La Prometida Treinta y un días
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Treinta y un días

El pulpo llega a las once de la mañana en una olla que trae dos personas, y detrás del pulpo llega la casa de comidas de Ortigueira en pleno: la dueña, su hijo, tres neveras portátiles y un despliegue de táperes que convierte la cocina de A Atalaia en un puesto de mando.

Hoy es la prueba del menú, y en esta casa eso significa que se cocina el banquete entero en miniatura, para cuatro, con la misma vajilla del día grande.

— La empanada, de zamburiñas o de xoubas, prueba las dos —me ordena la dueña, que me ha cogido un cariño inmediato e inexplicable—. La de bacalao con pasas ni la mires, esa es para la mesa de los de Ourense, que son especiales.

A Manuela la prueba de menú la ha puesto en pie de guerra silenciosa: cocina ajena en sus fogones.

Recibe a los de Ortigueira con una cortesía de tratado internacional, les cede la mitad exacta de la cocina, ni un azulejo más, y monta su propio cuartel en la otra mitad, desde donde vigila cada olla ajena de reojo, con los labios en línea.

Cuando la dueña alaba en voz alta el orden de esta cocina, Manuela contesta «se hace lo que se puede» en un tono que en cualquier tribunal contaría como declaración de superioridad.

Comemos a la una, en el comedor grande, con Benigna presidiendo el simulacro con una libreta junto al plato.

Es una comida rarísima y bastante feliz: platos que llegan de tres en tres versiones, Roi puntuando cada uno en voz alta con criterios de concurso televisivo, Telmo defendiendo la merluza contra el rodaballo con una pasión que no le conocía.

Benigna prueba todo con la punta de los labios, dos gramos por plato, y va dictando sentencias en su libreta: el pulpo así, el rape con la salsa aparte, la tarta de almendra con menos azúcar «que los mayores repiten y luego no duermen».

— ¿Y a ti, Julia? ¿Qué te ha gustado más?

Me lo pregunta mirándome de verdad, y esta vez el examen tiene truco, porque yo ya he entendido cómo funciona: si digo la merluza, será la merluza.

No porque gane yo. Porque a la novia se le concede el pescado, y así la libreta puede anotar «el pescado lo eligió Julia» y el edificio suma una piedra más de generosidad contabilizada.

— El rodaballo —digo, por Telmo, por verlo perder con deportividad.

— El rodaballo —anota Benigna, y Roi levanta los brazos de árbitro, y Telmo se lleva la mano al pecho, herido, y por un momento somos solo una familia eligiendo pescado, y me dejo estar en ese momento todo lo que dura.

Con el café, las flores. La floristería ha mandado fotos y dos ramos de muestra, y aquí me llevo mi pequeña victoria de la semana: hortensias azules de la zona, sin rosas de invernadero, y el ramo de novia suelto, silvestre, atado con cuerda de lino.

Benigna lo estudia largamente, lo gira, y dictamina que tengo «gusto de casa antigua», que en su idioma, ya voy aprendiendo, es una condecoración.

Solo pongo una pega, por probar el terreno, porque el jardín está lleno:

— ¿Y camelias?

— En junio no hay camelia, hija —dice Benigna, cerrando la libreta—. La camelia es flor de invierno. Florece cuando nadie se lo pide y se acaba antes de que empiece lo bueno. —Se levanta, recoge sus gafas—. Como tantas.

Y sale hacia la cocina a despedir a los de Ortigueira, dejándome con la frase encima de la mesa, entre las migas, sin saber dónde meterla.

———

A las cinco vamos a Santa Mariña. Los tres: Telmo conduce, Benigna delante, yo detrás, que es la geometría natural de esta familia en cualquier coche y ya no gasto energía en discutirla.

La iglesia, por dentro, huele a piedra fría y a cera, con ese frescor de bodega que tienen los templos románicos, y es pequeña y honda como una cueva buena.

Me gusta al segundo de entrar. Tiene un retablo dorado y torpe, de santos con caras de vecinos, una Virgen del Carmen con su barquito de exvoto colgando del techo, y unas vidrieras mínimas que a esta hora tiran dos lanzas de luz de colores contra las losas del suelo, donde hay nombres gastados de muertos de hace tres siglos.

El cura nos espera en la primera fila de bancos, y se levanta al oírnos con un tiempo y medio de retardo, empujándose en el respaldo con las dos manos y quedándose un instante inclinado hacia delante y escorado al lado izquierdo antes de erguirse del todo.

Ciática derecha, confirmada. La opinión de las tres toallas de la playa era ciencia.

— El pequeño Telmo —dice, y hay que ver lo que le cabe en la palabra pequeño a un hombre que le llega a Telmo por el hombro—. Y la novia de Madrid. A ver, acércate a la luz, que las gafas ya no me hacen el trabajo entero.

Me examina con una franqueza que no ofende, sujetándome la barbilla con dos dedos de papel de fumar, y luego mira a Telmo, y luego a Benigna, y dice «bien», solo eso, un dictamen de tasador antiguo, y Benigna recoge el bien con un gesto mínimo de la cabeza, la primera vez que veo a alguien despacharle un asunto en dos letras.

Observo a Benigna mientras dura el paseo, porque llevaba días con curiosidad de verla en una casa que no fuera suya.

Y el resultado es que no hay resultado: Benigna en Santa Mariña se comporta con la iglesia igual que con su galería, va derecha a su banco, el segundo de la izquierda, donde el asiento tiene un cojín granate que no tiene ningún otro banco, endereza un cirio torcido al pasar junto al altar de la Virgen, con dos dedos, sin pedir permiso, y cuando el cura menciona el tejado que pagó Amaro, ella puntualiza el año con la misma voz con que puntualiza los pedidos.

Hay gente que entra en las iglesias y se achica. Benigna entra y pasa revista.

La visita es larga y tiene su liturgia propia.

El cura nos pasea por la iglesia contando lo que ya deben de saber todos menos yo: que la campana pequeña la pagó el bisabuelo de Telmo, que el tejado nuevo lo pagó Amaro «sin dejar que se dijera en misa», que Telmo fue monaguillo tres años y rompió dos vinajeras, la segunda en plena consagración, «y este señor tan serio que ves salió corriendo por esa puerta y no paró hasta el puerto».

Telmo protesta la versión, alega inocencia, hay pleito de recuerdos.

Benigna sonríe donde toca y corrige fechas con autoridad de registro civil.

Es una tarde bonita. Lo es de verdad, y lo anoto con extrañeza, porque me paso los días esperando el doble fondo y hay horas, como esta, en que la caja suena maciza.

En la sacristía, la burocracia. El cura saca una carpeta parda con nuestros papeles y los repasa mojándose el pulgar: la partida de bautismo de Telmo, la mía, el cursillo, el expediente.

Falta una copia de mi certificado de empadronamiento, la que mandé por correo «llegó torcida del escáner, no se lee el sello».

Prometo traerle otra esta misma tarde, que la tengo en la maleta con el resto del papeleo de novia organizada, y el cura dice que muy bien, que se la deje aquí en la mesa si él está en confesión, «debajo del misal, que el viento en esta sacristía tiene opiniones».

Sobre la mesa, junto al misal, hay un libro grande apaisado, encuadernado en tela negra con cantoneras, con una etiqueta escrita a plumilla: Amonestaciones y expedientes matrimoniales. El cura le pone la palma encima al pasar, sin abrirlo.

— Aquí entraréis la semana que viene, con Dios delante —dice—. Este libro es lento, pero no se le escapa nadie.

Nos despide en la puerta, con el sol ya bajo dándole al atrio.

A Telmo lo abraza; con Benigna intercambia dos frases sobre el ensayo.

Y a mí me retiene las manos entre las suyas, las dos, ese papel de fumar caliente, y me mira desde debajo de las cejas blancas con los ojos lavados de los muy viejos, que ya no miran hacia fuera del todo.

— Cuídemelo —dice, bajito, solo para mí—. Que ya sufrió.

Y me suelta las manos, y bendice el aire a la altura de nadie, y se mete en su iglesia arrastrando la ciática, dejándome en el atrio con cuatro palabras que pesan más que toda la carpeta parda.

En el coche, de vuelta, espero tres curvas y lo dejo caer con el tono más doméstico que tengo:

— Qué cariño te tiene el cura. Eso que me ha dicho de que ya sufriste... ¿por lo de tu padre?

Los ojos de Telmo no se apartan de la carretera. Las manos sí: la derecha baja del volante al cambio, aunque no toca cambiar nada, y se queda allí, agarrada a la palanca.

— Mi padre, la empresa... cosas. —Un adelantamiento innecesario a un tractor—. Ya sabes cómo son los curas viejos. Para ellos todo el mundo ha sufrido, así siempre aciertan.

Desde el asiento de delante, Benigna gira la cabeza entera hacia la ventanilla, hacia los eucaliptos, y comenta que este año vienen secos, que a ver si llueve como Dios manda, y la conversación queda oficialmente clausurada por la presidencia.

Tres razones otra vez, pienso mirándole la nuca a Telmo. Mi padre, la empresa, cosas. Y otra vez ninguna con nombre.

———

La lumbalgia estalla esa noche.

Lo oigo levantarse de la cama a las doce y pico, con ese cuidado de no despertarme que despierta a cualquiera, y lo encuentro en el baño, apoyado en el lavabo con los dos brazos en columna, la cara gris, sin poder enderezarse.

Conozco esta versión de Telmo: es la de enero de hace dieciséis meses, la del abrigo grande, la de antes de mí.

— No es nada —dice—. Mala postura en el coche.

He traído la camilla plegable de Madrid, la del maletero, porque una fisio sin camilla viaja desnuda. La monto en el cuarto en tres gestos, lo tumbo boca abajo con dos almohadas bien puestas, y trabajo.

Y el cuerpo de Telmo está cerrado como un puño.