Veintidós días
Vuelvo a Cedeira con la excusa puesta desde anoche: los centros encargados, la señal pagada, la florista que quiere cerrar números. Todo verificable. Empiezo a construir mis mentiras como se vendan los esguinces, por capas, cada vuelta sujetando la anterior.
En A Atalaia nadie pone pegas. Eso es lo raro.
Benigna me despide desde la galería con una lista de recados que no le he pedido: ya que vas, pregunta en la cerería de los soportales por los cirios de la iglesia, y mira si la mercería tiene entredós de batista, que Manuela anda corta.
Recados de veinte minutos cada uno. Me está llenando la mañana igual que se llena un vaso para que no le quepa otra cosa. Digo a todo que sí.
— Hortensias — dice, apoyado en la puerta del coche.
— Hortensias.
— Mi madre habría preferido camelias.
— Tu madre prefiere muchas cosas.
Sonríe a medias, mira hacia la casa. Desde el patio se ve la galería blanca y, tras el cristal, quieta, la silueta pequeña y recta que ya no necesita presentación.
— Ten cuidado en la carretera — dice. Y luego, cuando ya tengo el motor en marcha, se agacha hacia la ventanilla abierta y añade, sin mirarme —: Y en Cedeira.
Salgo del patio con esas tres palabras de copiloto. Puede ser una advertencia de novio. Puede ser otra cosa. Hace una semana no me habría hecho falta distinguirlas.
———
Hago los recados primero, porque los recados son mi coartada y las coartadas se riegan.
En la cerería de los soportales, una mujer mayor me enseña cirios como quien enseña recién nacidos, y al dar el apellido de la casa cambia de estante sin que se lo pida: para los Quiroga, los buenos.
En la mercería tienen el entredós de batista y la dependienta lo corta con unas tijeras enormes, de sastre antiguo, mientras me pregunta por la boda con esa cortesía costera que pregunta sin preguntar.
Le contesto lo justo. Voy notando algo que en Soutelo tardé semanas en nombrar: el apellido va delante de mí, me abre puertas y me cierra conversaciones, las dos cosas con la misma sonrisa.
En la floristería, la de verdad, cierro los centros y pago. El gato sigue encima de los papeles de seda. La florista me da el resguardo y, al dármelo, me sujeta un momento los dedos.
— ¿Le abrió? — pregunta en voz baja.
— Me abrió.
Baja la cabeza despacio, una sola vez, y no sé qué hay en ese gesto, si alivio o pena o las dos cosas trenzadas. Luego mira al gato, como consultándole, y me suelta los dedos.
— Seis años hace que nadie sube esa cuesta a otra cosa que a darle la razón como a los tolos — dice —. Suba usted a escucharla, aunque sea una vez. Escuchar no compromete.
Se equivoca. Escuchar es lo que más compromete de todo. Pero eso lo estoy aprendiendo esta semana y no me da tiempo a explicárselo.
Dorinda me abre antes de que llame. Me estaba esperando detrás del visillo, y no lo disimula: en esta casa el disimulo se gastó hace seis años.
La caja de galletas ya está en el hule. Al lado, un costurero abierto que hace de archivador, con los clips y las gomas ordenados por tamaños, y un cuaderno de tapas duras con el lomo roto de abrirse siempre por las mismas páginas.
— ¿Café? — pregunta.
— Bueno.
— No era pregunta. En esta casa se lee con café.
Mientras trastea en la cocina, saco los folios de la caja. Doce correos impresos, seis años, dos por año. Las fechas subrayadas a bolígrafo por Dorinda: siempre entre el 20 y el 23 de diciembre, siempre en la primera semana de marzo. Puntual como una domiciliación.
Los leo enteros, uno detrás de otro, en el orden en que ella los tiene puestos. Y a la tercera lectura entiendo por qué esta mujer lleva seis años sin dormir del lado del corazón.
No es lo que dicen. Es lo que no pesan.
Yo me paso el día leyendo cuerpos que mienten por educación: pacientes que dicen ya no me duele con los trapecios subidos hasta las orejas, hombres que dicen estoy bien mientras el diafragma les trabaja en apnea.
La mentira tiene una firma: el exceso de corrección.
El cuerpo que miente se coloca demasiado bien.
Estos correos se colocan demasiado bien.
Querida mamá. Espero que estés bien. Aquí el invierno está siendo suave.
En el trabajo todo va bien, tengo buenos compañeros.
Come caliente. Un beso fuerte. Cada frase con su sujeto, su verbo, sus buenos deseos en el sitio de los buenos deseos.
Ni una contracción de más, ni un salto, ni una posdata.
Seis años de vida caben ahí dentro y no hay una sola esquina: nadie se ríe, nadie se queja, nadie cuenta nada que ocupe sitio.
En marzo, felicidades mamá, que pases un buen día.
En diciembre, feliz Navidad, brinda por mí.
— ¿Cuántas preguntas le contesta? — digo en voz alta sin darme cuenta.
Dorinda deja el café delante de mí. No se sienta: se queda de pie, con las manos en el respaldo de su silla, los nudillos gordos apretando la madera.
— Ninguna — dice —. Yo contesto siempre.
Pregunto por el piso, por el trabajo, por si tiene a alguien.
Le pedí mil veces una foto. Una videollamada.
Su prima Fina, la de Ferrol, también le escribe: a ella le contesta igual, dos veces al año, con la misma letra de nadie.
— Se inclina y pone el dedo, sin tocar el papel, sobre una línea del correo más antiguo —. Y mira. Mira cómo empiezan todos.
Querida mamá.
— Seis años — dice —. Ni un Dori. Yo le contesté una vez: ¿desde cuándo me llamas mamá? A ver qué hacía. — Se endereza —. ¿Sabes qué hizo?
— No contestó a eso.
— Contestó tres meses después, por mi cumpleaños, deseándome salud.
— Suelta el respaldo —. La gente cree que la pena me volvió tonta.
La pena vuelve tonto al que no la trabaja.
Yo la trabajo todos los días, como las manos.
— Abre y cierra los dedos artrósicos delante de mí, una demostración —. Por eso sé leer. Sigue.
Vuelvo a los folios. Busco lo que buscaría en un paciente nuevo: la asimetría.
Y la encuentro donde siempre está, en las fechas difíciles.
El correo de la primera Navidad, seis meses después de San Xoán, cuando cualquier hija que acabara de romper un noviazgo y de cruzar media Europa escribiría largo, o corto y roto, o borracha, o no escribiría: cuatro líneas serenas sobre el clima de Cork.
El del cumpleaños siguiente al entierro de un vecino de toda la vida que Dorinda le contó en su respuesta: ni una mención.
Quien escribe esquiva los bultos. Quien escribe sabe que cada detalle concreto es una puerta por donde le pueden entrar, y no abre ninguna.
He tratado espaldas así, blindadas por todas partes, y siempre significan lo mismo: debajo hay algo que no puede permitirse un solo movimiento en falso.
———
El cuaderno de tapas duras es su expediente. Me lo va pasando por partes, en el orden que ella decide, y comprendo que esta escena la ha ensayado años esperando a alguien que se sentara en mi silla.
Primera página que me enseña: Ardleigh Pharma, Cork.
El membrete está en el segundo correo, cuando "Olalla" contó que había encontrado trabajo.
Dorinda fue a la biblioteca de Cedeira y un chaval que ayudaba con los ordenadores le buscó la empresa en el registro mercantil irlandés.
Hay una hoja impresa con el resultado de la búsqueda y la fecha, hace cinco años: no matches found.
Debajo, otra más reciente, del año pasado.
Lo mismo. La empresa donde trabaja su hija lleva seis años sin existir.
— Cuando lo llevé al cuartel me dijeron que a lo mejor lo escribió mal ella. El nombre. — Dorinda lo cuenta sin mover apenas la boca —. Mi hija. Que aprobó unas oposiciones de laboratorio con el segundo mejor número de Galicia. Que escribió mal el nombre de su propia empresa.
Segunda página: la respuesta del colegio profesional irlandés, en inglés, traducida debajo a lápiz por el mismo chaval de la biblioteca. Para trabajar de lo suyo allí hay que registrar el título. El número de Olalla nunca se activó. Nunca nadie con su nombre pidió el registro.
— Esto llegó hace cuatro años — dice —. Lo llevé también.
Me dijeron que a lo mejor trabajaba de otra cosa.
En Irlanda, de camarera, la mejor técnica de su promoción.
— Hace una pausa y por primera vez la voz se le afila —: Y aunque así fuera.
¿Mi hija fregando vasos en Cork y sin pedirme nunca, en seis años, ni una manta, ni una receta, ni el número de la Fina cuando cambió de móvil?
Me enseña la denuncia. La copia está gastada por los dobleces, de tanto entrar y salir de bolsos.
La leo entera con el café enfriándose. Es de tres meses después de San Xoán, cuando Dorinda ya había agotado las visitas al cuartel.
Está escrita con ayuda, se nota, con fórmulas de gestoría, y aun así se le oye la voz entre las líneas.
Y está el resumen de por qué se archivó, y es un muro liso, sin agarres: mayor de edad.
Un billete de autobús a Ferrol comprado con su tarjeta la mañana del 24.
Un vuelo a Dublín, la misma tarjeta. Un correo de ruptura al novio la madrugada del 24.
El móvil apagado desde esa madrugada, para siempre, y la explicación oficial en una línea: consta que la interesada comunicó voluntariamente su marcha.
— Señora, la gente se va — recita Dorinda —.
Me lo dijo uno joven, con buena intención, el último día.
Señora, váyase a casa, la gente se va y no sabe cómo decirlo.
— Mira por la ventana, hacia la cuesta —.
Y tenía razón el rapaz. La gente se va. Pero se va mal, se va llorando, se va dando un portazo o pidiendo perdón.
Nadie se va limpio. Solo los papeles se van limpios.
— ¿Nadie vio nada aquella noche? — pregunto —. San Xoán, el pueblo entero en la playa...
— Uno. — Lo dice mirándome, midiendo cuánto sé —. Saturnino. Nino, el percebeiro. ¿Te suena?
— Me lo cruzo en O Peirao.