Doce días
A Ortigueira me manda la propia Benigna, y la ironía me dura todo el viaje.
Son encargos de boda de los de verdad: recoger las minutas impresas, pagar a la floristería de toda la vida su parte de los arreglos de la iglesia, comprar cinta de raso del ancho que Manuela necesita para los bancos.
Me los da en el desayuno, apuntados en una cuartilla con su letra vertical y sin una falta, y añade, sin mirarme, que aproveche y me despeje, que llevo unos días con mala cara.
Todo el mundo cuidándome la cara últimamente.
Es lo que tiene vivir entre gente que lee: una acaba sabiendo lo que enseña.
Digo que sí a todo, como siempre. Solo que esta vez el sí me conviene: Ortigueira tiene lo que necesito y me lo van a pagar ellos con sus propios recados.
La papelería huele a fresa.
Lo noto nada más empujar la puerta, debajo del olor a papel y a goma de borrar de todas las papelerías del mundo: un dulzor tenue, insistente, que me para en seco entre los expositores.
Al fondo, junto a los sobres, hay una vitrina con papel de carta de flores, cajas de tarjetas, postales, y una de las dos hermanas que atienden, mayor y con rebeca, está perfumando el género con un pulverizador, psst, psst, con la meticulosidad de quien riega.
Igual que hace treinta años, supongo. Igual que hace seis.
Irlanda, dicen.
He venido a lo que he venido: la fotocopiadora del fondo.
Copio la denuncia entera, dos veces, y las hojas de mi libreta donde lo llevo todo pasado a limpio, fechas, nombres, números de albarán, un mapa de la grieta dibujado a mano con mis señas de fisio, distancias en palmos y en camillas.
Las fotos importantes las he impreso en el quiosco de al lado, en papel normal, sin brillo: la linterna con sus letras, la carpeta vacía de SANIDAD, la plantilla de Navidad con los nombres a bolígrafo.
Mientras la máquina escupe copias calientes, vigilo la puerta por el espejo convexo del rincón, ese ojo de pez donde el pueblo entero cabe deformado, y me reconozco en el gesto: ya miro los espejos como los miran las que tienen miedo.
Ha sido rápido. Nadie te enseña la velocidad a la que se aprende esto.
En la última hoja, antes de cerrar el sobre, escribo una nota para Coral a mano, por si acaso los por si acasos: qué es cada cosa, en qué orden llegó, quién sabe qué.
Me sale sin querer con formato de historia clínica, antecedentes, exploración, juicio diagnóstico, y al llegar al apartado final, el de tratamiento, me quedo con el bolígrafo en el aire un rato largo.
Al final escribo: pendiente. Es la palabra más honrada que tengo.
Sobre acolchado, tamaño folio. Lo compro sin perfume. En el mostrador, la hermana pequeña me cobra y sopesa el sobre con la mano, por oficio.
— ¿Certificado?
— Certificado.
En Correos, dos puertas más allá, escribo la dirección con letra de receta: Coral Antúnez.
Fisioterapia Andrade oigo el clic del bolígrafo, su gesto de sentarse bien —. ¿Qué pasa?
— ¿Por qué va a pasar algo?
— Porque llamas a las once y cuarto de la mañana de un martes y tú a estas horas estás secuestrada por la suegra eligiendo servilletas. Habla.
Se lo cuento. Casi todo: la nave y la carpeta vacía, la viuda de Ourense, la linterna en la grieta con las iniciales, Dorinda y sus trece días de plazo.
Me deja hablar sin interrumpir, que en Coral es la máxima expresión del pánico, y cuando termino se queda un momento callada y luego dice, con esa voz suya de poner las cosas encima de la camilla:
— Vale. Te vienes hoy.
— Coral...
— Hoy, Julia. Coges el coche que tienes debajo del culo, tiras para Madrid y esto lo sigue un abogado y quien tenga que seguirlo. Tú has ido allí a casarte, no a hacer de espeleóloga forense en la finca de los Corleone del percebe.
— Si me voy ahora, se cierra todo. — Miro las gaviotas repartirse la caja: la grande come primero; las demás esperan a que la grande coma; en todas partes el mismo protocolo —.
Es una casa, Coral. Todo pasa dentro. Si me voy, la casa se sella y dentro de un año hay otra novia eligiendo servilletas, y a Dorinda la entierran con su cuaderno, y la grieta sigue haciendo su ruido cada pocos segundos.
Yo ahora mismo soy la única grieta que ellos tienen dentro.
— Escúchate. Hablas como los tertulianos de sucesos.
— Hablo como tú me enseñaste a hablar de los pacientes crónicos: si no aprovechas la ventana de movilidad, se cierra y no vuelve. — Respiro —. La boda es mi ventana. Tengo doce días de acceso total a esa familia. Nadie va a volver a tener eso nunca.
Silencio largo. La oigo levantarse, cerrar la puerta de la sala pequeña, volver. Cuando habla otra vez, ha cambiado de registro: se le ha ido lo de socia y le ha entrado lo otro, lo de amiga que me conoce desde antes de saber vendar.
— Está bien — dice —. Entonces vamos a hacer esto con cabeza, porque contigo no se puede y lo sabes.
— Clic del bolígrafo —. Protocolo. Como con los domicilios conflictivos, ¿te acuerdas del señor de Vallecas y el hijo?
Pues igual. Primero: me llamas todos los días a las once de la noche.
Todos. Las veintitrés cero cero, ni a y cuarto ni mañana te llamo.
Si estás cenando, te levantas. Si no puedes hablar, me das dos toques y cuelgas, y eso me vale como estoy bien pero escuchan.
— A las once. Dos toques si no puedo hablar.
— Segundo: si un día no llamas, ni toques ni nada, espero quince minutos por si es cobertura, te llamo yo una vez, y si nada...
— se le estrecha la voz —, muevo Roma con Santiago.
Llamo al 062 de Ferrol, que ya lo tengo mirado, no te creas que no lo tenía mirado desde lo del wifi.
Doy tu coche, tu matrícula, la dirección de la casa, el nombre de Dorinda y el sobre que me mandas hoy.
Y llamo a tus padres y a un periodista que trató Marisa la del hombro, el de la cadena esa, me da igual quemarlo todo. ¿Me oyes? Roma con Santiago.
— Te oigo. — Y me sale una risa pequeña, incongruente, de puro alivio: alguien acaba de colgar una red debajo de mi vida —. Coral.
— Tercero — sigue, porque Coral cuando protocoliza no se deja interrumpir, es lo que la hace la mejor socia del mundo y la peor compañera de cine —: el sobre que me mandas no lo abro salvo Roma.
Lo meto en el archivador de bajas laborales, donde no mira ni Hacienda.
Cuarto: a tus padres, de momento, ni palabra, que tu madre es capaz de presentarse allí con el paraguas.
Y quinto... — duda, y la oigo elegir las palabras, cosa rara en Coral, que las suelta siempre a granel —: Telmo.
¿En qué lado del tablero está Telmo, Julia?
Porque llevo toda la llamada esperando que lo pongas en un sitio y no lo has puesto.
Miro la ría. La grande ya ha comido; ahora comen las demás.
— Telmo está en el tablero — digo despacio —. Es lo único que sé. Es casilla y no sé de quién.
— Eso no te lo consentiría ni de una paciente.
— Ya. — Aprieto el volante —. Cuando lo sepa, serás la segunda en saberlo.
— Seré la primera — dice —. Tú te enteras siempre un poco tarde de lo que sabes.
— Coral. Una cosa más. Que si me pasa algo, en el cajón de mi mesa está la llave del archivador y...
— Cállate. — Lo dice sin dramatismo, con cansancio de hermana —.
No te va a pasar nada, porque vas a llamar a las once, cada día, hasta que esa boda sea lo que tenga que ser.
Y Julia, una cosa más, y te la digo con todo el cariño de estos quince años: por primera vez en tu vida estás plantando cara a alguien y has tenido que irte a la otra punta del país y meterte en la familia de otra muerta para hacerlo.
Cuando esto acabe, lo hablamos. Con manzanilla o con vino, pero lo hablamos.
Cuelgo y me quedo un rato mirando la ría, el agua alta y mansa entre las gaviotas, y pienso que el diagnóstico de Coral por teléfono es mejor que los míos con el cuerpo delante.
Le echo de menos la cara. Llevo un mes leyendo los músculos de estos desconocidos y no tengo delante ni una sola cara de las que sé leer con las luces apagadas.
A las once. Cada día. Empieza esta noche.
Conduzco de vuelta con el resguardo del certificado contra las costillas y una sensación nueva que tardo en identificar porque hace semanas que no la sentía: suelo.
Tengo suelo. No es seguridad, la seguridad queda lejos; es otra cosa más modesta y más importante, la que les digo a los pacientes con vértigo cuando les enseño a caerse: no se trata de no caer, se trata de saber qué te va a recoger.
A mí me recoge una consulta de Moratalaz con olor a árnica y una mujer que tiene mirado el 062 de Ferrol desde antes de que yo supiera que lo iba a necesitar.
———
A Roi lo encuentro a la vuelta, a media tarde, sentado en el murete del mirador con una bolsa de hielo casera contra la nuca: una bolsa de guisantes congelados envuelta en un paño de la lata azul.
— Ni una palabra, cuñada — dice al verme, levantando un dedo sin volverse —. Anoche hubo cena del club de remo y el remo es un deporte de mentirosos. Nadie rema. Se bebe en honor de los que remaron.
Me siento a su lado en el murete. De cerca es un parte de guerra: la piel cetrina, los labios secos, el temblor fino en los dedos que sujetan los guisantes, ese temblor esencial de resaca que va de los flexores al alma.
Y los ojos, cuando por fin se gira, con los capilares rotos y una fragilidad sin maquillar que en Roi resulta casi obscena, porque Roi es el músculo simpático de esta familia, la articulación que nunca duele, y verlo así es ver el interior de algo que siempre está cerrado al público.
— Trae — digo, y le quito los guisantes y se los coloco donde tienen que estar, en las cervicales altas, no en la nuca a lo loco —. Y agua. ¿Has bebido agua o solo teorías sobre el remo?
— Eres lo mejor que ha entrado en esta casa en años — dice, cerrando los ojos —. Que conste en acta.
Le traigo un vaso de agua de la cocina y me lo agradece con una ceremonia exagerada, de náufrago, y durante un rato hablamos de nada, que es de lo que mejor habla Roi: de que el vídeo del lote salió redondo y lleva no sé cuántas reproducciones, de que a la boda van a venir dos primos que son campeones de tirar de cuerda, en serio, cuñada, campeones federados, de que mi madre le cae bien por los audios, porque un día me pilló oyendo uno y ahora imita el ay, Julia, hija con un acento de Parla que le sale sospechosamente bien.
Me río de verdad. Con Roi me río siempre de verdad, y ahí está el trabajo sucio que hace este chico para esta familia sin que nadie se lo agradezca: es el que te hace olvidar dónde estás.
Un analgésico con zapatillas. Me pregunto cuánto duele por dentro algo que anestesia tanto hacia fuera.
Y hoy el analgésico no se está haciendo efecto ni a sí mismo. Se le acaban los temas como se le acaban las fuerzas a un braceo: cada vez más espacio entre broma y broma. Deja el vaso en el murete. Lo gira. Lo vuelve a girar.
El mar está abajo, haciendo su ruido de siempre, y desde este murete no se ve la cetaria pero se oye, el golpe sordo cada pocos segundos, y observo a Roi no mirar el mar.
Es una actividad, no mirar el mar; consume músculos concretos: la basculación leve del cuello hacia tierra, los ojos que trabajan siempre en el cuadrante contrario, la manera de sentarse en un mirador de espaldas a lo mirable.
Veintiocho años y el cuerpo de un hombre de cincuenta, se lo dije en broma la primera semana, cuando le estiré el cuello en la playa que él no pisa.
Ya no me hace gracia mi propia broma: ahora sé qué años son los que le sobran, y son seis, contados.
— Cuñada. — Lo dice con los ojos todavía cerrados, la cabeza colgando hacia delante, los guisantes en mi mano contra su cuello —. ¿Puedo preguntarte una cosa de fisio?
— Claro.
— Pero de fisio de verdad. De las que se preguntan en camilla, cuando no se ve la cara.
— Estás en camilla — digo, y aprieto un poco los guisantes, aquí está la camilla, y él sonríe a medias y se queda un rato en silencio, y cuando la pregunta sale, sale con la voz cambiada, más joven, mucho más joven, una voz que no le conozco y que sin embargo reconozco, porque es la voz que se les pone a los pacientes cuando por fin dicen a qué han venido:
— ¿Tú crees que una cosa que hiciste con veintidós años te define para siempre?
El mar golpea abajo. Una vez. Otra.
Tengo todas las respuestas equivocadas alineadas en la boca: depende de qué cosa, por qué lo preguntas, qué hiciste, Roi, qué hicisteis, y las descarto una a una como descarto los movimientos bruscos con las cervicales en la mano.
Porque esto es una cervical, exactamente esto: una estructura que sostiene una cabeza, dañada hace tiempo, que por primera vez se deja tocar.
Un movimiento de más y se cierra para siempre.
Con los pacientes que traen la lesión escondida no se entra a la lesión: se sostiene el peso alrededor y se deja que el tejido ceda solo.
No aprieto. Con cuidado de fisio, no aprieto:
— Depende de lo que hagas después.
Roi no dice nada durante mucho rato. Abre los ojos y mira el suelo, el jardín, sus propias manos temblonas de club de remo, y asiente despacio, varias veces, como quien encaja un presupuesto que ya se temía.
Después se levanta, con esa torpeza cuidadosa de los resacosos, me devuelve el paño de la lata azul doblado, siempre educado, hasta deshecho es educado, y se queda un segundo de pie, de perfil, mirando por fin hacia el mar, hacia el punto exacto del acantilado donde el mar suena, y lo dice hacia allí, no hacia mí, con una sonrisa que se le tuerce a mitad de camino y acaba en cualquier sitio menos en sonrisa:
— Después no hice nada. Ese es el problema.
Y se ríe. Mal. Una risa de dos golpes, seca, que se parece a su risa de siempre como una radiografía se parece a una foto.
Y se va.