Trece días
Dos días tardo en poder salir de la jaula.
Dos días con las fotos de la grieta quemándome en el móvil, sonriendo a modistas, eligiendo cintas para los bancos de la iglesia, y evitando quedarme a solas con Benigna, que desde la mañana de las dos tazas me trata con una dulzura nueva, más honda, la dulzura con que se trata a los enfermos que aún no saben lo que tienen.
Son dos días de una vida doble que empieza a pasarme factura en mi propio cuerpo, y tiene gracia, si algo de esto la tuviera: la fisioterapeuta somatizando.
Duermo a rachas y sueño con agua. Se me ha instalado una tensión nueva en los escalenos, respiración de guardia, y en la mesa me descubro masticando el doble de veces de lo normal, rumiando la comida porque no puedo rumiar otra cosa delante de ellos.
Telmo sigue en su andén: amable, lejano, esperando no sabe qué, esperándome a mí, y dos veces lo pillo mirándome durante la cena con una pregunta entera en la cara que no formula.
No se la contesto. Todavía no. Lo que tengo en el móvil no se puede dar a medias, y entero aún no sé dárselo: hay un orden, primero se documenta, luego se llora, luego se entiende, y con Telmo, cuando llegue la hora, van a pasar las tres cosas a la vez.
Una noche, tarde, oigo a Benigna hablar por teléfono en el despacho, un murmullo largo, administrativo, del que solo cruzo dos palabras al pasar por el pasillo: para entonces. No sé con quién habla. En esta casa hasta lo que se oye por casualidad parece dictado.
La salida me la fabrica la florista sin saberlo: llama al fijo de la casa, con el pedido hay un problema de portes, mejor pasarse. Cojo el recado del aire, delante de todos, y lo convierto en llave.
— Me acerco mañana y lo arreglo — digo en la sobremesa —. De paso recojo las lazadas.
— Que vaya Telmo contigo — dice Benigna, sin levantar la vista del costurero —. Un hombre para los portes siempre ayuda.
— Telmo tiene lo del etiquetado. — Le sonrío con la técnica de la casa, mi mejor alumna interior tomando apuntes —. Y si un hombre me carga las cajas, ¿qué clase de fisioterapeuta soy?
Roi se ríe, la broma cumple su función de bisagra, y la conversación gira.
Pero al recoger las tazas, Benigna pasa por detrás de mi silla y me deja la mano un momento en el hombro, en el trapecio izquierdo exactamente, en mi contractura de toda la vida, como si mi ficha incluyera también eso, y aprieta apenas, un afecto con dos lecturas, como todo lo suyo.
— Abrígate — dice —. Mañana entra el nordés.
———
El nordés entra, en efecto. La carretera de Cedeira va llena de luz dura y de gaviotas quietas contra el viento, colgadas del aire como chinchetas.
Conduzco con las manos a las diez y diez y el móvil en el bolsillo interior, contra las costillas.
Ya no lo dejo en el bolso. El bolso duerme en una casa que plancha esquinas.
Lo de los portes se arregla en diez minutos y catorce euros, y la florista me despacha el papeleo mirándome de reojo, con el gato de testigo, y al darme el recibo se inclina un poco sobre el mostrador.
— ¿Cómo la encontró? — pregunta, bajito. No hace falta que diga a quién.
— Entera — digo, y es la palabra más exacta que tengo.
— Entera. — Lo saborea, cabecea una vez, se guarda el bolígrafo en el delantal —. Ya son dos, entonces.
Subo la cuesta del Cristo con eso en el pecho. Ya son dos. En la aritmética de este pueblo yo ya cuento en la columna de Dorinda, y no sé cuándo ha pasado, y sé exactamente cuándo ha pasado.
Dorinda me abre con el delantal puesto y las gafas de cerca subidas al pelo.
— Tengo empanada en el horno — anuncia, en lugar de hola —. De xoubas. Te llevas la mitad, que estás quedando en los huesos con tanta boda.
La sigo a la cocina. Hay algo distinto en la casa, tardo un momento en localizarlo: la radio está apagada. El parte del mar, su vigilia de seis años, en silencio. Me ve mirar al aparato y se encoge de hombros.
— Desde que vienes tú, ya no lo necesito tanto — dice, y me deja con eso, que pesa una tonelada, mientras se agacha al horno.
Comemos empanada de pie, en la encimera, como se comen las cosas importantes en las cocinas de verdad. Y cuando termina de recoger las migas con la bayeta, con esa manera suya de dejar el terreno limpio antes de las batallas, me mira:
— Tú no has venido por portes.
— No.
— ¿Qué traes?
Saco el móvil. Busco la foto buena, la del detalle, las dos letras a navaja llenando la pantalla, y antes de girarlo hacia ella hago lo que hago en la consulta antes de dar un resultado malo: le busco un sitio donde sentarse.
— Siéntese, Dorinda.
— Dame eso.
No se sienta. Le doy el móvil.
Y entonces asisto a algo que no había visto nunca entero, ni en los duelos de los pacientes ni en los hospitales ni en ninguna parte: veo a un cuerpo recibir una noticia que lleva seis años esperando.
No hay grito. Hay una detención general, un apagón de todos los sistemas a la vez, la respiración, el parpadeo, hasta el temblor fino de la edad que le vive en las manos: todo se para un segundo larguísimo, el cuerpo entero pidiendo silencio para verificar.
Y después, en orden inverso, todo vuelve a arrancar, pero recolocado, como vuelve la luz tras un apagón, habitación por habitación: primero los dedos, que se cierran sobre el móvil; luego el aliento, que entra hondo y de golpe, con un ruido de puerta vieja; luego los ojos, que suben del móvil a mí, enormes detrás de las lágrimas que todavía no caen.
— ¿Dónde? — dice. Una palabra. La voz sale plana, gastada por el uso interno: esa pregunta la ha hecho seis años por dentro.
— En la cetaria vieja. Bajo la casa. Hay una grieta donde bate el mar; está encajada dentro, a un metro. No la he tocado. Está como cayó.
— Como cayó — repite.
Se sienta ahora sí, sin buscar la silla, encontrándola de memoria. Sostiene el móvil con las dos manos, en el regazo, y lo mira como se miran las fotos de los nichos, y le va pasando el pulgar por el borde de la pantalla, una caricia pequeña, refleja, que no es para el aparato.
— Es la de Cándido — dice al fin —. La goma la cambió ella dos veranos antes de...
La goma era nueva, naranja. Esa. — Se recoloca las gafas en el pelo sin ninguna necesidad —.
Se la regaló el padre cuando aprobó las oposiciones.
Toma, para que veas de noche lo que los demás no ven de día, le dijo.
Menudo era Cándido para las frases. — Levanta los ojos —.
La llevaba siempre, ¿sabes? Siempre. En el bolso, como otras llevan el paraguas.
Le daba igual ir de boda que de análisis: la linterna iba. Le decían la Baamonde y su faro.
Se ríe. La risa se le rompe a la mitad y la deja terminar en lo otro, y llora por fin, poco, con una economía terrible, dos lágrimas y ya, como quien lleva años racionando.
— Dorinda. — Me pongo en cuclillas delante de la silla, a su altura, mis manos sobre las suyas y el móvil en medio, un bocadillo de manos y de años —. Escúcheme. Esto no demuestra todavía nada delante de un juez. Una linterna en una grieta. Dirán que se le cayó cualquier día, que...
— Con eso no se compra billete a Irlanda — me corta, y la voz le vuelve afilada, seca, la de la primera puerta —.
Con eso se baja a la cetaria. De noche. — Aparta mis manos, sin brusquedad, porque necesita las suyas para hablar —: ¿Tú sabes lo que me estás enseñando?
Me estás enseñando que mi hija está en el mar de debajo de esa casa.
Que lleva seis años, seis, debajo de las ventanas de esa gente, con las mareas pasándole por encima mientras arriba se cenaba caliente.
— Se le va la mirada a la ventana, al nordés —.
Y me estás pidiendo esperar. Se te ve en la cara que me lo vas a pedir.
— Días. Le pido días, no más. — Y le explico lo que llevo dos noches ordenando: que una linterna sin contexto se archiva como se archivó la denuncia; que si esto llega a un cuartel ahora, la primera llamada que se hará desde el cuartel será a A Atalaia, porque este es su mundo y sus teléfonos; que hay más, que estoy cerca de más, la nave, los papeles, un nombre nuevo que todavía no le doy porque aún no sé qué pesa; que la única ventaja que tenemos es que ellos no saben cuánto sé.
Que me deje usar la boda. Que una novia dentro de la casa ve lo que ningún juzgado.
Me escucha entera con los ojos cerrados. Cuando los abre, ha envejecido y ha rejuvenecido a la vez, no sé explicarlo mejor: más arrugas y más filo.
— Trece días — dice —. Sé contar. Hasta la boda, trece.
— Me apunta con el dedo, un dedo torcido de artrosis que no tiembla nada —: Si el día doce no ha pasado nada, bajo yo al cuartel con mi cuaderno y me da igual todo.
Y una cosa más, Julia. — Es la segunda vez que me llama por mi nombre y me la guardo como la primera —: Tú no te casas con esa gente sin saber.
Prométemelo. Saber primero, decidir después.
— Se lo prometo.
Coleccionan promesas mías las mujeres que quiero. Algún día vendrán todas juntas a cobrar.
— ¿Y él? — pregunta entonces, con la barbilla hacia el sur, hacia Soutelo, hacia un hombre concreto —. ¿Sabe esto? Lo de la grieta.
— No. Todavía no.
— ¿Por qué?
Podría darle la versión técnica, la de las pruebas y los pasos. Le doy la otra, porque a esta mujer no se le miente en su cocina:
— Porque no sé qué va a hacer. — Me oigo decirlo y las palabras me ordenan por dentro mientras salen —.
Le quiero, Dorinda. Y no sé qué va a hacer.
No sé si va a coger el teléfono y llamar a un juzgado o si va a bajar la escalera y decir mamá.
Y hasta que no sepa cuál de los dos hombres es, no puedo darle una cosa que solo se puede dar una vez.
Dorinda me mira un rato largo. Fuera, el nordés peina los geranios.
— Seis años lleva esa duda viviendo en esta casa — dice al fin —. Bienvenida. Hay sitio.
———
Después me hace repetirle la última noche. La suya, la que ella tiene, para ponerla al lado de mi grieta y ver si casan, y casan, y eso es lo peor de todo.
— El domingo antes comió aquí — dice. Está de pie otra vez, apoyada en la encimera, los brazos cruzados, el relato sabido de memoria y aun así costándole el mismo peaje de siempre —.
Estaba rara. No triste: ocupada. Como cuando estudiaba las oposiciones, esa manera de estar en dos sitios.
Le pregunté si pasaba algo con Telmo y se rio, y me dijo: con Mouro no, Dori, Mouro es lo único que funciona en esa empresa.
— Aprieta los brazos cruzados —. En esa empresa, dijo.
No en esa casa. Yo entonces no pesé la diferencia. Ahora la peso todos los días.
— ¿Y el lunes?
— El lunes me llamó por la noche. Corta, con ruido de fondo, estaría en el piso de él o por la calle.
Y me dijo lo que te dije: nai, después de las hogueras hablamos tú y yo con calma, tengo algo gordo.
Yo le pregunté si bueno o malo. Y se quedó un poquito así, y me dijo: gordo, Dori.
Las cosas gordas no son buenas ni malas, son gordas.
— Los ojos se le van al aparador, a la foto del muelle —.
Fue la última vez que oí la voz de mi hija.
El martes era San Xoán. El miércoles ya era una tarjeta comprando un billete.
— ¿Usted intentó llamarla el mismo martes?
— Por la noche, tarde, para que me contara las hogueras.
Nunca se lo perdía, lo de las hogueras: de cría saltaba tres, decía que las impares dan suerte.
— Mueve la cabeza —. Daba apagado. Me acosté pensando: estará en la playa, no habrá cobertura, mañana me llama.
— Hace una pausa exacta, del ancho de seis años —.
Todavía hay noches que me acuesto pensándolo.
Pongo mi grieta al lado de su relato y encajan sin forzar, diente con diente, como encajan las fracturas limpias.
Algo gordo que contar después de las hogueras.
Una bajada nocturna a un sitio al que se baja con frontal.
Un móvil que se apaga esa misma noche y ya no se enciende.
Y a la mañana siguiente, cuando el pueblo entero duerme la resaca de San Xoán, una tarjeta comprando billetes con una pulcritud de oficina.
No le digo a Dorinda lo que estoy viendo, pero me lo ve en la cara, porque lo está viendo también, lo lleva seis años viendo sola: entre la última llamada y el primer billete hay una noche.
Y esa noche alguien estuvo lo bastante sereno para pensar en autobuses.
— ¿Entiendes ahora por qué no me volví loca? — dice bajito —. Porque loca habría descansado.
El nordés empuja la ventana y la casa cruje una vez, discreta, y las dos lo dejamos pasar. Miro el reloj de la cocina y odio tener que hacerlo: la jaula me espera con la cena a las nueve.
— Tengo que volver, Dorinda.
— Ya lo sé. — No se mueve —. Falta lo tuyo.
— ¿Lo mío?
— Lo que te llevas hoy. — Se despega de la encimera y sale de la cocina, y la oigo abrir el armario del pasillo, el grande, el que suena a madera buena, y vuelve con una carpeta de gomas parda, gastada por las esquinas, y me la pone en las manos con la solemnidad con que se entregan las cosas que pesan más que su papel —.
La copia de la denuncia. Entera, con los sellos.
Que la tenga alguien más que yo, por si a esta vieja le pasa algo, que ya me entiendes. Y esto.
De entre las tapas asoma una fotografía suelta. La saca con dos dedos y me la tiende.
Es Olalla y es Telmo. Jóvenes, morenos, guapos de una manera que duele mirar desde aquí: sentados en el murete del puerto de Cedeira con dos helados, apoyados el uno en el otro con ese desorden cómodo de las parejas largas.
Han pasado justo los años que han pasado y aun así lo reconozco entero: la manera de ladear la cabeza, el brazo largo alrededor de los hombros de su chica, la sonrisa sin administrar, una sonrisa que yo no le he visto nunca.
A su lado, Olalla mira a la cámara riéndose con toda la cara, y ahora sé de quién era el sitio fuera de plano en la foto de la plantilla: le hacía gracia el mundo entero cuando estaba con este hombre.
— Guárdala tú — dice Dorinda —. Yo ya no puedo tenerla en casa y tampoco puedo romperla. A ver si tú puedes con las dos cosas.
— Dorinda, yo...
— Y cuando la mires bien mirada — sigue, y ahora la voz le baja a ese registro seco y exacto de las verdades que llevan años esperando turno —, pregúntale a tu novio por qué no vino ni una vez a preguntarme por ella.
Ni una. En seis años. — Recoge una miga invisible de la encimera, la aprieta en el puño —.
El cura vino. Chelo vino. Hasta el Nino subió una vez esa cuesta, borracho y todo, a decirme lo de las luces.
El que iba a ser mi yerno, nunca. — Me mira, y en sus ojos no hay odio, hay algo mucho más difícil: hay diagnóstico —.
Los que no preguntan es porque temen la respuesta.