La Prometida Nueve días #2
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Nueve días #2

— La niña le plantó cara a Benigna. — Lo dice despacio, marcando cada palabra, como quien enseña una cicatriz—.

Nadie le planta cara a Benigna. Nadie en cuarenta años, y he visto pasar armadores, bancos, inspectores y dos huelgas.

Y la cría de veintinueve años, con su bata, le dijo que aquello iba a la Xunta con todo.

Que le daba hasta después de San Xoán por respeto a Telmo, para no reventarle la boda a nadie sin avisar.

Después de San Xoán, dijo. Me acuerdo porque faltaban nueve días.

Nueve días. Los mismos que me faltan a mí para la mía. La contractura me da un aviso sordo, y esta vez no subo la mano a tocarla.

———

La marea ha subido mientras hablábamos. El barco de las cajas descarga en la lonja y alguien grita precios en un gallego cerrado que atraviesa el cristal. Lisardo pide agua; se la traigo de una cocina donde hay un solo plato, un solo vaso y un calendario de la cofradía parado en marzo.

— Lo de San Xoán — digo, dejándole el vaso—. Usted vio algo.

No contesta enseguida. Mira el puerto, y el cuello, ese cuello agotado, se le pone rígido entero, hasta el hioides. El cuerpo confirma antes que la boca, siempre.

— Esa noche estuve en las hogueras hasta tarde.

Vine para casa con vino encima, no te voy a decir que no, y me senté ahí, en esa ventana, porque con vino no hay quien se acueste.

— Señala el punto exacto con la barbilla, donde el acantilado de A Atalaia se recorta contra el cielo, y abajo, la mancha gris de la cetaria vieja—.

Desde aquí se ve el camino que baja. De día no repara nadie en ese sendero, pero de noche una luz allí canta como un faro.

— ¿Qué luz?

— Un frontal. De los de percebeira. — Bebe un sorbo con las dos manos—.

La vi bajar a ella. A Olalla. Conocía hasta su manera de andar, para abajo, decidida, cabezona.

Con la luz puesta en la frente. Y al cuarto de hora, quizá menos, bajó otra sombra detrás.

Sin luz. Más grande. — Para. El concentrador hace clic, clic, clic—.

Era el Roi. Al Roi lo conozco desde que llevaba pañales.

Lo conocí por los hombros. Los Quiroga andan todos igual, como pidiendo perdón por lo altos que son.

— ¿Y después?

— Después la luz de abajo se movió un rato.

Y luego ya no. — Se le va la voz al final; recoge aire y sigue—.

Y una hora más tarde, puede que más, el Roi subió el camino él solo.

Sin ella. Empapado. Mojado hasta el alma, con la ropa pegada, y eso que no llovía, que era noche de hogueras y estrellas.

Se paró dos veces a vomitar. Un chaval de veintidós años vomitando solo en un sendero a las cuatro de la mañana, y yo en esta ventana con el vino y el miedo.

— ¿Y usted qué hizo?

Sabía la respuesta antes de preguntar. Este pueblo me la lleva enseñando un mes.

— Yo venía del vino y me dije: Lisardo, tú no viste nada.

— Aparta los ojos de la ventana y los pone en mí, húmedos, amarillos por los bordes—.

Al día siguiente se contó que la de Baamonde dejó al Telmo por carta y cogió el bus de Ferrol.

Y yo pensé: mejor. Mejor eso que lo otro, porque lo otro no tenía arreglo y lo mío tampoco, que si tiraban de ese hilo salía el 47-N, y del 47-N mi firma.

— Le tiembla la barbilla; sesenta y seis años tiemblan igual que seis—.

Llevo seis años sin ver nada. Se me da de miedo. Casi tan bien como respirar.

Toma aire dos veces antes de rematar, porque lo que queda pesa más que todo lo anterior.

— En agosto de aquel año me jubilaron. Con la paga entera, un homenaje en la nave y una lata de plata con mi nombre grabado.

— Señala con la barbilla el aparador, donde brilla, en efecto, una lata azul metida en una urna de metacrilato—.

A los fieles esta casa los entierra con música. Ahí la tienes. Yo ya no la miro.

No digo nada. Le pongo la mano en la espalda, entre las escápulas, donde se acumulan las cosas que no se cuentan, y le acompaño tres respiraciones. Es lo único que sé hacer con las confesiones: sostenerlas por detrás.

— ¿Diría usted esto delante de un juez? — pregunto al fin, muy bajo.

— Si llego vivo, malo será que no. — Media sonrisa, un pitido—.

Pero mira lo que soy: un moribundo que aquella noche venía borracho de las hogueras y que lleva seis años diciendo que no vio nada.

A mí me desmonta un abogado de primer año sin quitarse el abrigo.

Lo que yo te dé no vale, muller. Vale lo que digan ellos.

Los de la casa. Con la boca de ellos, en su mesa. Otra cosa es humo.

Me quedo muy quieta, porque acaba de ponerle palabras exactas a lo que llevo días sabiendo sin querer saberlo: no tengo nada mientras no lo digan ellos.

Y entonces la puerta del piso se abre. Sin llamar, sin ruido de llave, con la naturalidad de quien entra a diario. Me giro y el estómago se me cierra en un puño pequeño y frío.

Manuela está en el umbral con un táper en las manos.

Caldo; se ve el vaho en la tapa. Lleva la rebeca gris de siempre y la cara de siempre, esa cara que no dice nada que no autorice, aprendida de su señora en treinta años de servicio.

Los ojos van de Lisardo a mí, de mí a la mochila abierta, de la mochila al móvil que sigue en mi mano con la foto del corcho iluminada.

¿Cuánto lleva ahí? La escalera no ha crujido. El grillo del oxígeno lo tapa todo. Repaso a toda velocidad las últimas frases dichas en voz alta, y son las peores: el juez, la firma, los de la casa.

— Le traigo el caldo, Lisardo — dice, y cruza el salón, y deja el táper en la mesa camilla, y le recoloca el tubo del oxígeno con dos dedos, un gesto de mil veces—. Coma caliente, que luego todo son lamentos.

— Manuela... — empieza Lisardo.

— Los martes caldo, como siempre. — Le corta sin subir la voz. Después se vuelve hacia mí, se alisa la rebeca, y en la cara no hay nada de nada, y eso es lo que más miedo da—. La señora pregunta si cenas en casa, Julia.