Veintisiete días
La lonja de Soutelo abre a las seis y media, y a las seis y media estoy en la puerta, con mallas de correr y cara de haber madrugado por deporte, que es una coartada estupenda porque es medio verdad.
Llevo dos días rumiando la frase de Dorinda Baamonde, dos días sonriendo en pruebas de peinado y contestando a mi madre por audios que me salen falsísimos, y esta madrugada, oyendo a Telmo respirar hacia su borde de la cama, he decidido lo que haría con cualquier cuerpo que no entiendo: dejar de mirar la zona que duele y explorar alrededor. La casa no habla. El pueblo, quizá.
Han sido dos días raros, además, de una normalidad con demasiado esmero.
Benigna me ha llenado la agenda con una generosidad implacable, peluquería en Ortigueira, la elección de las alianzas de los testigos, una visita de cortesía a unas primas de Cariño que me han examinado la dentadura con los ojos, y Telmo ha vuelto cada noche con flores dos veces, tulipanes de gasolinera un día, hortensias robadas del propio jardín el otro, con esa ternura de disculpa de los hombres que no saben qué están disculpando exactamente, pero saben que algo.
La casa entera me trata como se trata un esguince reciente: mucho cuidado, mucho vendaje, y ninguna gana de mirar debajo.
Dentro, la lonja es una catedral de azulejo blanco con olor a mar recién muerto.
Las cajas de plástico entran mojadas desde las barcas, merluza de pincho, raya, un congrio que parece una discusión teológica, y la subasta se canta a la baja, con una velocidad de sorteo, números que caen desde un mostrador elevado mientras los compradores, cuatro hombres y una mujer con botas de agua, matan los precios con un parpadeo o un dedo que ni veo.
En diez minutos se despacha el trabajo de doce horas de tres familias.
Nadie aplaude. El mar no tiene función de tarde, pero aquí nadie lo menciona: se le compra y se le calla.
A mí me conocen. Claro que me conocen: soy la noiva de A Atalaia, y por donde paso se me adelanta el título, dos pasos por delante, abriéndome puertas y cerrándome otras.
La mujer de las botas de agua, que resulta llevar el puesto grande de la plaza, me adopta en cuanto acaba la subasta y me explica el género caja por caja, esto es rapante, esto salmonete de roca, esto no lo compres nunca en martes, y me lo explica bien, con gusto, con ese orgullo técnico que tiene aquí todo el mundo para las cosas del mar.
Me quedo un rato más de lo que pide la coartada, porque la lonja tiene un teatro propio que engancha: el patrón de la barca del extremo, el de los tangos, discute una caja de raya con un comprador y los dos se insultan con cariño en un gallego cerrado, y al acabar se comparten un cigarro en la puerta como dos actores al bajar el telón.
Una gata tricolor recorre el perímetro con derechos adquiridos evidentes, y nadie la echa, y come mejor que los franceses del parador.
Huele a diésel, a hielo picado y a madrugada de otros.
Si no hubiera venido a lo que he venido, habría venido a esto.
Por ahí entro. Por el orgullo técnico.
— ¿Y percebe? ¿No entra percebe hoy?
— Poco y de fuera. —Arruga la nariz—. El bueno, el de aquí, va casi todo apalabrado. Percebe de Soutelo queda poco, ya no hay quien lo coja. Eso es oficio de valientes y los valientes se acaban.
— Me han dicho que aquí había buenos percebeiros. Familias enteras, ¿no? De padre a hijos... o a hijas.
Lo digo mirando el género, con las manos en los bolsillos, en el tono de quien comenta el tiempo.
Y funciona a medias, porque la mujer empieza a contestar con la misma alegría técnica, «los mejores de la comarca salieron de aquí, los de...
», y ahí la frase tropieza. Un tropiezo pequeño, medio nombre, una b que ya venía sonando, y los ojos que se le van, un barrido de medio segundo, a la puerta grande de la lonja y a quién anda cerca.
— ...familias de toda la vida —aterriza, en genérico—. Oye, ¿y para la boda? ¿Pescado o carne? Que si es pescado se lo digo yo a mi cuñado y te guarda lo mejor de la ría, eso va por mi cuenta.
Le digo que pescado, que rodaballo, y me apunto el tropiezo. La b existe. La b está viva y goza de mala salud.
———
A media mañana ya tengo tres versiones y una regla.
Las versiones las voy juntando de puesto en puesto, de recado inventado en recado inventado, con la técnica de no preguntar nunca de frente: yo hablo de percebes, de bodas antiguas, de lo grande que es A Atalaia para tan poca gente, y dejo huecos, y en los huecos la gente pone cosas, porque la naturaleza tiene horror al vacío y los pueblos más.
En la pescadería, mientras me envuelven unas xoubas que no necesito, la dependienta joven le dice a la mayor algo en gallego rápido donde pesco «a de Baamonde», y la mayor le contesta sin mirarla, cortando cabezas, una frase seca donde entiendo «marchou con outro», se fue con otro, y las dos me miran de refilón para ver si he entendido, y yo elijo la cara de no haber entendido, que me sale cada día mejor.
En la huerta de la carretera, la señora de las berzas, que me regala un manojo de perejil cada vez que paso desde el día que le alabé el huerto, está más habladora.
A ella le da pena la historia, se le nota: menea la cabeza con el perejil en la mano y me suelta, sin que yo haya dicho nombre ninguno, que «aquella moza era de mar abierto, y aquella casa es de ría cerrada, y hay peces que en la ría se mueren», y cuando le pregunto qué rapaza, quién, se le cierra el gesto de golpe, me pone el perejil en la bolsa y dice que cosas suyas, que ella habla mucho y sabe poco, que a ver si va a llover.
En el quiosco del paseo, la amiga de Roi, la que sabía lo de mi vestido antes que yo, me da la tercera versión sin cobrar. Es la más joven de mis fuentes y la menos supersticiosa con el apellido: cuando le dejo el hueco, lo llena entera, acodada en las revistas, bajando la voz solo lo justo.
— Yo era cría, pero me acuerdo. Aquí se dijo de todo, ya sabes cómo es esto.
Que si conoció a otro. Que si Irlanda. Pero mi madre siempre lo tuvo claro: que no aguantó a la suegra.
—Se encoge de hombros—. Doña Benigna es mucha doña Benigna, y aquella no era de agachar la cabeza.
Dos gallos en un gallinero, imagínate. Un día cogió la puerta y a tomar viento, y oye, yo la entiendo.
—Me mira, cae en la cuenta, se ríe—. Ay, perdona. Tú seguro que agachas mejor.
— Seguro —digo, y las dos nos reímos, y la mía suena casi de verdad.
Y el panadero, el de la palmadita de tanatorio, es el más moderno: él sí pronuncia.
Olalla, dice, bajito, cuando le tiro del hilo con la excusa de que me han contado que antes en las bodas de la zona se regalaba pan dulce.
Olalla Baamonde, sí, la que estuvo con el mayor de los Quiroga.
Buena moza, brava. Se marchó al extranjero, cree él.
A Irlanda, cree él. Le va bien, cree él.
Tres «cree él» en cuatro frases, cada uno más flojo, y al tercero ya me está cobrando la barra con la vista puesta en la puerta, porque en la puerta acaba de sonar la campanilla y ha entrado una vecina, y la conversación se apaga sola, con naturalidad de interruptor.
Esa es la regla, y a mediodía ya la tengo formulada: en Soutelo, de Olalla se puede hablar.
Bajito, de refilón, con la puerta vigilada, pero se puede.
De lo que no se habla nunca, jamás, bajo ninguna forma, es de Olalla delante de los Quiroga o de cualquier cosa que huela a Quiroga: ni delante de la furgoneta azul cuando pasa, ni delante de Manuela cuando baja al mercado, ni delante de mí hasta que se comprueba, con dos o tres sondeos que ya sé reconocer, de qué lado del apellido estoy.
Lo llaman respeto. Se lo he oído a la de las botas de agua, despidiéndose: «aquí de esas cosas no se habla delante de la casa, por respeto».
Y cuesta abajo, camino del puerto, con mis xoubas y mi perejil de coartada, la pregunta se me va armando sola al ritmo de los pasos: respeto a quién.
Porque el respeto a una familia calla las vergüenzas.
El respeto a una desgracia calla los detalles.
Pero este silencio de aquí no calla detalles: calla el nombre entero, seis años, un pueblo entero.
Y un silencio de ese tamaño no se sostiene por educación.
Se sostiene por algo que se parece mucho más al miedo, o a la deuda, que son los dos únicos pegamentos que aguantan tanto peso tanto tiempo.
Ochenta familias, me digo. Ochenta jornales. Desde 1931 aquí no ha faltado un solo jornal.
El respeto tiene nómina.
———
A la una entro en O Peirao, porque a estas alturas ya es mi bar, y porque después de una mañana de pesca de arrastre me he ganado una tortilla.
Chelo me recibe con un cariño redoblado, culpable, de esos que confirman más que desmienten: desde el desliz de la segunda anda conmigo obsequiosa, me pone la tapa doble, me llama reina cada dos frases, y evita con precisión de cirujana cualquier tema que se acerque a menos de dos manzanas de A Atalaia.
Hoy el bar tiene media entrada: los del dominó en su mesa de siempre, dos turistas franceses perdidos que han pedido pulpo a las once y media, un par de marineros con el vermú.
Y en la punta de la barra, Nino.
Lo he visto otras veces, siempre en el mismo taburete, siempre con un vaso corto de vino delante y la espalda contra la pared, y Chelo me lo tiene presentado por encima: Nino, Saturnino de nombre entero, percebeiro retirado, setenta y un años, «una institución».
Es pequeño y ancho, hecho de cuerda y sal, con las manos más elocuentes que he visto desde que llegué: nudillos deformados en coliflor, cicatrices blancas de lapa y navaja por todo el dorso, dedos que ya no cierran del todo y que rodean el vaso sin agarrarlo, por costumbre de no confiarle nada a la fuerza y todo al equilibrio.
Dicen que bebe desde que se jubiló. Bebe, desde luego: a las doce ya lleva la voz envuelta en papel de fumar y los párpados a media asta.
Pero es un borracho fino, de los de pueblo, de los que la cogen despacio y la llevan con dignidad, sin escándalo, y cuando se baja del taburete para ir al servicio cruza el bar entero sin rozar una silla, con los pies bien puestos, pisando el suelo del bar con la misma seguridad con que se pisan las rocas con marea subiendo: el cuerpo, lo que es el cuerpo, no está borracho.
Lo borracho es otra cosa, algo de más adentro que el vino solo ayuda a sobrellevar.
Como con los del dominó de fondo y Chelo contándome la cesárea que le predice el tiempo, y estoy en la segunda tapa cuando uno de los marineros, de buenas, levanta el vaso hacia mí:
— ¡Por la boda! Que hay que ver, otra vez fiesta en la casa grande.
— Por la boda —dice el otro, y Chelo, rápida, ya está sacando una botella para invitar a la ronda, encantada de que el tema haya salido por el lado bueno, el de brindar.
Y entonces, desde la punta de la barra, sin moverse, sin levantar la voz, con esa dicción lenta y perfectamente hilada de los borrachos finos, habla Nino.
— ¿Otra novia?
Se hace un silencio pequeño. No total: los franceses siguen con su pulpo. Pero los del dominó paran las fichas, y Chelo se queda con la botella en el aire, y el marinero del brindis baja el vaso un palmo.
Nino gira la cabeza y me mira. Me mira de verdad, por primera vez desde que piso este bar, y tiene los ojos claros, lavados de sal, con las venillas del vino, y lo que hay en esos ojos no está borracho ni un poco: está despierto, y viejo, y cansado de una cosa muy concreta.
— Dile al Roi —dice, señalándome con la barbilla, cada palabra puesta derecha detrás de la anterior— que ya puede volver a la playa. Que el mar ya cobró.
— ¡Nino!
Chelo suelta la botella en la barra con un golpe que hace saltar a los franceses, y sale por el hueco con una escoba que yo no había visto y que ella encuentra sin mirar, de memoria, y la enarbola plana, de barrer, no de pegar, y arrea con ella al viejo taburete abajo entre un vendaval de reproches en gallego donde entiendo «ido», «vergüenza» y «a casa, a durmir».
— Ya voy, muller, ya voy. —Nino se deja barrer hacia la puerta sin prisa y sin resistencia, con una media sonrisa de quien ya ha cumplido, y en la puerta, con la campanilla sonando encima, se sujeta al marco un segundo, se pone la gorra y sale al sol de mediodía.
— No le hagas caso, reina. —Chelo vuelve a la barra sofocada, la escoba ya escondida, el rojo del escote otra vez subiendo—. Que está ido. Desde que lo dejó la cabeza anda así, dice cosas, no sabe ni lo que... Toma, otra tapa, invita la casa.
— ¿Y qué cosas dice? —pregunto, con la boca pequeña, mirando la tortilla.
— Cosas. —Chelo pasa la bayeta por una barra limpia, dos veces, tres—. Cosas de viejo y de vino. Del mar, de luces, de que él vio no sé qué. Nadie le hace caso, reina. Cómete eso, anda, que se te enfría.
Los del dominó vuelven a las fichas. Los marineros retoman el vermú mirándose los zapatos.
En treinta segundos, O Peirao ha vuelto a su rumor de siempre, con esa destreza para recomponerse que tienen los sitios pequeños, y yo me como la tapa de la casa, que sabe a disculpa, dándole vueltas a la escoba de Chelo: de memoria la ha encontrado, sin mirar.
Hay gestos que solo salen así de rápidos cuando están muy ensayados.
Subo a casa dando el rodeo largo, por el paseo, para ordenarme antes de cruzar la cancela blanca.
En el murete del Areal, donde Roi montó su cuartel el día de la playa, hay ahora dos críos con un cubo, y la marea está baja y la arena entera disponible, ochenta metros de arena limpia hasta el agua, y pienso en un hombre de veintiocho años haciendo equilibrios por el espigón de piedra, con las cervezas en alto, la vida entera bordeando este rectángulo amable donde juega todo el pueblo.
Tres versiones tiene Soutelo: se fue con otro, no aguantó a la suegra, Irlanda, creo. Las tres cuentan una marcha. Y esta mañana un percebeiro viejo, con los ojos más sobrios del bar, me ha dado la cuarta sin que nadie se la pidiera, la única que no cuenta una marcha sino un pago.
No se lo digo a Telmo. Todavía no sé decirlo sin que suene a lo que suena, y le prometí cuatro semanas, y me odio un poco por ese cálculo, y lo hago de todos modos: sonrío en la cena, alabo el rape, escucho los planes de la semana.
Se me da cada día mejor la cara de no haber entendido.
Empieza a preocuparme lo bien que se me da.
Por la ventana del cuarto, ya de noche, el mar está en calma y la cetaria ni se ve, tapada por la marea alta, y repaso la frase de Nino contra el techo, palabra por palabra, con sus tres golpes de dicción lenta: dile al Roi que ya puede volver a la playa.
Que el mar ya cobró.