La Prometida Nueve días
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Nueve días

La escalera de Lisardo Couso huele a caldo recalentado y a un tabaco viejo que ya nadie fuma pero sigue viviendo en las paredes.

Subo contando peldaños por deformación profesional: dieciocho, con el canto gastado por el medio, como se gastan las escaleras de la gente que sube despacio.

Antes de llamar ya lo oigo: un zumbido eléctrico constante, con un clic cada pocos segundos.

Un concentrador de oxígeno. En la consulta lo llamamos el grillo, porque acaba metido en la cabeza de toda la casa.

He venido con la mochila de trabajo y una mentira pequeña.

Ayer, en O Peirao, le pregunté a Chelo por el hombre de la foto de la nave vieja, el de la bata junto a Olalla, y Chelo, que no sabe callar ni queriendo, me lo sirvió entero con el segundo café: Lisardo Couso, jefe de producción toda la vida, jubilado, el pulmón hecho una pena, vive solo encima de la antigua ferretería, frente al puerto.

Esta mañana he llamado a su puerta y he dicho la única frase que abre todas las puertas de un enfermo respiratorio: soy fisioterapeuta, puedo ayudarle a respirar mejor.

— Está abierto — responde una voz partida en dos, como un acordeón al que le faltan notas.

El piso es pequeño y está limpio de una limpieza que no es suya: alguien viene, friega, ordena y se va.

Una ventana grande da al puerto, a la lonja, a las gaviotas peleándose por lo que suelta la marea.

Y en el sillón orejero, con el tubo de oxígeno cruzándole la cara como unas gafas caídas, está el hombre de la foto, treinta años más tarde y cuarenta kilos más cerca del hueso.

Lo primero que leo es la postura. Está sentado en trípode: inclinado hacia delante, las manos apoyadas en los muslos, los codos abiertos.

Es la postura de quien lleva meses negociando cada bocanada.

El cuello le trabaja de más; los escalenos y el esternocleidomastoideo tiran de las costillas hacia arriba en cada inspiración, músculos que no nacieron para respirar haciendo horas extra desde hace años.

Las uñas, abombadas, en vidrio de reloj.

Los labios, de un morado discreto, educado, de los que ya no asustan a su dueño.

— Ya sé quién eres, rapaza — dice antes de que abra la boca—. La prometida. En este pueblo los nombres duran poco y los motes toda la vida, así que ve haciéndote a él.

— Julia.

— Lo dicho. La prometida. — Mueve una mano hacia la silla libre—. ¿Y qué viene a hacer una fisioterapeuta de Madrid a casa de un fumador arrepentido? Porque gratis no trabaja nadie, y guapo no estoy.

— A enseñarle a gastar menos aire en respirar. Y a preguntarle por una foto.

Se ríe, y la risa le cuesta tres accesos de tos y un pitido largo, un silbido fino de gaita rota que se le queda dentro un rato. Espero. He aprendido a esperar las toses de los demás sin mirar el reloj; es lo mínimo que se le debe a un pulmón que se está despidiendo.

— Empieza por lo del aire — dice cuando puede—. Lo otro, según.

———

Trabajo media hora larga. Le enseño a respirar con los labios fruncidos, a soltar el aire en el doble de tiempo del que tarda en cogerlo, a apoyar los brazos para que el cuello descanse.

Le abro la caja torácica con las manos, costilla a costilla, con la suavidad con que se abre un libro mojado.

Bajo mis dedos el tórax es rígido, un tonel viejo, pero algo cede, y cuando cede, Lisardo cierra los ojos.

— Carallo — murmura—. Hacía años que no me llegaba el aire ahí abajo.

— No le llega. Pero el cuerpo agradece que lo intenten.

— Como todo el mundo, entonces.

Le pregunto cuántos escalones sube sin parar.

Dice que ocho, que en el nueve descansa con la mano en la barandilla haciendo que mira el buzón, por si pasa alguien, que una cosa es morirse y otra dar el espectáculo.

Le enseño a subirlos de otra manera, soltando el aire en el esfuerzo, y me escucha con una atención de alumno viejo, la cabeza ladeada, apuntándolo todo en algún cuaderno de dentro que ya no le servirá de mucho.

Los dos lo sabemos y ninguno lo dice. En eso consiste la mitad de mi oficio: en trabajar con seriedad absoluta sobre cuerpos que se están yendo, porque la seriedad es la última forma del respeto.

Por la ventana, un barco entra a puerto escorado de cajas.

Lisardo lo sigue con los ojos y me dice el nombre del patrón, el de su padre y el de la mujer que les cose las redes, sin que se lo pregunte.

Habla como quien vacía cajones antes de una mudanza.

Luego señala con la barbilla la mochila, donde asoma la esquina de mi cuaderno.

— Tú apuntas cosas. Se te ve. — Toma aire—. Pregunta lo de la foto, anda. Que sé cuál es, y sé dónde la viste, porque a esa nave no entra ni Dios desde hace seis años y la semana pasada la puerta estaba con el candado cambiado de postura.

Se me tensa el trapecio izquierdo, mi vieja contractura, la piedra que me sale al pensar.

No digo nada de candados. Saco el móvil y le enseño la foto que hice del corcho: la plantilla de la conservera, las batas blancas, Olalla sonriendo con el frontal al cuello.

Y a su lado, con veinte kilos más y el pelo aún oscuro, este hombre.

Lisardo mira la pantalla mucho rato. El pulgar le tiembla encima de la cara de Olalla sin llegar a tocarla, como se hace con las fotos de los muertos.

— ¿Sabes por qué te voy a contar esto a ti, que no te conozco de nada?

— dice al fin—. Porque los médicos me dan dos inviernos y va a ser uno.

Porque no tengo hijos, la mujer se me fue hace nueve años y a mí ya no me pueden quitar nada que no me esté quitando esto.

— Se toca el pecho con dos dedos, sin drama, como quien señala una gotera—.

Ya solo me queda la boca. Y la boca, mira tú, es lo único que me funciona entero.

———

Empieza por diciembre. Hace seis años y medio, la campaña de Navidad. Me lo cuenta a trozos, entre pitidos, y yo voy montando el orden en la cabeza como monto una columna vertebral: pieza a pieza, palpando dónde duele.

La conservera trabajaba a tres turnos. Los lotes de empresa comprometidos desde octubre, la lata azul en todas las cestas navideñas del norte, el mejor diciembre en una década.

Y la depuradora de la nave vieja, la que ya entonces tenía más años que él, se murió una noche de temporal.

Las analíticas del agua de los tanques salieron mal. No una vez: tres.

— Parar era perder la campaña. Incumplir contratos, pagar penalizaciones, mandar a ochenta familias a casa en Navidad. — Respira. Uno, dos, tres—. La señora bajó a la nave a las siete de la mañana. Con el abrigo bueno y el moño hecho. Nunca la había visto pisar producción a esa hora.

— ¿Y qué le dijo?

— Eso es lo bonito. — Sonríe sin sonreír; la mandíbula se le adelanta un milímetro—.

No me dijo falsifica. La señora no dice esas palabras.

Me puso la mano aquí — se toca el antebrazo— y me dijo: Lisardo, tú llevas esta casa en la sangre.

Esto se arregla. Y se fue. Y yo lo arreglé.

— La voz se le queda sin fondo—. Firmé lo que no era.

Tres analíticas. Con mi letra y mi número.

El lote salió con todos los papeles preciosos. El 47-N.

— ¿Cuánto era el lote?

— Miles de latas. Cestas de empresa, medio norte del país. — Mueve la mano abarcando un mapa invisible—. Para cuando quisimos pensar, ya estaba repartido por España entera con su lazo puesto. Retirarlo era confesarlo. Y no retirarlo era rezar. Esta casa siempre ha rezado bien.

El número me cae dentro como cae una moneda en un pozo: tarda en llegar abajo. 47-N. La caja de Navidad. La lata azul de regalo. La mariscada de Ourense.

— Ricardo Souto — digo.

Lisardo levanta la cabeza tan rápido que el tubo del oxígeno se le descoloca.

— ¿Ves como no vienes por el aire? — No hay reproche; hay casi alivio—.

Lo leí en enero en el periódico. Un hombre de cincuenta y ocho años, una gastroenteritis mala, en Ourense.

Nadie lo vinculó con nada, ¿por qué iban a vincularlo?

Una mariscada por Navidad, mala suerte, estas cosas pasan.

La viuda denunció y se lo archivaron. Yo me aprendí el nombre.

— Traga; la nuez sube y baja con esfuerzo—.

Hay nombres que se te quedan a vivir. Ricardo Souto lleva seis años y medio pagándome alquiler aquí dentro.

Le sujeto la muñeca. Pulso rápido, saltón. Le hago un gesto para que respire con los labios fruncidos y obedece, y durante un minuto no hay más que el grillo del concentrador y las gaviotas.

— ¿Y Olalla? — pregunto cuando el pulso baja.

— Olalla. — Dice el nombre distinto de como dice los demás.

Con cuidado, como se pisa el hielo—. La moza de calidad.

Lista como el hambre y honrada como nadie en aquella casa.

En primavera le encargaron revisar la trazabilidad para no sé qué certificado y encontró lo que no tenía que encontrar.

Tres analíticas duplicadas, fechas que no cuadraban con los partes de la depuradora.

Vino a verme aquí, a esta habitación, se sentó donde estás tú sentada.

Se me eriza la piel del antebrazo. No se lo digo.

— Le dije que dejara el asunto. Que el muerto ya estaba muerto y las ochenta familias vivas.

— Se mira las manos—. Me contestó que precisamente por eso.

Que el que estaba muerto tenía viuda, y que la viuda firmó un papel diciendo que fue un virus porque nadie le enseñó otra cosa.

Ella fue al despacho grande con la carpeta debajo del brazo.

Yo estaba al otro lado de la puerta, con el oído puesto, para qué te voy a mentir.

— ¿Y?