La Prometida Veintiún días #2
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Veintiún días #2

— Estás horrible — digo, en mi idioma con él.

— Es el estrés de la boda — dice él, en el suyo. Voz de almohada, medio ahogada por el agujero de la camilla.

— Ya. — Trabajo un punto gatillo y lo noto tensarse entero, resistir, ceder a medias —.

¿Sabes qué me llama la atención? Que esto no es de ahora.

Esto es viejo. Es de años de defenderse.

— Sigo con las manos, mantengo el tono plano, clínico, el tono de las preguntas que no parecen preguntas —.

Tu primera crisis fuerte... tu lumbalgia empezó hace seis años, ¿no?

Debajo de mis manos, el cuerpo de Telmo hace algo que no le he visto hacer a casi nadie en camilla: se queda perfectamente quieto.

Quieto de apnea, la quietud del que oye pasos en casa vacía, lo más lejos de relajarse que puede estar un cuerpo horizontal.

El paravertebral, que llevaba media hora peleándose conmigo, se congela bajo mis pulgares. Hasta el aliento cambia de sitio.

— ¿Por qué seis? — dice.

— Lo pone en tu historia. Me lo dijiste tú, el primer día. Hace unos seis años, empezó de la nada.

Un silencio. Fuera se oyen las tijeras de podar de alguien, Manuela o el jardinero de los jueves, un ruido doméstico y verde.

— No me acuerdo de qué te dije el primer día. Me dolía todo.

— Telmo. — Aparto las manos, le pongo la toalla en la espalda, señal de tregua —.

Soy tu fisio antes que tu novia, en orden de aparición.

Sé desde hace dieciséis meses que esta espalda no es mecánica.

Te lo dije en Madrid y te reíste: hay lumbares que son biografía.

La tuya es biografía. Y empieza hace seis años, en el mismo año en que...

No termino la frase. La dejo ahí, a medias, como me han enseñado los mejores mentirosos de esta casa, para ver quién la recoge.

Telmo se incorpora en la camilla. Despacio primero, un antebrazo, luego el otro, y de pronto rápido, demasiado rápido para su espalda, sentándose de lado con las piernas colgando y la toalla cayéndose al suelo.

Me busca la cara. Tiene las mejillas marcadas por el agujero de la camilla, dos medias lunas rojas, y eso le da un aire indefenso que no se corresponde con la voz que le sale:

— ¿En el mismo año en que qué, Julia?

— En el que Olalla se fue.

Es la primera vez que pronuncio el nombre delante de él desde el acantilado, desde sus tres frases y su portazo de me duele hablar de esto.

El nombre cae entre los dos y Telmo se levanta de la camilla a medias, un pie en el suelo, el otro no, un hombre a medio camino de dos sitios, y se pasa la mano por la boca, y luego el gesto de siempre, la mano que baja buscando un bolsillo que el pantalón de deporte no tiene.

El pulgar se queda sin alianza que frotar.

Se frota contra el índice, en el aire, dos veces, huérfano.

— No me lo puedo creer — dice. Bajo. Casi para sí —. En mi propia camilla.

— Es mi camilla.

No sé por qué digo eso. Sí lo sé: porque es lo único del cuarto que es mío.

— ¿Esto era el plan de hoy? ¿El faro, los bocadillos, ablandarme entero y por la tarde...

? — Se corta. Recoge la toalla del suelo, la dobla mal, la deja en la camilla como una ofrenda absurda —.

Julia, me duele la espalda desde antes de conocerte.

La gente tiene espaldas. La gente tiene años malos.

Mi padre había muerto, la empresa se tambaleaba, mi...

— traga —, mi vida personal se fue al carajo.

Sí, hace seis años. Todo junto. Por eso duele todo junto.

No hace falta ser detective, hace falta ser adulto.

— Yo no he dicho nada de detectives.

Y ahí, en ese medio segundo, lo veo llegar antes de que llegue. Lo veo en los escalenos, que se le tensan como obenques; lo veo en la mandíbula, que se adelanta un milímetro; lo veo venir como se ve venir una ola por el cambio de color del agua, y aun así, cuando rompe, me moja entera:

— ¿Quién te está llenando la cabeza? — dice —. ¿La loca de Cedeira?

El cuarto se queda muy quieto. Las tijeras de podar, fuera, siguen a lo suyo.

Yo no he mencionado Cedeira. Ayer dije floristería, cerería, mercería; los centros llegaron esta mañana con su albarán; la señal está pagada; mi mentira era buena, era de capas, era profesional.

Y da igual. Lo sabe.

Lo sabe desde antes de lo del coche, desde el ten cuidado en Cedeira dicho a la ventanilla, y yo entendiéndolo solo ahora, con veinticuatro horas de retraso, de pie en una habitación de esta casa que oye, en este pueblo que es suyo.

No me ha preguntado si he ido. No necesita preguntarlo.

Aquí nadie necesita preguntar nada: la información sube sola hasta A Atalaia, como sube la humedad, como sube la marea, por capilaridad, por costumbre, por apellido.

Telmo espera mi respuesta con los brazos caídos y el miedo asomándole por debajo del enfado, que es lo peor de todo, porque el enfado se discute y el miedo se contagia.

Y yo miro a mi paciente más antiguo, a mi prometido, a este hombre al que hace tres horas le limpié una miga de la boca en un faro, y hago el cálculo más frío que he hecho en mi vida: si me lo ha dicho alguien del pueblo, tengo un problema.

Si se lo ha dicho su madre, tengo otro mucho peor.

Y si nadie se lo ha dicho, si lo ha sabido solo, desde el principio, entonces la pregunta correcta no es quién me está llenando la cabeza a mí.

Es quién lleva seis años vaciándole la suya.