Quince días #2
Hago las fotos llorando y no me doy cuenta de que lloro hasta que una gota me cae en la pantalla.
Flash, sin flash, con zoom, el detalle de las letras, la posición respecto al codo de la roca, un plano con mi mano en el encuadre para dar escala, todo el protocolo que improviso con una solvencia que me asusta de mí misma.
En algún momento el brazo me pide tocarla.
Sacarla. Traérmela al pecho, subírsela a Dorinda, aquí está, era verdad, usted tenía razón, seis años teniendo usted razón.
No la toco.
Si esto acaba donde tiene que acabar, esta linterna tiene que estar donde está, como está, con sus seis años de mejillones creciéndole encima, y tiene que sacarla alguien con guantes y con un número de registro.
Yo sé lo que vale una prueba intacta: trabajo con cuerpos, sé lo que pasa cuando alguien los recoloca antes de que llegue quien entiende.
Me aparto del borde y me siento en el hormigón, de espaldas a la grieta, mirando el mar retirado, y me doy dos minutos.
Los necesito para algo concreto: para no reconstruir.
Porque la cabeza me lo está pidiendo a gritos, montar la escena, una noche de hogueras, una mujer bajando esos mismos escalones con esta linterna encendida en la frente, la marea viva subiendo por donde ahora respira el agua, y sé que si dejo a la cabeza hacer esa película me va a faltar cuerpo para subir la cuesta.
Hay un orden. Primero se documenta, luego se llora, luego se entiende.
Me lo repito con las manos apoyadas en la piedra fría y el mar delante, ese mar aplicado y limpio de primera hora que parece incapaz de deberle nada a nadie.
Dos minutos. Ni uno más.
Vuelvo al borde una última vez, el tiempo justo de prometerle a la linterna algo que no digo en voz alta ni entero, y apago la luz del móvil, y la grieta se la traga otra vez, y el mar golpea abajo, y sorbe.
La marea ha girado. Se nota en el aire antes que en el agua, una impaciencia nueva en el golpe. Subo.
———
La subida se me hace corta, que es lo que pasa cuando la cabeza pesa más que las piernas.
Voy componiendo el día que empieza: guardar esto, llamar a Dorinda desde el alto, decidir con qué cara se desayuna a quince días de una boda sabiendo lo que sé.
Retuerzo el alambre de la cancela como estaba.
Cruzo el murete del mirador con el sol ya fuera, un sol lavado, sin fuerza, y el jardín huele a tierra regada y a las camelias les brilla el rocío, y estoy a veinte pasos de la puerta cuando la veo.
Benigna está sentada en el banco de piedra del mirador.
Vestida, peinada, derecha como a las doce del mediodía, a las ocho y cuarto de la mañana. En el banco, a su lado, una bandeja pequeña. Dos tazas humeando.
Dos.
— Madrugas — dice. No es pregunta. Palmea el banco, invitándome, y el cuerpo me lleva hasta allí por pura obediencia entrenada mientras la cabeza se queda atrás, contando cremalleras: el móvil está cerrado en el bolsillo interior, contra mis costillas, con sus fotos dentro.
Me siento. La piedra está fría; ella no parece notarlo, o la piedra no se atreve.
Me tiende una taza. Café con leche. La leche fría aparte no: ya mezclada, a la temperatura exacta a la que lo tomo, porque en esta casa hasta mis costumbres tienen ficha.
¿Cuánto lleva ahí? El banco mira al mar y el mar incluye el sendero, la cancela, la cuerda, la plataforma entera.
Le busco en el cuerpo la respuesta, con todo mi oficio, desesperadamente: nada.
Las manos en el regazo, una sobre otra. La espalda a dos dedos del respaldo, como siempre, sin tocarlo.
Ni frío, ni impaciencia, ni triunfo. He leído cuerpos toda mi vida y este es el único que me devuelve el expediente en blanco.
Puede llevar cinco minutos. Puede llevar dos horas.
Puede haberme visto tumbada al borde de la grieta con el móvil en las manos, y la información estaría donde está todo lo suyo: archivada, a su disposición, sin un solo reflejo que la delate.
— Las novias siempre dormís mal la última quincena — dice, mirando el mar, que a esta hora tiene una inocencia recién hecha, plano y claro hasta el horizonte —.
Yo, quince días antes de casarme con Amaro, me levantaba de noche a andar por la casa de mis padres.
Mi madre decía que gastaba más suelo que zapatos.
Bebe un sorbo. Yo sujeto mi taza con las dos manos y no bebo. El vapor me sube por la cara y huele perfecto y no me lo llevaría a la boca ni aunque me lo mandara un juez.
— Es una casa hermosa esta, ¿verdad? — sigue, y con la barbilla abarca el jardín, el acantilado, el aire —.
La construyó el abuelo de Amaro con dinero de Cuba, en el sitio más bonito y más bruto de la costa.
Los del pueblo le dijeron que estaba tolo, que aquí arriba el nordés no deja ni tejas.
Y él contestó: por eso. Donde no aguanta cualquiera, no sube cualquiera.
— Sonríe al mar, un homenaje —. Yo tardé años en entenderlo.
Ahora es lo que más quiero de esta casa: lo que cuesta.
El golpe de la grieta llega hasta aquí arriba, amortiguado, un pulso bajo la conversación, y sé que las dos lo estamos oyendo y sé que solo una de las dos lo escucha ya como lo que es.
— Benigna...
— Los acantilados comen gente, Julia. — Lo dice sin cambiar el tono, sin girarse, con la taza a medio camino de la boca, como quien comenta que va a llover —.
Cada pocos años, alguien que no es de aquí.
Un turista que quiere la foto, un forastero que no respeta la marea.
La piedra parece firme y engaña, el suelo engaña, todo esto engaña si no lo conoces.
— Bebe, ahora sí, un sorbo largo y tranquilo, y deja la taza en el plato con su silencio de porcelana bien educada —. Tú aún no eres de aquí.