La Prometida Veintitrés días
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Veintitrés días

Anuncio lo de las flores en el desayuno, con el café todavía sin tocar y la voz más plana que me sale.

— Hoy voy a Cedeira. Quiero ver hortensias para los centros. Hay una floristería que trabaja la hortensia de tierra, la azul de verdad, no la de invernadero.

Benigna deja la cucharilla en el plato sin hacer ruido. Nunca hace ruido con la loza. Treinta años de casa enseñan a apoyar el metal en la porcelana igual que se apoya un secreto en una conversación: sin que se note el peso.

— Nosotros trabajamos con la floristería de Ortigueira de toda la vida — dice —. Llamo y te suben lo que quieras. Hortensia azul, blanca, lo que pidas.

— Ya lo sé. Pero los centros quiero regalarlos yo. Es mi parte de la boda. Me apetece elegirlos con las manos.

Sonríe con media cara: la de abajo trabaja, la de arriba se queda al margen. Le miro el cuello por costumbre profesional: el esternocleidomastoideo derecho se marca un segundo, una cuerda breve bajo la piel, y se esconde. Es lo más parecido a una objeción que va a mostrar.

— Que te acompañe Manuela, entonces. Conoce a todo el mundo.

— Prefiero ir sola. Me apetece conducir. En Madrid no conduzco nunca.

— Claro que sí, muller. — Lo gallego se le escapa solo cuando cede. Lo tengo apuntado en la misma libreta mental donde apunto las rodillas que crujen —. Ve con cuidado, que esa carretera tiene más curvas que gente.

Telmo está untando mantequilla en el pan y no levanta la vista.

Pero la mano izquierda le baja de la mesa al bolsillo, despacio, como quien guarda el móvil, y sé lo que va a buscar ahí dentro.

El pulgar contra la alianza de pedida. La palabra Cedeira ha caído en mitad del mantel y nadie la ha recogido.

— ¿Quieres que vaya contigo? — pregunta, y el ofrecimiento llega medio segundo tarde. En una cinta de correr ese medio segundo es la diferencia entre pisar y tropezar.

— Tienes la llamada con los de Madrid a las once — contesto —. Y yo voy a estar tres horas oliendo flores. Te aburrirías.

— Me aburriría precioso — dice, y por un momento es el hombre de la consulta de Moratalaz, el grande y suave que se dejaba recolocar la pelvis pidiendo perdón por ocupar camilla. Le beso la sien al levantarme. Huele a jabón de la casa. Todo aquí huele a la casa.

Manuela recoge mi taza antes de que llegue a la cocina. No me mira. Últimamente he notado que las manos de Manuela hablan un idioma y su cara otro: las manos me atienden, la cara me vigila. Hoy las dos cosas a la vez, y ninguna dice nada.

Salgo al patio con las llaves del coche de Telmo y el corazón razonablemente quieto. Miento mejor de lo que creía. No sé todavía si eso me alivia o me estropea algo por dentro.

———

La carretera de Cedeira va cosida a la costa, eucaliptos a un lado y de pronto, en cada curva, el mar abajo, gris y trabajador.

Conduzco despacio. Repaso lo que sé como repaso una anamnesis antes de que entre el paciente: Olalla Baamonde, veintinueve años cuando se fue, técnica de control de calidad, prometida de mi prometido, boda en septiembre que no llegó.

Un correo de ruptura. Irlanda. Dos correos al año.

Una madre que comenta cada 23 de junio, bajo la última foto de su hija, la misma frase desde hace seis años: el mar no compra billetes.

Y un percebeiro borracho que me mandó decirle a Roi que ya podía volver a la playa.

A mitad de camino me entra un audio de mi madre.

Lo pongo por el manos libres porque necesito un rato de Parla: que si ha encontrado unos zapatos de tacón sensato en el mercadillo, que si tu padre dice que a Galicia hay que subir con chaqueta hasta en agosto, que si comes.

Tres minutos de mi madre organizando su primera boda de madre.

Me río sola en una recta, entre eucaliptos, y la risa me dura menos que la recta.

Ellos vienen dentro de veintitrés días a casarme con esta familia.

Aparco esa idea en el arcén, con las demás.

En Cedeira dejo el coche junto al puerto.

Es un pueblo más grande que Soutelo, con soportales y una cuesta que sube hacia las casas viejas.

La floristería existe, eso no me lo he inventado: la encontré anoche en el móvil, encogida bajo las mantas, con el wifi de la casa yendo y viniendo.

Compro hortensias de verdad, encargo centros de verdad, dejo una señal de verdad.

Las mejores mentiras se construyen con material auténtico; eso también lo estoy aprendiendo aquí.

La florista es una mujer de mi edad con delantal verde y un gato dormido junto a la caja registradora, encima de los papeles de seda, como un pisapapeles con opinión. Mientras me envuelve dos varas de hortensia le pregunto, con el tono de quien pregunta por una calle:

— ¿Sabe dónde vive Dorinda Baamonde?

Se le paran las manos sobre el papel. Un segundo. Dos. El gato abre un ojo.

— ¿Dorinda? — Baja la voz sin darse cuenta, y eso ya es media respuesta —. ¿La de Olalla?

— La de Olalla.

Me mira las flores, me mira la cara, hace una cuenta que no me enseña.

— En la cuesta del Cristo. La penúltima casa, la de las ventanas azules. — Remata el paquete con celo, dos tiras exactas —. Si va de parte de alguien, mejor no vaya.

— No voy de parte de nadie.

— Entonces a lo mejor le abre.

———

La casa de las ventanas azules tiene las ventanas azules recién pintadas y los visillos planchados.

Me quedo un momento con eso, porque no es lo que esperaba.

La que no lo aceptó, dijeron en la lonja.

Yo venía preparada para persianas caídas y un jardín comido, para el decorado de la pena.

Y hay macetas con geranios y un felpudo limpio y una bombona de butano con su funda de ganchillo.

La pena ordenada asusta más: es una pena que ha decidido durar.

Llamo con los nudillos. Dentro suena una radio, una voz de hombre dando el parte del mar, y unos pasos que no se apresuran. La puerta se abre hasta la mitad.

Dorinda Baamonde es pequeña y recta, con el pelo blanco recogido y una rebeca gris abotonada hasta arriba a pesar del calor de junio.

Me mira de arriba abajo una sola vez, sin prisa, con un barrido económico de los ojos, y sé que me ha reconocido antes de que abra yo la boca.

En estos pueblos las noticias cruzan la ría más rápido que las lanchas.

— Tú eres la de A Atalaia — dice. No es una pregunta.

— Me llamo Julia.

— Sé cómo te llamas. — La puerta no se mueve, ni para abrirse ni para cerrarse —. ¿Te manda la vieja?

— No. — Y como el monosílabo se queda corto para lo que hace falta, añado —: No sabe que estoy aquí. Nadie lo sabe. He mentido para venir.

Algo le cruza la cara, rápido, sin dejar huella.

Sigue sin moverse. Tiene una mano en el canto de la puerta y la otra caída junto al cuerpo, y es la mano caída la que me está diciendo la verdad: los dedos se le flexionan y se le estiran, se flexionan y se estiran, un pequeño motor de espera.

El cuerpo quiere algo que la boca aún no ha autorizado.

— ¿Y a qué viene la prometida nueva a casa de la vieja loca de Cedeira? ¿A ver el bicho?

— Vengo a preguntar por Olalla.

— Por Olalla se pregunta en Irlanda — dice, con un retintín gastado de repetirlo, y empieza a cerrar.

— El mar no compra billetes — digo.

La puerta se detiene.

Se queda mirándome un tiempo largo, y ahora el barrido de ojos es distinto, más lento, y se me para en las manos. Las tengo cruzadas delante, sujetando el paquete de la floristería. Uñas cortas, dorsos anchos, los callos suaves en la base de los dedos que salen de veinte pacientes por día.

— A ver las manos — dice.

Se las enseño como se las enseñaría a una inspectora. Las toma un momento entre las suyas, me da la vuelta a las palmas, y las suyas están frías y secas, con los nudillos gordos de artrosis y una fuerza vieja debajo.

— ¿Eres la fisio? — pregunta —. Dijeron que la nueva era fisio.

— Sí.

— Mi Olalla tenía tus años. — Me suelta las manos. Se aparta de la puerta —. Pasa. Límpiate, que fregué.

———

Dentro huele a caldo y a cera de muebles. La radio sigue con lo suyo en la cocina, mar rizada, viento del nordés, y Dorinda no la apaga, la baja, como quien baja la voz delante de una visita pero no se calla del todo.

La sala es un museo con hule en la mesa.

No exagero: es un museo. Las paredes están llenas de marcos, y en todos los marcos está la misma persona en distintos tamaños.

Una niña flaca de flequillo recto sujetando una nécora con un guante enorme.

La misma niña de comunión, con cara de estar deseando quitarse el vestido.

Una adolescente encaramada a las rocas con un hombre de jersey gordo, los dos riéndose, los dos con el pelo aplastado por el viento.

Una joven con bata blanca y birrete de mentira, de esos de cartón que se hacen para las fotos de fin de curso.

Y en el aparador, en el sitio de honor, con un marco mejor que los demás: Olalla de cuerpo entero en un muelle al amanecer, traje de neopreno a medio quitar, y en la frente una linterna, un frontal de goma de los de percebeiro, torcido y enorme sobre las cejas.

Se está riendo con toda la cara. Con toda.

— Esa es de la última primavera — dice Dorinda a mi espalda. No la he oído acercarse; en eso se parece a Manuela, las mujeres de esta costa pisan como si el suelo cobrara —. Le gustaba ir al percebe cuando libraba. No le hacía falta. Le gustaba.

— ¿Con su padre?

— Con el padre iba de cría. — Señala con la barbilla la foto de las rocas —. Cándido. Murió hace nueve años. Ella siguió yendo sola, para rabia mía. Decía que en la piedra se pensaba mejor que en el laboratorio. — Una pausa —. En eso salió a mí, que pienso fregando.

Recorro los marcos despacio, con las manos a la espalda, porque hay casas donde tocar es de mala educación y esta es una de ellas.

En una balda, entre dos fotos, hay un bote de cristal con arena y tres percebes secos, y una etiqueta escrita a rotulador con letra grande y desordenada: PRIMEIROS.

La letra no es de Dorinda; Dorinda escribe como cose, se le nota en las listas de la compra sujetas con imán en el aparador.

Esta letra es redonda, rápida, con las oes abiertas.

Es la primera vez que veo algo escrito por Olalla y me quedo más tiempo del razonable delante de un bote de arena.

— Los cogió con seis años — dice Dorinda —. Casi se ahoga el padre por no soltarla a ella.

Me ofrece silla y un vaso de agua que no le he pedido.

Nos sentamos con la mesa por medio, el hule de flores entre las dos como un campo neutral.

De cerca le veo lo que la rebeca disimula: la musculatura del cuello en guardia permanente, los escalenos acortados de años de dormir mal, y una manera de sentarse en el borde de la silla, sin apoyar la espalda, de quien hace seis años que está de visita en su propia vida.

— Tú dirás — dice.

Y de pronto no sé por dónde empezar, porque todo lo que traigo preparado suena a interrogatorio o a pésame, y esta mujer lleva seis años defendiéndose de las dos cosas. Así que digo la verdad en el orden en que me viene:

— Hace tres semanas no sabía que Olalla existía.

Encontré un velo con sus iniciales en el cuarto de costura.

Nadie en esa casa la nombra. Nadie en el pueblo la nombra delante de ellos.

Me dijeron que se fue a Irlanda y que escribe dos veces al año.

Y usted comenta cada San Xoán que el mar no compra billetes. Quiero saber qué significa eso.

Dorinda me escucha entera sin mover un músculo de la cara. Cuando termino, mira el vaso de agua que tengo delante.

— Bebe — dice —. Que traes la boca seca de mentir toda la mañana.

Bebo. Tiene razón en todo.

— Los primeros meses iba una al día a la Guardia Civil — empieza, con la voz de quien recita un rosario propio —.

Luego una a la semana. Luego me sentaban en una silla como esa y me ponían un café y me hablaban despacio, como a las viejas.

Señora, hay un billete. Señora, hay un correo.

Señora, su hija era mayor de edad. — Los dedos han empezado otra vez el motor aquel, flexión, extensión, flexión —. Y luego dejaron de ponerme el café.

— ¿Y usted qué les decía?

— Que me enseñaran una madre a la que su hija le diga que se va a Irlanda por correo electrónico.

— Lo dice sin levantar la voz. La rabia de Dorinda no sube, se concentra, va perdiendo agua como un caldo al fuego, seis años reduciéndose —.

Mi Olalla vino a comer aquí el domingo antes de San Xoán.

Comió lo que tú hueles ahora. Me arregló el enchufe del pasillo.

Y el lunes me llamó y me dijo: nai, después de las hogueras tenemos que hablar tú y yo con calma.

Se calla. La radio dice algo de la marea de la tarde.

— ¿Hablar de qué?

— Eso pregunta todo el mundo. — Me mira, y por primera vez veo a la mujer que describieron en la lonja, la que no lo aceptó, porque los ojos se le encienden con algo que no es locura, es exactitud —.

Y nadie pregunta lo otro. Nadie pregunta: ¿y habló?

¿Llegó a hablar contigo? No. No llegó. Para el viernes ya era una carta desde Dublín. Ya era letra.

Le tiembla la barbilla una sola vez, un temblor corto, mandibular, y lo caza al vuelo y lo aprieta. Conozco ese gesto. Lo hacen los pacientes cuando el dolor asoma en mitad de una frase y deciden terminar la frase.

— Señora Baamonde...

— Dorinda.

— Dorinda. — El nombre me deja usarlo y eso, en esta costa, ya lo voy sabiendo, es una puerta —. ¿Por qué me ha dejado pasar?

Se levanta sin contestar. Va al aparador, al cajón de abajo, y saca una caja de galletas danesas de metal, y dentro no hay galletas ni botones: hay papel. Folios impresos, ordenados, con clips oxidados por lotes. Los deja en el hule, delante de mí, con las dos manos, con un cuidado de reliquia.

— Porque llevas tres semanas en esa casa y ya has mentido para venir aquí — dice —.

Tardaste menos que la Guardia Civil en enterarte de que algo huele.

— Se sienta otra vez en su borde de silla, recta, las manos por fin quietas una encima de la otra —.

Seis años llevan diciéndome que mi hija me escribe.

Dos correos al año, por Navidad y por mi cumpleaños, tan bien puestos que dan frío.

Y yo los leo y los vuelvo a leer y hago lo que nadie ha querido hacer conmigo delante: contar lo que falta.

Empuja la caja dos centímetros hacia mí. El metal chirría contra el hule.

— Mi hija no me escribió mamá en la vida.

Me llamaba Dori. Desde los cuatro años, para escándalo de su padre.

Dori, hay percebes. Dori, no me esperes despierta.

Dori. — Señala los folios con la barbilla, sin tocarlos, como se señala una herida —.

Lee. Lee los correos de Irlanda y dime tú, que no la conociste, quién los escribe.