Treinta y cinco días
El sol sale un miércoles. Debe de ser un acontecimiento comarcal, porque a las diez de la mañana ya ha llamado a casa media Soutelo con planes, y Roi ha dictaminado desde la escalera, todavía en pijama, que hoy es fiesta nacional y que a la novia se la presenta en sociedad como Dios manda: en la playa.
Telmo no viene. Videollamadas de la delegación toda la mañana, el pedido de Navidad, lo siento muchísimo, os alcanzo para el vermú.
Me lo dice en la puerta, con la camisa ya planchada de despacho, y me coloca un mechón detrás de la oreja con esa mano enorme que hace que cualquier gesto parezca de cirujano por contraste.
— Cuídamela —le grita a Roi.
— Se la devuelvo con arena hasta en el alma —promete Roi.
Miente. Pero eso todavía no lo sé.
———
La playa del Areal a mediodía es una fiesta de parroquia sin santo.
Roi ha convocado a su cuadrilla de siempre, gente de su quinta y alguna pareja con niños, y han bajado neveras, sombrillas, una radio y hasta una red de vóley que nadie montará jamás.
La arena, clara y compacta, quema justo lo justo.
El agua es otra historia: meto los pies y entiendo por qué los gallegos hablan del mar con este respeto, catorce grados de doctrina en frío.
Los amigos de Roi me adoptan sin trámite.
Está la que lleva el quiosco del paseo, que resulta saberlo todo de mi vestido sin que yo haya dicho nada del vestido; el patrón de una de las barcas, quemado de sol hasta las cejas; una pareja de maestros de Ortigueira con un niño que colecciona conchas rotas «porque las enteras las tiene cualquiera».
Se habla de la boda, claro, pero de una manera desahogada, sin el protocolo de A Atalaia: que si en las bodas de la casa grande se come mejor que en las del casino de Cariño, que si el cura de Santa Mariña casa rápido «porque le aprieta la ciática», y aquí levanto la cabeza por deformación y confirmo, la ciática del cura es opinión unánime en tres toallas.
Me baño, porque una cosa es el respeto y otra la rendición.
Entro de golpe, a lo Parla, con un grito que espanta gaviotas, y salgo a los cuatro minutos con las piernas de otra persona y la sensación de haber sido brevemente informada de mi propio esqueleto.
En la toalla, la del quiosco me arropa muerta de risa y me declara oficialmente apta: «si aguantas el agua del Areal, aguantas a los Quiroga».
Lo dice de broma. Todo el mundo lo dice todo de broma en este pueblo, y las bromas, cuando las miras al trasluz, tienen dentro una espina de verdad, con la espina colocada siempre hacia el mismo lado.
Después de comer, tumbada al sol con el ruido de las palas y las gaviotas, me llega desde una toalla vecina un trozo de conversación sobre San Xoán: que si la comisión ya está juntando leña, que si este año la hoguera grande va en la punta sur.
Alguien pregunta, sin malicia, si los de A Atalaia bajarán este año a la playa.
Se hace un hueco pequeño en la charla, dos frases de largo.
Después la del quiosco dice «esa gente tiene mucho trabajo en junio, ho», y las palas siguen, y las gaviotas.
A todo esto, Roi.
Roi está con nosotros y no está. Ha instalado su cuartel general en el murete del paseo, a diez metros y un escalón de la arena: la mochila, el móvil en un trípode pequeño, las gafas de espejo.
Desde allí dirige la mañana como un regidor de teatro, baja cervezas haciendo equilibrios por el espigón de piedra que bordea la playa, graba planos del grupo para sus redes, comenta cada jugada de un partido de palas que se disputa abajo.
Todo el mundo le ríe todo. Nadie le pide que baje.
Es el niño de los Quiroga, pienso primero. Los señoritos no se rebozan.
Pero no es eso, y la que me lo enseña es la marea.
A media tarde el agua empieza a subir y la playa encoge, y el grupo va retirando toallas hacia el murete metro a metro, y en una de esas el patrón de la barca, con dos cervezas de más y el afecto bruto de los que se conocen de toda la vida, le grita a Roi desde la orilla:
— ¡Baja de ahí, carallo, que pareces el socorrista! ¡El único gallego que no pisa la arena, mirad para él!
Ríe todo el mundo. Ríe Roi, el primero, con una carcajada estupenda, y contesta algo rapidísimo sobre la dermatitis y los influencers, y la conversación pasa.
Un chiste viejo del grupo, se nota: el sitio del chiste está hecho, gastado, cómodo, la manía del pequeño de los Quiroga tiene años de rodaje y a nadie le extraña ya.
A mí me extraña lo otro. Los pies.
Roi ríe con la boca, con los hombros, con todo el teatro de arriba, y mientras tanto los pies se le han girado los dos hacia la carretera, en el murete, y el peso del cuerpo se le ha ido atrás, a los talones.
Es el gesto de los pacientes cuando la camilla les tira del punto que duele: el cuerpo pide la puerta.
Dura un momento. Luego alguien pide hielo, y Roi tiene otra vez ocho años y una misión, y se va al quiosco haciendo el payaso por el espigón, por las piedras, con una agilidad de gato que jamás toca la arena.
———
El vermú se celebra en las mesas de fuera de O Peirao, con Telmo recién llegado, la camisa de despacho arremangada.
Chelo saca tortilla, aceitunas, mejillones de la lata buena, y la tarde va cayendo dorada mientras el grupo se seca el pelo al sol y el niño de las conchas rotas clasifica su botín en mi mesa, muy serio, explicándome cuál es cuál.
Con el café llega la ronda de chupitos. Licor café, por supuesto: la dueña lo hace en casa, con aguardiente del país y una receta «que se la pido al notario», y las copitas corren por la mesa en una bandeja de latón, y todo el mundo coge la suya, hasta la maestra que decía que no bebía. Todo el mundo menos Roi.
— A mí el licor café me sienta a muerte —dice, tapando la copita con la palma antes de que aterrice—. Ponme una de sidra, Chelo.
— Sidra. —El patrón lo mira con pena zoológica—. En qué hora, Roiciño. Con lo que tú fuiste.
— Fui muchas cosas, y casi todas mal —dice Roi, y otra vez la carcajada general, y otra vez el desvío ejecutado con una limpieza de profesional: tres segundos después la mesa entera discute de sidras, de si la del país o la asturiana, y nadie recuerda que la pregunta era otra.
La bandeja de latón sigue su ronda y termina delante de Telmo, que coge su copita y la levanta un dedo hacia Chelo, el brindis mínimo del cliente de toda la vida.
Bebe la mitad. Deja la otra mitad. Nadie más que yo lleva la cuenta de estas cosas, y ya empiezo a preguntarme si llevarla es un talento o una descortesía.
Yo sí. Yo cobro los medios segundos, ya lo dije.
Y voy dos a cero esta semana: la arena y el licor café.
Manías de niño mimado, diría cualquiera.
Puede ser. Pero las manías, en mi consulta, casi nunca son caprichos: son cicatrices con disfraz.
La gente no evita las cosas porque sí. Evita donde le dolió.
No digo nada. Le doy un sorbo a mi licor café, que está de morirse, nunca mejor dicho, y dejo que la tarde siga siendo perfecta, porque lo es: Telmo me busca la mano por debajo de la mesa, el niño me regala una concha rota, la mejor de todas según su criterio experto, y el sol se pone detrás del faro con un espectáculo naranja que hace callar la mesa entera durante un minuto largo.
Es en ese minuto, con todos mirando el faro, cuando caigo en que Telmo y Roi se han sentado los dos en el lado de la mesa que da la espalda a la ría.
———
La ocasión de tocarle el cuello a Roi me la sirve él mismo, de vuelta en A Atalaia, cuando se deja caer en el sofá de la galería con un quejido de bisagra y anuncia que está muerto, que la vida social es un deporte de élite y que mañana no piensa moverse ni por una alarma de incendios.
— Normal —le digo—. Llevas todo el día haciendo de puente colgante por espigones. ¿Sabes que caminas raro?
— Camino icónico.
— Caminas como si el suelo te debiera dinero. Ven aquí, anda. Dos minutos. Deformación profesional, no puedo ver un cuello así y no meter mano, pregúntale a mi familia, en las comidas de Navidad tengo cola.
Roi se sienta en el borde del sofá, de espaldas a mí, encantado con el plan, haciendo bromas de balneario y pidiendo hilo musical. Le pongo las manos a los lados del cuello, pulgares en los occipitales, y empiezo por donde se empieza siempre, notando el terreno.
Y el terreno está mal.
Tiene veintiocho años y el cuello de un hombre de cincuenta y muchos.
Los escalenos, que en un chaval de su edad deberían ceder al tacto, están tensados de años, duros, cordaje de barco con temporal.
La primera costilla, elevada de respirar corto, de respirar arriba, de respirar de guardia.
Los occipitales soldados a la nuca en una placa continua, sin el juego que tiene cualquier cabeza que duerme bien.
Y bajo los pulgares, el pulso disparado para estar en un sofá, a las ocho de la tarde, después de un día de risa.
He tenido este cuello antes en las manos. Lo tienen los opositores el mes del examen, los divorcios largos, una mujer que cuidó a su marido con ELA durante seis años. Es el cuello de la vigilancia: el de la gente que hace años que no se apaga del todo, ni de día ni de noche.
— Roi —digo, con el tono neutro de consulta, mientras trabajo el borde del trapecio—. ¿Tú duermes?
— Como un lirón.
— ¿Con luz o sin luz?
Las cervicales, bajo mis manos, se quedan quietas. Todo él se queda quieto, medio segundo, esa quietud de radar que el sofá no justifica.
— Qué preguntas haces, fisia. —La voz vuelve a ser función, pero llega tarde; en mi oficio, tarde es una respuesta—. Con la tele puesta, como los señores mayores. ¿Me vas a cobrar esto? Porque pensaba pagarte en mejillones.
Le suelto el cuello, le revuelvo el pelo, le digo que tiene deberes: calor local, estiramientos que no hará, respirar hacia abajo, hacia el abdomen, alguna vez en la vida.
Roi promete todo con la solemnidad de quien no piensa cumplir nada y se va a la cocina silbando, y la galería se queda en silencio con el faro encendiéndose al fondo, cada seis segundos, y yo me quedo con las manos vacías y la certeza incómoda de haber leído una página de un libro que no me han dado permiso a abrir.
Se lo cuento a Telmo a medias, por la noche, quitándole peso: tu hermano está hecho un cuadro cervical, dile que se cuide. Telmo sonríe sin levantar la vista del portátil.
— Roi es nervio puro. De crío ya era así.
— ¿Así cómo?
— Así. —Un gesto vago con la mano, la vista en la pantalla—. Movido.
Movido. Otro adjetivo colocado encima de algo, con esmero, con años de práctica, y debajo del adjetivo el bulto sigue teniendo la forma que tiene. Vale. Registro y a otra cosa, Julia. En algo tiene razón toda esta familia: no todo lo que se palpa se comenta.
Antes de guardar el móvil me sorprendo con el pulgar en el bolsillo de la rebeca, en el gesto de grabar, la nota ya medio dictada en la cabeza: varón, veintiocho años, patrón cervical de hipervigilancia, sueño alterado, evitación de...
Paro. Borro los cuatro segundos de audio que llegaron a existir.
Roi no es un paciente, me digo, es tu cuñado, y las familias no se auscultan.
El problema de las costumbres de doce años es que no escuchan razones. La nota se queda sin grabar, pero dictada por dentro, palabra por palabra, en el archivo donde no se puede borrar nada.
———
Es al subir a cambiarme cuando pasa lo del cuarto de costura.
Voy buscando a Manuela, con un recado inocente de verdad: la cremallera de mi vestido azul, el de la cena de mañana, que se ha abierto por abajo, dos centímetros de costura vencida, y mi madre me mataría si me viera salir así, y coserla yo misma me garantiza un desastre mayor.
Manuela no está en la cocina, ni en el lavadero, ni contesta cuando la llamo en el pasillo, con suavidad, porque en esta casa hasta llamar a alguien en voz alta parece una infracción.
En el pasillo de arriba, entre el cuarto de plancha y el fondo, hay una puerta que siempre he visto cerrada. Ahora está entornada, y dentro hay luz encendida, esa luz amarilla de bombilla vieja, y se oye un ruido pequeño y rítmico, tijera o máquina.
— ¿Manuela?
Nadie contesta. Empujo la puerta con dos dedos, lo justo, medio cuerpo dentro y medio fuera.
Es el cuarto de costura. Una habitación alargada, sin vistas al mar, con una ventana pequeña al jardín de atrás.
Una máquina de coser antigua, de las de mueble, con el pedal de hierro.
Un maniquí de sastre en una esquina, desnudo, del color del esparadrapo viejo.
Estanterías con cajas de cartón etiquetadas a lápiz con una letra menuda que no llego a leer, telas dobladas por tamaños, un costurero grande abierto sobre la mesa camilla.
Y una cajonera alta de madera oscura, con tiradores de latón, ocho cajones, presidiendo la pared del fondo con una seriedad de archivo.
Huele a lavanda, a papel viejo y a algo más fino debajo, azahar quizá, un perfume antiguo de armario bueno.
No toco nada. Ni siquiera entro del todo. Y aun así, cuando la voz suena a mi espalda, doy un salto de culpable.
— ¿Busca algo, señora?
Manuela está en el pasillo, a dos pasos, con ropa de cama doblada en los brazos. No la he oído llegar, cómo la voy a oír, si pisa las tablas que no crujen. Y no viene enfadada, que sería lo fácil de manejar: viene tranquila del todo, con la cabeza un poco ladeada, esperando.
— Perdona, te estaba buscando. La cremallera del vestido azul, que se me ha descosido, y he visto luz...
— Deje el vestido en el cuarto de plancha y mañana lo tiene.
— Te lo bajo ahora mismo. Perdona, de verdad, la puerta estaba abierta y...
— Aquí guardo cosas de la señora. —Lo dice sin subir el tono, sin bajarlo, con una mano ya en el pomo, y la otra sujetando la ropa de cama, y de alguna manera también sujetándome a mí—. Se avisa antes de entrar.
Y me aparta. No me toca: se coloca, simplemente, entre el marco y yo, con una economía de movimiento que ya le conozco del tendedero, y la puerta se va cerrando con suavidad delante de mi cara, sin prisa, sin violencia, con esa firmeza untuosa de las cosas hidráulicas.
Lo último que veo del cuarto de costura es la cajonera alta del fondo, ocho cajones de madera oscura con tiradores de latón.
La llave gira dentro. Dos vueltas.
Me quedo sola en el pasillo, con mi cremallera rota en la mano y el corazón a un ritmo que no me he ganado, oyendo los pasos de Manuela alejarse hacia el cuarto de plancha, tan tranquilos, tan de todos los días.
Se avisa antes de entrar, ha dicho. Y yo me repito, con la lógica idiota de quien se defiende de nada: es un cuarto de costura. Telas, cajas, un maniquí.
En treinta y cinco días me caso en esta casa y no hay una sola puerta en Parla que mi madre cierre con dos vueltas.