Ocho días
Nadie pregunta dónde he pasado la mañana.
Eso es lo que me hiela: nadie pregunta. Benigna reparte la fuente con su pulso de cirujana y me sirve a mí la mejor tajada, el centro, sin espinas, y al dejarla en mi plato dice que el pescado de aquí cura cualquier cosa, hasta el exceso de curiosidad, y sigue sirviendo sin mirarme, y el comedor entero sigue masticando como si la frase no hubiera pasado por la mesa.
Telmo no la oye o hace que no la oye. Come poco y me busca los ojos dos veces, y las dos veces soy yo la que aparta los suyos, porque todavía no sé qué hay en los míos y no quiero que lo lea antes de tiempo.
Roi no ha bajado a cenar. Jaqueca, dice la casa.
La casa dice cosas; hace días que dejé de creerlas.
De postre hay filloas con miel, mis preferidas, y no es casualidad porque aquí nada lo es: la cocina de A Atalaia lleva un mes aprendiéndome los gustos con la misma paciencia con que yo aprendo sus silencios.
Como dos, alabo la mano de Manuela, y Manuela, que retira los platos, me da las gracias sin mirarme, con una inclinación mínima de cabeza que podría ser cortesía y podría ser otra cosa.
Desde esta mañana, desde el táper de caldo en la puerta de Lisardo, cada gesto de esa mujer tiene dos lecturas y yo no llego a ninguna.
En mi cuarto, con el pestillo echado y la luz apagada, hago inventario a oscuras, tumbada sobre la colcha, mirando el barrido de la luz del faro en el techo. Cada seis segundos, un abanico blanco. Cuento con las manos sobre el esternón, como cuento las costillas de un paciente.
Una linterna frontal con las iniciales de una muerta, fotografiada y dejada en su grieta.
Unos correos de seis años sin una sola vez la palabra Dori.
Una farmacéutica que no existe en ningún registro de Irlanda.
Un moribundo que me ha contado un lote envenenado, una firma falsa y una sombra grande bajando un sendero.
Una viuda en Ourense con un papel firmado que dice virus.
Un percebeiro al que nadie creyó. Y una asistenta que esta mañana ha aparecido en la puerta exacta en el minuto exacto, con un caldo en las manos y mi nombre en la boca de su señora.
Eso es lo que tengo. Ahora, lo que tienen ellos: el pueblo, el apellido, seis años de versión oficial, un caso archivado, ochenta familias agradecidas y todas las horas de todos mis días de aquí al sábado.
El miedo de verdad no se parece al de las películas.
No grita. Se instala en el cuerpo como una mala postura: te acorta la respiración, te mete los hombros hacia dentro, te avisa en la nuca cada vez que una puerta se abre a tu espalda.
Lo sé porque llevo un mes viéndolo en los demás en esta casa. Esta noche lo estreno yo.
Antes de dormir hago una cosa más. Reviso que todas las fotos, las de la linterna, la del corcho de la nave vieja, las de los correos que me dejó copiar Dorinda, estén donde tienen que estar: en el móvil, en la nube y en el correo de Coral.
El wifi de la casa se cae a mitad del último envío, puntual como todo aquí, y termino con los datos del teléfono, de pie junto a la ventana, buscando cobertura con el brazo en alto como una náufraga educada.
Cuando la barra de envío se completa, algo se me afloja entre las costillas.
Que sepan dónde estoy. Que no sepan dónde está todo lo demás.
———
Amanece gris perla, con la niebla lamiendo el jardín de camelias. Salgo a correr por la pista del faro porque no correr sería otra declaración, y porque pensar, lo que se dice pensar, solo sé hacerlo con las piernas en marcha.
El pueblo me saluda como siempre. El de la furgoneta del pan levanta la mano, dos mariscadoras con los cubos me dicen algo del tiempo, un perro sin dueño me escolta trescientos metros y se aburre de mí a la altura de la lonja.
Un mes atrás toda esta amabilidad me abrigaba.
Hoy la cuento: cuántos ojos, cuántos teléfonos, cuántas conversaciones de barra llegarán esta tarde, limpias y ordenadas, a la galería de A Atalaia.
Corro y hago el juicio de cabeza. Me pongo delante de un despacho imaginario, en Madrid, lejos, a salvo, y despliego mi mercancía delante de un funcionario imaginario con la foto de sus hijos en la mesa.
Verá usted: hace seis años una mujer adulta rompió con su novio por correo y se fue a Irlanda.
Hay un billete comprado con su tarjeta. Hay una denuncia de la madre, archivada.
Yo he encontrado una linterna vieja en una grieta.
Me lo ha contado un enfermo terminal que aquella noche venía del vino y que lleva seis años declarando que no vio nada.
También un percebeiro de setenta y uno al que el pueblo entero llama ido.
La empresa de la familia falsificó unas analíticas, dice el mismo moribundo que firmó la falsificación.
No, no tengo los papeles. No, no hay cuerpo. Sí, me caso con el hijo el sábado.
El funcionario imaginario ni siquiera es antipático.
Me da las gracias, apunta, y archiva. Segunda vez que se archiva.
Y en cuanto el registro de esa denuncia toque este pueblo por cualquier costura, Benigna lo sabrá antes que el juez, y entonces sí que no habrá boda, ni casa abierta, ni ninguna puerta detrás de la cual estén ellos diciendo la verdad en voz alta.
Y hay más, y me obligo a mirarlo también, porque correr sirve para eso: para no poder apartar la vista de lo que una piensa.
Si me voy, Dorinda entra en su séptimo año de la misma condena, sola otra vez contra la versión oficial, con una forastera menos que le crea.
La viuda de Souto se queda con su papel firmado que dice virus.
Lisardo se muere con la firma puesta y sin haberla desdicho delante de nadie que cuente.
Y dentro de unos años otra novia subirá la cuesta de A Atalaia con dos maletas, y Chelo dirá qué alegría, otra vez boda, y una mujer mayor se levantará de la mesa del fondo dejando el café pagado y entero.
Puedo irme de este pueblo. De esa fila de gente, no sé.
Paro en el mirador del faro, con las manos en las rodillas, el aliento haciendo nubes. Abajo, la marea trabaja la boca de la ría sin prisa. Seis años lleva trabajando así, borrando lo que le dieron a guardar.
Lisardo lo dijo con los tubos puestos y más claro que ningún abogado: lo que yo le dé a un juez no vale. Vale lo que digan ellos. Con la boca de ellos, en su mesa.
Y a su mesa solo hay una manera de sentarme: la que está puesta desde hace cinco meses, con mi nombre en las tarjetas.
Lo decido ahí, sudada y helada a la vez, entre el faro y la niebla, y me oigo decidirlo con una frialdad que no me conocía y que no sé si me gusta: me quedo.
Me quedo porque la boda es la única puerta que ellos no van a cerrar.
Pueden cambiar candados, caerse el wifi, cerrarse las puertas a las once.
La boda no. La boda es su teatro, su lata azul con lazo, la prueba anual de que la casa sigue en pie.
Van a abrirme esa puerta con música. Y yo voy a entrar por ella con todo lo que sé.
De vuelta, la niebla se ha comido el sendero y corro los últimos metros oyendo el mar sin verlo, que es la sensación exacta de estas semanas puesta en paisaje.
———
El día se disfraza de normal con una insistencia agotadora.
A las once viene la florista de Ortigueira con las pruebas de los centros de mesa y Benigna me consulta cada tallo, cada cinta, con una deferencia exquisita, la jaula de atenciones funcionando a pleno rendimiento.
Digo que sí a las camelias blancas, que no al paniculata, y descubro una cosa nueva sobre mí: sé actuar.
Sonrío igual que la dueña de la casa, con la cara de arriba quieta, y nadie nota nada, porque llevo semanas aprendiendo del mejor cuerpo educado del país.
A la hora de comer, Telmo baja de la delegación y comemos los tres con la radio de fondo, un programa de coplas que nadie escucha.
Noto sus ojos yendo de su madre a mí, de mí a su madre, midiendo una temperatura que no sabe nombrar.
Bajo la mesa, su rodilla busca la mía una vez, preguntando.
No contesto. Todavía no sé qué contestarle a ese hombre, y esa es una frase que hace un mes me habría parecido imposible de pensar.
Por la tarde, mientras la casa duerme la siesta que aquí es litúrgica, escribo mi inventario en el cuaderno de pacientes, con mi taquigrafía de trabajo: cada hallazgo disfrazado de columna vertebral, cada fecha convertida en pauta de ejercicios.
D3 contractura antigua, no cede: Dorinda, tercer año de correos.
L5 bloqueo con irradiación: la linterna.
Si alguien registra mi cuarto, y alguien registra mi cuarto, encontrará a una fisioterapeuta obsesionada con su oficio.
Ni Coral entendería estas notas sin la clave, y la clave la tiene Coral.
En un momento dado coincidimos las dos solas junto al ventanal de la galería, con las tazas. Manzanilla para mí; la pedí yo antes de que me la ofreciera, pequeños sabotajes que nadie ve. Fuera, el jardín gotea niebla.
— Estás más callada — dice Benigna, mirando las camelias.
— Estoy más lista.
Suena a otra cosa y las dos lo sabemos. Un segundo, quizá segundo y medio, la taza de Benigna se detiene en el aire antes de completar el viaje hasta el plato. Es poco. En esta casa es muchísimo.
— Eso siempre viene bien en una esposa — responde, y me deja el campo de batalla oliendo a manzanilla.
Después de la siesta me cruzo con Telmo en el pasillo de arriba, cargado con dos cajas de faroles para el jardín.
Se para. Baja las cajas. Durante un momento parece que va a decir algo grande, se le junta en la garganta, le sube hasta la boca, y al final lo que sale es pequeño y es peor: que si necesito algo de Ortigueira mañana.
Le digo que hilo. Nos quedamos mirándonos con el pasillo entero entre los dos, a un metro de distancia, y pienso que así deben de empezar todos los silencios de esta casa: con dos personas que se quieren eligiendo la palabra hilo.
A media tarde busco a Roi. Necesito medirle el pulso a su derrumbe, saber cuánto queda del chico que se rió mal mirando al mar.
Lo encuentro en el despacho pequeño con el portátil abierto, editando un vídeo de la lata azul: una ola en cámara lenta, una mano de mujer abriendo la lata, la voz en off diciendo el mar, como siempre. Lo para cuando entro.
— La novia — dice. La sonrisa se enciende medio segundo tarde, un fluorescente gastado—. ¿Vienes a estirarme el cuello o a mirarme como me miras últimamente?
— ¿Cómo te miro?
— Como se mira una radiografía.
Es lo más certero que ha dicho nadie de mí en semanas.
Le digo que venía a preguntarle por la jaqueca y responde que ya pasó, que las jaquecas en esta casa duran lo que tienen que durar, y vuelve a su ola en cámara lenta.
En la pantalla, el mar retrocede y se lanza, retrocede y se lanza, obediente, embotellado.
Roi lo mira con la mandíbula apretada, y pienso que lleva seis años editando el mar para no tener que pisarlo.
Ceno poco. Subo pronto. A las once menos cuarto ya estoy sentada en la cama con el móvil cargado y la ventana entornada, oyendo la casa apagarse por el orden de siempre: la vajilla, el cerrojo de la galería, los pasos de Manuela contando puertas, el silencio con vigas.
A las once en punto llamo a Coral.
———
Dos tonos, como siempre. Lo que no es como siempre es la voz.
— Julia. — Ni hola ni ya era hora, tía. Solo mi nombre, plano—. ¿Estás bien?
— Sí. ¿Y tú?
Silencio. Un silencio de Coral, que es una categoría propia: Coral habla hasta dormida, Coral les pone banda sonora a los ascensores. Cuando Coral calla, el mundo tiene un problema.
— Cuéntame — digo, y me siento más recta sin darme cuenta.
— A ver. Igual no es nada. — Coge aire; la oigo cerrar una puerta, la del despachito de la consulta, el clic conocido—. Esta tarde, a última hora, ha llamado una señora a la consulta. Rocío ya se había ido y lo he cogido yo. Quería saber si dabas citas en septiembre.
— ¿Una paciente?
— Eso pensé. Le digo: la agenda de septiembre la abrimos en julio, ¿quiere que la apunte? Y me dice que no hace falta apuntar nada, que solo quería saber si la fisioterapeuta Andrade atenderá en septiembre... — Coral traga; el auricular lo recoge todo—. ...o si le salió trabajo en Galicia.
El barrido del faro pasa por el techo. Uno. Dos.
— ¿Qué le dijiste?
— Nada, me quedé cortada, le pregunté de parte de quién.
Y va y me dice, con una calma, Julia, con una educación de esas antiguas: de parte de nadie, guapa, ya me ha contestado usted así.
Y colgó. — La voz se le sube medio tono—.
¿Quién sabe en Galicia dónde trabajas, Julia?
El nombre de la consulta no lo tiene ni tu suegra...
— Se para en seco. La oigo pararse—. ¿Lo tiene tu suegra?
— ¿Quieres que me suba a un tren? — sigue Coral, atropellándose—. Porque me subo. Mañana no tengo tarde, le paso la agenda a Rocío y me planto ahí, y me invento que soy tu dama de honor, que técnicamente lo soy, y no me muevo de tu lado hasta el sábado.
— No. — Lo digo más seco de lo que quiero y lo arreglo enseguida—: No, escúchame. Aquí no me sirves. Ahí me sirves. Tú eres el sitio donde están las copias y la persona a la que llamo a las once. Si te vienes, lo único que consigo es tener que vigilar a dos.
Se queda callada, rumiándolo, y sé exactamente la cara que está poniendo: la de cuando un paciente le discute un diagnóstico que sabe correcto.
No respondo enseguida a su pregunta de antes.
Estoy repasando la voz al otro lado del teléfono de Coral con los datos que me da: mayor, tranquila, educada, sin prisa.
Una voz que no pregunta para saber, porque ya sabe.
Una voz que pregunta para que se sepa que pregunta.
El guante de seda otra vez, ahora a quinientos kilómetros, ahora dentro de mi consulta, entre mis camillas, en el teléfono que coge mi mejor amiga cuando la recepcionista se va.
Es un mensaje, y lo entiendo entero y a la primera, porque llevo un mes en su idioma: sabemos dónde trabajas. Sabemos qué habría que descolgar para que septiembre no exista. Tu vida pequeña de Madrid cabe en una llamada de tres frases.
— Julia — insiste Coral, y ahora sí hay miedo, miedo del bueno, del que quiere a alguien—. ¿Quién era?
Miro la ventana entornada, la noche sin hogueras todavía, el mar que no se ve. En algún lugar bajo este mismo techo, una mujer pequeña y recta duerme con las manos juntas, o no duerme, da igual: sus llamadas ya están hechas.
— Era una señora mayor — digo—. Y mañana te cuento el resto. Apunta la hora de esta llamada, Coral. Empieza a apuntarlo todo.