La Prometida Treinta y tres días
18%

Treinta y tres días

La pista del faro empieza donde se acaban las farolas y sigue todo recto hasta el fin del mundo, tal como prometió Telmo.

Corro por ella cada mañana desde hace una semana, a las siete y media, cuando la niebla todavía es dueña de todo y el paisaje va apareciendo por entregas: primero el murete de piedra a mi derecha, luego los tojos en flor, luego el contorno del faro, y solo al final, si el día quiere, el mar.

Correr con niebla es correr por dentro de una radiografía.

Todo está en escala de grises, todo suena amortiguado menos mi respiración y el golpe del agua allá abajo, contra los cantiles, con ese ritmo de fondo que aquí no para nunca, el pulso del sitio.

Me gusta. Me gusta de una manera que no le cuento a nadie porque suena rara: la niebla me descansa de leer.

No se ve a nadie, nadie me ve, no hay hombros ni mandíbulas ni manos que interpretar.

Media hora al día, el mundo y yo nos damos mutuamente el alta.

A la vuelta, en cambio, el pueblo ya está despierto, y toca lectura.

Los saludos de Soutelo tienen una gramática que todavía no domino.

La mujer de la huerta que hay pegada a la carretera, que a estas horas ya anda encorvada entre sus berzas, se incorpora al verme pasar y me dice buenos días, mociña, con una sonrisa ancha.

Hasta ahí, normal. Lo que no es normal es lo de después: la sonrisa se le queda un momento de más, se le ablanda por los bordes, y la cabeza se le ladea dos o tres grados, y las cejas se le juntan apenas por el centro mientras me ve alejarme.

Lo he visto ya en media docena de caras.

El del pan, que me guarda una barra sin que se la pida, me la da cada mañana con una palmadita en el dorso de la mano, dos golpecitos suaves, los que se dan en los tanatorios.

La de la pescadería me llamó el otro día «miña xoia» y le salió con una ternura desproporcionada para el contexto, que era una discusión sobre lubinas.

Es afecto, no me cabe duda. Pero es un afecto con algo mezclado, una lástima fina, de fondo, que no entiendo todavía. Como saludan los vecinos a la familia del opositor eterno: con cariño de verdad y con un poquito de pésame por lo que la criatura no sabe.

Se lo dije anoche a Coral por teléfono, medio en broma: aquí la gente me mira con pena y todavía no sé qué me ha pasado.

Coral se rio: será que te ven la contractura, tía.

Puede. O será que en los pueblos pequeños la novia de fuera da pena por defecto, hasta que apruebe.

Corro, saludo, colecciono ladeos de cabeza. Treinta y tres días.

Hoy, además, la niebla me regala el faro entero al final de la pista, apareciendo de golpe a veinte metros, blanco y rechoncho sobre su base de piedra, con las gaviotas colocadas en el balcón de la linterna por orden de tamaño, o eso parece.

En la puerta, en una placa de bronce comida de verdín, se lee el año, 1862, y debajo alguien ha grabado a punta de navaja, hace décadas, dos iniciales y un corazón que ya casi son piedra también.

Toco la placa al llegar, que es lo que hago siempre para dar la vuelta, mi frontera particular, y el bronce está helado y suave, y por un segundo pienso en toda la gente que habrá tocado este metal antes de volverse hacia su vida.

———

La vida en A Atalaia ha cogido forma de rutina, y las rutinas, lo sé por oficio, son la manera más rápida de conocer una casa: todo lo que se repite significa.

Por las mañanas, Benigna despacha en la conservera y la casa respira distinto sin su dueña, un par de centímetros más ancha.

Manuela plancha con la radio puesta, bajito, un consultorio sentimental que apaga si entro.

Telmo ocupa el escritorio de la biblioteca con la delegación de Madrid a cuestas: lo oigo negociar por videollamada con esa voz suya de despacho, paciente, que nunca se monta encima de nadie, y a media mañana baja a buscarme un café con leche fría que me trae con gesto de camarero antiguo, el paño imaginario al brazo.

Ayer fue lo del vestido, en el taller de A Coruña.

Salió todo bien, que es una manera de decirlo.

El vestido es precioso, me quedé sin palabras al verme, y mi madre lloró por videollamada con un ruido que asustó a la modista.

Pero me traje una imagen clavada: la modista, con los alfileres en la boca, buscando la aprobación por encima de mi hombro, en el espejo, no en mis ojos sino en los de Benigna, sentada detrás, en la butaca buena.

Cada pinza, cada caída, cada centímetro de escote: mirada corta a Benigna, matriz de decisión, y luego a mí, protocolo.

Al final Benigna dijo «está perfecta», y la modista soltó los alfileres y respiró, y yo di las gracias con mi mejor sonrisa de novia y estuve el viaje de vuelta entero callada, mirando eucaliptos por la ventanilla, con Benigna al lado repasando en voz alta la lista de las flores.

A mediodía, Benigna me anuncia en la galería que el sábado vamos los tres a Santa Mariña, Telmo, ella y yo, a ver la iglesia con calma y cerrar con el párroco lo del ensayo y los papeles.

Lo de las amonestaciones ya está pedido, dice, «que aquí los plazos de la Iglesia van a paso de procesión», y me explica que el cura es mayor, de la casa de toda la vida, y que bautizó a los dos niños.

Digo que estupendo. Llevo dicho estupendo tantas veces esta semana que la palabra empieza a saberme a cartón, pero es que además esta vez es verdad: tengo curiosidad por la iglesia chata y románica del puerto, y más curiosidad todavía por ver a esta familia dentro de una casa que no sea suya.

Esta tarde, en cambio, la casa es nuestra.

Benigna tiene reunión con el fotógrafo en Ferrol y se lleva a Roi, que odia Ferrol «con la intensidad de mil soles» pero obedece, porque aquí todos obedecen con chiste o sin chiste.

El coche sale por la cancela a las cuatro.

A las cuatro y cinco, Telmo cierra el portátil en mitad de una frase, cosa que no le he visto hacer nunca, y me busca por la casa, y me encuentra en la galería, y no dice nada, y no hace falta.

Sube conmigo por la escalera de la mano, sin prisa, y en el descansillo me para y me mira con esa seriedad suya de antes de las cosas importantes, la misma cara con que puso el anillo entre la sartén y las tazas.

— Ven —dice.

La habitación está en penumbra de postigos entornados, con el ruido del mar entrando a franjas, y Telmo huele a jabón de ducha y a la lana de su jersey, y sus manos enormes tiemblan un poco al principio, todavía, después de dieciséis meses, y eso es lo que más me puede de este hombre: que nada en él ha aprendido a darme por segura.

———

Después, la luz ha cambiado de pared.

Estamos como estamos siempre después: yo bocarriba, él de lado, hecho un arco enorme a mi alrededor, con la cabeza apoyada en la mano y el gesto flojo, desarmado, de niño grande.

Y hay algo nuevo bajo mi mano, que tengo apoyada en su zona lumbar por costumbre de oficio y de amor, que en mí son ya la misma cosa: la musculatura está en silencio.

Los paravertebrales, que llevo dieciséis meses conociendo en versión cordada, sueltos.

La lumbalgia de Telmo no grita esta tarde.

Es la primera vez que este cuerpo se calla del todo debajo de mi mano, y me guardo el dato con una punta de vanidad profesional que me perdono enseguida.

— ¿En qué piensas? —pregunta.

— En que deberíamos exportar esto. Como terapia. Nos forramos.

Se ríe con el pecho entero, y el colchón antiguo se queja, y de la risa salimos hablando bajito, con las cabezas juntas, de las cosas grandes por primera vez sin esquinas: hijos, casa, años.

Telmo quiere dos, «o los que vengan, pero que hagan ruido».

Quiere enseñarles a nadar en el Areal y a no tenerle miedo a la niebla, quiere una casa con cocina grande «porque la vida pasa en las cocinas», quiere que yo no deje la consulta nunca, dice, porque una vez me vio recolocarle el hombro a un desconocido en un bar y le parecí «un cura haciendo un milagro, pero de verdad».

— ¿En Madrid o aquí? —pregunto, con la barbilla en su pecho.

Tarda un poco. Le sube y le baja el esternón dos veces.

— Donde tú estés —dice—. Yo ya he vivido demasiados años donde tocaba.

— ¿Y eso qué significa?

— Que Madrid me lo eligió la empresa. Y la carrera me la eligió el apellido.

Y este pueblo me lo eligió nacer. —Lo va contando sin drama, con los dedos de una mano, y al llegar al pulgar lo dobla hacia mí—.

Tú eres lo primero que he elegido yo solo en treinta y ocho años.

Por eso pienso ser insoportablemente bueno en esto.

Lo dice en broma y no es broma, y a mí se me cierra la garganta de una manera que no viene en mis manuales, y yo, que colecciono medios segundos, dejo pasar este sin cobrarlo, porque hay tardes que valen más que el archivo, y esta es una.

Nos quedamos hasta las seis oyendo el mar por los postigos y haciendo planes menudos, ridículos, maravillosos: el color del cuarto de los niños hipotéticos, el nombre del perro imposible, adónde iremos el primer domingo de casados.

Telmo propone quedarnos en la cama ese domingo hasta que alguien nos eche de menos. Apruebo la moción por unanimidad.

Si alguien me pregunta algún día por qué me casé con Telmo Quiroga, contaré esta tarde. Las dos horas en que la casa fue solo una casa, el mar solo un ruido bueno, y su espalda, por una vez, un sitio tranquilo.

———

La cena nos devuelve el reglamento.

Benigna vuelve de Ferrol contenta con el fotógrafo, con carpetas nuevas, y durante el pescado nos administra las novedades: los álbumes serán dos, uno para la casa y otro para mis padres, y el reportaje empezará aquí, en la galería, «con la luz de la mañana, que es la buena».

Roi, que ha sobrevivido a Ferrol a base de vídeos que nos enseña por encima de la mesa hasta que su madre retira el móvil con dos dedos, sin mirar, como quien retira una espina, está más hablador que nunca, y con el postre se lanza:

— Por cierto. San Xoán cae en menos de un mes.

—Parte la tarta con el canto del tenedor, ligero, sin levantar la vista, y yo ya conozco esa ligereza: es la que ensaya—.

Este año podríamos bajar un rato a las hogueras, ¿no?

Aunque sea a la grande, media hora. Julia no ha visto un San Xoán gallego en su vida, que me lo ha dicho, y eso, cuñada, es media vida sin vivir. Sardinas, meigas, saltar el fuego...

— En esta casa San Xoán se cena dentro.

Benigna no alza la voz. No deja la cuchara.

No mira a Roi siquiera: mira la tarta, le quita una miga al borde del plato con el filo de la cucharilla, y lo dice como se dicen los horarios de las mareas, sin autoría, un dato del mundo.

En esta casa San Xoán se cena dentro. Ni «no bajamos», ni «este año no», ni «ya veremos».

Una ley con siglos, enunciada en presente eterno, de esas que ya no recuerdan quién las firmó.

El silencio que sigue dura menos que el del comedor del otro día, apenas un segundo, porque Roi lo tapa enseguida, buen profesional:

— Pues cenamos dentro y le enseño a Julia a saltar la chimenea, que es más seguro y no hay que aparcar.

Nadie se ríe del todo. Telmo unta mantequilla en un pan que ya no se come, con una dedicación de relojero.

Manuela, que retiraba los platos del pescado, ha salido con ellos hacia la cocina un poco antes de lo que el ritmo de la mesa pedía, y no la he visto la cara al salir.

Benigna le pregunta a Telmo por el pedido de Navidad, y la cena continúa por su cauce, mansa, y el nombre de la fiesta más alegre del año se queda fuera de la casa, en el felpudo, donde por lo visto lleva años durmiendo.

Ya en la escalera, camino del cuarto, le doy la mano a Telmo.

— ¿Tampoco os gustan las verbenas? —pregunto, en el tono más liviano que encuentro—. Lo digo por ir apuntando qué más se cena dentro. ¿Nochevieja? ¿Los cumpleaños?

— San Xoán es mucho jaleo —dice Telmo—. Borrachos, petardos... Mi madre es mayor. Le gusta la casa tranquila.

Y me besa en el pelo, en el descansillo donde esta tarde me paró para mirarme, y se mete en el baño, y yo me quedo con la respuesta en la mano, pesándola: borrachos, petardos, mi madre es mayor. Tres razones. Las respuestas verdaderas suelen venir con una.

———

Me despierto a las dos y algo con sed, la boca de arena, culpa del salazón de la cena.

La casa está apagada y desconocida, con esa vida propia que tienen de noche las casas viejas: maderas que crujen su propio idioma, un postigo que da golpecitos en algún piso, el mar de fondo, siempre, más grande a oscuras.

Bajo a la cocina sin encender luces, guiándome por la barandilla, pisando de memoria. En el último tramo de escalera me para un hilo de luz: la puerta de la cocina, entornada, y dentro una claridad pequeña y amarilla, de lamparita o de velón.

Y una voz.

Es Manuela. Habla bajísimo, en gallego, con un ritmo que reconozco antes de entender una sola palabra, porque es el ritmo con que rezaba mi abuela: la cantinela del rosario, las frases dichas tantas miles de veces que ya no son frases sino respiración con letra.

Me acerco al hueco de la puerta sin decidir que me acerco.

Desde el pasillo se la ve de espaldas, sentada a la mesa de la cocina, con la bata puesta y un pañuelo por los hombros, las manos juntas contra la frente, y toda la dureza de trabajo que este cuerpo lleva encima ha cambiado esta noche de forma: los hombros por fin caídos, la espalda vencida en una curva mansa sobre las manos, el cuerpo entero recogido alrededor de algo pequeño.

Reza en gallego, dulce y monótono, y las palabras se funden unas con otras, santa María, nai de Deus, roga por nós, y yo sé que tengo que irme, que esto es de ella, que hay puertas que no hacen falta dos vueltas de llave para que sean sagradas.

Y entonces la cantinela se rompe.

Un momento solo. La voz baja todavía más, se le moja por dentro, y sale del rezo para decir un trozo de frase suyo, propio, con las palabras ya no heredadas sino puestas una a una, ese gallego pequeñito de las cosas que se piden de verdad.

Y en mitad del trozo de frase, un nombre.

Un nombre de mujer que no he oído nunca, en esta casa ni en ninguna, y que sin embargo se me queda en el oído con la nitidez con que se quedan las cosas que no entiendo, completo, con sus tres sílabas de agua:

Olalla.

Después el rosario se recompone, santa María, nai de Deus, y la cocina vuelve a su murmullo, y yo subo la escalera a oscuras, despacio, pisando de memoria, con la sed intacta y un nombre nuevo, y me acuesto junto a Telmo, que duerme en diagonal con su espalda en silencio, y me quedo mirando el techo hasta mucho después de que el faro cuente cien vueltas.

Olalla. En esta casa hay un nombre que solo se dice de noche, en la lengua de rezar, cuando todo el mundo duerme.