Seis días
Espero a que sea lunes. Los lunes Manuela baja al mercado, Benigna despacha con el gestor en la nave nueva y la casa se queda una hora y media en falso vacío. No lo quiero para hablar dentro: lo quiero para salir sin dar explicaciones.
Lleva desde el jueves sin dormir bien; se le ve en la manera de doblar las cajas de sitio, con una energía de más, la energía rara de los agotados.
Desde la pregunta de la loca de Cedeira apenas hemos hablado de nada que importe: la casa no deja, y quizá tampoco dejábamos nosotros.
Dos personas pueden convivir semanas encima de una conversación pendiente, pisándola con cuidado, notándola crujir debajo de cada frase sobre manteles.
— Déjalo — digo—. Hoy me llevas tú a mí.
— ¿A dónde?
— A donde no haya paredes.
Me mira dos segundos de más. Sabe leerme un poco, a fuerza de dieciséis meses; sabe que llevo días siendo otra. Coge las llaves sin preguntar, y ese gesto, tan suyo, obedecer antes que discutir, me aprieta el pecho, porque hoy vengo justamente a romperle la obediencia.
Conduce hasta el faro por la carretera de arriba.
Ha entrado un nordés que peina la hierba en franjas y no hay un alma en la explanada, solo el faro apagado a plena luz y el mar picado abajo, blanco en los cantiles.
Por el camino no pregunta nada; conduce con las dos manos y va poniéndose serio por capas, kilómetro a kilómetro, porque un hombre al que su prometida le pide un sitio sin paredes a seis días de la boda ya sabe que no van a hablar de flores.
Paramos con el morro hacia el horizonte.
Apaga el motor. El viento hace un ruido largo en las juntas de las puertas, una nota sostenida, casi cómoda.
Pienso, absurdamente, que aquí mismo, en esta explanada, me trajo la segunda semana a enseñarme la costa entera con el brazo extendido: Cedeira para allá, Ortigueira para acá, y en medio lo nuestro. Lo nuestro, dijo. Hoy vengo a enseñarle yo el mismo paisaje con los nombres verdaderos puestos.
— Tú dirás — dice, y las manos ya le han bajado del volante al regazo, y el pulgar derecho ya busca el bolsillo pequeño del vaquero, la alianza de pedida, su rosario particular.
Lo he ensayado. Llevo dos noches ensayándolo con el techo del cuarto, ordenando las piezas como ordeno una historia clínica: primero lo objetivo, luego lo testimonial, lo interpretable al final. No empezar por Roi. Si empiezo por Roi, cierra el cuerpo y no entra nada más.
Y he ensayado también lo otro, lo que no se puede ensayar: la posibilidad de perderlo aquí, en esta explanada, esta mañana.
Que elija a la casa. Que me mire como se mira a una intrusa y arranque el coche y me deje el resto de la semana convertida en una desconocida con vestido de novia en el armario.
Es un riesgo real y lo he aceptado esta noche, a las cuatro, con una frialdad que me ha costado ganarme: si Telmo es de ellos, mejor saberlo con seis días de margen que con un anillo puesto.
— Te voy a contar todo lo que sé — digo—. Todo. Y te pido una sola cosa: no me contestes hasta el final. Aunque quieras. Aunque duela.
— Julia...
— Prométemelo.
El faro proyecta una sombra corta y gorda sobre la explanada. Telmo mira esa sombra, no a mí, y baja la barbilla una vez, con ese gesto corto de los hombres a los que les van a dar un diagnóstico.
Empiezo.
———
Le enseño la foto de la linterna. La grieta, el plástico rayado, las dos letras a navaja: O.B.
Le digo dónde estaba, a qué altura, encajada en qué postura, y que la dejé allí sin tocarla.
Le cuento lo que dijo Dorinda de esa linterna: la del padre, la que llevaba siempre, la que no se lleva nadie a Irlanda pero sí a la cetaria de noche.
Le hablo de los correos. Seis años, dos al año, Navidad y el cumpleaños.
Ni una foto, ni una videollamada, ni una falta de ortografía, ni un doblez.
Y mamá. Siempre mamá. Le digo lo que ya sabe y no ha querido pesar: que hay palabras que una persona no suelta ni muerta, y que Olalla llamó Dori a su madre desde los tres años, en cada nota, en cada felicitación, delante de todo el que quisiera oírlo.
Le hablo de Ardleigh Pharma, que no existe en el registro mercantil irlandés, ni en el censo de empresas farmacéuticas, ni en ninguna esquina de internet anterior a los correos.
Del número de colegiada que nunca se activó en Irlanda.
De la papelería de Ortigueira que perfuma el papel de las postales que vienen, dicen, de Cork.
— Tú mismo lo dijiste — añado, y procuro que no suene a acusación, porque no lo es—.
Correos de máquina. Fueron tus palabras.
Los leíste y te sonaron a máquina, igual que a Dorinda, igual que a cualquiera que la hubiera conocido diez minutos.
La diferencia es que Dorinda llevaba seis años diciéndolo en voz alta y pagándolo, y tú lo dijiste una vez, conmigo, hace dos semanas, y te asustaste de haberlo dicho.
El pulgar de Telmo trabaja la alianza dentro del bolsillo. Fuera, el nordés dobla la hierba. No me interrumpe. Lo prometido aguanta, pero el cuello se le ha ido cerrando, trapecios arriba, dos centímetros largos, el cuerpo poniéndose el abrigo antes del granizo.
Le hablo de Ourense. De Ricardo Souto, cincuenta y ocho años, muerto por Navidad hace seis años y medio de una gastroenteritis que su viuda nunca se creyó. De la caja de empresa que trajo el hijo, con una lata azul de regalo. Del papel que le hicieron firmar. Del expediente archivado.
— ¿Qué tiene que ver eso con...?
— Has prometido.
Cierra la boca. Trago yo también, porque ahora viene la parte con nombre y apellido, y le pongo delante el 47-N: la depuradora muerta una noche de temporal, tres analíticas malas, la campaña de Navidad comprometida, la visita de su madre a la nave a las siete de la mañana, con el abrigo bueno.
Esto se arregla. Y la firma de Lisardo Couso en tres papeles que no eran verdad.
— Yo estaba en Madrid ese diciembre — dice, muy bajo, casi para el parabrisas—.
Montando la delegación. Mi padre acababa de morirse y mi madre me mandó allí, a abrir mercado, decía.
— Se le escapa un sonido seco—. A abrir mercado.
Ese diciembre facturamos más que nunca y me mandó una caja de lotes para los clientes nuevos, para que la repartiera con mi mejor sonrisa.
Yo repartí esas latas, Julia. Con tarjetita.
No le digo que no podía saberlo. Lo sabe. También sabe que eso no cambia el peso de la caja.
— Lisardo está enfermo — dice con la voz plana de las urgencias—. Enfermo de morirse. La gente que se muere...
— La gente que se muere deja de mentir, Telmo. Es de las pocas cosas buenas que tiene.
Y entonces le cuento lo de la auditoría.
Olalla encontrando las analíticas duplicadas.
Olalla subiendo al despacho con la carpeta.
La frase que Lisardo oyó desde el pasillo: a la Xunta con todo, después de San Xoán, por respeto a ti, para avisar antes de romper nada.
Faltaban nueve días para tu boda, le digo.
Los mismos que faltan hoy para la mía, pienso, y no lo digo.
El coche se ha quedado pequeño. Telmo tiene las dos manos abiertas sobre los muslos, muy quietas, que en su idioma es lo contrario de la calma: las manos de Telmo solo se están quietas cuando las está vigilando.
— Y queda lo peor — digo—. Y necesito que lo oigas entero.
Le cuento la noche. La ventana de Lisardo sobre el puerto, el vino de las hogueras, la luz de frontal bajando el sendero de la cetaria con un modo de andar que se reconocía de lejos.
Y al cuarto de hora, la otra sombra, más grande, sin luz, unos hombros que en este pueblo se conocen de memoria porque andan pidiendo perdón por lo altos.
Una hora después, la sombra subiendo sola.
Empapada, sin lluvia. Parándose dos veces a vomitar.
No digo el nombre. No hace falta y no quiero ser yo quien lo diga dentro de este coche.
— Nino vio la luz también — añado, más bajo—. Dos siluetas en la cetaria. Nadie le creyó. Venías de las hogueras y del vino, Nino. Seis años lleva ese hombre siendo el loco del pueblo por haber visto lo que vio.
Se acabó. Ya está todo fuera menos una cosa, la llamada a mi consulta, y la guardo un momento, porque el hombre que tengo al lado ha dejado de mirar la sombra del faro y mira el parabrisas, el punto muerto del cristal, y respira por la boca.
———
La negación dura menos de lo que esperaba. Un minuto, quizá. Dice Dorinda está enferma de pena, dice los pueblos fabrican historias, dice Lisardo tiene morfina en el cuerpo, y las frases le salen sin sangre, de carrerilla, como se recita una lista de la compra de otro. Se oye a sí mismo y se calla.
Después llega la ira, y es peor, porque la ira de los hombres tranquilos no tiene práctica.
Golpea el volante con la base de la mano, una vez, y el claxon suelta un gañido corto que nos asusta a los dos.
Sale del coche. El nordés le infla la chaqueta.
Camina hasta el murete de la explanada y vuelve, y el viento me trae las palabras a trozos: quién me he creído, a su familia, a espaldas de todos, un mes mintiendo, con qué derecho.
Da una patada a una piedra suelta que sale rodando hacia la hierba, un gesto de crío enorme que en otra vida me habría hecho gracia.
Se pasa las manos por el pelo, dos veces, y las deja ahí, en la nuca, entrelazadas, los codos apuntando al cielo.
Conozco esa postura de mi consulta: es la de los que acaban de oír un diagnóstico y están sujetándose la cabeza para que no se les vaya.
Durante un momento pienso que lo he perdido, que ha elegido, que el coche va a volver a A Atalaia con un pasajero de más y una novia de menos.
Salgo yo también. Me planto a dos metros, el pelo cruzándome la cara.
— ¿Con qué derecho? — repito, alto, contra el viento—. Iba a jurarte mi vida el sábado, Telmo. Ese derecho.
Se para. La ira se le va como se ha venido, de golpe, y deja lo de debajo a la vista, que es exactamente lo que la ira estaba tapando: el miedo. Un miedo viejo, doméstico, de andar por casa. Un miedo con seis años de rodaje.
— Pregúntame — digo, más suave—. Lo que llevas seis años sin preguntarte en voz alta. Pregúntamelo a mí, que para eso estoy.
Y entonces se sienta en el murete, de espaldas al mar, cómo no, de espaldas al mar como toda su familia en todas las mesas, y se mira las manos, y me lo da. Lo último que le queda. Lo que ningún interrogatorio del mundo le habría sacado y una explanada con viento sí.
— Olalla me llamaba Mouro — dice—. Desde el segundo mes.
Un mote de nada, una tontería de las suyas, por lo moreno que me pongo en verano.
Nadie más me llamó así nunca. Ni delante de mi madre; era nuestro, de puertas para dentro.
— Traga—. Me llamó Mouro hasta para dejarme una nota en la nevera. Compra pan, Mouro. Así, hasta el final.
Se saca del bolsillo la mano derecha, vacía, y la deja abierta sobre la rodilla, y hace una cosa que no le he visto en dieciséis meses: renuncia a tocar la alianza. Como quien ya no tiene derecho al rosario.
— El mail no me llamaba Mouro. Ni una vez, y era un mail largo, con despedida y todo.
Telmo por aquí, Telmo por allá. — Levanta la cara, y tiene los ojos de alguien a quien no le queda edad—.
Lo leí y lo supe y volví a leerlo hasta que dejó de sonar raro.
¿Entiendes lo que te digo? No lo dudé: lo supe.
Y me quedé releyendo hasta gastarlo. Porque si sonaba raro, entonces...
No puede. La frase se le muere donde se le lleva muriendo seis años, en el mismo sitio exacto, y yo veo el punto de la garganta donde se le atasca, el cricoides subiendo y quedándose a medio camino, y por primera vez en mi vida profesional no hago nada por aliviar un dolor que tengo delante.
Lo dejo doler. Este dolor lleva seis años trabajando para que no lo miren; mirarlo es lo único que puedo darle.
— Entonces habría tenido que bajar a preguntar — termino yo por él, muy despacio—. Y preguntar en esta casa...
— ...preguntar en esta casa se avisa antes — dice, con una risa rota que no es risa, robándole la frase a Manuela sin saberlo.
El nordés amaina un momento, uno de esos silencios que el viento hace para tomar carrerilla.
Telmo se dobla hacia delante, los codos en las rodillas, la cabeza colgando, y la espalda ancha se le redondea entera, vértebra a vértebra, la lumbar cargando como carga siempre, y llora.
Sin ruido, sin taparse, como llueve en esta tierra: seguido, manso, con años de retraso.
Espero. El faro, apagado, vigila de día por costumbre. Cuando la espalda deja de sacudirse, me acerco y me siento al lado, sin tocarlo todavía.
— ¿Quién más lo sabe? — pregunta al rato, con la voz gastada, mirando la hierba entre sus zapatos—. Lo que me acabas de contar. ¿Quién más lo tiene?
— Coral. Copias de todo, en Madrid, fuera del alcance de este pueblo.
Y un protocolo: si una noche no la llamo a las once, se mueve todo.
— Se lo digo despacio, dejándole ver el tamaño de la red—.
No te lo cuento para amenazarte, Telmo. Te lo cuento para que entiendas que esto ya no se puede deshacer con un candado nuevo ni con una llamada educada a una consulta.
La verdad ya vive fuera de A Atalaia. Lo único que queda por decidir es cómo entra de vuelta.
Asiente muy despacio, todavía doblado, y veo pasarle por la cara algo inesperado que tardo un segundo en clasificar: alivio.
Un alivio pequeño y avergonzado de sí mismo.
Seis años cargando la casa entera sobre una vértebra, y de pronto alguien le dice que el peso ya está repartido, que ya no depende de que su boca aguante cerrada.
Hay personas a las que solo se les puede quitar un secreto arrancándoselo; a Telmo había que quitárselo así: demostrándole que ya no protegía nada.
— Hay más — digo—. Anteayer alguien llamó a mi consulta de Madrid. Una señora mayor, muy educada. Preguntó si atenderé pacientes en septiembre o si me salió trabajo en Galicia.
Tarda en levantar la cabeza. Cuando lo hace, ya lo ha entendido, y en su cara veo encajar la última pieza: esto no va de hace seis años. Va de dentro de seis días.
— Julia. — La voz le sale lijada—. ¿Tú qué habrías hecho?
Y ahí está. La pregunta. No me la hace a mí: me la hace a través de mí, hacia atrás, al chico de treinta y dos años que una mañana leyó un mail sin la palabra Mouro y eligió el único dolor con el que sabía vivir.
Seis años lleva haciéndose esa pregunta sin voz, cargándola en algún sitio, y por fin entiendo del todo su lumbalgia crónica, la que no responde a nada, la que me lo trajo a la consulta y a la vida: hay preguntas que, si la boca no las hace, las hace la espalda.