La Prometida Diecisiete días
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Diecisiete días

La lata azul no me deja dormir.

Una caja de marisco con una lata azul de regalo. Una empresa que regala su lata con las cajas de Navidad. Un hombre muerto de una gastroenteritis firmada. Y una técnica de control de calidad que medio año después le dijo a su madre: hay algo podre, Dori.

Necesito papeles. Y sé dónde duermen los papeles viejos de Conservas Quiroga, porque me lo enseñó el hijo pequeño de la casa en mi primera semana, cuando yo aún era solo la cuñada nueva a la que pasear: la nave vieja.

Ahí solo hay óxido, dijeron en la visita oficial.

Pero Roi, aquel día, en la trasera, se puso de puntillas y bajó del dintel una llave larga del color de las algas secas, y me dijo, con esa nostalgia suya de niño que creció en una fábrica: aquí dentro aprendí a andar, según mi madre.

El candado cierra, la llave duerme encima. Cosas de la casa.

Cosas de la casa. Empiezo a ser experta en la asignatura.

Repaso el plan de madrugada, boca arriba, con el faro barriendo el techo a sus seis segundos.

Telmo duerme abajo otra vez, en el sofá del despacho de su padre; su lado de la cama se está convirtiendo en una superficie de trabajo, mapas mentales, listas, miedos ordenados por tamaño.

Sé lo que diría Coral: que esto ya no es tirar de un hilo, que esto es allanamiento, que las novias no auditan a la familia del novio a diecisiete días de la boda.

Y sé lo que le contestaría yo, lo que me contesto: que una denuncia archivada más un registro donde no existe una empresa más un perfume de papelería no suman nada delante de nadie.

Lo aprendí con las resonancias: puedes tener todo el dolor del mundo, que si la imagen no lo enseña, oficialmente no te pasa nada.

Me faltan imágenes. Papel. Algo con membrete y con fecha que ate la lata azul al muerto de Ourense, y lo único que sé con certeza es dónde guarda esta empresa lo que no quiere tirar ni enseñar.

En algún momento me duermo, porque sueño con tanques vacíos, y en el sueño los tanques respiran.

———

La ocasión se fabrica sola dos días después, o eso parece; ya no distingo las ocasiones de las trampas, y he decidido seguir andando de todos modos, porque quedarse quieta también es una decisión y es la que ellos prefieren.

Benigna y Manuela bajan a Santa Mariña después de comer, a lo de los cirios y el ensayo de las flores con el cura.

Telmo tiene videollamada con Madrid a las cuatro, una de esas reuniones suyas que se le comen la tarde.

Y Roi anda en la nave nueva grabando contenido con dos de producción, me lo ha dicho en el desayuno, hoy toca vídeo de lote saliendo, cuñada, drama industrial.

La casa se vacía como un pulmón. Yo anuncio a nadie en particular que voy a correr, y es verdad: corro.

Bajo por la pista, cruzo el pueblo por la trasera de la lonja, y en la esquina de O Peirao aminoro sin querer, por instinto de coartada, y saludo hacia dentro con la mano.

Chelo está en la puerta, secándose las manos con el paño, y me devuelve el saludo con el paño en alto, y luego se queda mirándome correr calle abajo más tiempo del que se mira a una corredora.

En la terraza, solo, con un vaso corto delante a las cuatro y cuarto de la tarde, Nino levanta dos dedos hacia mí, un saludo de barco a barco.

Desde lo del mar ya cobró no hemos cruzado palabra.

No hace falta: cada vez que nos vemos, los dos comprobamos que el otro sigue sabiendo lo que sabe.

Sigo por el camino del puerto viejo, donde el asfalto se rinde y empieza la grava, hasta la explanada de la nave vieja.

De cerca es más grande de lo que parece desde la carretera.

Un hangar de hormigón y uralita con las ventanas altas lechosas de salitre, las letras de CONSERVAS QUIROGA en relieve, desconchadas, con la Q caída sobre la U como un borracho sobre un amigo.

La marea está baja y el puerto huele a fondo de mar, a piedra levantada.

No hay nadie. Las gaviotas me miran hacer desde la cumbrera con ese desprecio profesional de quien lleva décadas viendo a los humanos esconderse cosas.

La puerta trasera está donde estaba. La llave duerme en su dintel, y el candado, una vez abierto, queda colgando del portón, cerrando nada, guardando las formas, exactamente igual que las guarda todo lo demás en esta familia de puertas entornadas.

Adentro, la luz baja de las ventanas altas en columnas turbias y el resto es penumbra parda.

Algo se mueve arriba con un aleteo de trapo: una gaviota que anida en las cerchas me dedica un solo graznido, seco, de conserje molesto, y vuelve a su asunto.

Huele a metal mojado, a cartón podrido y, debajo de todo, persistente después de tantos años, a pescado antiguo, un olor que ya no es olor sino memoria de las paredes.

El suelo de cemento tiene canales de desagüe con las rejillas comidas.

Mis zapatillas suenan más de lo que quiero.

Me quedo quieta hasta que los ojos se hacen, y la nave va saliendo de la oscuridad por piezas: la cinta transportadora desmontada, los palés, las carretillas muertas, una hilera de mesas de acero con la pátina gris del abandono.

Y al fondo, tras un tabique a media altura, la depuradora.

La reconozco sin haber visto una en mi vida, porque los cadáveres se reconocen solos: dos tanques grandes de fibra, tuberías de PVC descolgadas, un cuadro eléctrico con la tapa abierta y los fusibles arrancados, manómetros con el cristal opaco.

En uno de los tanques alguien pintó hace mucho, con plantilla, AGUA DE MAR TRATADA.

Me acerco. El borde interior del tanque tiene una línea de nivel marcada de óxido y verdín, la marca del agua que ya no está, y pienso en lo que pensaría Olalla delante de esto, con su bata y sus analíticas, y el pensamiento hace algo extraño: me la acerca.

Por primera vez no es una foto ni un velo, sino una técnica delante de una máquina rota, haciendo su trabajo.

Casi la veo. Nos separan seis años y ningún misterio: las dos vinimos a leer el mismo cuerpo.

Le hago fotos a todo, con método, como en las valoraciones: general, media, detalle.

Los papeles están a la derecha, en lo que fue la zona de oficinas: dos despachos con mamparas de cristal esmerilado y un archivo con estanterías metálicas donde las cajas de cartón se apilan hinchadas de humedad, con los lomos rotulados a mano.

ALBARANES. PROVEEDORES. SANIDAD. Los años escritos en rotulador, una caligrafía administrativa y seria.

Busco las fechas y el corazón me cambia de marcha cuando las encuentro: los años que me importan están, dos cajas, una de ellas con la tapa mal puesta, como cerrada con prisa o abierta con frecuencia.

Pero antes de los albaranes pruebo con la caja de SANIDAD, porque si yo fuera un secreto, viviría ahí.

Y ahí es donde la nave me da su primera respuesta de verdad, que no es un papel: es un hueco.

Las carpetas colgantes van por trimestres, rotuladas con la misma letra seria, actas de inspección, boletines de análisis, correspondencia con el laboratorio de Coruña, todo hinchado y amarillo pero completo, trimestre tras trimestre, año tras año.

Salvo uno. El último trimestre del año que me importa está su carpeta, colgada como las demás, con su etiqueta escrita: y dentro no hay nada.

Ni una hoja. Las varillas limpias, sin el confeti de papel roto que dejan las prisas.

Alguien vació esa carpeta con calma y volvió a colgarla en su sitio, porque tirarla habría dejado un hueco visible, y esta familia no deja huecos visibles: los forra.

Fotografío la carpeta vacía, por dentro y por fuera. Sé lo que vale una ausencia bien documentada. Media vida diagnosticando por lo que falta: el reflejo que no salta, el apoyo que no llega, la carpeta que no tiene papeles.

Después voy a por los albaranes. Carpetas colgantes deformadas por el agua vieja, papel cebolla, copias de calco con la lata azul en el membrete.

Voy pasando documentos con las yemas, con miedo de que se me deshagan, y la respiración se me ha subido a la parte alta del pecho, costal, corta; me obligo a bajarla al diafragma, tres ciclos, como enseño a los pacientes con ansiedad, porque las manos que tiemblan pasan mal las páginas.

No sé lo que busco. Sí lo sé: busco un número.

Un lote. Algo que conecte una caja de Navidad con esta nave.

Encuentro albaranes de diciembre de aquel año, decenas, la campaña entera, pedidos a Lugo, a Ourense, a Vigo, con sus números de lote en una columna que a veces la humedad ha borrado y a veces no.

Fotografío hojas enteras sin leerlas, una tras otra, el archivo de un juicio que nadie ha pedido todavía.

En el segundo despacho, el del fondo, hay un corcho en la pared.

Y en el corcho, entre un calendario de mareas amarillento y una circular de Sanidad con las esquinas rizadas, hay fotos.

Fotos de empresa. De las de antes: comidas de Navidad con mantel de papel, una sardiñada en la explanada, un equipo de fútbol sala con el patrocinio en el pecho.

Hay una de un Roi adolescente subido a una carretilla con los brazos en cruz, y alguien escribió debajo O PILOTO, y me sorprendo sonriendo en mitad de un allanamiento, porque este corcho es lo único honrado que he visto de esta empresa: la vida de la gente que la hizo, sin coreografía, con los ojos rojos del flash.

Aquí nadie posa de espaldas al mar. Aquí todavía no hacía falta.

Y en el centro, la grande, la clásica, la foto de plantilla: cuarenta y tantas personas en tres filas delante de esta misma nave cuando estaba viva, con la fecha en una esquina, seis años y medio atrás, diciembre.

La campaña de Navidad. Todos con bata o con ropa de faena, sonriendo con ese cansancio bueno de las fotos de trabajo.

Me acerco tanto que el aliento me vuelve desde el corcho.

Está en la segunda fila, la tercera por la izquierda.

Bata blanca, el pelo recogido de cualquier manera, y al cuello, colgado como quien lleva unas gafas, el frontal.

Se está riendo con toda la cara, la risa del muelle de Cedeira, la risa del bote de arena, y mira ligeramente fuera de cámara, hacia algo o alguien que le hace gracia de verdad.

Viva. Rodeada de gente. A seis meses del mar.

Y a su lado, hombro con hombro, un hombre grande de mono azul, con las manos cruzadas por delante como los porteros antiguos, la cabeza descubierta, el gesto serio del que se toma las fotos como se toman los juramentos.

Debajo de la foto, en el margen blanco, alguien escribió los nombres a bolígrafo, apretados, fila por fila, la costumbre bendita de los archivos de antes.

Sigo la segunda fila con el dedo en el aire, sin tocar: O. Baamonde. Y al lado: L. Couso, prod.

Couso. Lisardo Couso. El nombre me suena del pueblo, de las conversaciones de O Peirao: el Lisardo, dicen los viejos del dominó, el que fue jefe de producción, el que está malo del pecho, el que vive frente al puerto y ya no baja ni a mirar los barcos.

Producción. El hombre que estaba al lado de Olalla en la campaña de Navidad.

El hombre bajo cuyo mando funcionaba, o no funcionaba, la depuradora que tengo a veinte metros, muerta, con su nivel de óxido marcando un agua que ya no existe.

Fotografío la foto. Dos veces, tres, con flash y sin flash, el margen con los nombres aparte, en detalle.

Y me quedo un segundo más de lo prudente mirándola, porque hay algo en esta foto que funciona como los espejos de las salas de rehabilitación: enseña lo que ya no está.

Cuarenta personas sonriendo en diciembre.

Para San Xoán, una estaría en el mar o en un autobús a Ferrol, según a quién se pregunte; otro no volvería a pisar la arena de la playa donde creció.

La campaña de Navidad completa, con sus nombres a bolígrafo. El antes clínico de una casa entera.

Y estoy guardando el móvil, con la cabeza ya fuera de la nave, calculando el camino de vuelta y la cara que pondré en la cena, cuando el aire de la nave cambia.

No es un ruido. Es menos que un ruido: es una presencia que reordena el silencio, la certeza física, animal, de que un espacio ha dejado de estar vacío. Los músculos lo saben antes que yo, me lo dicen a su manera antigua: la piel de los antebrazos, el vello, las corvas. Me vuelvo despacio.

Manuela está a cuatro pasos, en el pasillo de las estanterías, quieta, con las manos cruzadas sobre el mandil.

No la he oído. No la he oído abrir la puerta ni cruzar cuarenta metros de nave con el suelo lleno de cascotes, y tengo las dos respuestas posibles y las dos me dan frío: o esta mujer pisa como pisan los gatos viejos, o llevaba aquí dentro desde antes que yo.

Va vestida de calle, con la rebeca puesta, la ropa de bajar a la iglesia.

La luz lechosa de las ventanas altas le cae encima y la hace más gris, más plana, una figura de las fotos del corcho que se hubiera bajado de su chincheta.

Nos miramos. En su cara no hay sorpresa, ni enfado, ni la alarma de quien pilla a una intrusa. Hay algo mucho más difícil de sostener: cansancio. Un cansancio de fondo, estructural, de viga que lleva treinta años aguantando el tejado equivocado.

— Esa puerta estaba cerrada — dice.

No es un reproche. Lo dice como se dicta un acta: que conste.

Las manos no se le mueven del mandil; el pulgar derecho frota despacio el índice, la única actividad de todo su cuerpo, un gesto pequeño de desgaste, de cuenta de rosario sin rosario.

Abro la boca para decir algo, cualquier cosa, la mentira que sea, y me doy cuenta de que no tengo ninguna a la altura y de que ella lo sabe, y de que las dos sabemos que un candado colgado de una alcayata suelta no es una puerta cerrada, y de que la frase, entonces, significa otra cosa.

Significa: había un acuerdo y usted lo ha roto.

Manuela mira más allá de mí, el corcho, la foto grande con sus tres filas de gente.

Algo le pasa por la cara al mirarla, una corriente breve, subterránea; el orbicular de los párpados se le contrae un punto, ese gesto mínimo de cuando la luz hiere o la memoria.

Después vuelve a mí, gira el cuerpo hacia la salida con esa economía suya de movimientos, y ya de perfil, mientras echa a andar sin ruido entre las estanterías, lo suelta, con la voz de dar un recado:

— Y ciérrela usted al salir, que la señora no pisa aquí desde lo del lote.

Se me para todo. La respiración, el archivo mental, el frío de los antebrazos.

— ¿Qué lote, Manuela?

Mi voz rebota en la nave vacía, en los tanques muertos, en las mesas de acero, y me devuelve la pregunta sin respuesta, porque el pasillo de las estanterías ya está solo y la puerta trasera encaja contra el marco con un golpe suave de chapa.

Manuela ya no está.