La Prometida Treinta días
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Treinta días

Esta vez entro con permiso. Que quede dicho, porque luego una repasa los días y quiere saber en cuáles tuvo la culpa: en el cuarto de costura, esta vez, entro mandada.

Es media mañana y Benigna ha decidido que las cintas de los ramilletes de los bancos de la iglesia se cosen hoy, en la galería, entre ella y yo, «que hay cosas que no se encargan».

Sobre la mesa camilla hay metros de lazo de organza y ninguna tijera de bordar, y Benigna levanta la vista de su costura y me lo pide con toda la naturalidad del mundo:

— Julia, hija, ¿me subes el costurero grande? Está en el cuarto de costura, encima de la mesa. Manuela anda hoy con las camas, dile que vas de mi parte.

Y Manuela, en el pasillo de arriba, con las sábanas en los brazos, me abre la puerta con su llave y se vuelve a sus camas sin una palabra, dejándome sola en la habitación alargada que huele a lavanda, a papel viejo y a ese perfume antiguo de azahar que la última vez no supe colocar.

El costurero está encima de la mesa, donde tenía que estar. Lo cojo con las dos manos. Y ya me iba. Igual que en la sacristía, ya me iba, y empiezo a desconfiar de esta frase, porque me la digo mucho últimamente y nunca es verdad del todo.

La cajonera del fondo tiene un cajón a medio cerrar.

El tercero, de los ocho. Asoma un dedo de madera oscura y, dentro, un blanco amortiguado, envuelto en papel de seda con los pliegues vencidos de haberse abierto y cerrado muchas veces.

No es ropa de cama, el blanco de las sábanas es otro, más rotundo.

Este es un blanco marfil, antiguo, de los que ya no se fabrican.

Dejo el costurero en la mesa. Escucho el pasillo: Manuela y sus sábanas, dos cuartos más allá. Y abro el cajón con dos dedos, lo justo, que es exactamente la clase de gesto que llevo un mes jurando que no hago.

Bajo el papel de seda hay un velo.

Lo levanto por una esquina, con el cuidado con que se levanta un apósito.

Es tul de seda natural, larguísimo, doblado en muchos dobleces, con una blonda de encaje a lo largo de todo el borde, cosida a mano, y el tacto es de esas telas que ya no existen: frío primero, vivo enseguida.

Un velo de novia antiguo, de familia, de los que pasan de madres a hijas y valen más que todo lo que llevo puesto.

Y en la esquina inferior, junto al borde, bordadas en hilo de seda del mismo marfil, casi invisibles salvo cuando la luz resbala, dos iniciales pequeñas y perfectas, con sus puntos:

O. B.

Las leo con los ojos y no me alcanza, así que las leo con el pulgar, despacio, dos veces, la O redonda y cerrada, la B con sus dos barrigas, el relieve mínimo del punto de sombra, un bordado de bastidor y paciencia, de mujer que borda su propio ajuar.

O. B. No hay una sola O ni una sola B en esta familia.

Quiroga, Freire, Telmo, Roi, Benigna, Amaro.

Olalla.

El nombre de las dos de la madrugada sube solo desde donde lo tenía guardado y se sienta encima del velo, y las tres sílabas de agua ya no son un rezo: son una mujer.

Una mujer con inicial de apellido y ajuar bordado, doblada en papel de seda, en el tercer cajón de una cajonera con llave, en el cuarto donde se guardan las cosas de la señora.

Y me asalta, con el velo todavía en la mano, una pregunta de orden puramente doméstico, que es como me vienen a mí las peores: por qué está aquí.

Un velo así, si la historia acabó mal, se devuelve, se quema o se da a la parroquia.

No se guarda seis años en papel de seda, con los pliegues renovados para que la tela no se marque, con espliego nuevo en el cajón, en el corazón de la casa.

Esto no es un objeto olvidado. A este velo lo cuidan.

Alguien lo saca, lo airea, lo vuelve a doblar por dobleces distintos, como se hace con las cosas que piensan usarse otra vez, o con las que no se soportaría ver estropearse.

No sabría decir cuál de las dos posibilidades me da más frío.

En el pasillo, las sábanas de Manuela cambian de habitación.

Vuelvo a doblar el papel de seda con sus pliegues vencidos, dejo el cajón con su dedo de madera asomando, cojo el costurero y bajo a la galería, y coso cintas de organza durante una hora con puntadas rectas y educadas, al lado de una mujer que borda infinitamente mejor que yo, pensando todo el rato en la palabra ajuar, en la palabra septiembre, en una letra T con su punto asomando bajo una línea de regla.

— Qué callada estás, hija.

— Es que se me da fatal coser. Me exige toda la concentración.

— Ya veo. —Benigna remata un lazo, corta el hilo con los dientes, un gesto rapidísimo y antiguo que desmiente setenta años de señorío—. Manos de soltar, las tuyas. No de atar. Cada una viene al mundo con las suyas.

———

Por la tarde me invento que se ha acabado el vino blanco de la cena, que es mentira, y bajo al pueblo con dos bolsas de tela y el corazón en modo consulta: voy a palpar. Se me da bien palpar. Es lo único que sé hacer con lo que tengo, que son tres sílabas, dos iniciales y una tachadura.

O Peirao a las seis está en calma chicha: dos jubilados con el dominó, el murmullo de la nevera de los helados, Chelo repasando albaranes en la barra con las gafas en la punta de la nariz.

Me recibe con el júbilo de siempre, me cobra dos albariños «de los de la boda no, que esos van aparte», y me da conversación sola, sin que haga falta sembrarla, porque Chelo es un manantial y solo hay que poner el cántaro.

Me entero, sin preguntar, de que el del dominó de la izquierda le debe tres cafés al de la derecha desde el mundial, de que la hija de la pescadera ha aprobado las oposiciones a la segunda, «que a la primera se las robaron, eso lo sabe todo Ferrol», y de que el tiempo va a cambiar el jueves porque a Chelo se lo dice una cicatriz que tiene de una cesárea.

El pueblo entero pasa por esta barra dos veces al día, en persona o en versión contada.

Si en Soutelo hay memoria, tiene esta barra de madera gastada y este olor a café de puchero.

La llevo del vino a las bodas y de las bodas a la suya, y de la suya, con una pregunta de nada, a las de A Atalaia:

— ¿Y la boda de Benigna? ¿Tú la recuerdas?

— ¡Cómo no la voy a recordar, muller! —Se quita las gafas, entusiasmada—.

Yo era una cría, pero aquello lo recuerda hasta el faro.

Vino gente de Coruña, de Vigo, un obispo casi entero...

La señora llegó de fuera, de Pontedeume, ¿lo sabías?

Tan tiesa ya entonces como ahora, con diecisiete años.

Mi madre decía: esa rapaza va a mandar en esa casa antes de que se le pase el ramo.

Y mira. —Se ríe con todo el cuerpo—. Las cosas de A Atalaia siempre fueron así, bodas grandes, gente de fuera...

Ay, y ahora tú, madrileña, quién lo iba a decir, tú eres la segunda que va a llevar ese apellido...

Se para.

Se para como se paran los coches cuando el conductor ve venir lo que ya no puede frenar: con todo el cuerpo a la vez.

La mano con el trapo se queda muerta encima de la barra.

La sonrisa se le sostiene sola, vacía, mientras los ojos hacen cuentas hacia atrás, y por el escote le sube una mancha roja, ancha, de calor vasomotor, de esas que no se pueden fingir ni esconder, la piel confesando lo que la boca acaba de pisar.

— ¿La segunda? —pregunto, suave, sin moverme.

— Ay, calla, Chelo. —Se lo dice a sí misma, en voz alta, con una palmada floja en la barra, y se pone a ordenar botellas que estaban ordenadas—.

Ni caso, miña xoia, yo cuento mal hasta el dinero, pregúntale a Hacienda...

Segunda, primera, qué sabré yo. Toma, llévate unas aceitunas para el aperitivo, invita la casa, que estos días son de mucho ajetreo en la casa grande...

Me habla de espaldas, colocando su estantería perfecta, y el rojo del escote le llega ya al cuello, y yo cojo mis aceitunas de penitencia y mis dos albariños y le digo que hasta mañana, Chelo, y ella contesta hasta mañana, reina, sin darse la vuelta, a una clienta que ya no está, porque sigue hablándole al hueco cuando la campanilla de la puerta se cierra detrás de mí.

En la cuesta de vuelta, con una bolsa en cada mano, hago el inventario andando, al ritmo de los pasos.

Un nombre rezado de madrugada. Un ajuar con iniciales ajenas en el cuarto de la señora.

Unas amonestaciones de septiembre tachadas con regla.

Y ahora una cuenta que a Chelo se le ha escapado por la vía del cariño: la segunda.

Hubo una primera.

———

En casa, guardo los albariños en la despensa y me cruzo con Roi en el pasillo, que va con el portátil bajo el brazo y me frena en seco, teatral, y me estudia la cara con los ojos entornados.

— Cara de madrileña que ya se quiere quedar —diagnostica—. O cara de haber comprado vino sin mí, que es peor delito.

— Las dos cosas.

— Lo sabía. —Sigue pasillo adelante, andando de espaldas para señalarme con el dedo—. A cenar hay sopa de pescado, me lo ha dicho mi red de informantes. Prepárate: en esta casa la sopa de pescado es un sacramento.

No sabe la razón que tiene. Todavía no la sabe ninguno de los dos.

Se lo pregunto a Telmo en el acantilado, al caer la tarde, en el banco de piedra que hay en el mirador del jardín, ese desde el que no se ve la cetaria porque queda justo debajo, cosa que he tardado semanas en advertir: el único punto del jardín con banco es el único punto sin vista a la plataforma.

Hemos salido a pasear la media hora de antes de la cena, como casi todos los días, y he esperado al banco porque las conversaciones difíciles se tienen mejor sin las caras enfrente, mirando los dos a la misma cosa. Otra ley de consulta: el paciente cuenta la verdad al techo, no al terapeuta.

Se lo pregunto sin rodeos pero sin filo, con la voz que uso para decirle a un paciente que lo suyo no es una contractura, que es algo que hay que mirar:

— Telmo. ¿Quién es Olalla?

El mar bate abajo, dos veces, tres. Telmo no pregunta de qué hablo ni de dónde he sacado el nombre, y esa renuncia ya es una respuesta entera: la pregunta lo esperaba, lleva años esperándolo, tenía hasta el banco reservado.

Mete las manos debajo de los brazos, cruzados, las manos escondidas, él que me acaricia hasta dormido, y mira el horizonte donde ya no hay luz que mirar.

— Olalla. —El nombre le sale con el óxido de las cosas que no se usan, y después de decirlo se queda un momento parado, escuchándolo, midiendo cuánto ha dolido sacarlo—. Me dejó por un correo. Se fue a Irlanda.

Espero. El faro se enciende a lo lejos, cuenta sus seis segundos, se apaga. Espero más, con la paciencia que me da de comer, esa que afloja fibras que llevan años agarradas. Y Telmo añade la tercera frase, la única que de verdad venía a decir:

— No me gusta hablar de ella.

Y ya está. El puño otra vez, pero de cuerpo entero: los brazos cerrados, la mandíbula quieta, los ojos en su horizonte apagado.

A mi lado hay un hombre al que le he tenido el dolor en las manos esta misma semana, al que voy a jurarle mi vida dentro de treinta días, y está a dos palmos y no hay manera humana de tocarlo.

Y yo no insisto.

Podría. Tengo el velo, tengo el septiembre, tengo la T con su punto, tengo la segunda de Chelo.

Tengo hasta el derecho, creo. Y no insisto, porque llevo treinta y cuatro años sin insistir, porque en mi casa se aprendía a rodear los charcos y en mi oficio a soltar despacio lo que está agarrado, y porque quiero creer, con unas ganas que me avergüenzan un poco, que si fuera grave me lo habría contado.

Le pongo la mano en la rodilla. Telmo la cubre con la suya, fría, y me la aprieta, dos veces, gracias o perdón, en el idioma sin palabras que es el único donde este hombre no tartamudea.

— ¿Estás bien? —me pregunta al levantarnos del banco, y es tan de Telmo esa pregunta, hecha por el que no lo está al que le tocaría hacerla, que me la guardo entera para los días malos que vengan.

— Estoy —contesto, que es la respuesta menos mentirosa del catálogo.

Volvemos a la casa en silencio, de la mano, y la ventana de la galería nos mira venir, iluminada y amarilla, con una figura pequeña y recta recortada un momento contra la luz, que cuando llegamos ya no está.

———

La cena es sopa de pescado, y la sirve Benigna.

Habría que llevar un mes en esta casa para entender el tamaño de esa frase.

Manuela cocina, Manuela sirve, Manuela retira; la sopera no la ha tocado otra mano desde que llegué.

Esta noche, Manuela deja la sopera en el aparador y se retira a la cocina sin levantar la vista, con los hombros otra vez metidos hacia dentro, y es Benigna quien se levanta, quien sirve los platos uno a uno, con el cucharón goteando su tiempo exacto sobre la porcelana, primero a Roi, luego a Telmo, luego a mí.

Nadie comenta el cambio de protocolo. Roi despliega su servilleta hablando del algoritmo, de un vídeo que «está funcionando muy fuerte en Portugal», y Telmo le contesta con monosílabos afinados a normalidad, y toda la mesa colabora en sostener la escenografía de una cena cualquiera mientras la única persona de pie de la habitación reparte el pescado con la ceremonia lenta de un oficio antiguo.

El último plato se lo sirve a sí misma. Se sienta. Despliega la servilleta sobre el regazo, con las dos manos, y me mira desde su extremo de la mesa con la cara amable de todas las noches.

— Veo que ya te contaron —dice.

El cucharón de Roi se queda quieto en el aire. Telmo no levanta la vista del plato.

— Bien. —Benigna prueba la sopa, la encuentra correcta, deja la cuchara descansando en el borde exacto—. Así no hay fantasmas en la boda.

Y me sonríe.

Benigna sonríe con la boca. Los labios hacen todo lo que los labios saben hacer: se curvan, se estiran, enseñan un filo educado de dientes.

Pero yo como de lo que como, y a tres metros, a la luz de la lámpara del comedor, el esternocleidomastoideo no se lo cree: ni una fibra del cuello la acompaña, ni un milímetro alrededor de los ojos, nada.

Es una sonrisa instalada sobre un cuerpo en reposo absoluto, colgada en mitad de la cara igual que se cuelga un cuadro en una pared vacía.

— Está buenísima la sopa —dice Roi, demasiado alto, y a nadie de esta mesa se le ocurre preguntar quiénes me contaron, ni qué, ni cuánto, porque todos saben exactamente de qué se habla cuando en esta casa no se habla de algo.

Como sopa. Sonrío yo también, como sonríe ella, sin que el cuello me acompañe, y cuento treinta días, y por primera vez desde que crucé la cancela blanca de A Atalaia el cálculo no me sale a boda: me sale a plazo.