La provocación del escocés Capítulo 7
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Capítulo 7

Cuatro años más tarde…

Zoe

—Llegaré para comer a las tres y cuarto —le dije a mi madre, a través del teléfono.

—Vale, cariño. No corras, que tu padre y yo te esperamos a la hora que sea.

Sonreí.

—Te dejo ya, voy a la cafetería.

—Yo voy a darme prisa, que al final Berta sí que va a tener que esperarme —rio.

Se refirió a su amiga, con la que salía cada mañana a caminar. Hacía un año que cogió esa costumbre, cuando mi padre y yo la obligamos a que lo hiciera.

Nos preocupamos en una de sus visitas al médico, ya que este le dijo que era importante que hiciera ejercicio cada día, por su salud. El médico le aseguró que con dar paseos largos cada día tendría suficiente y eso precisamente era lo que hacía mi madre.

Por suerte, se animaba y no le costaba salir de casa al ir con Berta, quien no dudó en animarla desde el principio. Ambas crearon una rutina que les venía genial.

—Dile a Berta que llegas tarde por mi culpa —le pedí con diversión, haciéndola reír.

Desmonté de la moto y abrí el asiento, para guardar el casco dentro. Hacía un rato que lo dejé colgando del manillar, al descolgar la llamada de mi madre.

—Te quiero, cariño. Saluda a Lyn y que os vaya bien el trabajo.

—Gracias, mamá. Yo también te quiero. Nos vemos luego.

—Claro. Besos, cariño.

—Besos.

Colgué sonriendo y no perdí la sonrisa mientras caminaba por el estacionamiento de la empresa.

Todavía no iba a entrar, ya que siempre venía bastante antes, al igual que Lyn. Quedábamos en la cafetería de enfrente de la empresa, para tomarnos el segundo café del día, sin prisas.

El primero no podía faltarnos antes de salir de nuestras casas. En mi caso, del piso que compartía con Noa. Lyn, como Noa y yo, no había cambiado. Vivía todavía en la casa de sus padres, ya que no había tenido la necesidad de irse.

Eso hasta hacía unas semanas, porque desde entonces había comenzado a plantearse un cambio.

En una de nuestras conversaciones tranquilas en el piso en el que vivíamos Noa y yo, le propusimos que se mudara con nosotras.

No fue la primera vez, pero en esa última ocasión pareció que tuvo efecto en ella.

El piso era grande, tenía dos habitaciones libres.

Una estaba convertida en despacho y en él trabajábamos Noa y yo algunos fines de semana, cada una en lo suyo, pero la otra habitación estaba preparada con un armario, una cómoda y una cama.

Todo muy solitario, hasta que Lyn se quedaba por las noches, cuando dormía con nosotras algunos fines de semana. Últimamente era bastante a menudo.

Noa y yo no le sacábamos el tema para no agobiarla con la insistencia. Estábamos esperando a que en cualquier momento nos dijera que aceptaba venirse a vivir con nosotras.

Al entrar en la cafetería no vi a mi amiga, por lo que me tocó elegir mesa. Había personas porque era una zona en la que se agrupaban varias empresas, pero al ser temprano se podía elegir mesa.

Me dirigí hacia una de las que estaban pegadas a la cristalera, para así entretenerme mirando hacia la calle.

Ocupé una silla y le sonreí a la camarera que se acercó a atenderme.

—Buenos días, Zoe.

—Buenos días, Leire —le correspondí.

—¿Un café con leche?

—Sí —le confirmé.

—Vuelvo enseguida con él —me dijo con un guiño.

Me quité el bolso que llevaba cruzado al pecho y después la chaqueta, para dejar ambos colgados de la silla. De un bolsillo interno de la chaqueta saqué el móvil.

Comprobé que Lyn no me había escrito, lo que era buena señal. Si fuera con retraso, ya me habría avisado, por lo que seguramente estaba a punto de llegar. Venía en autobús.

En el tiempo que había pasado desde que la conocí, no se había atrevido a conducir. Noa se había ofrecido a darle unas clases, para que perdiera el miedo que le provocaba ponerse frente a un volante y circular por las carreteras, después de tantos años sin hacerlo.

Lyn tenía el carné, se lo sacó al poco de cumplir la mayoría de edad, pero desde que tuvo un pequeño accidente con el coche de su padre, unos meses después de sacarse el carné, le cogió miedo y al no intentar corregirlo rápido, el tiempo había ido pasando y lo de volver a conducir ya era historia. Así la conocí cuatro años atrás.

Leire, la camarera, me dejó en la mesa mi café con leche y le sonreí, agradecida. Lo endulcé enseguida y lo removí, para cogerlo con ambas manos. Me lo llevé a los labios y le di el primer sorbo, después de soplar para no abrasarme los labios.

Bebí varios sorbos pequeños y seguidos, mientras observaba hacia la calle. Todo se veía muy gris, por el día que hacía. Dirigí la mirada hacia el cielo, pensando en que me había librado de mojarme para venir, lo que no sabía si sucedería para irme.

Estaba muy nublado, a punto de llover, por lo que no era uno de los mejores días para moverme en moto.

Todavía continuaba con mi Vespa, la que me regalaron mis padres para ir a la universidad.

Habían pasado años desde entonces, pero la moto iba genial.

Con lo que la cuidaba, como para que no fuera de esa manera…

Noa y Lyn se metían conmigo, siempre con humor, porque tenía mi moto reluciente. La mimaba mucho, y también se reían de mí porque le hablaba a la Vespa. A mí me daba igual y contraatacaba hacia ellas con la información que tuviera al alcance en ese instante, sobre cualquiera de mis amigas.

¿Y qué, si le hablaba a la Vespa? Era como hablar con una misma y la mayoría de las personas, por no decir todas, en algún momento de sus vidas lo hacía. Yo era una experta en hablar sola.

De repente, el cielo se iluminó por un relámpago y pocos segundos después resonó un trueno. Se me fueron los ojos al cielo, otra vez.

La calma estaba a punto de terminar y vaya si tuve razón, pero no precisamente porque comenzara a llover. Hubiera preferido mil veces la lluvia y mojarme en el corto camino a la empresa, que ver cruzar la calle al hombre que menos soportaba del universo.

Este no era otro que Rhys. De pelo castaño, corto por los laterales y más largo en la parte de arriba. Tenía los ojos color miel, con unas pestañas que ya las quisiera yo para mí.

Oh, sí, había tenido la desgracia de estar tan cerca de él que pude apreciar muchos detalles. Una de esas veces fue la primera ocasión que lo vi, en el ascensor.

De mandíbula marcada y facciones perfectas, con unos labios carnosos en su justa medida que invitaban a muchas cosas y con un cuerpo de escándalo, era una tortura andante. No, tantos detalles no eran porque me gustara, pero sabía que nunca pasaba desapercibido, tanto para mujeres como para hombres.

A su lado caminaba su amigo Brad. Con él me llevaba bien, pero cuando estaba cerca de Rhys, yo no daba pie a mucho, lo que solía suceder la mayoría de las veces que coincidíamos.

A ellos les sucedió como a Lyn y a mí. Se conocieron en el proceso de selección de la empresa en la que trabajábamos y día a día fueron haciéndose amigos.

Me constaba que eran buenos amigos, no solo dentro del horario de trabajo.

Aparté la vista de la cristalera, en cuanto pisaron la acera de la cafetería. Comencé a disimular, de repente nerviosa. Era el efecto que me provocaba ese hombre y no lo entendía.

Me daba mucha rabia, pero después de muchos intentos durante los años que habían pasado, llegó un momento en el que dejé de intentar que no me afectara verlo o tenerlo alrededor. Y mejor aún, dejé de cabrearme por ello.

Lo había aceptado y por suerte, lo ocultaba tan bien que nunca nadie se había dado cuenta de lo que Rhys conseguía con su sola presencia. Lógicamente, mis amigas lo sabían, al igual que sabían que el nombre de Rhys estaba prohibido mencionarlo, ni siquiera hacer alusión al dueño del nombre.

Cogí el móvil de la mesa y lo desbloqueé, justo a tiempo, cuando escuché la puerta de la cafetería. Me entretuve mirando cosas, obligándome a mantener la vista hacia abajo.

Pero claro, como muchísimas veces, las cosas no podían salir como las planeábamos.

—Zoe —me llamó Brad.

No me quedó más remedio que levantar la cabeza. Hice como si lo buscara con la vista, cuando sabía perfectamente dónde estaba. Los había seguido de reojo.

—Buenos días, Brad —lo saludé.

Ignoré por completo a su amiguito, como era nuestra manera de actuar. No había día que Rhys no me evitara y, cuando no nos quedaba más remedio que compartir espacio, simplemente pasaba de mí con una facilidad increíble.

A veces me preguntaba si en realidad no me veía, porque no fallaba nunca. Me refería a que, durante todos los años que nos habíamos cruzado, jamás se le había ido la vista hacia mí. Ni una sola vez.

Si no recordaba mal, la última vez que me miró fue el día que coincidimos frente a la empresa, cuatro años atrás, justo cuando ambos ya sabíamos que nos habían elegido para trabajar.

En aquella ocasión fue la última en la que nuestras miradas se cruzaron, mientras él estaba a punto de entrar en el edificio de la empresa y yo estaba en esta misma cafetería, observándolo desde la cristalera.

—Buenos días, preciosa —me devolvió el saludo Brad, sonriente—. ¿Hoy estás sola?

Se sentó en una silla en la que se quedó mirando hacia mí. Agradecí inmensamente que Rhys estuviera dándome la espalda, sentado enfrente de Brad.

—Lyn debe estar al llegar —contesté.

Sonreí, porque desde hacía un tiempo Brad se interesaba mucho por mi amiga.

En ocasiones creía que se acercaba más a mí para saber cosas de ella, porque siempre tenía preparada una pregunta sobre Lyn.

Hacía parecer casuales las preguntas, como si no tuvieran importancia, pero cada vez estaba más segura de que su interés escondía algo grande.

Tampoco era justo que pensara que Brad se acercaba a mí por Lyn, ya que sabía que yo le caía muy bien. Cosa difícil e increíble, por quien tenía de amigo.

Eso me gustaba muchísimo de Brad, que, independientemente de que su amiguito Rhys y yo no nos soportáramos, él iba por libre y me valoraba sin tener en cuenta la inexistente relación entre Rhys y yo. Solo por eso se merecía mi amistad y la tenía.

—A ver si no le pilla la lluvia porque cada vez está más feo el día —comentó Brad, mirando hacia la calle.

Yo hice lo mismo y no tardé en sonreír, en cuanto vi a Lyn caminando rápido hacia la cafetería.

—Salvada —le dije a Brad—. Ya ha llegado.

Él sonrió de medio lado y asintió.