La Prometida Veinticinco días #2
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Veinticinco días #2

La mandíbula de Benigna. Los maseteros, esos dos músculos que cierran la boca de los hombres y de las señoras, se le abultan una vez bajo la piel del ángulo de la cara, un apretón único, seco, y desaparecen.

La mano derecha de Telmo, que baja del mantel.

El bolsillo. El metal. Y Manuela, de pie junto al aparador con la bandeja de licores a medio repartir, que da media vuelta y se va hacia la cocina con la bandeja llena, tres copitas sin servir, el primer servicio que esta mujer deja a medias en treinta años delante de mis ojos, la puerta batiente cerrándose tras ella con dos vaivenes.

— ¡Por las que llegan! —dice Benigna.

Lo dice en alto, con su copa en alto, radiante, editando el brindis de su hijo con cuatro palabras y una sonrisa de cabecera de mesa, y el comedor entero responde por las que llegan, por Julia, por los novios, y las copas suenan, y el gerente del banco ya está de pie para el besamanos, y la máquina de esta casa recoge el hilo suelto y lo remete en el dobladillo con una puntada tan rápida que ni el cura, que estaba mirando a Roi con los ojos entornados, encuentra ya nada que mirar.

Roi se sienta. Se sienta despacio, con cuidado, con la cara del que baja de un sitio alto y no sabe cómo ha subido, y la prima segunda le rellena la copa, y él la mira sin cogerla.

El resto de la sobremesa es un éxito. Lo dice todo el mundo al despedirse, en la puerta, bajo los farolillos: una noche preciosa, una novia encantadora, qué suerte la de esta casa.

Benigna recibe los parabienes con la satisfacción justa, ni una gota de más, y a mí me besan mejillas y me aprietan manos y el primo sordo me grita al oído bueno que soy alta, que eso es bueno para los partos, y a las doce y media los coches bajan en caravana hacia la cancela, los faros barriendo los camelios, y la casa se queda apagándose habitación por habitación, en su orden de siempre.

———

No puedo dormir. El vestido verde cuelga ya de su percha, Telmo respira hondo hacia su borde, vencido por el albariño y el alivio, y yo estoy en la ventana a oscuras, con un vaso de agua, mirando el faro dar sus vueltas de seis segundos, repasando maseteros y bandejas a medio servir.

Abajo, la marea ha bajado y la cetaria vuelve a asomar entre las rocas, negra sobre negro, con su golpe de pulso de siempre, y pienso que llevo veinticinco días durmiendo encima de esa plataforma podrida sin saber todavía para qué servía, ni por qué es lo único de esta finca que nadie ha restaurado, pintado o derribado en una casa donde hasta las camelias muertas caen con permiso.

Así es como lo veo.

Abajo, en el jardín de las camelias, en el banco que queda medio escondido entre los dos árboles grandes, hay alguien.

La luz es poca, la del farolillo que nadie ha apagado y la luna de tres cuartos, pero el pelo claro y la camisa blanca del brindis se reconocen de sobra: Roi.

Está sentado con los codos en las rodillas, la cabeza colgando, y desde un segundo piso y a treinta metros no hacen falta detalles para leer lo que hace, porque el llanto de verdad no se ve en la cara: se ve en la mecánica.

Los hombros le saltan a rachas, en tandas cortas, con ese hipo de bomba de achique que no responde a ninguna voluntad, y entre racha y racha se pasa el canto de la mano por los ojos, con rabia, y vuelve a colgar la cabeza, y vuelven las rachas.

Llora contenido y llora mucho, las dos cosas, con el oficio de quien sabe llorar sin que lo oigan las casas.

Voy a bajar. Llego a apoyar el vaso en el alféizar, llego a buscar las zapatillas con los pies, y entonces la puerta de la galería se abre abajo con su rectángulo de luz amarilla, y sale Benigna.

Sale vestida todavía, con algo oscuro en las manos, y cruza el jardín hacia el banco por el camino de losas, sin prisa, con sus pasos cortos y exactos de siempre.

Roi no la oye o no quiere oírla; no levanta la cabeza hasta que la tiene delante.

No hay abrazo. No hay una mano en la cara, ni sentarse a su lado, ni recogerle el pelo, ni ninguna de las mil cosas que las madres hacen con los hijos que lloran de noche en los jardines.

Benigna despliega lo que trae en las manos, una rebeca, la de la butaca de la galería, y se la pone a su hijo por los hombros, bien puesta, ajustada con dos toques de las palmas, el cuello derecho.

Luego se queda quieta delante del banco, y dice algo.

Corto. Dos frases, tres. Desde arriba no me llega ni el murmullo, solo el efecto: las rachas de los hombros de Roi van espaciándose, obedientes, la cabeza se endereza, el canto de la mano pasa una última vez por los ojos.

Benigna espera a que termine de recomponerse, exactamente el tiempo que hace falta y ni un segundo más, y después se da la vuelta y echa a andar hacia la casa, y Roi se levanta y la sigue, con la rebeca por los hombros, dócil, dos pasos por detrás, la camisa blanca flotando en la oscuridad del jardín.

La puerta de la galería se cierra y se lleva el rectángulo amarillo, y las camelias se quedan solas con el farolillo encendido.

Eso ha sido todo. Ni un reproche que yo haya visto, ni un consuelo. Una mujer ha salido de noche a por un hombre que lloraba, lo ha abrigado, lo ha apagado y se lo ha llevado dentro.

Como se recoge una prueba.