaba los cojones, y no en el buen sentido.

—Rhys, ¿me oyes?

Hice una respiración profunda, parpadeé varias veces rápido y giré la cabeza hacia Olivia.

—¿Qué? —le pregunté.

—Menos mal. Pensaba que no me oías —rio.

—Estaba muy tranquilo sin escuchar ruidos, sí.

Mis palabras la dejaron callada, al referirme a su voz como un ruido y no uno agradable.

—Deberías ir yendo —intervino Brad.

—Pero acabo de pedirme otro café —dijo ella.

—Tómatelo tranquila —le pedí.

Me levanté de la silla, sin darle tiempo a reaccionar. Me puse la chaqueta y metí las manos en los bolsillos del pantalón.

—Ya nos veremos en algún momento del día —le hablé.

—Claro. Aunque puedo olvidarme del café y acompañarte.

—Brad viene conmigo, por si te has olvidado de él —comenté con una tranquilidad que no sentía.

Olivia hizo una mueca de disgusto. Mueca que me pasé por cierta parte de mi cuerpo.

Mi amigo se puso a mi lado y cuando yo di los primeros pasos hacia la puerta de la cafetería, él le dio una despedida rápida a Olivia.

No pasamos por la barra a pagar ni pedimos la cuenta antes de dejar la mesa. No hacía falta porque, como volvíamos sobre las diez y media u once de la mañana para desayunar, en ese momento pagábamos todo lo del día.

Salimos de la cafetería, para quedarnos resguardados por el pequeño techado de la entrada.

—¿Cómo lo ves para correr? —me preguntó Brad.

—Da igual cómo lo vea. No nos queda otra que hacerlo.

—Joder, no me apetece mojarme —se quejó, con un suspiro.

Evité decirle que más que mojarnos íbamos a terminar empapados. Y eso que solo debíamos dejar atrás la acera en la que estábamos, cruzar la carretera y llegar al otro lado, hasta el edificio que teníamos justo en frente.

—Terminaríamos igual si tuviéramos paraguas —comenté.

—Ya… El agua cae en todas las direcciones y el aire que se ha levantado… Me están entrando ganas de irme a casa.

Sonreí de medio lado.

—Prepárate —le pedí.

Me cerré la chaqueta, subiendo la cremallera, y después tiré del cuello, para que me cubriera lo mejor posible. Brad hizo lo mismo a mi lado, quejándose.

Salí corriendo de repente, para no darle tiempo a que se lo pensara. El insulto que soltó cuando me vio me hizo reír y de esa manera, entre risas, porque se las contagié, me siguió y llegamos empapados al interior del edificio.

—Joder… —Bufó, sacudiéndose la chaqueta.

Yo me pasé las manos por el pelo, retirándome el exceso de agua. No fue suficiente, más bien lo empeoré, pero poco más podía hacer sin estar en un baño.

—Qué mierda de día —continuó quejándose Brad—. De verdad, esto no es un buen comienzo.

—Anda, vamos al baño de esta planta —le propuse—. Seguramente no nos crucemos con nadie. Podremos estar tranquilos.

—Tiene gracia que después de llegar una hora antes, vayamos a entrar tarde a trabajar —dijo riendo y sonreí.

—Oficialmente no es así. Ya estamos en la empresa y el tiempo empieza a contar desde ya. —Le hice un guiño.

—En momentos como este me alegro de que Olivia bese el suelo que pisas —comentó con diversión.

Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza, dejándole clarísimo lo que pensaba yo sobre que Olivia fuera una directiva y una superior para todos los científicos que trabajábamos en este edificio. Aunque Brad sabía de sobra cuál era mi opinión al respecto.

Caminamos recorriendo la planta principal, yendo directos hacia los baños más apartados y solitarios que había.

Al entrar, como esperábamos, nos encontramos el baño vacío, por lo que nos movimos por él con total libertad. Lo primero que hicimos fue secar las chaquetas, sin quitárnoslas, hasta que entramos en calor y nos deshicimos de ellas. Había dos secadores de manos y cada uno utilizamos uno.

Mantuvimos las chaquetas debajo del chorro de aire caliente, para continuar secándolas mientras las sujetábamos con las manos.

Cuando más o menos nos quedamos conformes, para que terminaran de secarse por sí solas, nos quitamos los calzados e hicimos lo que pudimos con ellos y los bajos de los pantalones.

—¿Cómo mierda nos hemos mojado tanto? —preguntó cabreado Brad.

Apreté los labios, con diversión.

—Es lo que suele pasar cuando te pones debajo de mucha agua —comenté al cabo de un rato.

—Ja, ja, ja… Muy gracioso, tío.

—Tú has preguntado.

Solté una carcajada al escuchar su bufido.

—Y encima hoy tenemos una reunión con el jefe de la empresa —se lamentó—. Si es que estoy viendo el desastre, seguro que no es para darnos ninguna noticia buena.

—Como sigas así de pesimista, no me acerco más a ti en todo el día —le advertí.

Ambos sabíamos que eso no sucedería, pero mis palabras valieron para que se quedara callado y se relajara un poco.

En un silencio cómodo, continuamos cada uno a lo suyo, hasta que nuestra tranquilidad se vio interrumpida al abrirse la puerta.

Y lo que menos esperaba sucedió de repente. Mis ojos conectaron con los de Zoe, cuando nuestras miradas se encontraron. La suya, sorprendida, por varios motivos. Bien lo sabía yo.

Lyn se quedó un paso dentro del baño y Zoe a su espalda, debajo del marco de la puerta.

—Ho…la —dijo Lyn, cuando se recompuso.

Ella tampoco esperaba encontrarse con nadie en este baño y menos con Brad y conmigo.

—Eh. Hola —le devolvió Brad.

—Volveremos luego. Entraremos cuando salgáis —dijo Lyn.

—No hace falta —se apresuró a decir Brad—. Podemos compartir el baño sin problema, para que no os retraséis mucho más.

Mientras ellos hablaban, Zoe y yo no apartamos la vista del otro. Incluso diría que dejamos de parpadear o que lo hicimos mucho menos, manteniéndonos la mirada.

—Bueno… —Carraspeó Lyn—. ¿Qué te parece? —le preguntó a su amiga.

Ese fue el final de nuestra conexión, cuando desvió la atención hacia Lyn.

—A nosotros ya nos queda poco —añadió Brad.

—No hay problema —dijo entonces Zoe, hablando más bajo de lo normal.

Mi amigo sonrió de oreja a oreja, al mismo tiempo que asentía hacia ella. Fue su manera de darles las gracias, porque se quedaban y no huían de tenernos cerca. Aunque en realidad, el problema solo lo tenían conmigo, sobre todo, Zoe.

Cuando entraron en el baño y Zoe cerró la puerta, ambas se dirigieron a un banco que había pegado a la pared. Este no tenía respaldo; la pared hacía de apoyo porque el banco solo era el asiento alargado.

Se sentaron en él y agacharon las cabezas, para descalzarse. También se habían empapado bien.

Sin que ella me viera, observé con atención a Zoe. Llevaba el pelo suelto. Me encantaba su jodida melena. En este momento ya no lucía como en la cafetería, porque, aunque ella creyera que pasaba desapercibida para mí y que nunca la miraba, estaba muy equivocada.

Esta mañana la localicé antes de que ella me viera, desde la acera de enfrente de la cafetería, cuando la vi a través de la cristalera.

Estaba sentada a una mesa, con la vista perdida hacia la calle, y no dejé de mirarla hasta que Brad llegó a mi lado.

Segundos después me vio ella, al cruzar a la otra acera.

Como había dicho, su melena había perdido por el momento el brillo y el volumen, ya que tenía el pelo mojado y se le había apelmazado. Le goteaba agua.

La chaqueta se le había mojado, lógicamente, pero era acolchada y suponía que por dentro estaba bien.

Desvié la mirada justo a tiempo, antes de que Zoe me pillara. Se incorporó para apoyar la espalda en la pared y yo bajé el cuerpo, para poner la cabeza debajo del chorro de aire del secador de manos.