Quince días
La bajamar es a las siete y doce.
Lo sé por el calendario de mareas que fotografié en la nave vieja, amarillento y todo, porque las mareas no caducan, se repiten con otros números; solo hubo que buscar las de este mes en el móvil.
Siete y doce, coeficiente alto, el mar retirándose de las rocas como se retira una sábana.
Si alguna vez se puede bajar a la cetaria, es hoy, entre las seis y media y las ocho y media.
Después la marea vuelve. La marea siempre vuelve; sobre eso está construido todo lo que me pasa.
Me visto sin luz. Ropa de correr, la coartada cosida al cuerpo: si alguien me ve, entreno.
Zapatillas de suela dura, el móvil cargado al cien, un cortavientos con cremalleras que cierran.
En la casa dormida cada peldaño tiene su opinión y me sé de memoria las vocales de esta escalera; bajo pegada a la pared, donde la madera calla.
En la cocina, el reloj de pesas de Manuela hace su tictac de siempre, un corazón que la casa esconde en el pecho de la planta baja.
Salgo por la puerta del jardín. El cielo empieza a clarear por detrás del monte, gris perla, y el faro todavía barre, empeñado, funcionario, sus últimas vueltas del turno de noche.
No bajes, está podrida.
Treinta y nueve días lleva esa frase conmigo.
Fue lo primero que me dio esta casa, antes que las sábanas de hilo y el jabón bueno: una prohibición con vistas.
Y yo la obedecí como obedezco todo, con esa docilidad mía que confundo con educación, hasta que la obediencia empezó a oler a lo que huele siempre en esta familia: a mantenimiento del silencio.
Al pasar frente al despacho de Amaro me detengo tres segundos.
La puerta entornada, y dentro, en el sofá, la respiración de Telmo, larga y con ese ronquido mínimo del primer sueño profundo, el que le llega de madrugada, tarde, cuando el cuerpo ya no puede sostener la guardia.
Duerme bajo el retrato de su padre, en la habitación donde su madre le enseñó que los hombres de esta casa no persiguen a quien no los quiere.
Me sorprende una ternura intempestiva, inoportuna, de esas que se presentan sin cita: este hombre grande dormido en un sofá que le queda corto, a quince días de casarse conmigo, sin saber que su prometida sale ahora por la puerta del jardín a buscar a la anterior.
Se la traigo, Telmo. Te traigo lo que haya. Es lo más parecido a un voto matrimonial que voy a pronunciar esta quincena.
Hoy bajo.
———
El sendero nace donde muere el jardín, detrás del murete del mirador, en una cancela de hierro que alguien ató con alambre hace años y el alambre, como el candado de la nave, cierra sobre todo simbólicamente. La retuerzo con cuidado y paso.
La primera parte es cuesta entre tojo y hinojo marino, un camino de cabras que fue camino de personas: quedan escalones tallados en la roca, gastados en el centro, siglos de pies bajando a trabajar el mar.
Luego la pendiente se pone seria. Hay una cuerda vieja grapada a la piedra a modo de pasamanos, blanqueada por la sal, deshilachada en las curvas, y la pruebo antes de fiarme: aguanta, con esa manera desganada de aguantar que tienen las cosas abandonadas.
Bajo de cara al mar, que está gris y liso allá abajo, retirado, enseñando las rocas negras con su flequillo de algas.
Voy contando apoyos como cuento repeticiones en rehabilitación, porque contar sujeta: veintidós escalones tallados, el paso malo de la curva, la laja suelta que bascula y avisa.
En un rellano crece una mata de armeria con sus flores rosas, absurdamente festiva en mitad del granito, y me agarro a la pared justo encima de un hueco donde alguien, hace décadas, encajó una botella de gaseosa de vidrio, verde, esmerilada, llena de piedrecitas.
Gente que bajaba aquí a diario y dejaba sus señales de gente.
La cetaria fue un sitio vivo antes de ser una palabra que en esta casa no se dice.
El ruido crece a cada tramo. Arriba era un rumor educado, el mar de los ventanales de A Atalaia; aquí abajo se va convirtiendo en otra cosa, en un trabajo físico, continuo, piedra y agua discutiendo sin tregua desde antes de los apellidos.
El último tramo es una escalera de obra, hormigón con la ferralla asomando como huesos en una fractura abierta, y de pronto estoy abajo, y la cetaria es más grande y más triste de lo que parecía desde mi ventana.
Una plataforma de hormigón ganada a las rocas, de unos treinta metros por veinte, con el borde exterior mordido por décadas de temporales.
Los viveros son piscinas rectangulares excavadas en la plataforma, tres, cuatro, cinco, comunicadas por canales con compuertas de hierro que ya solo son dibujos de óxido.
En la más grande queda agua de la última marea, una lámina quieta y verdosa donde el cielo gris se mira sin ganas.
Restos de una caseta sin techo. Una argolla enorme, para amarras, pulida por el uso antiguo y la sal moderna.
Y la grieta.
La oigo antes de verla. Un golpe sordo, subterráneo, cada pocos segundos, con su eco de succión detrás, como una respiración con algo dentro.
Está en el tercio norte de la plataforma, donde la roca natural asoma entre el hormigón: una boca alargada, de metro y medio de ancho en su parte generosa, que baja en diagonal hacia el nivel del mar y no se deja ver el fondo.
Con la marea baja, el agua queda abajo, lejos, y respira.
Sube y baja dentro de la piedra con un ritmo lento de animal dormido, y cada vez que baja, la grieta sorbe, y cada vez que sube, golpea, y el golpe se transmite por el hormigón hasta la planta de los pies.
Me quedo al borde con las piernas hechas de otra cosa.
Aquí. Si Nino vio lo que vio, si Dorinda sabe lo que sabe, fue aquí. Una noche de hogueras, con la marea viva subiendo por este agujero como sube el agua por una jeringa.
Desde abajo, la casa no se ve. Lo compruebo girándome, con una esperanza absurda de que sea mentira: solo el acantilado y, arriba del todo, el remate blanco del mirador, la barandilla, un trozo de galería.
Quien esté en el mirador ve la plataforma entera.
Quien esté en la plataforma no sabe si hay alguien en el mirador.
La arquitectura de esta familia, resumida en una línea de visión: ellos siempre te ven primero.
El cuerpo me pide irme. Lo digo así, en clínico, porque es literal: los gemelos me tiran hacia atrás, el psoas me dobla un grado las caderas, todo el sistema me vota huida.
Lo escucho, lo agradezco y lo desobedezco.
Es mi segundo aprendizaje de esta casa: se puede funcionar en contra de todos los votos.
Trabajo la plataforma por zonas, como una valoración.
Foto general desde la escalera. La caseta: nada, lata vieja, cristales, un nido de algo.
Los viveros: la lámina verde, percebes de sombra en las paredes, un zapato de goma sin pareja, tan antiguo que ya es fauna.
Las compuertas, la argolla, el borde exterior.
Todo lo fotografío con las dos manos en el móvil, porque me tiemblan, y el temblor no es frío. El frío también.
La grieta la dejo para el final, con esa lógica de consulta que aplico sin pensar: la zona dolorosa se explora la última, cuando el paciente ya confía.
Me tumbo en el hormigón para asomarme. Boca abajo, el peso repartido, la cabeza y los hombros sobre el borde.
La piedra me devuelve el frío por el pecho y el golpe del agua me llega ahora por dentro, por el esternón, cada latido del mar contra mis costillas, y huele a profundidad, a sal negra, a lugar donde la luz va a hacer horas extra y no cobra.
Enciendo la linterna del móvil.
La grieta baja en diagonal, panzas y estrechamientos, roca viva vestida de mejillones diminutos y anémonas cerradas. El haz alcanza cuatro, cinco metros, y luego la oscuridad se lo come. Voy peinando despacio, franja a franja, la izquierda, el centro, la derecha.
Y ahí está.
A un metro, metro y poco, encajada en un estrechamiento donde la grieta hace codo, hay una forma que no es piedra ni alga ni basura del mar, porque el mar no fabrica ángulos rectos.
Una carcasa de plástico. Una cinta ancha de goma, podrida, con el elástico deshecho en hilachas grises.
El plástico fue amarillo o naranja; ahora es del color de las cosas que llevan mucho tiempo pidiendo que las encuentren.
Un foco redondo, el cristal esmerilado por dentro, con su lámina de agua atrapada.
Un frontal. Un frontal de percebeira.
Se me va el aire. No como en las frases hechas: se me va de verdad, el diafragma se me bloquea en espiración y tengo que ordenarle volver, uno, dos, tres, respira, Julia, como a los pacientes con crisis de pánico, y el mar golpea abajo y sorbe, y yo aguanto el móvil con las dos manos y acerco la luz todo lo que el brazo me da.
En el lateral de la carcasa hay marcas. No son arañazos del mar; el mar pule, no escribe. Son trazos rectos, cortos, hechos a presión con una punta, la caligrafía inconfundible de una navaja sobre plástico, dos letras que conozco de un velo envuelto en papel de seda:
O.B.
La linterna de Cándido. La que Olalla llevaba siempre, en el bolso, como otros llevan paraguas.
La que sale en la última foto de su perfil muerto, la noche va a estar brava.
Seis años lleva este plástico encajado en la garganta de esta grieta, un metro por debajo de la casa donde esta noche cenaré mirando a la pared, seis años de mareas subiéndole y bajándole por encima sin conseguir llevárselo, porque cayó donde el mar no barre: en el codo. En el ángulo muerto del agua.
Aquí abajo no hubo ningún autobús a Ferrol.