Treinta y ocho días
La casa amanece antes que yo. Lo primero que oigo, todavía con los ojos cerrados, es el orden: unos postigos que se abren piso por piso, siempre en la misma secuencia, el motor lejano de una lavadora, loza colocada sin un solo choque.
En mi edificio de Moratalaz el día empieza a golpes, persianas, un vecino que arrastra algo.
Aquí el día empieza como empiezan los quirófanos.
Por el ventanal, el faro ya está apagado y la mañana es de un gris luminoso, sin sol y sin sombra, que lo iguala todo.
Abajo, en las rocas, la cetaria vieja asoma y desaparece con la marea.
De día impone menos. De día parece solo lo que Telmo dijo que es: hormigón podrido y argollas de óxido.
Aparto la vista y me visto, y en el gesto de apartar la vista ya hay algo que no me gusta de mí.
Telmo duerme como duermen los hombres grandes, en diagonal, con la respiración honda.
Anoche estuvo hasta tarde contestando correos de la delegación y se acostó pidiendo disculpas al colchón.
Le dejo una nota en la mesilla, bajo su reloj: «Explorando.
No me busques, me encuentro sola». Los dos puntos de la sonrisa me salen torcidos.
En la cocina está Manuela, de espaldas, pelando patatas sobre un barreño con una economía de movimientos que ya la quisieran mis alumnos de pilates: todo desde el codo, nada desde el hombro. El delantal gris de ayer, o uno idéntico.
— Buenos días, Manuela.
— Señora. —Sigue con las patatas—. El desayuno se sirve en la galería.
— ¿Puedo desayunar aquí? En las cocinas se está mejor.
Las manos se le detienen un instante sobre el barreño, la mondadura colgando del cuchillo. Un instante nada más.
— El desayuno se sirve en la galería —repite, sin volverse, y no hay antipatía en la voz. Hay reglamento.
En la galería, la mesa está puesta para uno: mantel de hilo, bizcocho, pan del país, un termo.
Benigna aparece cuando me estoy sentando, vestida y peinada con una perfección que a las ocho y cuarto de la mañana resulta casi agresiva, y se sienta enfrente con una taza de algo claro, manzanilla o tila, que no toca.
— ¿Has descansado?
— Muchísimo. Aquí el silencio es de otra calidad.
— El silencio es lo que mejor se nos da en esta casa. —Sonríe—. ¿Café?
— Con leche fría, si puede ser.
— ¿Fría? —Es Manuela, que entra con la jarra. Repite la palabra despacio, dándole la vuelta en busca del error.
— Costumbre de consulta. Entre paciente y paciente no da tiempo a esperar a que se enfríe, así que al final el cuerpo se me acostumbró al revés.
— Leche fría para Julia a partir de mañana, Manuela —dice Benigna, sin mirarla, y a continuación despliega sobre el mantel tres carpetas de gomas, una agenda de anillas y un plano.
Y entonces asisto, durante cuarenta minutos, al despliegue de una operación militar con flores.
Benigna lo tiene todo. El menú con dos alternativas por plato y las alergias de mis primos de Parla anotadas al margen.
El plano del jardín con las mesas numeradas y los nombres ya distribuidos a lápiz, «a falta de tu visto bueno, claro».
Las amonestaciones pedidas, las flores apalabradas con una floristería de Ortigueira, el fotógrafo de Ferrol que hizo las fotos «de todas las bodas de esta casa».
Un sobre con muestras de papel para las minutas.
La fecha de la prueba del vestido en A Coruña, que resulta que ya está fijada, jueves que viene a las once, «el taller nos lo guarda todo el día».
Habla sin gesticular. Eso es lo que más me cuesta dejar de mirar.
Cualquier persona que organiza señala, dibuja en el aire, cuenta con los dedos.
Benigna mantiene las manos juntas sobre la agenda, una sobre otra, y toda la puntería la pone la voz: la voz sube, baja, subraya, tacha.
Cuando quiere señalarme algo del plano, gira el plano entero hacia mí.
Cuando quiere mirar hacia el jardín, gira la cabeza entera, el cuello en bloque, como los mascarones de proa, sin conceder nada a los ojos.
— ¿Y esto te parece bien, Julia?
Me lo pregunta cada pocos minutos, con un interés que suena limpio, y yo digo que sí, que precioso, que qué detalle.
Es verdad y no cuesta: el gusto es impecable.
Solo dos veces intento meter algo mío en el edificio.
La primera, que en las minutas me gustaría más una letra sencilla, sin tanta floritura. Benigna inclina la cabeza, complacida.
— Claro que sí. Se lo digo al impresor: la Garamond, que es sobria y no se pasa de moda. —Y anota en su agenda, con letra picuda: Garamond. Que no es lo que he dicho. Es lo que iba a elegir de todos modos.
La segunda, que mis padres quieren pagar algo, lo que sea, el vino al menos, que a mi padre le hace ilusión.
— Qué generosos. —Junta un milímetro más las manos—. Pero esta boda la da A Atalaia. Diles que su regalo es traerte a esta casa. Nadie ha traído nunca nada mejor.
Es un cumplido enorme y me lo dice mirándome fija, y durante un segundo el afecto es tan verosímil que me avergüenzo de estar analizándola. Luego, mientras recoge las carpetas, me toca el dorso de la mano con dos dedos fríos.
— Sé lo que es llegar de fuera a esta casa, hija. Yo también llegué de fuera, hace cincuenta años. —Se levanta—. Por eso te lo voy a poner todo tan fácil que no vas a notar el peso.
Se va con sus carpetas y su taza intacta, y yo me quedo con el bizcocho y con la frase, que es preciosa, y que no consigo tragar del todo. En mi trabajo, cuando algo no baja, no se fuerza.
———
El resto de la mañana la dedico a lo mío.
Me instalo en un extremo de la galería con el portátil y la lista de pacientes que dejé en Madrid a medias, los que Coral me cubre y los que quedaron en pausa hasta julio.
Reviso evoluciones y dicto notas de voz, que es mi manera de trabajar desde siempre: el informe escrito me sale muerto, y en cambio hablando me acuerdo de todo, de cómo entró, de cómo se sentó, de qué me dijo su cadera antes que su boca.
Camino por la galería mientras dicto, con el móvil en el bolsillo de la rebeca y el micro de los auriculares puesto, las manos libres.
Es un gesto tan viejo que ya no es un gesto: pulgar dentro del bolsillo, un toque para grabar, un toque para parar.
Coral dice que parezco una señora que reza.
Señor de la cadera, toque de grabar: «Revisión seis de junio con Coral.
Insistir en que el dolor de la ingle no es de la ingle.
Si sigue sin usar el ascensor, llamarlo por teléfono yo». Toque de parar.
En una de las vueltas, Benigna está en la puerta de la galería, quieta, observándome. No la he oído llegar. Nadie hace ruido en esta casa; empiezo a entender que el silencio no es una calidad del suelo sino una disciplina de la gente.
— ¿Hablas sola? —pregunta, con una sonrisa que quiere ser ligera.
— Dicto notas de mis pacientes. —Me saco el móvil del bolsillo, se lo enseño—. Costumbre de fisio. Si no lo grabo en el momento, se me escapa la mitad.
— Qué moderna. —Mira el móvil un segundo más de lo que el móvil merece—. Amaro también dictaba cartas, pero a una secretaria con cuaderno. Los tiempos.
Se retira, y algo de la escena se me queda enganchado sin saber dónde. Más tarde, repasando la grabación del señor de la cadera, oigo mi propia voz decir «llamarlo por teléfono yo» y detrás, clarísimo, el silencio especial de alguien escuchando desde una puerta.
———
Antes de comer salgo al jardín a estirar las piernas.
Los camelios son árboles de verdad, no arbustos, con los troncos limpios de líquenes por abajo, hasta donde llega una mano con cepillo, y el suelo alfombrado de flores pasadas que ya no manchan.
Al fondo, junto al tendedero, Manuela cuelga sábanas blancas contra el gris del cielo, y el viento del mar se las pega al cuerpo y se las despega con un chasquido de vela.
Me acerco a ayudar y no me deja: me quita la pinza de los dedos con una educación que no admite recurso.
Pero se queda, porque las sábanas son muchas, y trabajamos un rato en paralelo, ella colgando, yo mirando, que es mi manera de trabajar.
Cada vez que levanta los brazos por encima del hombro, la cabeza se le adelanta y el gesto se le rompe en dos tiempos. Años de eso. Décadas.
— Ese cuello le da guerra por las noches —digo—. ¿Verdad? Entre las dos y las cuatro.
Manuela baja los brazos y me mira por primera vez desde que llegué. Mirar, lo que se dice mirar: un repaso entero, de arriba abajo, sin disimulo.
— ¿Eso se lo ha dicho la señora?
— Me lo ha dicho su cuello. Es mi oficio. Si un día me deja, se lo suelto en diez minutos, sin camilla ni nada, ahí en la cocina.
Algo le pasa por la cara, una cosa rápida que no llega a sonrisa pero viene de la misma familia. Recoge el barreño vacío, se lo apoya en la cadera.
— En esta casa, señora —dice, ya de espaldas, con una suavidad nueva—, es mejor no andar leyendo lo que no está escrito.
Y me deja con las sábanas chasqueando al viento y la duda de si me ha dado las gracias o el primer aviso.
———
A las doce, Roi me secuestra.
Lo anuncia así, entrando en la galería con las llaves de la furgoneta en alto y unas gafas de sol de espejo que no le pegan nada al cielo gris.
— Cuñada, protocolo de bienvenida. Te voy a enseñar el imperio.
El imperio es Soutelo y la furgoneta es un anuncio con ruedas: blanca, con la lata azul serigrafiada en los dos laterales a tamaño de escudo heráldico, CONSERVAS QUIROGA DESDE 1931, y debajo, más pequeño, una arroba y el nombre de usuario que gestiona Roi.
Conduce con el codo fuera y saluda a todo el mundo con dos dedos desde el volante, y todo el mundo lo saluda de vuelta con una sonrisa que no es de compromiso: al niño de los Quiroga se le quiere.