Capítulo 3
En cuanto pisé la calle, me paré y cogí una gran bocanada de aire.
No había sido rápido, pero por fin había terminado todo.
Dejé atrás el edificio de la empresa, al que no sabía si volvería alguna vez, para caminar por la acera hacia el paso de cebra.
Tenía que cruzar al otro lado, ya que Lyn me esperaba en la cafetería, como quedamos. Ella llevaba un poco más de una hora esperándome, ya que la llamaron bastante pronto para su entrevista.
Delante de mí había visto pasar a muchos de los que estaban en la sala, incluido al hombre del ascensor. Por suerte, no tardó en ignorar mi presencia.
No tenía ni idea de cómo le había ido a Lyn. Desde que María vino a la sala a llamarla y mi nueva amiga se fue, no había vuelto a verla. Ni siquiera desde lejos.
Gracias a ella la espera se me hizo muchísimo más llevadera, hasta que me quedé sola. En la sala no perdimos el tiempo. Este nos cundió para intercambiar nuestros números de teléfono, ya que ambas queríamos mantener el contacto, y para hablar de nosotras.
Ya sabíamos lo más importante de cada una, sobre nuestras familias, nuestros amigos y también de los estudios y los títulos que conseguimos con mucho esfuerzo y dedicación.
Hablar de los años que habíamos pasado inmersas en los estudios nos dio para estar entretenidas un largo rato. Aún nos quedaba mucho por saber la una de la otra, pero nuestro comienzo no había podido ser mejor.
Elegí perfectamente la silla en la que sentarme en la sala, pensé sonriendo.
Al entrar en la cafetería, sonreí al localizar a Lyn en una mesa. Estaba al fondo del local y ella no me vio hasta que no me acerqué.
—Ay… ¡Ya está! —exclamó, levantándose.
Reí y le devolví el abrazo que me dio.
—Sí. Se acabó —le confirmé.
Nos sentamos y un camarero vino a atenderme.
—Un café con leche —le pedí—. Que no esté muy caliente, por favor.
El chico asintió.
—Yo quiero otro igual —le dijo Lyn.
—Enseguida vuelvo —comentó él, sonriente.
Cogió la taza vacía de Lyn y se fue.
—¿Cuántos te has bebido ya? —le pregunté con diversión.
—El que he pedido será el cuarto.
Reí, negando con la cabeza.
—¿Y eso es bueno o malo? —Quise saber.
—Creo que estoy un poco acelerada. Lo noto en pequeñas cosas y en las palpitaciones que tengo aquí… —habló de carrerilla y se tocó el pecho.
—¿Solo un poco acelerada?
Arqueé una ceja y ella rio.
—No pasa nada —le quitó importancia, moviendo una mano al aire—. Lo tengo controlado y será el último. Ya paro hasta dentro de unos días.
Reímos.
—¿Por qué no pides otra cosa? Todavía estás a tiempo. Si te notas muy acelerada, tendrías que…
—De verdad. Estoy bien —me interrumpió, con una gran sonrisa—. Gracias por preocuparte.
—Vale.
—Lo que pasa es que me están saliendo hacia fuera todos los nervios que he acumulado hasta la entrevista —suspiró—. Por eso estoy así.
—¿Cómo te ha ido? —Me interesé.
—Estoy muertecita de miedo —contestó riendo—. No tengo ni idea. —Hizo una mueca graciosa—. Durante la entrevista y después de ella, mi sensación ha sido buena. Todavía lo siento así.
—Entonces es que te ha ido genial —hablé convencida.
—Yo qué sé. —Bufó—. Quiero creer que sí, pero es que, aunque hubiera dejado encandilado al hombre que me ha entrevistado, somos muchos para los pocos puestos que hay.
—No sabemos si todos los que estaban en la sala iban para nuestra especialidad —le dije, para subirle el ánimo.
Aunque el mío estaba igual de pesimista.
—Es verdad —habló pensativa—. Había varios puestos para varias áreas.
—Pues eso. —Le hice un guiño.
—¿Y a ti? ¿Cómo te ha ido?
—Es mi segunda entrevista y, como te he contado antes, en la primera supe que el trabajo no sería para mí.
En esta tengo tantas probabilidades de que me cojan para trabajar, como que no.
El resultado final es que me siento satisfecha por cómo ha ido, así que estoy contenta.
—Me encogí de hombros—. Ahora toca esperar.
—Me alegro. —Dio una palmada.
El camarero volvió con nuestros cafés con leche y se lo agradecimos, antes de que nos dejara solas de nuevo.
Endulcé el mío y lo removí, para darle el primer sorbo. Me sentó genial.
—¿No quieres nada más? —me preguntó Lyn—. Has venido corriendo y es lo primero que te echas al estómago.
—Por ahora estoy bien así. Hasta que no pase un rato y consiga relajarme del todo, no me entrará apetito. Los nervios me cierran el estómago.
—¡Joder, qué suerte! —jadeó—. A mí los nervios me provocan todo lo contrario, me abren el estómago y no veo el final para terminar de comer. Como de todo, lo que sea, haciendo unas mezclas imposibles con las que mi madre siempre se lleva las manos a la cabeza.
Soltamos una carcajada.
—A Noa también le da por comer —mencioné a mi mejor amiga, de la que ya le había hablado—. Pero respetando un orden —añadí con diversión y un guiño.
Volvimos a reír.
Hablando de ella… Mi teléfono sonó dentro del bolso y me apresuré a sacarlo. Sonreí al ver el nombre de Noa en la pantalla.
—Es ella —le dije a Lyn—. ¿Te importa?
—Nooo… Claro que no.
Me animó a que descolgara, moviendo las manos en el aire.
—Hola —saludé a Noa, en cuanto descolgué.
—¡Hola, cariño! —me correspondió emocionada—. Acabo de ver tu mensaje. ¿Cómo te ha ido?
Le escribí nada más salir de la entrevista, antes de llegar al ascensor, el que, por cierto, encontré vacío. Pude bajar sola.
—Bien. Me he sentido a gusto en todo momento y he conseguido tranquilizarme bastante. Poco más puedo decirte. Ahora a esperar a la suerte.
—¡Lo vas a conseguir! Lo presiento —alzó la voz, emocionada.
—Ojalá tengas razón —reí—. He venido a la cafetería que está justo enfrente de la empresa, con mi nueva amiga.
—¿Has hecho una amiga entre tanta competencia? —me preguntó sorprendida—. Joder, hoy es tu día. ¿Quién es?
—Se llama Lyn y nos hemos caído genial nada más vernos. Ha sido ella la que me ha hablado primero, cuando me he sentado a su lado al llegar.
—Me gusta.
Sonreí.
—Pongo el altavoz —la avisé.
—Hola, Lyn —la saludó—. Yo soy Noa. Encantada de conocerte.
—Hola, Noa. Igualmente. Me hace mucha ilusión esto.
—Me alegro. ¿Cómo te ha ido a ti la entrevista?
—Yo diría que bien, pero nunca se sabe —le contestó con un pequeño suspiro—.
Como ha dicho Zoe, ahora toca esperar a la suerte.
Aunque como me cojan a mí y a ella no, la he perdido como amiga.
Es una de las primeras cosas que me ha dicho mientras esperábamos en la sala.
Me ha advertido de que no querría volver a verme.
Soltamos una carcajada las tres.
—Bah, ni caso. Ya te la has ganado —le dijo Noa, con diversión.
Lyn sonrió de oreja a oreja.
—Bueno, preciosas, os dejo para que sigáis a lo vuestro. Yo tengo una reunión en unos minutos. Espero que nos veamos pronto, Lyn, para conocernos en persona.
—Me encantaría —le dijo ella—. Adiós.
—Luego hablamos —me dirigí a Noa—. Que vaya bien.
Después de lanzarnos varios besos y de que Noa y yo nos quejáramos porque la otra no colgaba, al final fui yo la que lo hice. Lyn se entretuvo mucho con nosotras y ella y yo terminamos riéndonos.
Nos tomamos los cafés hablando en profundidad de nuestras entrevistas. La mayor parte de ambas coincidía en las preguntas y los comentarios que nos hizo el hombre que había dirigido las entrevistas, pero hubo otras partes que no, por lo que solo nos centramos en estas.
El tiempo se nos pasó volando, por lo a gusto que nos encontrábamos, y cuando quisimos darnos cuenta, habían pasado casi dos horas en las que yo repetí con otro café con leche y una botella de agua, y Lyn se pidió un zumo y unos cruasanes pequeños de chocolate.
Al decidir irnos, la invité y, ante sus quejas, le dije que así teníamos una excusa para volver a quedar, para que me lo devolviera. Aunque no teníamos que poner ninguna excusa para eso, ni tampoco yo querría que nos viéramos por ese motivo. Por supuesto.
Cuando salimos de la cafetería, volví a decirle que la llevaba en moto a donde quisiera. Aceptó, aunque un poco asustada. Así fue montada, con miedo, al menos durante los primeros minutos que pensé que, en cualquier momento, me rompería la chaqueta de tanto que me la apretaba y tiraba de ella.
Al final consiguió relajarse. No del todo, pero sí lo suficiente como para acostumbrarse y aflojar bastante la tensión.
La llevé a la casa de sus padres, donde vivía, y nos despedimos hasta la siguiente vez, comentando que estaríamos en contacto. Después tomé la dirección del piso en el que vivía con Noa, para relajarme del todo y descansar, porque por la tarde me tocaba trabajar hasta la madrugada.
Continuaba trabajando en el bar, el mismo que llevaba años compaginando con mi faceta de estudiante. Y así seguiría siendo, aunque ya no estudiara, hasta que encontrara el trabajo de mis sueños para el que tanto me había esforzado y trabajado estudiando.