Capítulo 8
—Buenos días —dio un saludo general Lyn, al entrar en la cafetería.
Se dirigió a las camareras y todos los que conocía que estaban sentados a las mesas.
—¿Lo de siempre? —le preguntó Mireia, otra camarera.
—Sí —le confirmó Lyn, mirándola sonriente, mientras caminaba hacia mí.
—Hola, preciosa —se dirigió a ella Brad.
—Hola, guapo —le correspondió ella—. Rhys.
Rhys asintió hacia ella, a modo de saludo.
Sí, yo era la única invisible para ese hombre. Tampoco era que él interactuara mucho con mi amiga, pero el saludo no se lo negaba, así como tampoco una breve conversación si era necesaria.
—Buenos días a la más hermosa del lugar —me dijo.
Reí y negué con la cabeza. Lyn se paró a mi lado para darme un beso en la mejilla, antes de ocupar la silla de enfrente.
Cuando estuvo sentada, dejó el bolso en la mesa, para colgar la chaqueta en la silla. El bolso fue el siguiente.
Leire vino a nuestra mesa con el café con leche de Lyn.
—Gracias.
—No hay de qué —le dijo con un guiño, antes de continuar con su trabajo.
La cafetería comenzaba a llenarse, aunque aún faltaban unos minutos para que todas las mesas estuvieran ocupadas.
—¿Qué tal? —le pregunté.
—Bien. El autobús se ha retrasado un poco, pero como no iba a llegar con mucha diferencia, no te he avisado. He tenido suerte de que no ha llovido —sonrió.
—Sí. Yo también, para no llegar pasada por agua.
—Lo tuyo hubiera sido peor —rio y sonreí—. ¿Por qué no te piensas en serio lo de comprarte un coche?
—Estoy bien con mi Vespa —contesté, encogiéndome de hombros.
—Pero para días como el de hoy es un rollo. Si tuvieras un coche, te moverías protegida. —Hizo una mueca.
—Sé muy bien lo que supondría tener un coche —reí, negando con la cabeza—. Pero no. Soy feliz con mi moto.
—Jo, qué cabezota. —Bufó.
—Échale la culpa a mi padre. He salido a él.
Reímos.
—El día que se te rompa la moto y no tenga solución, entonces mirarás un coche.
—Lo primero no va a ocurrir nunca —le dije con un guiño.
—Joder, ya te digo —rio—. Con lo que la cuidas… Va más al taller que yo a la peluquería.
Solté una carcajada.
—Eso es porque solo vas una vez al año a que te corten las puntas.
—Eso, encima recuérdame lo poco que me crece el pelo —se quejó, poniendo los ojos en blanco.
Apreté los labios.
—Yo estoy pensando en hacerme un cambio radical —le dije.
—¿En serio? ¿Cómo qué?
Ambas cogimos nuestras tazas para beber café.
—Hace tiempo que lo tengo en la cabeza, pero lo he ido dejando pasar.
—Eso es porque no te atreves, lo que quiere decir que el cambio sería muy grande. —Agrandó los ojos.
—Claro. ¿Qué entiendes tú por cambio radical? —le pregunté con diversión.
—Pero tienes una melena preciosa —suspiró—. Ya me gustaría a mí tener el cabello como tú.
—A veces es necesario cambiar, salir de la zona de confort.
Me encogí de hombros.
—¿Por qué ahora? ¿Te ha pasado algo que yo no sepa?
—Todo está bien, como siempre. No tengo ninguna excusa para hacerlo, simplemente que se me ha metido en la cabeza.
—Bueno, te hagas lo que te hagas, vas a estar igual de divina —me dijo con un guiño.
—Gracias —le devolví el gesto—, pero tu opinión de amiga no cuenta un lunes por la mañana que tengo esta cara.
Me la señalé riendo y también esquivando sus manos, porque intentó darme con ellas.
—Eres muy tonta. —Bufó.
—Ha empezado a llover con fuerza —comenté, hablando más bajo.
Me quedé mirando cómo las primeras gotas mojaban la acera.
—Sí —susurró Lyn.
En silencio, bebimos de nuestros cafés observando la calle.
—Oye, Zoe…
—¿Mmm…?
No aparté la vista de la lluvia. El agua cada vez caía con más intensidad.
—¿Hoy te ha dicho algo? ¿Un gruñido al menos?
La miré de reojo, con las cejas elevadas.
No hacía falta que mencionara a quién se refería; solo con evitar hacerlo ya me daba la información para que yo lo supiera. Más que nada porque el nombre de Rhys estaba prohibido delante de mí.
—Vale. No —se contestó a sí misma, al ver mi reacción.
—Y espero que siga siendo así —comenté, pensativa—. No quiero ni pensar en la posibilidad de que alguna vez me hable o que deba tenerlo delante de mí.
Negué con la cabeza.
—No lo entiendo.
—¿En serio? —le pregunté sorprendida.
—Joder, por tu parte, claro que la entiendo. Te ha hecho muchos feos. Cuando he dicho que no lo entiendo, ha sido porque ha pasado mucho tiempo desde que sucedió lo del ascensor, la primera vez que os visteis. Joder, ya hace años de eso y duró pocos minutos.
—Pues imagínate lo rencoroso que es —dije de mala gana—. Ya está, Lyn. ¿Vale?
—De acuerdo. Se acabó hablar de todo eso —suspiró—. He sacado el tema porque…
—Porque lo sacas siempre que te piensas que me ha afectado algo de él —terminé por ella y sonreí—. Estoy perfectamente. Nada de lo que haga ese hombre puede afectarme.
—Claro, claro…
Mi amiga levantó las manos y yo utilicé las mías para coger mi taza y beber unos sorbos más de café.
—La que faltaba… —susurró Lyn.
Por su comentario supe enseguida a quién se refería. Solo había una persona a la que mi amiga no soportaba y esta era Olivia.
No era la única; yo tampoco llevaba nada bien su presencia. Y ya, cuando abría la boca…
No entendía qué mierda hacía Olivia en la empresa. Apareció un día, de buenas a primeras, cuando llevábamos tan solo unos días trabajando.
Su llegada fue inesperada y sin sentido, porque ocupó un puesto en la empresa que con anterioridad a ella no existía y encima uno de directiva. Para flipar, y más teniendo en cuenta que tenía vía directa con todo el departamento científico y ella no tenía ni idea de lo que significaba eso.
A saber, los estudios que tenía, porque alguno relacionado con lo que hacíamos en los laboratorios, ya os digo que no.
Se dedicaba a pasearse por todas partes y, como no, el mismo día que llegó comenzó a pegarse a Rhys como una lapa. Allá donde estaba él, aparecía ella sin venir a cuento.
Así llevaba años y eran muchos los rumores que se escuchaban sobre ellos.
La empresa estaba dividida entre los que aseguraban que tenían una relación muy ardiente, porque ella parecía gritarlo con sus poses, actitudes y comportamientos, para dejarlo bien claro, y después estaban los que negaban que tuvieran una relación, pero sí comentaban que esos dos eran más de sexo sin compromiso.
El final de ambas versiones era el sexo, por lo que daba igual lo que tuvieran de más. Punto.
—¿Otro café? —le pregunté a Lyn, para que me mirara a mí.
Desde la aparición de Olivia no se cortó para observar en su dirección.
—Es que es ridícula, joder —dijo con un bufido.
—Ignórala —le pedí.
Aunque no me contestó a lo del café, llamé la atención de Leire. Al estar cerca de nosotras, me vio enseguida y le dije por señas que nos trajera otros dos cafés. Asintió y me centré de nuevo en mi amiga.
—Lyn…
—Me da rabia porque pone nervioso hasta a Brad.
Puso los ojos en blanco. Miré de reojo hacia la mesa de Brad y Rhys, en la que ahora también estaba Olivia. Nunca perdía el tiempo.
—Se le ve incómodo, sí —estuve de acuerdo, refiriéndome a Brad.
—Pobre —suspiró.
—La culpa la tiene su amiguito —aseguré—. No frena nada. —Negué con la cabeza—. Que hagan lo que les dé la gana en la intimidad, pero un poquito de comportarse bien delante de las demás personas.
—Qué rabia. —Bufó.
—Relájate. Nada de lo que pase en esa mesa va con nosotras. Además, Brad es mayorcito para levantarse y alejarse de ellos, si no está cómodo.
Me encogí de hombros.
—Sé que tienes razón, pero me sigue dando pena.
Lo dijo haciendo un puchero y sonreí.
Leire se acercó con nuestros cafés y después de coger las tazas vacías y de hacer algunos comentarios sobre la lluvia, nos dejó solas.
Endulcé mi café, escuchando una palabrota susurrada de mi amiga y la risa escandalosa de Olivia.
Estaba claro que esta mañana no sería como las demás, antes de entrar a trabajar. Entre unos y otros nos habían robado la paz, al menos por unos buenos minutos.
Cada mañana que llegábamos a la cafetería, lo normal era que no hubiera nadie conocido. De hecho, tardaban en aparecer, por lo que nosotras podíamos estar tranquilas y relajadas.
Hoy era mucho pedir eso, por lo que me aislé de todo, menos de Lyn, de cómo llovía y de mi café.
A la mierda todo lo demás, lo que desaparecería en cuanto me encerrara en mi zona de trabajo. Ahí sí que era feliz.
Estaba dejando la taza en el platito, cuando mi móvil vibró en la mesa.
Al desbloquearlo, vi que era un mensaje de Noa. Lo había enviado al grupo que compartíamos las tres. Lo abrí y se lo enseñé a Lyn. Esta sonrió al leerlo.
Noa: ¡Mierda de día! Joder, me encanta la lluvia, pero no cuando me moja mis zapatos de doscientos euros. Sí, imaginadme llorando. ¡Qué injusticia tan grande!
Comencé a escribirle.
Zoe: Sobrevivirás, cariño. No te preocupes. Y tus zapatos también.
Lyn: Peor lo tenemos nosotras, que no hemos podido estar tranquilas desde que llegamos a la cafetería. Sí, imagíname bufando porque es lo que acabo de hacer.
Miré divertida a Lyn y ella soltó una risilla.
Noa: ¿Qué narices os ha pasado?
Lyn: El que no puedo nombrar y Olivia. En pack.
Noa: Mierda…
Lyn: Eso mismo pensamos nosotras.
Noa: ¿Se han caído de la cama hoy?
Zoe: Ojalá fuera verdad.
Noa: Cariño… ¿Todo bien?
Zoe: Claro, aunque estaría mejor sin ciertos personajes por aquí cerca.
Noa: Ya… En cuanto podáis, hacedles una zancadilla. Hacedme caso, os sentiréis como reinas después.
Lyn y yo reímos, por su ocurrencia.
Noa: Os tengo que dejar. Ya estoy en el baño para arreglar un poco el desastre que tengo de las rodillas para abajo. Cualquier cosa importante, decídmelo por aquí, que lo veré en cuanto pueda.
Noa: ¡A por el jodido día! Que nadie ni nada pueda con nosotras.
Lyn: ¡Nosotras vamos a vencer al día! ¡Vamos!
Apreté los labios.
Zoe: Besos.