Capítulo 2
Me giré despacio, dispuesta a ser lo más amable posible y simpática. Sí, ninguna de las dos cosas podía faltarme al clavarle el tacón fino.
Esa fue mi intención, una muy buena, pero en cuanto me encontré con la cara del hombre, con su mandíbula apretada y su seriedad, con la que me observaba fijamente, se me olvidó por completo el motivo por el que me había vuelto hacia él.
—Podrías mirar bien dónde pones los pies —me dijo, de malas maneras—. Tus zapatos son armas de destrucción y encima eres de las que no pide disculpas.
Frunció el ceño, cuando vio que yo entrecerraba los ojos. Me quitó las ganas de golpe de ser agradable con él. De lo único que tuve ganas fue de darle otro puñetero pisotón, pero con mucha más fuerza y rabia, por la manera tan borde con la que me habló.
Su tono de voz, sus palabras y la forma de mirarme, como si él fuese el que tuviera razón y yo fuera insignificante, me tocó muchísimo las narices.
Sí, le había pisado. No, no había sido a propósito. Por supuesto. Eso solo podía pensarlo él, por lo que el problema era suyo. Este hombre era muy impertinente e insoportable.
Eso, y mucho más, lo descubrí en segundos. No quería ni pensar cuál sería mi opinión sobre él si pasaba más tiempo cerca.
—¿Qué sabrás tú cómo soy? —le pregunté, levantando la barbilla—. No tienes ni puñetera idea. Sé muy bien qué calzado llevo, soy yo la que lo sufro, listo, y me he girado hacia ti con apuro, precisamente para disculparme, pero tú tienes la lengua muy larga y envenenada.
Hice una respiración profunda, para lanzarme de nuevo a hablar de carrerilla.
—No me has dado tiempo para pedirte perdón, así que el problema lo tienes tú.
—¿Perdona? —habló sorprendido, sin borrar de su expresión lo molestas que le resultábamos la situación y yo—. ¿Quién te has creído que eres para hablarme así?
—¡Oh, encima delicado! Esto es el colmo —dije y reí, sin ganas—. ¿Qué te piensas, que eres el único que puede hablar como le da la gana? Eso mismo debería preguntarte yo a ti, porque has sido el primero en dirigirte a mí y no bien, exactamente. —Bufé.
La sorpresa de los que nos acompañaban en el ascensor era evidente. Los teníamos muy entretenidos siguiendo nuestra pelea, pasando la mirada de uno a otro, según quién hablara.
Recé por unos segundos para que, entre las caras desconocidas, no hubiera nadie importante de la empresa, como, por ejemplo, la persona que hoy tenía por delante muchas entrevistas de trabajo.
Ignoré la forma en la que continuaba mirándome el del pisotón, lo que fue una misión muy complicada, ya que estábamos obligados a estar muy cerca. La posición y el espacio no ayudaban.
De repente, el aire comenzó a faltarme. La situación comenzó a ser demasiado asfixiante, por lo que casi solté un grito de alivio cuando el ascensor se paró en la planta en la que tenía que salir. Nunca un recorrido tan corto se me hizo tan largo.
Después de un suspiro profundo, le di la espalda al hombre, para quedarme mirando hacia la puerta. No me apetecía seguir discutiendo con él y tampoco me convenía porque solo conseguiría alterarme más.
No podía retrasarme, con la prisa que tenía, de manera que cuanto antes me olvidara del numerito que habíamos dado en el ascensor, mejor.
Aunque para mi desgracia no tuve tanta suerte. Cuando pedí a las personas de delante que me dejaran pasar para salir del ascensor, no fui yo sola la que se movió. El hombre del pisotón me siguió y no pude quitarme de encima su presencia.
Por un instante me preocupé y me cabreé, a partes iguales, ya que pensé que no quería darse por vencido, que en cualquier momento me soltaría algo y que volveríamos a enzarzarnos en otra discusión.
Pero para mi desconcierto, lo único que hizo fue seguir mis pasos, yendo en la misma dirección que yo.
Notándolo detrás, no me paré ni me giré para mirarlo. Con la cabeza bien alta y la espalda erguida, pisando con fuerza y determinación, haciendo sonar cada pisada en el suelo con los tacones, fui directa a la sala que me comentó la recepcionista.
Recorrí el camino en completo silencio y, al llegar a la sala número seis, me paré agarrando con la mano la maneta.
—No puede ser… —Hablé para mí, al ver cómo el del pisotón caminaba más despacio los últimos metros.
Al pararse, arqueó una ceja, por lo que yo entrecerré los ojos.
—No eres a la única a la que le desagrada saber que vamos al mismo sitio —dijo, con el mismo mal carácter.
Solté un bufido y aparté la vista de él. Bajé la manilla y tiré de la puerta, para abrirla hacia mí.
Me mordí la lengua para no soltar lo que pensaba, ya que sería muy injusta al decirlo. Y, sinceramente, no lo pensaba de verdad, solo hablaría por mí la rabia que sentía.
Ese pensamiento era que había estado a punto de soltarle que por qué no se iba a su país a buscar trabajo. Un gran error del que me arrepentí enseguida, aunque las palabras no llegaran a salir de mi boca. Igualmente, me reprendí mentalmente.
Por supuesto, él tenía el mismo derecho que yo a presentarse para la selección de personal. Eso estaba fuera de discusión.
Hablaba muy bien el español, pero en su pronunciación dejaba ver una ligera variación que lo delataba como extranjero. ¿De dónde? Ni idea. Y no iba a ser yo la que se lo preguntara ni lo averiguara.
Entré en la sala y me alejé de él, mientras echaba un vistazo rápido hacia todas las personas que esperaban sentadas. Yo fui disimulado, lo que no puedo decir de los demás.
Muchos ojos se fijaron en mí y siguieron mis pasos, marcándome con una amenaza directa. Imaginé que sucedió lo mismo con el que entró detrás de mí.
Por suerte, ese hombre se alejó de mí. Fue en la dirección contraria de la sala, lo que agradecí inmensamente. Lo único que necesitaba era tener un rato relajado para tranquilizarme y prepararme mentalmente para la entrevista.
Pensando en eso y lista para llevar a cabo mi plan, me senté en una de las pocas sillas libres que había. Me liberé del bolso, ya que todavía lo llevaba cruzado al pecho, y lo coloqué sobre mis piernas.
Solté un suspiro en el momento en el que, sin querer, mi mirada se cruzó con la del hombre del ascensor. Ambos nos mantuvimos observándonos desde la distancia; él con la misma cara de pocos amigos, mientras que yo no mostré nada en mi expresión.
Fui yo la que rompió el contacto, al cerrar los ojos. Pero la paz no me duró mucho.
—Hola.
Al escuchar la voz muy cerca de mí, abrí los ojos y giré la cabeza hacia la chica que tenía al lado, la misma que me había hablado.
—Hola —le correspondí, devolviéndole también la sonrisa.
—¿Muy nerviosa?
—Bastante. ¿Tú no? —le pregunté de vuelta.
—Sí —rio—. Lo mío ya está rozando el histerismo —dijo con un guiño.
Amplié la sonrisa.
—Me llamo Lyn.
—Encantada. Yo, Zoe.
—Igualmente. —Asintió.
—Pensaba que estar aquí sería como una batalla en plena guerra —comenté.
—¿Y no lo es? —me preguntó hablando más bajo.
Al hacerlo, se inclinó hacia mí.
—Yo cuando he entrado, ha habido varias miradas que todavía no sé por qué no me han tumbado directamente.
Reí y mi risa sobresalió mucho por encima del murmullo de algunas voces. Al quedarme callada, me di cuenta de que todos en la sala me miraban.
Yo elevé las cejas, invitando a quien quisiera a otro nuevo enfrentamiento. Total… ya estaba calentita con el precalentamiento que había tenido.
Las personas volvieron a sus cosas y yo pude dejar de sentir la presión. Evité dirigir la vista hacia donde estaba el hombre del ascensor.
—Como si los demás tuviéramos la culpa de estar preparados para poder optar a los puestos de trabajo —comenté pensativa, negando con la cabeza—. Es lo que hay.
Me encogí de hombros.
—Estoy de acuerdo. —Asintió—. Quién sabe, si no conseguimos el trabajo, lo mismo ganamos una amistad —dijo con emoción.
—Si te cogen a ti y a mí no, no quiero verte nunca más —le advertí.
Estaba de broma, lógicamente, pero como Lyn no me conocía, no supo interpretar el punto de diversión en mi voz.
Noa no habría tenido problema en darse cuenta al instante, e incluso antes al ver el ligero cambio en mi expresión.
Mi amiga ya estaría riéndose o cagándose en mí.
Era lo que tenía la confianza de años, esta daba para mucho.
—Era broma —le aclaré a Lyn.
—Ah…
Al cabo de unos segundos rio y yo sonreí.
—¿Llevas mucho rato aquí? —le pregunté—. Yo he venido muy justa de tiempo, corriendo —suspiré.
—Como unos quince minutos, pero frente al edificio llevo una hora y media.
Agrandé los ojos, haciéndola reír otra vez.
—Mi padre me ha hecho el favor de traerme en coche, pero temprano porque él tenía que entrar a trabajar. Me he quedado en la cafetería que hay enfrente de aquí, en la otra acera.
—Ah, vale —reí.
—Es que no tengo coche y me he ahorrado el transporte público —me contó animada.
—Yo tampoco tengo coche. Vespa, sí. He venido en ella —dije—. Si quieres, puedo llevarte cuando terminemos —le propuse.
Agrandó los ojos por la sorpresa.
—¿Te da miedo? —le pregunté.
—No, no… Bueno, en realidad, no lo sé. Nunca he ido en moto.
Reímos, pero nuestra risa fue contenida para no llamar la atención. Igualmente, nos llevamos alguna que otra mirada.
—Es que me has sorprendido —susurró Lyn.
—Te llevaría encantada. No es ningún problema —le sonreí—.
No sé cuándo nos cogerán a cada una, pero a la que entrevisten primero puede esperar a la otra en la cafetería donde has estado haciendo tiempo para venir aquí.
Estaría guay comentar cómo nos ha ido tomando un café y después ya nos iríamos. ¿Qué parece? Si es mucho…
—Oh, me encantaría —me interrumpió, aceptando—. Me gusta tu plan y no tengo nada más que hacer. Me refiero a que estoy libre.
Sonreí.
—Estupendo, entonces —le dije con un guiño.
Nos quedamos calladas cuando la puerta se abrió y una mujer dio un paso al interior de la sala.
—Buenos días —dio un saludo general.
Todos se lo devolvimos y continuó.
—Comienzan las entrevistas —nos informó—. Mi nombre es María y a partir de ahora me veréis a menudo, ya que apareceré para llamar a la siguiente persona que le tocará. Os deseo suerte.
—Gracias —dijimos al unísono.
—¿Elena Rodríguez? Eres la primera.
Una chica se levantó nerviosa de la silla y se acercó a María sonriente.