Capítulo 5
—Joder —dijo Noa, muy emocionada de repente.
—¿Qué os pasa? —preguntó Carlos, apareciendo en ese momento con el vaso de cerveza para Lyn.
Noa y Lyn le pidieron silencio, al mismo tiempo que me señalaban. Entonces Carlos se dio cuenta de que estaba hablando por teléfono y me pidió perdón en un murmullo.
Yo no pude dirigirme a él de ninguna manera. Me había quedado en shock.
—Tranquila, Zoe. Es normal —me habló con amabilidad la mujer, desde el otro lado de la línea.
Puse toda mi atención en la conversación—.
Hemos tenido algunos problemillas que han retrasado lo de la contratación del nuevo personal; por eso nos hemos retrasado tanto.
Si todavía estás interesada en el puesto de trabajo, enhorabuena, porque lo has logrado: es tuyo.
Solté un pequeño grito que no pude controlar, levantándome de golpe de la silla. Del ímpetu con el que lo hice, la tiré al suelo y Carlos me hizo el favor de recogerla. Yo no estaba para mucho más.
—¿De verdad? —pregunté nerviosa.
—De verdad —me contestó risueña, confirmándomelo—. ¿Sigue interesándote?
—Por supuesto que me interesa —respondí precipitadamente—. Es mi sueño.
Lyn y Noa también se habían levantado de sus sillas.
Estaban abrazadas, mirándome emocionadas.
Carlos no se movió y al ver su cara, supe que estaba interpretando bien la escena, por lo que supo lo que estaba sucediendo.
Tenía una gran sonrisa en los labios, ya que en varias ocasiones le comenté cosas sobre el proceso de selección.
—Entonces ya puedo decirte oficialmente: bienvenida a SISR.
—Gracias —dije con un nudo muy grande en la garganta.
—Mi nombre es Sheena.
—Encantada, Sheena.
—Pronto nos conoceremos en persona. En unos días seré yo la que vuelva a ponerme en contacto contigo, pero a través de un correo.
Te lo comunico para que estés pendiente y lo revises.
En el correo indicaré el día que tendrás que venir a la empresa y todos los demás datos que necesitas saber para ese día.
—Estaré atenta.
—Perfecto. Hasta entonces, Zoe.
—Hasta pronto, Sheena.
Cuando colgué, bajé el móvil y me quedé mirando fijamente la pantalla. En el momento que conseguí reaccionar y levanté la mirada, solté un grito y me uní a los saltos de mis amigas.
Agarradas, mientras saltábamos en el sitio, conmigo gritando que lo había conseguido, que me habían contratado, lloramos y reímos. Hasta Carlos se nos unió unos segundos, lo que nos hizo parar, por el ataque de risa que nos entró.
—Joder, cariño. ¡Qué pasada! —me dijo emocionada Noa.
Me abrazó con fuerza y le correspondí de la misma manera.
—Lo has conseguido. ¡Felicidades! —añadió.
Le di un beso en la mejilla, mientras ella se retiraba las lágrimas.
—Enhorabuena, Zoe. Me alegro muchísimo por ti —me habló Carlos y lo abracé.
—Muchas gracias —susurré.
Cuando nos separamos, me giré hacia Lyn. Me dio mucha pena que ella no estuviera celebrando lo mismo que yo y por unos segundos no supe qué decirle.
—Ni lo pienses. —Chasqueó los dedos hacia mí—. No pasa nada. ¿Me oyes? Yo tendré más oportunidades, pero ahora lo importante es que tú estás dentro. ¡Joder, qué fuerte! —rio.
La abracé y cerré los ojos.
—Muchas gracias —murmuré.
—Estoy muy feliz por ti, Zoe.
Mi felicidad no era completa, por ella, pero no podía ocultar la alegría por lo que me había sucedido.
—Cambia esa cara —le pidió Lyn a Noa, ya que estaba igual de triste que yo por Lyn.
Carlos se mantuvo en silencio, respetando el momento. Nos observó con curiosidad, ya que él no sabía nada sobre Lyn, más allá del tiempo que hacía que llegó al bar y la conoció. Aunque por lo que acababa de oír comenzó a atar cabos de lo que estaba pasando.
Cuando volvimos a nuestras sillas, con Carlos a un lado de la mesa, brindamos con los vasos de cerveza. Carlos lo hizo con uno imaginario, para no perderse el brindis.
Reímos y al tranquilizarnos, un poco más calmadas, le agradecimos el detalle cuando nos dijo que a las primeras tapas invitaba él. Lo que quería decir era que esta noche nos iríamos sin pagar, porque las raciones eran grandes y no podríamos repetir.
—Decidme qué tapas queréis —nos pidió Carlos.
—Yo elijo las… —empezó a decir Noa, pero se quedó callada de golpe, al escuchar el grito de Lyn.
Los tres la miramos. Acababa de sacar su teléfono del bolso.
—Ay… —dijo ella, con un jadeo.
—¿Qué pasa? —le pregunté—. No me digas que… Ay —repetí.
Lyn se quedó mirando la pantalla del móvil, con los ojos abiertos al máximo al no saber quién la llamaba.
—Joder, joder… —Alzó la voz Noa—. ¡Descuelga de una vez! —tuve que decirle, para que lo hiciera.
Hasta ese punto llegó Lyn, por los nervios, pero reaccionó rápido y descolgó.
—Hola —habló.
Y entonces lo supe, o más bien lo corroboré por las lágrimas que se le escaparon de los ojos a ella. Noa se tapó la boca por el mismo motivo que yo. Me levanté de la silla para acercarme más a Lyn.
Le rodeé los hombros con un brazo, mientras ella hablaba con Sheena. Pude escuchar el tono de voz de la mujer al otro lado de la línea, aunque sonara lejano. Lo tenía muy reciente y lo reconocí.
La conversación de Lyn con Sheena se dio parecida a la mía, con un final idéntico.
—¡Me han cogido! ¡También estoy dentro de la empresa! —exclamó alzando la voz, en cuanto colgó.
—Diosss… —Jadeó Noa.
Yo la abracé con más fuerza, riendo y muy feliz por Lyn.
—Enhorabuena, cariño —la felicité.
—Lo he conseguido, Zoe —me dijo llorando.
—Sí. Lo has logrado porque eres increíble y te lo merecías —sonreí.
—Tú también —habló entrecortadamente.
—No voy a discutírtelo —comenté con diversión.
—¡Sois la leche, joder! —exclamó Noa y reímos—. Ven aquí —le pidió a Lyn, levantándose de la silla—. No veáis lo que me estáis haciendo trabajar hoy, precisamente cuando me había propuesto moverme solo lo necesario —rio—. Felicidades, preciosa.
Se abrazaron.
—Gracias —dijo emocionada Lyn.
—Bueno, bueno… Pues parece que también voy a tener que invitaros a unas copas después. Al final me vaciáis la cartera —comentó con diversión Carlos, haciéndonos reír.
Pasábamos de las risas al llanto en segundos, pero con lágrimas de felicidad.
—Enhorabuena, Lyn —se dirigió a ella Carlos—. Me alegro mucho de las buenísimas noticias. Supongo que estáis juntas en eso, ¿no? —Me miró a mí.
—Sí —le confirmé—. Conocí a Lyn hace unas semanas, en la primera entrevista del proceso de selección —le conté.
—Es fantástico. Os habéis llevado el premio gordo: una buena amistad y el trabajo de vuestros sueños. Definitivamente, esta noche voy a quemar la tarjeta para invitaros a todo lo que queráis. Estoy por pedirle fiesta a mi jefe y unirme a vosotras.
Soltamos una carcajada.
—Déjame hablar a mí con tu jefe —le pidió Noa—. Te aseguro que lo convenceré rápido.
—Preciosa, si te lo propones, lo convences hasta de que te deje el coche una semana. Y eso sería un milagro —comentó con diversión Carlos.
Volvimos a reírnos, con ganas.
—Joder, estoy flipando —suspiró Lyn—. Todavía no me lo creo. —Hizo un puchero.
—Yo estoy igual. Y después de lo tuyo ya… —Negué con la cabeza.
—Vamos a trabajar juntas —dijo emocionada.
Asentí con una sonrisa de oreja a oreja.
—Vamos a decirle qué tapas queremos porque al final va a tener fiesta indefinida, como aparezca su jefe y lo despida por no hacer nada. Esta noche es de celebración, no de penas —comentó Noa.
—¿No estarás hablando de mí? —le preguntó Carlos, con diversión—. Porque, para tu información, llevo horas sin parar de hacer cosas.
—¿Por qué lo despediría? Está atendiendo de maravilla a unas clientas —habló risueña Lyn.
—Gracias, preciosa. —Le hizo un guiño Carlos.
Lyn se ruborizó un poco. Todavía debía acostumbrarse a estar con Carlos para que no le afectara.
Por fin elegimos la comida. Cada una dijimos una tapa y nuestro amigo se fue para que comenzaran a prepararlas.
—La felicidad me ha abierto el apetito —dijo Lyn, riendo.
Tenía una cara de felicidad…
—Te saciarás —le aseguró Noa—. Y nos costará terminarnos toda la comida.
—¿Tan grandes son las raciones?
—Sí —le confirmé—. Y cada bocado de comida merece la pena. Ya mismo lo comprobarás.
—Voy a aprovechar para llamar a mis padres, antes de que Carlos regrese. —Lyn se levantó de la silla, despacio—. Me alejo un poco porque seguro que vuelvo a gritar con mi madre.
Reímos.
—Ve tranquila —sonreí.
Noa y yo la seguimos con la vista. Lyn salió del límite de la terraza del bar y se alejó solo unos pasos.
—Menos mal —dijo Noa, sin dejar de observar a nuestra nueva amiga—. Me ha sabido fatal que tú sí y ella no —suspiró y me miró a mí—. Entiéndeme, con lo tuyo me hubiera puesto como loca a celebrarlo.
—Lo entiendo perfectamente. No tienes ni que decírmelo.
—Ya… es que estaba conteniendo la emoción porque entiendo que, aunque Lyn estuviera feliz por tu suerte, ella llevaría por dentro su tristeza.
—Yo me he sentido peor que tú, créeme. Como si le hubiera robado el puesto.
—Pues me parece que las tres hemos pensado lo mismo, aunque fuera por unos segundos.
Se encogió de hombros.
—Pero bueno… ¿En serio? —me hice la ofendida.
—Y tan en serio —me confirmó, soltando una carcajada.
Se cayó cuando le lancé a la cara una bolsa de servilleta que arrugué con la mano.
—No voy a preguntar a qué ha venido eso —dijo Carlos, apareciendo por detrás de mí.
Noa y yo reímos.
Carlos negó con la cabeza, sonriendo, mientras dejaba en la mesa la primera tapa.
—Las otras dos enseguida están —nos dijo.
—¿Has hablado con tu jefe? —le preguntó Noa.
—No —contestó con diversión—. Hay mucho trabajo y no estaría tranquilo si dejo de trabajar ahora. Mis compañeros y yo vamos a tope, estamos al completo, pero os prometo que para las copas ya podré sentarme con vosotras.
—Estupendo —hablé animada.
Carlos se fue para continuar con su trabajo y Noa y yo nos contuvimos para no probar la tapa, hasta que Lyn volviera.