La Prometida Dieciocho días #2
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Dieciocho días #2

— Tú no eres de aquí. Tú no apellidas. — Se oye cómo pasa hojas, el cuaderno de tapas duras, su archivo de años —. Apunta.

Apunto el número en la palma de la mano, con bolígrafo, como una cría en un examen, y cierro el puño despacio para que el sudor no se lo lleve. Antes de colgar, Dorinda añade, más baja:

— Julia. — Es la primera vez que me llama por mi nombre —. Si tiras de ese hilo, tira con las dos manos. Los hilos flojos hacen más ruido que los tensos.

———

Espero dos días.

No por estrategia, o no solo: porque la jaula no me da más de sí.

El jueves lo intento desde el alto del tojo y no contesta nadie; dejo sonar diez tonos mirando el mar y me vuelvo con las manos vacías y las señoras de la cofradía esperándome con el café servido.

El viernes cae la niebla de la tarde, esa niebla de aquí que no baja: cierra, como una persiana, y la casa se enciende entera a las seis y parece un barco.

Por la noche llamo a Coral, mi llamada de cada dos días, y le hablo bajito desde el baño con el grifo abierto, y ella me deja terminar y luego dice, con su calma de socia que ha visto de todo entrar por la puerta de la consulta: Julia, escúchame, los wifis no se caen para arriba.

Nos reímos las dos, una risa cortita, de hospital.

Antes de colgar me hace prometerle que como vea una cosa más, una sola, hacemos maletas.

Se lo prometo. Coral colecciona promesas mías; algún día las cobrará todas juntas.

Y el sábado por la mañana, con la casa entretenida en un ensayo de manteles, subo el sendero con las zapatillas de correr puestas para que el atrezo me proteja, y marco, y al cuarto tono, cuando ya estoy componiendo el mensaje que le dejaré al buzón, una voz de mujer mayor contesta con ese sí seco de quien lleva años sin esperar nada bueno del teléfono.

— ¿Hablo con la señora viuda de Ricardo Souto?

Un silencio con textura propia. Casi puedo tocarlo: un silencio con seis años y medio de polvo encima.

— ¿Quién es?

— Me llamo Julia. La llamo desde Soutelo de Mar. — No hay manera buena de decir lo que sigue, así que lo digo con el tono con que anuncio a un paciente que esto va a molestar un poco —: No me conoce. Me dio su número Dorinda Baamonde, de Cedeira. La que busca a su hija.

— Sé quién es. — Cortante. La oigo respirar, una respiración alta, costal, de las que no bajan del esternón —. Ya le dije a esa mujer en su día que yo no sé nada de su hija. Que me dejaran en paz. Se lo digo a usted también.

— No la llamo por Olalla. — Cierro los ojos. Con las dos manos, dijo Dorinda. Tiro —: La llamo por su marido.

No cuelga.

El viento del alto me pega el vuelo del pantalón a las piernas y abajo, en la casa, alguien sacude un mantel blanco en el jardín, una vela pequeña y doméstica, y la voz de la mujer de Ourense tarda tanto en volver que miro la pantalla para ver si sigue la llamada.

Sigue. Cuando habla, la respiración se le ha bajado un poco al fin, y suena distinta, más grave, mucho más cansada, la voz de después del polvo:

— ¿Usted quién es? ¿Periodista?

— Fisioterapeuta.

Se le escapa un ruido, casi una risa, la sorpresa desactivándole un segundo la guardia.

— ¿Y qué quiere una fisioterapeuta de mi Ricardo, después de tantos años?

— Quiero saber de qué murió.

— De gastroenteritis. — Lo dice de corrido, con la entonación gastada de las frases repetidas ante funcionarios, ante médicos, ante cuñados —.

Vírica. Lo pone en los papeles. Firmado y sellado.

Se murió un hombre de sesenta kilos de volver del hospital dos veces porque no era nada, señora. De eso se murió, de no ser nada.

— Yo no la he llamado para leerle los papeles. La he llamado para que me cuente lo que los papeles no ponen.

— ¿Para qué? — Y ahora la voz se le rompe hacia arriba, un escalón agudo, la primera grieta —: ¿Usted sabe lo que me costó a mí callarme?

¿Lo sabe? Tengo dos hijos con hipoteca. Tuve un abogado tres meses y luego tuve otras cosas: tuve visitas.

Gente educada. Gente que te explica despacio lo que cuesta un juicio contra según qué apellidos y lo que cuesta un traslado de un hijo, así, seguido, en la misma conversación, con el mismo café.

Firmé lo que había que firmar y me quedé con mi virus.

Seis años y medio lleva mi Ricardo siendo un virus.

Me quedo mirando el mantel blanco allá abajo, que ahora está quieto sobre la hierba, perfecto, esperando su mesa. Gente educada. Café. Conozco la técnica. Me la sé de cerca, con filo dorado.

— Señora — digo, y me tiembla la palma donde llevo su número escrito —, me caso dentro de dieciocho días.

Y estoy empezando a pensar que me caso dentro de la familia que le mandó aquellas visitas.

No le pido que firme nada, ni que hable con nadie.

Le pido que me diga a mí, que no soy nadie, una sola cosa que sea verdad.

La respiración al otro lado. Larga. La niebla de la tarde de Dorinda debe de estar entrando ya por su ría, y aquí el sol todavía aguanta sobre el tojo, y en algún punto entre las dos costas esta mujer decide, oigo cómo decide, y cuando habla lo hace despacio y de una vez, como quien por fin deja una caja pesada en el suelo:

— Mi Ricardo murió de una mariscada en Navidad y me hicieron firmar que fue un virus. — La oigo respirar una vez, honda —. Pregunte usted de dónde venía la caja. Traía una lata azul de regalo.