Dieciocho días
El neceser está dos dedos a la izquierda de donde lo dejé.
Lo sé porque lo dejo siempre igual, alineado con el canto del mármol, una manía de consulta: el orden externo me ordena por dentro.
Y está dos dedos a la izquierda, y la cremallera, que yo cierro hasta el tope por costumbre, descansa a medio recorrido.
Dentro, todo aparentemente en su sitio. El estuche de las lentillas, con el móvil de las fotos dentro no, porque el móvil lo llevo encima desde hace tres días, pegado al cuerpo, como una prótesis nueva.
El estuche está. Abierto lo dejé boca abajo; está boca arriba.
Puede ser Manuela limpiando. Es Manuela limpiando: la cuestión es qué significa ahora mismo, en esta casa, el verbo limpiar, y en qué costurero acaba contado lo que se limpia.
Hago la prueba esa misma mañana, con método, porque la paranoia sin método se llama locura y con método se llama diagnóstico.
Dejo tres trampas mansas: un pelo mío cruzado sobre la carpeta de la boda, el cuaderno de notas con la esquina de la página doblada en un ángulo que me sé, el cargador enrollado en tres vueltas exactas.
Bajo a desayunar. Sonrío. Elogio la mermelada.
A mediodía subo con cualquier excusa: el pelo ya no está, la esquina del cuaderno está alisada con mimo, planchada casi, y el cargador tiene cuatro vueltas.
Cuatro. Quien lo enrolló lo hizo mejor que yo.
Me siento en el borde de la cama con el cargador en la mano y me viene una tontería que no es ninguna tontería: en mi consulta, cuando un paciente miente sobre si hace los ejercicios, lo sé porque viene demasiado bien colocado.
Esta casa me registra el cuarto y me lo devuelve mejorado.
Con cariño. Ese es el idioma de aquí: te vigilan planchándote las esquinas.
Desde lo de la manzanilla en el jardín, hace dos días, A Atalaia ha cambiado de marcha y solo se nota si llevas semanas midiéndola.
Manuela hace mi cuarto dos veces al día en lugar de una: por la mañana con la cama, y a media tarde una segunda pasada silenciosa de la que solo quedan pruebas milimétricas, un cajón más liso, mis papeles de la boda en un ángulo nuevo, el galán de noche que ha viajado tres dedos hacia la ventana.
El wifi, que siempre fue caprichoso, ahora se cae con vocación: funciona para mirar recetas y se ahoga cuando intento subir cualquier cosa a la nube.
Ayer se lo comenté a Roi, en plan doméstico, y le cambió la cara un cuarto de segundo antes de la broma: es el temporal, cuñada, aquí hasta la fibra es del Atlántico.
No hay temporal. Lleva tres días sin soplar nada.
Y luego está la agenda. Mi agenda, que ya no es mía.
Benigna la ha tomado con una dulzura de anestesia: cada mañana, en el desayuno, me desglosa el día como un parte de quirófano.
Hoy viene la modista para lo del bajo. A las doce, la prueba de peinado con Maruxa, que sube ella, no hace falta que bajes.
A las cuatro, el del catering trae las muestras de los entrantes y tú tienes que estar, que la novia es la que decide.
A las seis vienen las de la directiva de la cofradía a conocerte, mujer, es un momento, un café.
Cenamos a las nueve. Puntos de sutura, uno detrás de otro, tan seguidos que no queda piel libre.
Ni una hora suelta. Ni un hueco por donde quepa un coche a Cedeira.
La jaula más eficaz que he visto en mi vida está hecha de peluquera, canapés y visitas, y la puerta es una sonrisa que dice: todo esto lo hago por ti.
Y Telmo, desde lo del jardín, flota. Se va temprano a la conservera y vuelve tarde, y en las comidas está de una amabilidad translúcida, se le ve el fondo a través.
Su madre le ha encontrado también a él tareas sin fin: proveedores, la delegación, un problema de etiquetado que antes habría resuelto Roi.
Nos cruzamos por la casa como se cruzan los pacientes en una sala de espera, con sonrisas de circunstancias y las radiografías debajo del brazo.
Dos noches ha bajado ya al sofá del despacho de su padre.
Dice que es por la espalda, que ahí duerme duro.
La espalda, otra vez, prestándole las excusas que la boca no fabrica.
Y yo se las acepto, porque también a mí me viene bien este paréntesis cobarde: no sé mentirle en la cama y todavía no puedo decirle la verdad entera en ninguna parte.
Así estamos: la boda avanzando como un tren con los horarios de Benigna, y los novios en andenes distintos, saludándose.
———
Lo que Benigna no sabe es que me está entrenando.
Me descubro haciéndolo a media mañana, con la modista arrodillada a mis pies y la boca llena de alfileres: estoy sonriendo con la mitad de la cara nada más.
Los ojos aparte, administrados, mirando lo que hay que mirar.
Contesto lo justo con el tono justo, ni corta ni efusiva, y voy repartiendo pequeñas atenciones exactas, un qué apañada estás hecha a la modista, un interés por la nieta de Maruxa mientras me tira del pelo, y noto, con una vergüenza que no me detiene, que estoy copiando.
Copiando la técnica de la casa. El cuerpo más educado que conozco lleva tres semanas dándome clases sin cobrarme y yo he resultado buena alumna: aprendo a hacer de novia feliz con la misma solvencia con que Benigna hace de suegra encantada.
Nos medimos así, ella y yo, sin tocarnos.
Por encima de las tazas, por encima de la modista, dos corrientes de amabilidad perfecta cruzándose en el aire del salón.
Si alguien nos grabara, vería una familia preparando una boda.
No hay nada que ver. Todo lo importante de esta casa pasa siempre en el único canal que no se puede grabar.
A la una, Maruxa recoge sus tenacillas y sus lacas y me deja un peinado de prueba que pesa como un casco.
En el espejo del recibidor me cruzo conmigo y tardo un pestañeo en reconocerme: una novia gallega de revista, con el recogido alto y dos mechones sueltos estudiadísimos.
Detrás de mí, en el espejo, pasa Manuela con ropa de cama en los brazos y nuestras miradas se tocan un instante en el azogue.
Baja la vista la primera. Últimamente hace eso, bajar la vista, y no es sumisión: es una manera de no dejarme entrar.
Los ojos son la única puerta de Manuela y la tiene cerrada por dentro, con la conciencia atrancada contra el picaporte.
— Le queda bien — dice, ya de espaldas, camino de la escalera.
De todos los cumplidos de esta casa, el único que me creo. Por eso duele distinto.
A las cuatro, el catering. El dueño despliega sus muestras en el comedor con solemnidad de joyero: empanada de zamburiñas, croca, unos salpicones en cucharilla.
Roi aparece a tiempo para el reparto, con el móvil en la mano, grabando los platos para las redes de la conservera.
Es su papel en la función familiar y lo borda: prueba, pone los ojos en blanco, brinda con una cucharilla hacia la cámara.
Anda mejor estos días, más ligero, y me fastidia la facilidad con que me alegro; con Roi me pasa eso desde el primer día, que el cariño me sale solo y luego tengo que revisarlo, como una factura.
— Cuñada, ven, sal en esto. — Me planta el móvil delante —. La novia elige el entrante. Para los fans de la lata azul.
— La novia no sale en pantalla hasta el día veintiocho — dice Benigna desde su silla, sin alzar la voz, y el móvil de Roi baja solo, obediente, con mano y todo.
— La jefa ha hablado — dice Roi, y le da un mordisco a la empanada, y hace la broma de siempre y todos se ríen lo de siempre.
Yo elijo las zamburiñas. Benigna aprueba con la cabeza: era lo que ella habría elegido, y no sé, y esto es lo que esta casa me está haciendo, si he elegido yo o he acertado la respuesta del examen.
———
Mi hueco lo encuentro donde nadie mira: entre el catering y las señoras de la cofradía, cuarenta minutos en los que anuncio que voy a estirar las piernas, que el peinado me da dolor de cabeza y el aire me lo quita.
Nadie puede oponerse a que una novia pasee su peinado.
Es la ventaja de las jaulas de cortesía: se abren con la misma llave con que se cierran.
Subo el sendero que sale detrás del garaje, monte arriba, hasta el primer alto de tojo, donde el móvil marca por fin tres rayas honradas.
Desde aquí la casa se ve entera, blanca, hermosa, indiferente, con el mar detrás batiendo la punta.
Marco el número de Cedeira de memoria; los números importantes ya no los guardo en la agenda del móvil.
— ¿Ya te dejan salir? — dice Dorinda por todo saludo.
— He salido a que me dé el aire. Tengo veinte minutos. — Voy al grano; el grano se ha vuelto nuestro idioma —. Dorinda, usted lleva seis años tirando de hilos. Me dijo que ató cabos sola. ¿Qué cabos? ¿Qué más hay que yo no sepa?
Silencio al otro lado. Su radio, de fondo, dice algo de niebla por la tarde, y me la imagino en el borde de su silla de siempre, midiendo cuánto de su archivo me confía.
— Hay uno que no te di — reconoce al fin —.
Porque no es mío. Es de otra que también perdió.
Y a las que perdimos no nos gusta que nos usen los muertos sin permiso.
— Respira —. Los meses antes de San Xoán, mi Olalla andaba revuelta con la fábrica.
No me contó qué; a mí el trabajo no me lo contaba, para que no presumiera en la lonja, decía.
Pero dos o tres veces se le escapó: hay algo podre, Dori.
Podre. Esa palabra. Y aquel invierno, el de antes, un señor de Ourense se murió después de las navidades de una mariscada, y la viuda anduvo removiendo, denuncia va, denuncia viene, y de repente se calló.
Como se callan los que firman. — Una pausa —.
Yo llegué a llamarla, hace años. Me colgó.
A una la huelen, muller: yo llamaba buscando a mi hija y ella escondiendo a su muerto, y las dos cosas no caben por el mismo teléfono.
— ¿Cree que a mí me lo cogerá?