Veintiún días
— ¿Encontraste todo? — pregunta Telmo en la cena.
Y miento.
Miento bien, que es lo grave. Cuento la cerería y los cirios buenos, la mercería y el entredós, los centros de hortensia con eucalipto joven, y hasta imito a la florista espantando al gato de los papeles de seda.
Benigna celebra lo del entredós con un gesto de aprobación hacia Manuela, Manuela asiente sin levantar la vista del trinchero, Roi pide que en su mesa no haya flores que den estornudos, y yo voy soltando la mentira en el centro del mantel, caliente, recién hecha, y todos se sirven.
Nadie me enseñó esto. O sí.
Llevo toda la vida haciéndole el trabajo sucio a la verdad: suavizarla, dosificarla, ponerla en una postura que no duela.
Con mis padres, para que no discutieran.
Con las amigas, para que no se rompieran.
Con los pacientes lo llamo comunicación clínica y hasta lo hago bien: no se le dice a nadie tienes la espalda hecha una ruina, se dice hay mucho que mejorar aquí.
Treinta y cuatro años de amortiguar. Benigna, enfrente, sirviendo la sopa con su pulso de relojera, no me ha enseñado a mentir.
Solo me ha enseñado a qué se parece la versión profesional de lo que yo hacía en amateur.
Eso es lo que me revuelve la cena en el estómago. No la mentira. El talento.
— ¿Y qué tal Cedeira? — pregunta Benigna, con el cucharón en alto, repartiendo sopa y conversación con la misma medida —. ¿Mucha gente?
— Lo normal. Turismo de junio.
— Bonita villa. — Sirve a Roi, sirve a Telmo, se sirve la última, el orden de siempre —. Aunque a mí me pierde el aparcamiento. ¿Dónde dejaste el coche?
— En el puerto.
— Claro. En el puerto se deja bien. — Se da la razón con un gesto corto, satisfecha de algo, y se sienta —. Antes había un guardia que te lo vigilaba por la voluntad. Ya no queda de eso.
Y come. Y ya está. Una conversación de mantel, inofensiva, meteorológica.
Solo que yo llevo tres semanas en su mesa y he empezado a entender el sistema de pesos: Benigna no pregunta para saber.
Benigna pregunta para que sepas que podría preguntar.
Cada pregunta suya es un peldaño que cruje adrede, para que oigas dónde pisa.
Dónde dejaste el coche. Como si hiciera falta.
Como si no lo supiera ya, con plaza y hora.
O eso, o es una señora mayor hablando de aparcamientos. Este es el precio de esta casa que nadie me advirtió: te deja sin lecturas limpias. Todo tiene dos versiones, la doméstica y la otra, y las dos usan las mismas palabras.
— Estás callada — dice Roi, señalándome con la cuchara —. La novia medita. Mal asunto. Cuando las novias meditan, los novios pagan.
— Calcula los cirios que le he encargado — digo —. Y no te digo el número para que duermas.
Se ríen. Telmo también, y al reírse se lleva la mano a la zona lumbar, un gesto mínimo, de contención, porque hasta reírse le cuesta caro por dentro.
Le miro la mano en los riñones y pienso: seis años.
Pienso: la primera crisis de tu historia clínica, que yo misma anoté hace dieciséis meses con mi letra de fisio, la fechaste tú mismo sin darte cuenta. Hace unos seis años. Empezó de la nada.
De la nada no empieza ni una contractura ni un incendio.
Esa noche, con Telmo dormido a mi lado, hago el inventario a la luz mínima del móvil, debajo del embozo, como una cría leyendo tebeos.
Ayer, antes de salir de casa de Dorinda, fotografié lo que me dejó fotografiar: los doce correos, las dos búsquedas del registro, la carta del colegio irlandés, la denuncia, la postal por las dos caras.
Diecinueve fotos. Las paso una a una y las voy subiendo a la nube, y la barra de carga avanza y se para, avanza y se para, porque el wifi de A Atalaia respira cuando quiere.
A la cuarta foto se corta del todo. Me quedo mirando la ruedecita girar en la oscuridad y me digo que es la costa, la piedra, el temporal que anuncian.
Me lo digo dos veces. No me lo creo ninguna.
Telmo duerme boca arriba, que es su manera de dormir mal: la lumbar puenteada, sin apoyar, toda la noche en guardia.
Tiene una mano sobre el pecho y la otra caída hacia mi lado de la cama, abierta, ofreciendo en sueños lo que despierto no suelta.
Le miro dormir y practico, por deformación, mi oficio silencioso: el masetero le trabaja a mordiscos lentos, moliendo algo; bajo los párpados los ojos se le mueven deprisa, buscando a alguien por los pasillos de un sueño.
Dormido tampoco descansa. Hace dieciséis meses esto me pareció un cuerpo con estrés.
Ahora me parece un cuerpo con inquilinos.
Guardo el móvil en mi neceser, dentro del estuche de las lentillas que no uso. Y me duermo tarde, con el faro barriendo el techo cada seis segundos, contándome las vueltas.
———
El día siguiente amanece limpio, sin niebla, uno de esos días que esta costa concede de vez en cuando para que nadie se vaya. Telmo aparece en la puerta del cuarto con dos cafés y el pelo mojado.
— Secuestro — dice —. Tú y yo. El faro. Bocadillos. Sin madre, sin listas, sin boda. Hoy no hay boda.
— ¿Y qué hay?
— Nosotros. Que también existíamos antes.
Y durante tres horas existe eso, nosotros, y es tan fácil que da vértigo.
Subimos por la pista del faro andando, sin correr, y me cuenta cosas de crío: dónde se escondía de Manuela cuando tocaba baño, la vez que Roi con siete años vendió entradas a los turistas para ver el faro por dentro, la cabra de un vecino que se comió medio jardín de camelias y el disgusto histórico de su madre.
Se ríe con el cuerpo entero cuando habla de su hermano.
Los aductores del gesto, esos músculos de la confianza que no salen en los atlas, se le sueltan a la altura del kilómetro dos, y camina distinto, más largo, la pelvis por fin acompañando.
Fuera de esa casa, Telmo mide dos centímetros más.
En el faro hay una pareja de jubilados franceses haciéndose fotos con temporizador, corriendo cada vez de la cámara al murete entre risas, y Telmo se ofrece por señas y les hace la foto, y luego otra, y otra más porque al señor se le cerraban los ojos.
Los franceses se van encantados y Telmo se queda un rato sonriendo hacia el sitio donde estaban.
Es un hombre que hace fotos a desconocidos y les desea buen viaje en un francés de instituto.
Guardo el dato en su historia clínica invisible, en la columna de descargos.
Comemos los bocadillos sentados en el murete del faro, con el mar abriéndose abajo en abanico, enorme y desentendido.
Telmo habla de después de la boda. De que quiere que conozcamos Oporto en otoño.
De que ha visto un local en Soutelo, cerca de la lonja, que sería una consulta estupenda, con buena luz, por si algún día quiero trabajar a este lado del mapa, sin presión, dice, cada uno tiene su vida, pero por soñar.
Y yo digo que sí a Oporto y que ya veremos al local, y sonrío cuando toca, y le limpio una miga de la comisura, y todo el rato, todo el rato, hay una segunda mujer sentada dentro de mí haciendo otra conversación: pensando en un billete de autobús comprado a la mañana siguiente por una tarjeta, en un registro mercantil donde no existe una farmacéutica, en un perfume de papelería a trescientos kilómetros de Cork.
Una mujer desdoblada en el murete de un faro: la que come el bocadillo y la que cuenta correos.
— ¿Dónde estás? — pregunta Telmo de pronto, sin dejar de mirar el mar.
— Aquí.
— Mientes regular — dice, suave, y me pasa el brazo por los hombros, y no sabe la palabra exacta que acaba de usar ni yo se la voy a explicar.
Me apoyo en él. Huele a él, no a la casa, aquí arriba huele a él.
Y por un momento me permito el pensamiento completo, el prohibido: que a lo mejor Dorinda está equivocada, que el dolor inventa culpables porque los necesita, que la gente se va, que dentro de veintiún días me caso con este hombre bueno y grande que quiere enseñarme Oporto.
El pensamiento dura lo que la brisa. Debajo, como el latido en una muñeca, sigue lo otro: alguien escribe cartas de una muerta con papel perfumado. Alguien de por aquí.
— Telmo.
— Mmm.
— Nada. Que gracias por el secuestro.
Cobarde. Toda la vida colocando el dolor ajeno y escondiendo el propio, y ahora que traigo el bolso lleno del dolor de otra, también lo escondo.
En la bajada me toco la contractura del trapecio, mi vieja compañera de piso, y la encuentro donde siempre, fiel, dos dedos por dentro del ángulo de la escápula.
Los pacientes creen que los fisios no cargamos nada. Cargamos en diferido.
———
Por la tarde le toca camilla.
Es nuestro pequeño matrimonio previo, esto, desde hace dieciséis meses: Telmo boca abajo, yo trabajando, la conversación que fluye mejor cuando uno de los dos no tiene que sostener la cara.
En la habitación de invitados he montado mi consulta portátil, la camilla plegable que traje de Madrid, el aceite, la toalla.
Manuela me ha ido dejando ahí, sin que se lo pidiera, un galán de noche para la ropa y un vaso de agua que se renueva solo.
La casa me equipa. La casa me equipa para todo lo que no me sirve.
Se tumba con el ritual de siempre: primero se sienta, luego va bajando por partes, negociando con su espalda cada tramo, y al final el suspiro largo cuando la cara encuentra el agujero.
Hay pacientes que se tumban como se rinden y pacientes que se tumban como se esconden.
Telmo pertenece a un tercer grupo, más raro: los que se tumban como quien se entrega a la policía.
Voluntariamente, pero sabiendo algo que tú no sabes.
Empiezo por donde siempre, dorsal ancho y cuadrado lumbar, y está peor que la semana pasada.
El lado derecho es una tabla. Cuando llego a la charnela dorsolumbar, Telmo respira corto, en sorbos, y el paravertebral se defiende de mis pulgares contrayéndose antes de que llegue, anticipándome, un músculo con memoria y miedo.