Veintinueve días
Manuela ha dejado de decirme los nombres de las cosas.
Era lo nuestro, aunque suene a poco. Desde la tarde del tendedero, Manuela me iba soltando palabras en gallego a cambio de nada, una cada vez, como se les da cuerda a los pájaros desconfiados: esto es un cazo pero aquí se dice pota, esto es la lareira, eso de ahí fuera es orballo, que no es lluvia, señora, la lluvia moja y el orballo cala.
Yo las repetía mal, ella me corregía sin sonreír pero corrigiéndome, que en el idioma de Manuela es afecto en grado sumo.
Desde anoche, desde la sopa de pescado, se acabó el vocabulario.
Me sirve el desayuno con la leche fría exacta, me plancha la blusa mejor que la tintorería de Moratalaz, me trata con una corrección impecable.
Y ha cerrado la puerta de las palabras. Esta mañana le he preguntado cómo se dice niebla, por tantear, y ha dicho «niebla» y se ha llevado la cafetera.
Roi, en cambio, ha subido el volumen, y lo del volumen es literal y es lo otro.
En el desayuno ha contado tres historias seguidas, buenísimas las tres, la del camionero de Lugo, la del pedido que acabó en Islandia por una vocal, la del community manager de una funeraria que le pide consejos.
Nos hemos reído todos. Pero yo como de lo que como, y el humor es ritmo, y el ritmo de Roi está desajustado: entra con el chiste medio compás antes de que el hueco exista, se ríe él un segundo de más cuando ya nos hemos callado los demás, y entre historia e historia, en los empalmes, se le ve el mecanismo: los ojos van un momento a su madre, luego a Telmo, luego a mí, midiendo, y vuelta a empezar.
Es un hombre haciendo bulla delante de una grieta, con el oficio de quien lleva años en el puesto.
Y Telmo se ha ido lejos sin moverse del sitio.
Está atento, está educado, me ha preguntado si dormí bien y me ha untado una tostada sin que se la pidiera.
Pero el beso de esta mañana ha aterrizado en el pelo, no en la boca, y cuando lo he abrazado en el pasillo, antes de que bajara a la conservera, me ha devuelto el abrazo entero con los brazos y nada con el pecho, el tronco retirado esos dos centímetros que en mi consulta separan el te quiero del ya hablaremos.
Se ha ido a trabajar un sábado. El pedido de Navidad, ha dicho. En mayo.
La única que no ha cambiado nada es Benigna.
Exactamente nada: ni un grado la temperatura del afecto, ni un minuto los horarios, ni una coma el repertorio.
Hoy me ha enseñado las fotos del fotógrafo de Ferrol, me ha consultado la disposición de los coches el día de la boda, me ha llamado hija dos veces.
La cena de anoche, en su repertorio, no ha existido.
Y eso, que en cualquier otra persona sería un alivio, en esta mujer me deja el vello de punta, porque ya la conozco lo bastante para saber que en Benigna la ausencia de reacción no es ausencia de nada: es que la reacción ya está hecha, ya está archivada, y el expediente sigue su curso en algún registro al que no me invitan.
Hay un cambio más, pequeño, que descubro al pasar por el pasillo de arriba con las toallas que me ha dado Manuela: la puerta del cuarto de costura, que solía estar cerrada sin más, tiene ahora la llave puesta por fuera y girada, con el paletón asomando del ojo de la cerradura como un centinela en su garita.
Antes, la llave vivía en el bolsillo del delantal de Manuela.
Ahora vive en la puerta, a la vista, anunciándose.
No sé si es un descuido o un mensaje, y en esta casa llevo aprendido que los descuidos escasean.
La casa entera, en resumen, se ha reajustado un cuarto de vuelta alrededor del nombre dicho en voz alta.
Nadie ha subido la voz ni cerrado una puerta.
Todos los tornillos se han apretado en silencio, cada uno el suyo, y la máquina sigue andando, más tensa, más lisa, y yo desayuno cada mañana dentro de ella con mi leche fría, contando los días que faltan.
———
A Coral la llamo desde la pista del faro, a media mañana, con la excusa de correr y la verdad de que es el único sitio en kilómetros donde estoy razonablemente segura de que lo que diga lo escucha el mar y nadie más.
Contesta comiendo. Los sábados Coral come a las once y media, de pie, en la cocina de su casa, cosas que niega haber comido.
La pongo al día entera, de un tirón, andando en círculos alrededor del faro con el viento golpeándome el micro: el nombre en el rezo, el velo con las iniciales, la tachadura de septiembre, la segunda de Chelo, las tres frases de Telmo, la sopa servida por Benigna.
Coral deja de masticar más o menos a la altura del velo.
— Vamos a ver. —Su voz se pone recta, la de plantar a un paciente que no hace los ejercicios—.
¿Tú me estás diciendo que tu novio estuvo prometido, con boda apalabrada, iglesia y amonestaciones, y en dieciséis meses no te lo había mencionado nadie?
¿Ni él, ni el hermano, ni la madre, ni un vecino borracho, nadie?
— Te estoy diciendo eso.
— ¿Y no hay fotos? Siempre hay fotos, Julia. La gente estuvo prometida y hay fotos, y una prima que la menciona en Nochebuena, y un amigo que mete la pata. Es ley.
— Aquí hubo otra novia y nadie tiene una foto. Nadie ha metido la pata en seis años. La única que la metió fue Chelo, ayer, medio segundo, y se puso del color de los mejillones en escabeche.
Coral se queda callada un momento. La oigo cerrar un armario, sentarse.
— No me gusta —dice al final—. Y me fastidia decírtelo, porque el tío me cae bien, ya lo sabes.
Pero escúchame: la gente rompe compromisos, eso pasa, y duele, y no se quiere hablar.
Hasta ahí todo normal. Lo que no es normal es la sincronización, tía.
Que no hable él, vale. ¿Que no hable un pueblo entero? Eso no es discreción. Eso es consigna.
El viento me trae el golpe del mar contra los cantiles de abajo. Consigna. Coral tiene esa puntería.
— ¿Qué hago?
— De entrada, nada de reproches, que te conozco: tú acumulas y luego pides perdón por explotar.
Pregunta en frío, no en caliente. Y de salida...
—duda, y la oigo elegir las palabras, cosa rara en Coral—: infórmate por tu cuenta.
No porque crea que hay algo horrible, ojo.
Porque a ti el no saber te come, y una novia no debería llegar al altar comida. ¿Cómo se apellida la tal Olalla?
— No lo sé. En el velo, las iniciales eran O. B.
— Pues ya tienes deberes. —Una pausa, y la voz se le baja a la de las cosas serias—. Julia. Si un día me llamas y no me cuadra algo, cojo el coche. Lo sabes, ¿no?
— Son seiscientos kilómetros, Coral.
— Seiscientos dos. Lo miré el otro día. —Y cuelga sin despedirse, que es su manera de despedirse, y me deja al lado del faro, con la placa de bronce de 1862 y las gaviotas por orden de tamaño, sonriendo sin ganas y con los deberes puestos.
———
Lo de preguntar en frío lo intento por la tarde, cuando Telmo vuelve de la conservera con el gesto lavado y una caja de pasteles de Cariño, que es su manera de pedir perdón por el sábado trabajado.
Merendamos los dos solos en la galería, con la marea alta borrando las rocas de abajo, y espero a que el segundo pastel le temple el ánimo, y lo hago como Coral manda, sin caliente, sin reproche, en el tono de quien pregunta por una película:
— ¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos?
No hace falta decir quiénes. Telmo termina de masticar, sin prisa, y deja el pastel a medias en el plato, y durante un momento parece que va a contestar de verdad: se le afloja la frente, coge aire para más de tres palabras.
Y entonces, por la explanada del jardín, pasa Manuela con un cesto de dalias hacia la casa, a veinte metros, sin mirarnos siquiera, y el aire que Telmo había cogido se le convierte en otra cosa por el camino.
— Julia. —Me coge la mano por encima de la mesa, con las dos suyas, y me la sostiene con muchísimo cuidado, y la voz le sale cansada, no dura—.
Faltan cuatro semanas para nuestra boda.
Te estoy pidiendo cuatro semanas. Después te contesto a todo lo que quieras, el tiempo que haga falta, la vida entera.
Pero ahora no me hagas volver ahí. Ahora no.
Ahí, ha dicho. No «a eso», no «a ella»: ahí. La gente vuelve ahí cuando lo que hay detrás no es un recuerdo sino un sitio.
Le digo que vale. Le digo que vale porque me lo pide con la cara de los pacientes en la primera sesión, cuando todavía no saben si vas a hacerles daño, y porque soy quien soy, la que suelta despacio, la que no fuerza la fibra.
Merendamos lo que queda de merienda hablando de los coches de la boda, y Telmo se ríe dos veces, agradecido, aliviado, y a mí los pasteles de Cariño, que están buenísimos, se me van poniendo de cemento según bajan.
Cuatro semanas, ha pedido. Como si la verdad fuera un acreedor con el que se puede renegociar el vencimiento.
———
Los deberes me los hago esa misma noche.
Espero a que la casa se apague por el orden de siempre, el despacho de Benigna, la escalera, la tubería del baño de Roi, y a que Telmo se duerma a mi lado con su respiración honda, un poco vencida hacia el borde suyo de la cama, que es donde duerme desde la sopa de pescado.
Entonces me incorporo contra el cabecero, bajo el brillo de la pantalla al mínimo y me pongo a buscar a una desaparecida sin saber todavía que se busca a una desaparecida.
En ese momento, para mí, busco a una ex.
Olalla Soutelo de Mar, tecleo. Y sale a la primera, en el primer resultado, con una obscenidad de facilidad que casi ofende: seis años de silencio de un pueblo entero y la respuesta estaba aquí, a tres letras, a un roce de pulgar.
Olalla Baamonde. El perfil es público, o se quedó público, que no es lo mismo: es un perfil sin dueño, de esos que ya nadie limpia ni configura.
O. B. Compruebo las iniciales dos veces, con el velo delante de los ojos aunque el velo esté en su cajón, y me sube por el brazo el frío particular de cuando el bordado y la pantalla se dan la mano.
Miro las fotos una a una, despacio, con el dedo mojado en el vaso de agua de la mesilla, y voy sabiendo de ella lo que las fotos quieran darme.
Una mujer joven, morena, con el pelo siempre a medio escapar de una goma, que ríe sin posar en todas partes: subida a una roca con un bichero, con una nasa en cada mano, soplando velas en un bar que podría ser O Peirao hace mil años.
Una foto con un hombre mayor de manos enormes, en un muelle, los dos con el mismo mentón: un padre, seguro.
Percebes en la mitad de las fotos. El mar en todas.
Ni una sola foto de A Atalaia, ni de la conservera, ni de Telmo.
Su vida pública termina donde empezaba la casa grande, y eso también es información: hay noviazgos que se airean y noviazgos que se guardan, y el suyo se guardó, o se lo guardaron.
Los perfiles están muertos. Muertos de fecha exacta: la actividad se corta hace seis años, a finales de junio, en seco, sin despedida ni deriva.
Antes, vida cada pocos días. Después, nada.
Ni una foto de Irlanda, ni un cambio de ciudad, ni un «nueva etapa».
La gente que se va deja rastro de irse. Aquí no hay rastro: hay borde.
Un canto limpio, de fecha, de los que en un análisis me harían repetir la prueba.
Hago la comprobación cruel, la de las amigas.
Las chicas que ríen con ella en las fotos de hace seis, ocho, diez años tienen todas sus perfiles vivos y con la vida dentro: una se casó en Sada y subió doscientas fotos, otra empuja un carrito por una alameda, otra opina de política local con muchas mayúsculas.
El tiempo les ha pasado a todas. En todas esas vidas que siguieron, busco a Olalla con el dedo: una visita, una felicitación, un me gusta suelto desde Irlanda, la miga de pan más pequeña.
Nada. Sus amigas envejecen en la pantalla y ella no, quieta en sus veintinueve años, con el pelo a medio escapar de la goma, riéndose de nada en una roca para siempre.
Y luego está la última foto.
Es de noche. Un frontal de percebeira encendido en primer plano, apoyado sobre una roca mojada, con la goma gastada, y detrás, fuera de foco, el mar de noche revuelto, con la espuma cogiendo la luz del flash como ceniza volando.
No hay cara. Solo el frontal, la roca, el mar negro.
Es una foto que entonces no significaba nada, la foto de una hija de percebeiro presumiendo de oficio heredado, y que ahora, sabiendo lo poco que sé, ya no consigo mirar sin que el estómago se me ponga de piedra.
Debajo, escrito por ella hace seis años, un veintitrés de junio:
«La noche va a estar brava, pero el percebe no se coge solo.»
Me quedo mirando la pantalla en la habitación a oscuras, con Telmo respirando hondo a mi lado, vencido hacia su borde. Veintitrés de junio. La noche de San Xoán. La fiesta que en esta casa se cena dentro.
Debajo de la foto hay comentarios. Los de entonces, de aquella misma noche y los días siguientes, amigos que le dicen loca, que le dicen ten cuidado, un «guárdame un kilo» con tres risas. Y después el tiempo se para también en los comentarios, igual que en todo lo demás.
Se para para todos menos para una.
Hay un perfil que vuelve. Lo veo al hacer scroll, primero sin entender lo que veo, luego entendiéndolo de golpe, que es peor.
Un comentario por año, debajo de esa última foto del frontal y el mar.
Cada año en la misma fecha, un veintitrés de junio, con la puntualidad con que se ponen las flores en las lápidas.
Seis comentarios. Seis años. Siempre la misma frase, palabra por palabra, sin un solo cambio, sin una coma nueva, la constancia hecha piedra:
«El mar no compra billetes.»
El perfil se llama Dorinda Baamonde. Entro.
No hay casi nada: la foto de la puerta encalada, un paisaje de Cedeira compartido hace años, ninguna amistad visible, ningún ruido.
Es un perfil hecho para una sola cosa, mantenido para una sola cita anual, la herramienta mínima de un oficio de una sola tarea.
La foto es pequeña y mala, pero da igual, porque no la reconozco por la cara.
La reconozco por la espalda que se adivina, por la manera de estar de pie en la puerta de esa casa encalada: vertical, plantada, de esas espaldas que se han hecho fuertes de decidir todos los días no doblarse.
La mujer del café entero y pagado. La de Cedeira. La que se levantó de la mesa cuando Chelo dijo boda y A Atalaia en la misma frase.
Apago el móvil y la habitación se queda del color de la noche, con el barrido del faro pasando por el techo cada seis segundos, y me quedo quieta mucho rato, oyendo respirar a Telmo, oyendo el mar ahí abajo trabajándose la cetaria, repitiéndome la frase de una madre que lleva seis años contestándole a una foto sin cara.
El mar no compra billetes.
Y la gente que se va a Irlanda, sí.