La Prometida Veinticinco días
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Veinticinco días

A Atalaia amanece en pie de guerra de gala.

Hoy es la cena de pedida, la ampliada, la oficial, «la de verdad», según Roi, porque por lo visto la nuestra, la del anillo en el escurridero de Moratalaz, fue solo el borrador para la familia política del acto administrativo que esta casa entiende por compromiso.

Desde las nueve de la mañana la casa suena distinta: han venido dos camareras de la casa de comidas de Ortigueira y un chico para los coches, y Manuela los dirige a todos con un mando silencioso y total, moviendo el dedo índice medio centímetro para reubicar una bandeja, cruzando los pasillos con manteles planchados en volandas, con esa autoridad sin galones que no necesita levantar la voz porque nunca la ha necesitado.

El comedor grande se despliega entero: las dos mesas montadas en ele, la vajilla del filo azul multiplicada, cristalería que no había visto, tres candelabros ahora sí con velas.

En el jardín delantero han colgado farolillos entre los camelios, por si la sobremesa sale buena y se alarga fuera.

Yo asisto a todo en calidad de figura central y perfectamente decorativa.

Mi función de hoy, me ha explicado Benigna con cariño de directora de escena, es «estar guapa y dejarte querer», y las dos cosas vienen ya organizadas: la peluquera de Ortigueira ha subido a casa a las cinco, y sobre mi cama espera el vestido verde botella que compramos la semana pasada en Coruña, elegido por unanimidad de una.

— ¿Nerviosa? —me pregunta Telmo a mediodía, pillándome en la escalera con la mirada perdida en el trajín.

— Un poco. No conozco a casi nadie de los que vienen.

— Ellos a ti sí. —Me arregla el cuello de la camisa, sonríe—. Llevan un mes estudiándote. En Soutelo eres el temario de junio.

Lo dice de broma, para aflojarme, y me aprieta la mano dos veces antes de bajar.

Está mejor desde hace unos días, más cerca, más suyo; la tregua que le concedí en la merienda de los pasteles nos ha comprado a los dos esta paz pequeña de las semanas de antes de la boda, y yo la habito agradecida por fuera y con mala conciencia por dentro, porque debajo de mi mitad de la tregua hay una carpeta que crece: un velo, una tachadura, seis comentarios de una madre, la frase de un percebeiro.

Ninguna de esas cosas ha salido de mí estos días.

Todas siguen ahí cada noche, ordenadas, esperando a que las mire.

———

Los invitados llegan a las ocho y media con puntualidad de funeral de obispo, que por lo visto es la única puntualidad que existe en Galicia para las cosas de A Atalaia.

Primos de Benigna de Pontedeume, dos matrimonios mayores que huelen a naftalina cara y me besan con los labios en el aire, a un centímetro de la mejilla.

Un primo de Amaro con su mujer, él con bastón, ella con un broche que podría hipotecar mi consulta.

El gerente del banco de Ortigueira, cincuenta y tantos, traje azul eléctrico, que le ríe a Benigna las frases un cuarto de segundo antes de que las termine, la risa ya preparada desde el aperitivo.

La alcaldesa de Soutelo con su marido, el presidente de la cofradía de pescadores, el médico del centro de salud que resulta venir «de las tres últimas bodas de la casa».

Y el cura de Santa Mariña, que llega el último, escorado a babor por su ciática, y me guiña un ojo al pasar hacia el sillón bueno que ya le tienen reservado, con cojín.

Benigna me lleva del brazo toda la primera hora.

Es un despliegue táctico impecable: me presenta por orden de importancia inversa, dejando a los primos de Pontedeume para el final, y en cada parada del circuito hace de mí una edición ligeramente adaptada al oyente.

Al médico le cuenta que soy sanitaria, «fisioterapeuta, con consulta propia en Madrid».

A la alcaldesa, que mi padre fue taxista cuarenta años, «trabajadores de toda la vida, como los de aquí».

Al gerente del banco, sencillamente, que soy «la prometida de Telmo», con un apretón mínimo en mi antebrazo que convierte el genitivo en escritura pública.

En una de las paradas del circuito me cruzo con el cura, instalado en su sillón con cojín y una copita de hierbas que le rellenan sin que la pida. Me retiene un momento por la muñeca, con sus dedos de papel de fumar, y mira el comedor iluminado, las velas, la ele de las mesas.

— ¿Qué le parece la fiesta, padre? —le pregunto.

— Que esta casa hace las cosas como las hacía la madre de esta, y la madre de la otra.

—Le da un sorbo mínimo a las hierbas—. Aquí no cambia nada, hija.

Por eso dura. —Y me suelta la muñeca con una palmadita, y no sabría jurar si me ha hecho un elogio de la casa o me ha dado el pésame por adelantado.

Y a los primos de Pontedeume, con la copa de albariño en la mano y la voz en su registro de familia, les dice la frase.

— Esta es Julia. —Pausa de un tiempo, la mirada circular—. La definitiva.

Los primos ríen encantados, hay un brindis pequeño, alguien dice «ya era hora, ho», y la conversación sigue su curso hacia los sitios de siempre.

A mí la palabra se me queda enganchada en algún punto entre el esternón y el vestido verde botella, y ahí se está el resto del cóctel, arañando despacio.

La definitiva. Hay mil maneras amables de presentar a una nuera: la buena, la esperada, la que faltaba.

Benigna, que no improvisa ni los suspiros, ha elegido un superlativo que solo funciona con una lista delante.

Las definitivas lo son porque hubo provisionales.

Lo sabe ella, lo sé yo, lo sabe la mitad del comedor, que ha sonreído a la palabra un pelín demasiado deprisa, con ese exceso de fluidez de los ensayos generales.

En la ele de las mesas me sientan entre Telmo y el primo del bastón, que es sordo del oído que me toca y encantador del otro, y la cena se sirve con la maquinaria a pleno rendimiento: las camareras de Ortigueira circulando bajo el mando invisible de Manuela, el rodaballo que elegí yo triunfando en ambas mesas, el gerente del banco contando en voz alta lo que facturó la lata azul en el 19, con Benigna quitándole importancia con la mano y guardándose la cifra en la sonrisa.

La conversación de la mesa es un mapa del poder comarcal que voy leyendo plato a plato.

La alcaldesa quiere el paseo nuevo y necesita a la conservera «a bordo»; el de la cofradía se queja del precio del combustible mirando al gerente; el gerente lo esquiva brindando; y todos los caminos, hasta los que salen de la ciática del cura, acaban pasando por la cabecera, donde Benigna concede, aplaza o entierra los asuntos con medias frases que la mesa recoge al vuelo.

El primo sordo me confía a gritos, a mitad de la carne, que en Pontedeume la familia de Benigna «no tenía donde caerse muerta, y mírala».

Es la primera información no autorizada que me llevo en toda la noche, y me la da el único que no oye las consignas.

Y Roi bebiendo.

Lo veo porque miro, y miro porque es mi manera de estar en las mesas largas.

Roi está en la otra pata de la ele, entre la alcaldesa y una prima segunda, haciendo su función habitual de niño de oro, y las copas de vino le van y vienen con una frecuencia que la conversación disimula.

Cinco, cuento, en lo que va de merluza a carne.

Seis con el postre. No se le nota apenas: solo el volumen otra vez, los gestos un cinco por ciento más anchos, la risa entrando con más facilidad de la cuenta en frases que no la merecen.

Un profesional también en esto: borracho fino, aprendiz de los del bar, la cogen despacio y la llevan con estilo.

Con el café, las camareras reparten los licores en bandejas de latón: aguardiente blanco, hierbas, crema, y el licor café en copitas pequeñas, oscuro y brillante.

La bandeja pasa por delante de Roi y la mano de Roi, seis copas de vino después, con los reflejos que le queden, sale sola y tapa la copita antes de que se la sirvan, la palma plana encima, un gesto automático, sin mirar, mientras sigue riéndole algo a la alcaldesa.

Ni borracho. El cuerpo de Roi no prueba el licor café ni borracho. Las costumbres se olvidan con el vino; lo que no se olvida con el vino son las trincheras.

Y es entonces, con los licores servidos y la sobremesa a pleno murmullo, cuando Roi se pone en pie y hace tintinear la copa con la cucharilla.

— ¡Un brindis! —anuncia—. Que en esta familia los discursos los hace siempre el mayor y luego dicen que el guapo no colabora.

Risas. Telmo, a mi lado, se recuesta con la sonrisa puesta y le hace un gesto de adelante, todo tuyo. Benigna, en la cabecera, deja su cucharilla en el plato sin ruido y junta las manos sobre el mantel.

— Por Julia —dice Roi, alzando la copa hacia mí, y la voz le sale calurosa, de verdad, mojada de vino y de algo más—, que ha venido de Madrid a enseñarnos a los gallegos dónde tenemos las cervicales.

Por mi hermano, que lleva dieciséis meses insoportablemente feliz, que ya era hora, carallo.

—Risas, algún aplauso corto—. Por esta casa.

—La copa gira despacio, abarcando el comedor, las velas, los retratos—.

Y por las novias. —Sonríe. Algo le cruza la cara, un segundo, por debajo de la sonrisa—. Por las que llegan...

La pausa.

Quizá iba a ser una pausa de orador, el silencio de antes del remate simpático.

Pero se le alarga. Se le va. La copa se le queda en el aire y los ojos se le desenfocan hacia el ventanal negro, hacia el mar que no se ve, y cuando la frase vuelve, vuelve sola, en otro tono, uno desnudo que no pega con los farolillos:

— ...y por las que no llegaron a irse.

Dos segundos.

Los conozco bien, son los de esta casa, los he cronometrado antes.

Para el común del comedor no existen: los primos de Pontedeume ya levantan sus copas, la alcaldesa sonríe, el gerente murmura «muy bien, muy bien», el brindis aterriza en aplauso educado.

Dos segundos no son nada si no sabes dónde mirar.

Yo sé dónde mirar.