La Prometida Treinta y un días #2
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Treinta y un días #2

No es la lumbalgia de siempre, la crónica, la que conozco palmo a palmo.

Esto es otra cosa: la musculatura profunda contraída en bloque, el psoas tirando de la lumbar por delante, la respiración atrapada arriba, en las costillas altas, sin bajar al abdomen ni una sola vez en veinte minutos.

Es el patrón del susto, no del esfuerzo.

Así se pone la gente después de un accidente de coche, o antes de un juicio, o cuando lleva días conteniendo algo que pide salir.

El cuerpo, cuando no se le deja hablar, se cierra a lo suyo: puño por dentro, guardia por fuera.

— Suelta el aire por la boca. Despacio. —Le apoyo la palma entre las escápulas—. ¿Dónde has ido hoy, Telmo?

— Contigo. A la iglesia.

— Tu espalda no ha ido a la iglesia. Tu espalda ha ido a un sitio bastante peor.

Se queda callado bocabajo, mucho rato, la cara en el agujero de la camilla, y yo sigo trabajando el borde del cuadrado lumbar, cediendo terreno a fuerza de paciencia, milímetros. Cuando por fin habla, la voz sale rara del agujero, ahogada, sin cara que la acompañe.

— Julia. —Una respiración. Las costillas bajan un centímetro que llevo media hora persiguiendo—. Si un día... —Y ahí se para. El psoas vuelve a saltar bajo mis dedos, la guardia entera arriba otra vez, el puño—. Nada. Que gracias. Que qué haría yo sin ti.

— Morirte de dolor en un baño, por cabezota.

Se ríe flojito contra la camilla, y le sigo trabajando la espalda hasta pasada la una, hasta que el dolor le baja a un cuatro sobre diez y se duerme de golpe, como los niños y los agotados, y me quedo un rato sentada en el borde de la cama mirando dormir a este hombre bueno y cerrado, con la frase interrumpida guardada en su sitio, con todas las demás.

Si un día, ha dicho. Los condicionales que no se terminan son la especialidad de esta casa.

———

El certificado de empadronamiento se queda sin entregar hasta las ocho menos cuarto, con el día ya vencido, cuando me acuerdo del sello torcido y bajo al pueblo andando, aprovechando que Telmo duerme la siesta del dolor y que la casa anda en sus cosas.

Bajar a Soutelo a pie, al atardecer, es una de las cosas buenas que me llevaré de este mes, pase lo que pase con todo lo demás.

La carretera huele a tojo caliente y a mar, las vacas de la última finca vienen a la cerca a verme pasar con su curiosidad de funcionarias, y en la primera cuesta del pueblo las casas encienden las cocinas y por las ventanas abiertas sale el país entero en versión sonora: un telediario, un aceite friendo, una madre negociando un baño.

En el puerto, los jubilados de la barandilla siguen de guardia, y uno me dice al pasar que mañana entra mar de fondo, que lo sabe por las rodillas, y le contesto que a las rodillas hay que hacerles caso, que en eso trabajo yo, y se queda contentísimo, repitiéndoselo al de al lado.

Es un pueblo bueno. Esa es la verdad que no me cuadra con ninguna de las otras: la gente es de ley, se quiere, se cuida.

Y sin embargo, a la casa más importante del lugar la rodea este cordón de cosas no dichas que todo el mundo pisa con cuidado, sin mirarlo, con la destreza de los años.

Los pueblos no callan por gusto. Callan por alguien.

En Santa Mariña hay tres señoras esperando confesión y un monaguillo de setenta años apagando velas.

El cura me ve desde el confesionario, por la rendija, y saca una mano que señala la sacristía, luego el misal invisible, luego a mí, en un lenguaje de signos parroquial que entiendo a la primera: déjalo donde dijimos.

La sacristía a esta hora está en penumbra, con una sola bombilla encendida sobre la mesa. Dejo mi certificado debajo del misal, bien escuadrado, y ya me iba. De verdad que ya me iba.

Pero está el libro.

Amonestaciones y expedientes matrimoniales, tela negra, cantoneras.

La semana que viene estaremos dentro Telmo y yo, con Dios delante.

Y es ese pensamiento exacto, tan de novia, tan inocente que casi da risa contarlo así, el que me hace abrirlo: quiero ver cómo se escriben, qué aspecto tiene una amonestación, cómo quedará la nuestra.

Lo abro por el final, por las páginas recientes.

La letra del cura, picuda y temblona, va anotando parejas con sus fechas: dos bodas este año, tres el pasado.

Soutelo se casa poco. Paso hojas hacia atrás, sin buscar nada, mirando nombres de desconocidos, algún apellido que ya me suena, la del quiosco casada hace cuatro años con uno de Cariño, qué pequeño es todo aquí.

Y entonces la página de hace seis años.

Se ve antes de leerse, porque en un libro donde todo está escrito con el mismo pulso paciente, cualquier herida salta a la vista: una entrada tachada.

No garabateada, no emborronada. Tachada con regla, tres líneas rectas, paralelas, de una tinta más negra y más nueva que la letra de debajo, pasadas con tanto esmero que el esmero es lo primero que asusta.

Alguien tachó esto despacio, con el papel bien sujeto, cuidando de matar cada palabra.

Casi cada palabra. La fecha, en el margen, sobrevive entera: septiembre, hace seis años. Y de los nombres, bajo la primera línea recta, asoma la cabeza de una sola letra mayúscula, una inicial con su punto, clara, picuda, del pulso paciente de siempre:

T.

En la iglesia, al otro lado de la puerta, la campanilla de la confesión suena dos veces.

Cierro el libro de tela negra, dejo la sacristía como estaba, y salgo al atrio, donde el sol ya no llega, con el frío de la piedra pegado a los brazos y una fecha dando vueltas sola: septiembre.

En esta parroquia, hace seis años, hubo unas amonestaciones para una boda de septiembre.

Y alguien, después, las mató con una regla.