La Prometida Cinco días
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Cinco días

El pueblo lleva todo el día acarreando fuego.

Desde la ventana de mi cuarto veo crecer las pilas de madera en la playa del Areal: palés, muebles rotos, una barca vieja a la que le ha llegado la hora, todo arrastrado entre risas por cuadrillas de críos con las piernas llenas de arena.

En la lonja han montado mesas corridas. Huele a leña, a pan, a víspera.

Es veintitrés de junio y Soutelo entero se prepara para San Xoán como quien prepara una boda: la de todos.

Por la mañana, en mi carrera del faro, el pueblo me lo ha ido contando sin que preguntase.

Que si la sardina llegó buena este año. Que si los de la cofradía guardan el mejor palé para lo alto de la pila grande.

Que salte las nueve olas, me han dicho dos mujeres a la puerta de la panadería, riéndose con toda la cara: una novia tiene que saltar las nueve olas sí o sí, para espantar lo malo antes de casarse, que luego lo malo entra en las casas y ya no hay quien lo eche.

Les he dado las gracias por el consejo. No se me ha olvidado en toda la mañana.

En A Atalaia, mientras tanto, es un martes cualquiera de un mes cualquiera. Esa es la versión oficial de la casa y la casa la ejecuta con una disciplina que pone la piel de gallina.

Lo veo hacerse a lo largo del día, pieza a pieza, y lo voy anotando por dentro como se anota un cuadro clínico.

A media mañana, Manuela descuelga la ropa tendida del jardín aunque el día está seco, no vaya a ser que el humo, dice.

A la una, Benigna decide que la galería necesita una limpieza de cristales y las cortinas quedan corridas por dentro, protegiendo del sol un sol que no molesta a nadie.

A las cinco, alguien, no veo quién, cierra las contraventanas del salón que mira al Areal.

A las siete, la casa entera ha girado sobre sí misma y vive de espaldas a la playa, de espaldas al pueblo, de espaldas a la fecha, con todas las persianas del lado del mar echadas como párpados.

Nadie ha dicho la palabra San Xoán en todo el día.

La han bordeado con una elegancia de patinadores: esta noche cenamos pronto, mañana habrá resaca en el pueblo para las recogidas, el humo estropea las camelias.

La coreografía del silencio en su máxima expresión, seis años de ensayo general cada veintitrés de junio, y yo dentro, contando pasos.

En la cocina, a mediodía, el menú de la noche confirma lo que ya sé: sopa de fideo, merluza, fruta.

Ni sardinas, ni churrasco, ni pan de brona, ni nada que huela a fiesta, en la única noche del año en que Galicia entera come fuego.

He visto cartas de restaurante con menos intención que esta cena.

Manuela pela patatas junto al fregadero y no levanta la vista cuando paso, pero la espalda se le endereza medio centímetro, el saludo mínimo de los cuerpos que se saben observados por alguien que sabe mirar.

Telmo baja a media tarde de la delegación con el color de la explanada del faro todavía puesto.

Desde el lunes anda así: gris, callado, mirando a su familia como se mira una casa después de un terremoto, buscando las grietas que llevaban ahí toda la vida disfrazadas de molduras.

Nos cruzamos en la escalera y me toca la muñeca, dos segundos, sin palabras.

Hemos acordado esperar. Aguantar la semana, no despertar a nadie.

Noto en sus dedos lo que le cuesta: el pulso alto, la piel fría.

Aguantar es lo que peor se le da del mundo a un hombre al que acaban de quitarle la venda.

— ¿Cómo lo hace la gente? — me susurra en el descansillo, con la vista puesta en el pasillo vacío—. Cenar. Hablar de manteles. Sabiendo.

— No lo sabe hacer nadie — le contesto igual de bajo—. Se hace y ya está. Tu familia lleva seis años demostrándolo.

Acusa el golpe y lo acepta, porque es verdad y porque las verdades, desde el lunes, han dejado de pedirle permiso.

Sigue escaleras arriba a cambiarse y yo me quedo un momento con la mano en la barandilla, oyendo abajo el entrechocar de la loza buena, la casa afinando sus instrumentos para el concierto de todos los veintitrés de junio.

A las ocho y media, Manuela enciende las luces de dentro y la casa se hace más pequeña.

A las nueve, el primer cohete del pueblo revienta sobre la ría y las copas del aparador dan una nota finísima, un tintineo de aviso.

Por el pasillo, camino del comedor, sorprendo a Manuela persignándose deprisa contra el marco de la cocina, un gesto pequeño, gastado, de contrabando.

Me ve verla. No decimos nada. Desde la noche de la llave que aún no ha llegado, desde el caldo de Lisardo, Manuela y yo hablamos así: en silencios colocados con mucho cuidado, como loza antigua.

La mesa está puesta con sopa en junio. Sopa caliente, de fideo fino, la primera cucharada me sube un sudor antiguo por la nuca. Las ventanas cerradas, las cortinas echadas, y fuera, amortiguado, el pueblo empezando a arder de alegría.

———

La cena es la más extraña de mi vida, y llevo un mes cenando en esta casa.

Benigna dirige la conversación como quien conduce por una carretera con niebla: despacio, con las dos manos, sin soltar el volante un segundo.

Los manteles del banquete, que si el hilo o el algodón.

La prima de Lugo, que llega el jueves. El cura, que quiere los papeles del coro el viernes a más tardar.

Cada vez que un cohete estalla sobre el Areal, la voz de la señora de la casa sube medio punto, exacta, para taparlo, y baja después, y no pierde la hebra, y unta mantequilla en el pan con esas manos que jamás gesticulan.

El reloj del pasillo, que lleva un mes dando las horas con su bronce tranquilo, esta noche parece dar campanadas de iglesia.

Entre plato y plato caen silencios que en otra mesa serían normales y en esta son de una precisión aterradora: nadie los llena con lo primero que se le ocurre, porque lo primero que se les ocurre a todos es lo mismo y tiene nombre y apellido y seis años.

Aprendo algo nuevo mirándolos: el silencio también se puede heredar, como los cubiertos de plata.

Este lo heredarán los hijos que Benigna quiere que le dé a la casa, si nadie lo rompe antes.

Manuela sirve esta noche con un orden distinto al de siempre: primero a Roi, que es el pequeño y debería ser el último, y nadie lo comenta porque nadie parece verlo.

Yo sí lo veo. Es su manera de estar cerca de la silla que más lo necesita, un merodeo de enfermera disfrazado de servicio, y cada vez que pasa por detrás del benjamín de la casa aminora un poco, como se aminora al pasar junto a un enfermo dormido.

Roi está enfrente de mí y no come. Empuja el fideo de un lado a otro del plato, construye una isla, la deshace.

Tiene la cara del color de la cera y los hombros a la altura de las orejas, y cada estallido lejano le pasa por el cuerpo entero, un latigazo mínimo que empieza en los párpados y acaba en las manos.

Le miro las manos: han cortado el pan en trozos cada vez más pequeños, migas de migas, sin comerse ninguno.

Un cuerpo pidiendo salir de una habitación desde el primer plato.

Telmo tampoco habla apenas, pero por lo contrario: está escuchando.

Escucha la casa por primera vez desde fuera, lo veo hacer el mismo ejercicio que llevo un mes haciendo yo, mirar las cortinas corridas, la sopa de junio, la silla del hermano pequeño con el cuerpo del hermano pequeño temblándole dentro, y ponerle a todo el nombre nuevo que tiene desde el lunes.

En un momento dado, su rodilla encuentra la mía bajo la mesa y ahí se queda, no como una caricia: como quien se agarra a una barandilla.

— Mañana el pueblo estará imposible — dice Benigna, sirviendo más agua a quien no ha pedido agua—. Las recogidas de la iglesia mejor a primera hora, Telmo, antes de que despierten los de las hogueras.

La palabra se le escapa. Hogueras. Un segundo de nada: el cuello de Manuela, que retiraba la sopera, se detiene; la nuez de Roi sube; el propio moño bajo de Benigna parece apretarse un poco más.

La frase sigue su camino, la mesa sigue su camino, y el nombre de la fiesta queda flotando sobre el mantel como el humo que las camelias no soportan.

Roi aparta la silla.

— Voy a por hielo — dice.

— Hay hielo en la mesa — responde Benigna, sin mirarlo.

— Voy a por más.

Sale. Los pasos se le oyen por el pasillo, más rápidos de lo que exige el hielo, y después nada. La cubitera de plata, en el centro exacto de la mesa, suda gotas delante de todos, llena hasta arriba.

Benigna retoma los manteles donde los dejó. Manuela trae la merluza. Los cohetes siguen su ritmo allá fuera y el reloj del pasillo da las diez, y el sitio de Roi sigue vacío, y en esta mesa la ausencia de un hijo se administra igual que todo lo demás: sin darle el gusto de existir.

A las diez y cuarto doblo la servilleta.

— Voy al baño — digo.

Benigna me mira un momento por encima de la fuente. Sabe que no voy al baño. Sé que lo sabe. Me da igual y le da igual: hace días que las dos jugamos con las cartas boca arriba y los modales intactos, que es la forma de guerra más agotadora que existe.

———

No está en la cocina. La puerta del office está abierta, la nevera del hielo intacta.

No está en el patio de atrás, donde el aire huele a humo de leña y a sardinas del pueblo, tan vivo, tan de fiesta, que da vértigo respirarlo desde este lado del muro.

Cruzo el lavadero a oscuras, guiándome con la mano por la pared fría, y veo la raya de luz debajo de la puerta del garaje.

Abro despacio.

El garaje huele a gasolina fría y a las cajas de vino del miércoles, apiladas contra la pared con sus doce bocas de cartón abiertas.

El coche grande está en su sitio, el de Telmo, y dentro del coche, en el asiento del conductor, está Roi.

El motor apagado. Los faros apagados. Las manos en el volante, a las diez y diez, la postura perfecta de la autoescuela, los nudillos blancos de apretar.

Va a ninguna parte con una corrección absoluta.

No se sobresalta cuando abro la puerta del copiloto y me siento a su lado. Me esperaba, o le da ya todo igual, que a veces son la misma cosa. La bombilla del garaje, desnuda, hace un cerco amarillo alrededor del coche y deja el resto del mundo fuera.

— De pequeño este día me gustaba — dice, mirando al frente, a la pared con las matrículas viejas y una boya colgada—. Era el mejor del año. Mejor que Reyes.

— Cuéntamelo.

— Mi padre nos bajaba al Areal a media tarde a montar la nuestra.

La hoguera de la conservera, la más grande, siempre, por orgullo de empresa.

— Una sonrisa le pasa por la boca sin tocarle los ojos—.

Telmo me subía a hombros para poner lo último de arriba, una silla rota o lo que hubiera, y todo el pueblo miraba.

Y de noche, saltar. Había que saltar nueve olas o nueve fuegos, decían las viejas, para espantar lo malo. Yo saltaba veinte. Por si acaso.

Fuera, lejos, revienta un cohete doble y las manos aprietan el volante hasta que pasa el eco.

— Las sardinas me las comía quemadas de fuera y crudas de dentro, y mi madre me reñía, y me daba igual porque era San Xoán y en San Xoán no reñía nadie de verdad.

— Traga—. Me sabía todas las hogueras del Areal por dueño.

La de la cofradía, la de los de la lonja, la nuestra.

Este pueblo por la noche, todo fuego y todo risa, era mío.

Se queda un rato callado, las manos siempre en el volante, y cuando vuelve a hablar la voz le sale más joven, de más atrás.

— ¿Sabes dónde aprendí a nadar? — No espera respuesta—.

En los tanques de la cetaria vieja. De crío, con la marea baja, quedaba el agua mansa y calentita, y Telmo me sujetaba por la barriga hasta que un día no me sujetó y ya está, ya nadaba.

Mi padre decía que los Quiroga aprendemos a nadar antes que a mentir.

— Una pausa larga—. En eso mi padre se equivocó de orden.

Lo dice sin mirarme, sin énfasis, y el frío que me sube no es por la frase: es porque acaba de acercarse él solo, marcha atrás y con los ojos cerrados, al borde exacto de la única cosa que no puede decir.

El pretérito lo dice todo. Le miro el perfil, la nuez subiendo y bajando, los ojos fijos en la boya de la pared como si la pared fuera un parabrisas y hubiera carretera detrás.

Está conduciendo. Lleva seis años conduciendo este coche parado, cada veintitrés de junio, hacia la única salida que se le ocurre: ninguna.

— Roi — digo, con el cuidado con que se toca un hombro dislocado—. ¿Qué pasó en la cetaria?

Los nudillos, blancos. El silencio dura tres cohetes.

— Mañana el pueblo olerá a humo frío — responde, con la voz plana de leer un albarán—. Es el peor olor del mundo, ¿lo sabías? La fiesta apagada. Yo lo huelo hasta en Madrid, en junio, en la calle, donde no hay hogueras ni hay nada. Lo llevo puesto.

Y entonces lo veo en el retrovisor.

No la he oído. Nadie la oye nunca: es una casa entera la que camina con sus zapatos.

Benigna está detrás del coche, pequeña y recta en el cerco amarillo de la bombilla, con las manos juntas delante de la falda, y el espejo me la sirve enmarcada, como un retrato que llevara ahí colgado toda la vida esperando a que yo mirase.

Se acerca por el lado del conductor. Abre la puerta de Roi con una suavidad de enfermera de noche, de las que saben mover a un enfermo sin despertarlo, y se inclina apenas.

— Roi, cariño, la sopa se enfría.

Ni un reproche. Ni una pregunta. La mano se posa en el hombro del hijo y el hijo suelta el volante como sueltan los niños un juguete cuando se encienden las luces del salón: de golpe y con alivio, entregando el mando.

Sale del coche sin mirarme, encogido, y cruza el garaje hacia la puerta del lavadero, y en diez pasos se recompone, veo la espalda estirarse, la sonrisa de fluorescente colocarse en su sitio antes de entrar en la casa.

Aprendió del mejor cuerpo educado del país, igual que estoy aprendiendo yo.

Benigna no lo sigue. Rodea el coche por delante, pasa la mano por el capó comprobando un polvo que no existe y viene hasta mi lado.

Bajo la ventanilla porque no bajarla sería peor.

Un momento nos quedamos así, la señora de la casa de pie y la novia sentada en un coche parado, y ninguna de las dos hace el gesto de irse.

— Las fiestas ajenas ponen melancólico a cualquiera — dice, mirando no a mí sino al retrovisor, exactamente al punto donde antes estaba su retrato—. Por eso en esta casa se cena dentro, con los nuestros y con la puerta atrancada. Los fuegos, de lejos, calientan igual y no queman a nadie.

— ¿Y si alguien quiere ir a saltar las olas?

Se permite media sonrisa, la de la boca, la que el esternocleidomastoideo nunca firma. Después endereza la espalda milímetro a milímetro y el guante, por segunda vez desde que la conozco, se queda en el costurero.

— En esta casa las puertas se cierran a las once — dice—. Todas.