La provocación del escocés
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Capítulo 1
Zoe
Veintisiete años
—¡Joder, que no llego! —exclamé.
Salí corriendo de mi habitación y me crucé con Noa en el pasillo. Pasé de largo de mi amiga, ya que no podía pararme.
La esquivé y seguí corriendo hasta la puerta del piso.
Vivíamos juntas desde hacía dos años, compartiendo todos los gastos. Decidimos independizarnos cuando yo conseguí un trabajo que se adaptó perfectamente a mi vida de estudiante.
Por aquel entonces, Noa ya hacía un año que estaba trabajando en una empresa multinacional, en el Departamento de Investigación y Desarrollo. Esta empresa tenía la sede principal en nuestra ciudad, con delegaciones en varios países.
Mi amiga siempre decía que fue suerte que la eligieran en una selección de personal que duró meses, y cada vez que saltaba con eso, yo le rebatía con que la suerte la tuvo al enterarse de la oferta de trabajo, ya que la vio por casualidad y gracias a mí.
Sucedió al lanzarle un periódico a la cara, por algo que me dijo, cuando este cayó sobre la mesa de la cafetería en la que íbamos a desayunar.
Quiso su suerte y el destino que el periódico se quedara abierto justo en la sección de anuncios de ofertas de trabajo.
El primero que vio Noa fue el de la empresa a la que un tiempo después entró a trabajar.
Hasta ahí sí que fue suerte, pero lo que no lo fue es que la eligieran entre todas las personas que se presentaron al proceso tan largo de selección.
Eso solo se debió a ella: a su formación, a sus capacidades, a su inteligencia y a sus ganas de comerse el mundo.
Punto. Y de ahí no iba a moverme para hacerme cambiar de pensamiento.
El caso era que Noa tenía un gran trabajo y se sentía muy a gusto en él, por lo que no podía estar más feliz.
Yo, en cambio, había estado la mayor parte de mi vida cursando unos estudios que parecían no tener final: una licenciatura, un máster y un doctorado en el que la tesis doctoral poco faltó para hacerme perder la cabeza.
Sí, estoy exagerando, pero también había mucha verdad en esa afirmación. La tesis se llevó muchísimas horas de mi vida, de lo que no me arrepentía. En absoluto. Me sentía muy orgullosa de lo que había logrado.
Dos años atrás, cuando todo se confabuló para ponérmelo un poquito más fácil, por decirlo de alguna manera, ya que fácil realmente no lo tuve, conseguí encontrar un trabajo con el que pude compaginar los últimos años de estudios. Eso sí, durante la tesis reduje a la mitad las horas de trabajo.
Después de que yo cobrara unos meses de sueldo, Noa y yo decidimos independizarnos juntas. Era nuestro sueño, uno por el que tuvimos que esperar, pero mereció la pena.
En esa época ella todavía vivía en la casa de sus padres. Nos hacía mucha ilusión compartir nuestro día a día, como tantas veces imaginamos, por lo que nos lanzamos a la aventura para ver cómo nos salía.
Yo di el paso con la condición de que mi amiga no impidiera que yo pagara mi parte del alquiler.
Como he dicho, no fue fácil para mí, porque mis turnos de trabajo eran por las tardes, a partir de las siete, y terminaba de madrugada. Eso para tener que levantarme para ir a las clases a las siete de la mañana. Se me hizo bastante cuesta arriba llevarlo todo adelante, pero lo conseguí.
Noa siempre me ayudó en todo lo que pudo, al igual que nuestros padres, que siempre nos tenían recipientes de comida preparados para ir a buscarlos. Lo que era una tranquilidad muy grande, por el tiempo que nos ahorraban en la cocina.
—¡Claro que llegas! —alzó la voz Noa—. ¡Mucha suerte, cariño! ¡Dales duro a todos y brilla como sabes!
—¡Gracias! —le dije riendo y sin pararme.
Cerré la puerta de golpe y fui rápido al ascensor. Mientras bajaba, no pude dejar quietos los pies.
Estaba muy nerviosa. Un poquito histérica, porque hoy tenía mi segunda entrevista de trabajo y esperaba de todo corazón que, por mi cordura, no tuviera que decir: a la tercera será la vencida.
Si todo salía bien y no me descartaban de inmediato, debería pasar por otras entrevistas, según avanzara en el proceso de selección. No tenía ni idea de cuánto tiempo podía alargarse, aunque la posibilidad de ir hoy y no volver más la tenía en la cabeza, fastidiándome.
El problema era que lo tenía muy complicado para llegar hasta el final y ser una de las personas elegidas, a pesar de que había tres puestos vacantes disponibles en mi área de trabajo. Solo de imaginar la competencia que tendría me desanimaba.
Había pasado un mes y medio de mi primera entrevista, en la que perdí la oportunidad.
Supe que no me contratarían en cuanto entré en la sala en la que me hicieron la entrevista.
Al ver al hombre que iba a hacérmela, mis nervios se dispararon y, al terminar, no me equivoqué ni un poco con las sensaciones que tuve.
Esperaba que hoy fuera diferente, al menos que no me alterara más de la cuenta y pudiera seguir la entrevista lo más relajada posible.
Lo mío no era exponerme ante la gente. Era una científica química acostumbrada a estudiar, a trabajar en mi burbuja privada, a analizar y a experimentar, que también tenía otras titulaciones especializadas en otras áreas. Punto.
Al llegar al aparcamiento del edificio, fui directa a la plaza en la que estaba mi moto. Era una Vespa monísima que me regalaron mis padres para ir a la universidad. Noa tenía su coche cerca, a unas plazas de distancia de mi moto.
Mi amiga iba con calma hoy, porque entraba al trabajo más tarde.
Llegaría para el inicio de la reunión por la que la habían citado junto a los demás trabajadores de la empresa, en la sala más grande.
No era nada raro ni preocupante; de vez en cuando al dueño y jefe le gustaba hacer ese tipo de reuniones con sus empleados.
Por lo que me había contado Noa, su jefe era un buen hombre. Ella no tenía trato con él, ya que había muchos directivos entre ella y el jefe de la empresa para solucionar cualquier problema.
Lo vio en su primer día de trabajo, ya que él tenía por costumbre conocer personalmente a todos los que entraban nuevos en su empresa. También lo veía en las reuniones que organizaba a nivel general de la empresa y en las fiestas de Navidad.
Pero en estas últimas nunca se había acercado a él. Todo lo que me contaba Noa de lo buena persona que era su jefe, el dueño de la empresa, era porque lo escuchaba de sus compañeros. La gente hablaba y todo lo que decían era muy bueno, con lo cual no podían estar todos equivocados.
Yo soñaba con tener algún día un jefe como el suyo, al igual que buenos compañeros de trabajo con los que me llevara bien. Y, sobre todo, un puesto que encajara conmigo.
Montada en la moto y con el casco puesto, arranqué y me puse en marcha.
No llegaría tarde, pero tampoco con tiempo para ir con calma.
Había pasado una noche movidita con los nervios y, al no dormir casi, mi cuerpo decidió rendirse sobre las seis de la mañana, por lo que la alarma que puse sonó y sonó, de la misma manera que yo la apagué y apagué.
De ahí las prisas y lo acelerada que estaba. Justo lo que no necesitaba en este día, pero poco podía hacer.
Conduje prestando más atención que de costumbre, para no llevarme ningún susto y para controlarme. Diecisiete minutos más tarde, llegué al estacionamiento de la empresa en la que se decidiría mi futuro.
Me prohibí pensar en ello. Me bajé de la moto, me quité el casco y lo guardé, antes de asegurar la moto y girarme hacia el edifico.
Cuando comencé a caminar hacia él, miré la hora en el reloj de pulsera y aceleré el paso. Poco me faltó para correr, por lo que llegué sofocada a la recepción de la empresa que había a unos metros de la entrada.
—Buenos días —saludé a la chica de detrás del mostrador.
—Buenos días —me correspondió.
Tenía unos cascos puestos y me sonrió con amabilidad.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Hoy comienza una selección de personal y vengo a la entrevista —le contesté—. Voy muy justa de tiempo y no sé hacia dónde dirigirme. No quiero llegar tarde —hablé apurada.
—Tranquila, aún faltan unos minutos. Llegarás —sonrió—.
Sube en el ascensor hasta la primera planta y, una vez en ella, recorre el pasillo que verás sin problema.
Ve casi al final, hasta la sala número seis, que es en la que tienes que esperar tu turno.
El número lo verás a un lado del marco de la puerta.
Una vez dentro, ponte cómoda y espera a que te llamen. Mucha suerte.
—Muchísimas gracias —le dije acelerada.
Hablé con la mano levantada hacia ella, mientras me alejaba nerviosa.
Cuando llegué frente al ascensor, tenía a otras personas delante, por lo que me quedé la última para entrar. Por suerte, las puertas se abrieron rápido.
Todo iba bien. Lo tenía controlado, hasta que no me di cuenta y, al quedar bastante apretados en el interior del ascensor, di un pequeño paso atrás para separarme un poco del hombre que tenía delante, con tan mala suerte que pisé con fuerza el pie de alguien poco afortunado.
Poco afortunado por mi elección de calzado para hoy, ya que, para completar mi ropa de las entrevistas, porque tenía una específica para hacerlas, elegí los zapatos de salón con tacón de agua. Era un milagro que hubiera podido moverme tan rápido con ellos, pero la necesidad era lo que tenía.
—Joder… —dijo el hombre a mi espalda.
Cerré los ojos unos segundos, antes de enfrentarme a él para pedirle disculpas.