Treinta y ocho días #2
El tour dura una hora y es una función de un solo actor.
El puerto: «doce barcas, tres son de gente que trabaja para nosotros, la del extremo es del patrón mayor, que canta tangos».
La lonja: «a las seis de la mañana esto es Wall Street con botas de agua, un día te traigo».
La rula de subasta, la fábrica de hielo, la cofradía con su Virgen del Carmen en la fachada.
El faro: «automático desde los ochenta, el último farero se jubiló y puso un bar en Cariño, la gente es muy rara».
La pista de tierra que sale detrás, hacia los acantilados: «por aquí corre la gente sana, o sea, tú; yo hago deporte de dedo, pulgar arriba, pulgar abajo».
Habla de la conservera en dos registros a la vez: se burla de todo, la lata azul en TikTok, la señora de Betanzos, los boomers del polígono, y no deja pasar tres frases sin un dato de facturación, de empleo, de orgullo. Ochenta familias, dice dos veces. Las dos veces baja la música para decirlo.
— ¿Y tú por qué no vives ya en Madrid o en Coruña? —le pregunto—. Lo tuyo son las redes, eso se hace desde cualquier sitio.
Tarda medio segundo de más en contestar. En consulta, ese medio segundo lo cobro.
— ¿Y dejar todo esto? —Abre la mano hacia el parabrisas, hacia el gris—. Yo sin niebla me deshidrato.
Desde el extremo del puerto se ve la conservera: una nave moderna, blanca y azul, con el logo enorme y dos camiones cargando en los muelles.
Y detrás, más allá de una explanada con palés apilados, otra nave más antigua, de bloque gris, con las ventanas altas cegadas con uralita y una puerta metálica despintada.
— La nave nueva y la nave vieja —dice Roi, siguiendo mi mirada—. La vieja era la fábrica de mi bisabuelo. Pasado mañana os la enseña Telmo por dentro. La nueva, digo. La vieja no se enseña, que se nos caen los mitos.
— ¿Qué hay dentro?
— Óxido y gaviotas okupas. —Arranca la furgoneta—. Y mi infancia, pero eso no cotiza.
En el paseo, frente a la playa del Areal, para la furgoneta y bajamos a estirar las piernas.
La marea está baja y la arena, recién lavada, tiene ese brillo de piel sana.
Quedan cicatrices de hogueras del año pasado, círculos negros espaciados, y me acuerdo de las verbenas de San Juan en Parla, del olor a pólvora y a chocolate.
— Qué ganas de ver esto en San Xoán —digo—. Con las hogueras encendidas tiene que ser otra cosa.
— Sí. —Roi mira la playa desde el murete del paseo, sin bajar el escalón que nos separa de la arena—. Otra cosa.
Y se le pasa. La función, digo. Dura tres segundos, los que tarda una nube en correrse, y enseguida vuelve el Roi de las estadísticas y me arrastra calle arriba porque «sin vermú el tour no puntúa».
———
O Peirao huele a café de puchero, a serrín y a vino de tanque.
Es bar y es tienda: la mitad izquierda barra, la mitad derecha estantes de conservas, velas, cañas de pescar, chubasqueros de niño.
Detrás de la barra, una mujer de unos cincuenta y cinco años con el pelo teñido de caoba recibe nuestra llegada a grito de lotería premiada.
— ¡El pequeño de A Atalaia! ¿Y esta rapaza?
— Chelo, te presento a Julia. —Roi me pone las dos manos en los hombros, maestro de ceremonias—. La novia de Telmo. La futura señora del acantilado.
A Chelo se le abre la cara entera. Sale de la barra secándose las manos en el mandil, me da dos besos que son dos ventosas y me sujeta por los codos para mirarme a la luz, como se mira una tela.
— Ay, qué alegría, ho. Qué alegría. —Y lo dice de verdad, con todo el diafragma; esta mujer habla en espiración continua, sin puntos, la puntuación se la pone la respiración cuando ya no queda aire—.
Otra vez boda en A Atalaia, quién nos lo iba a decir, con lo grande que es esa casa para tan poca gente, y mírala a ella, qué manos de señora trabajadora, ven que te ponga un vermú, Roi, un vermú a la novia...
El vermú se convierte en acontecimiento.
Entran dos hombres con jersey de faena que resultan trabajar en la conservera y me estrechan la mano llamándome señora Julia, y yo les pido que me quiten el señora y se ríen y no me lo quitan.
Chelo me pone una tapa de mejillones «de la lata buena, no te creas que aquí se sirve otra» y quiere saberlo todo: de dónde soy, a qué me dedico, si tengo hermanas, si mi madre viene a la boda, si el vestido lleva cola.
Contesto a todo y el bar entero escucha sin disimular, porque en Soutelo, se ve, la intimidad es un género de ficción.
Y ahí, en mitad de la frase de Chelo, la mesa del fondo.
Hay tres mesas dentro del bar y solo una ocupada: una mujer mayor, sesenta y pocos, sola, con un café con leche recién puesto delante y un paraguas seco colgado del respaldo.
En el momento exacto en que Chelo dice «otra vez boda en A Atalaia», la mujer se levanta.
Sin prisa, sin ruido, sin mirarnos. Deja una moneda junto a la taza, coge el paraguas, y sale del bar con una espalda vertical, un dorsal firme, de esas espaldas que se han hecho fuertes de decidir todos los días no doblarse.
La puerta se cierra con la campanilla y a Chelo se le acaba el aire de golpe, en mitad de la frase, sin llegar al punto.
— ¿Quién era? —pregunto.
— Nadie. Una de Cedeira. —Chelo se mete detrás de la barra frotando una bayeta que no hace falta—. ¿Blanco o rojo, el vermú?
Miro a Roi. Roi está muy ocupado eligiendo unas aceitunas en la vitrina, de perfil, con las gafas de espejo puestas otra vez, dentro del bar, bajo el fluorescente.
En la mesa del fondo se queda el café con leche entero, humeando, pagado, y nadie en todo el bar mira hacia él, con tanto cuidado que es como si lo miraran.