Veintidós días #2
— Nino vivía entonces encima del varadero, con vistas a la punta.
— Señala con la mano un mapa que no hace falta dibujar: las dos sabemos qué hay bajo el acantilado de A Atalaia —.
Declaró que pasada la medianoche vio luz de frontal abajo, en la cetaria vieja de los Quiroga.
Y dos bultos, dos personas, dijo. Le preguntaron de dónde venía.
De las hogueras, dijo. ¿Y qué había tomado?
Lo que se toma en San Xoán, dijo, que no era mentira, porque Nino nunca miente.
— Aprieta los labios —. Con eso lo despacharon.
Venías del vino, Nino. Serían mariscadores furtivos, Nino.
A mí ni me lo dejaron firmar como testimonio.
Un borracho que vio luces la noche de las hogueras.
— ¿Y usted le cree?
— Yo le creí antes de que hablara. — Se toca el esternón con dos dedos, un gesto seco —. Una madre sabe dónde. Lo que no sabe es cómo. Ni quién. Llevo seis años sabiendo dónde y llamándole a eso estar loca, porque el nombre me lo pusieron otros.
En la cocina, la radio da el parte de las doce.
Marejada a fuerte marejada, viento del nordés rolando a norte.
Dorinda gira la cabeza hacia la voz, un movimiento breve, automático, y comprendo que lleva seis años escuchando el estado del mar tres veces al día, como quien vela a un enfermo por si dice algo en sueños.
Después vuelve a mí y sigue en el punto exacto donde lo dejó.
Esa disciplina no la enseña nadie. Esa disciplina se paga.
— ¿Ha vuelto a hablar con Nino? — pregunto.
— Nino no habla de aquello si no bebe, y cuando bebe nadie le escucha.
Está bien montado el mundo. — Recoge mi taza vacía y la deja en el fregadero, de espaldas —.
Un tiempo pensé en ir con él otra vez al cuartel, los dos juntos, la loca y el borracho.
Buen cartel. — Abre el grifo, lo cierra, no ha fregado nada —.
¿Sabes lo que desgasta, muller? Que te atiendan.
Peor que no creerte: atenderte. La silla, el café, la paciencia.
Seis años de paciencia me tienen dada. La paciencia de los demás es un somier: te acuesta.
Me quedo con la imagen porque es exacta y porque me incluye. Yo también he venido con paciencia, con mi silla y mi escucha. Lo único que me salva, de momento, es que he venido además con miedo.
Me quedo mirando los doce correos desplegados en el hule.
La caligrafía invisible de alguien que lleva seis años escribiendo con guantes.
Y pienso en la frase de Benigna la noche del velo, así no hay fantasmas en la boda, y en aquella sonrisa suya que no le llegó al cuello, y el pensamiento me deja un frío nuevo en las manos, un frío de camilla en enero.
— Dorinda. — Elijo las palabras con el cuidado con que se moviliza una cervical —. Si Olalla no escribe estos correos, quien los escribe lleva seis años estudiándola. Sabe las fechas. Sabe lo de la prima Fina. Sabe lo justo y no se moja nunca. ¿Quién puede...?
— ¿Tú qué crees? — me corta, suave. Es la primera vez que la veo casi sonreír y preferiría no habérselo visto —. ¿Quién guarda un velo seis años en un cuarto de costura, sin quemarlo, por si acaso? ¿Quién sabe organizar hasta lo que no pasa?
No contesto. No hace falta y las dos lo sabemos, y además hay cosas que, dichas en voz alta sin pruebas, se rompen como se rompe una fibra: para siempre y por el punto más débil.
———
Recojo los folios con las dos manos y los cuadro contra la mesa para devolverlos a su caja, y es entonces cuando Dorinda se levanta, va al aparador y vuelve con algo más pequeño.
— Falta la última — dice.
Esta vez no hay folio impreso. Una postal.
Un prado imposiblemente verde, unas vacas, letras naranjas: Greetings from Ireland.
La han manoseado tanto que las esquinas son tela.
Por detrás, tres líneas de felicitación navideña con letra redonda, oes abiertas, la letra del bote de arena, la letra de PRIMEIROS, y la firma: O.
Me quedo sin voz un segundo. Letra manuscrita. Eso no se falsifica con un teclado.
— Llegó estas Navidades — dice Dorinda, y me la tiende sin soltarla del todo, un segundo las dos sujetándola, como en un relevo —.
La primera cosa escrita a mano en seis años.
Bonita, ¿eh? Hasta yo dudé. Una noche entera dudé, que no se lo deseo a nadie, dudar de lo que sabes.
— Retira la mano y me deja la postal —. Y luego hice lo que hago siempre.
Trabajar la pena. Dale la vuelta. Huélela.
— ¿Que la huela?
— Huélela.
Me llevo la postal a la cara. Debajo del olor a bolso y a hule hay otro, dulce, insistente, un perfume de papelería antigua, de goma de borrar de fresa y papel de carta con flores.
— Yo compré papel así toda la vida, para las cartas de la mili de Cándido — dice Dorinda, y ahora sí sonríe, y es la sonrisa más triste que me ha enseñado nadie nunca —.
Lo perfuman en la trastienda, con un pulverizador, las dos hermanas.
Hasta el perfume del papel es de aquí. De la papelería de Ortigueira.
— Golpea el prado verde con el dedo, dos toques secos —. Irlanda, dicen.