Treinta y nueve días #2
Porque la puerta se abre antes de que paremos el motor, y en el umbral, bajo el dintel de piedra, está Benigna.
La reconozco por las fotos y sin embargo no me la esperaba así.
Pequeña, recta, de luto entero pero de un luto caro, con un moño bajo y apretado del color del acero pulido.
No baja los escalones hacia nosotros. Espera a que subamos, con las manos juntas a la altura del vientre, una sobre otra, quietas.
Doce años leyendo cuerpos y nunca he visto uno tan educado.
Lo digo en el sentido en que se educa una parra o un bonsái: cada gesto podado, cada silencio en su alambre.
La gente normal derrama información todo el rato, hombros, cejas, pies que apuntan hacia donde quieren irse.
Benigna no derrama nada. El cuerpo no le dice nada que su dueña no haya autorizado antes.
— Julia. —Mi nombre en su boca suena a cosa ya decidida—. Bienvenida a tu casa.
Me da dos besos exactos, secos, con un olor a colonia antigua y a cera de muebles, y me sostiene las manos un instante entre las suyas, que están frías y son sorprendentemente fuertes.
— Manos de trabajar —dictamina, con una sonrisa—. Eso aquí se aprecia.
— ¡La cuñada!
Roi sale de la casa saltándose los dos últimos escalones, y la escena entera sube de luz. Es el hermano pequeño, veintiocho años, va descalzo sobre la grava sin inmutarse y me abraza igual que abrazan los perros grandes, en volandas, sin protocolo.
— Por fin te dejas ver en persona. Yo soy Roi, el guapo.
Este solo es el alto. —Coge mis dos maletas a la vez, rechaza a Telmo con el hombro—.
¿Sabes que sales en mis estadísticas? El vídeo donde Telmo anuncia la boda es lo segundo más visto de la conservera este año.
Lo primero es una señora de Betanzos abriendo una lata con los dientes, pero no te lo tomes a mal.
— Roi lleva las redes de la empresa —dice Telmo.
— Roi lleva la empresa al siglo veintiuno —corrige Roi, guiñándome un ojo, y se mete en la casa cargado como un mulo, gritando algo sobre el wifi de la habitación de invitados.
Dentro huele a cera, a caldo y a mar. En el recibidor, bajo una lámpara de barco, espera una mujer de unos sesenta años con delantal gris y las manos recogidas bajo el pecho.
Tiene los hombros metidos hacia dentro, el pecho hundido de quien lleva treinta años inclinándose sobre bandejas, sobre camas, sobre silencios.
— Manuela —la presenta Benigna—. Está en esta casa desde antes que los niños.
— Señora —me dice Manuela. Solo eso. Me mira un segundo más de lo normal, un segundo raro, y baja los ojos.
— Julia, por favor —le pido.
No contesta. Recoge mi abrigo y desaparece por el pasillo sin hacer ruido ninguno, pisando las tablas exactas que no crujen.
———
Antes de cenar, Telmo me enseña la planta baja por encima, con esa prisa orgullosa de los niños que enseñan su cuarto.
La galería acristalada recorre toda la fachada del mar: mimbre blanco, geranios, una mesa camilla con un costurero encima, y el Atlántico entero al otro lado del vidrio, ya oscureciéndose.
En la biblioteca, entre estanterías de madera buena, hay una vitrina iluminada con latas de conserva antiguas, ordenadas por décadas, la lata azul repetida y cambiando de tipografía desde 1931 hasta hoy.
Preside la sala un retrato al óleo de un hombre de cejas espesas y boca fina, con un fondo de mar pintado de memoria.
— Mi padre —dice Telmo—. Amaro. Once años ya.
Lo dice con cariño y con alivio a la vez, las dos cosas trenzadas, y no pregunto, porque las primeras noches no se pregunta.
La cena es breve y perfecta. Caldo gallego aunque estemos en mayo —aquí el caldo no es comida, es idioma—, empanada de zamburiñas, un vino blanco de la casa.
Benigna dirige la mesa sin tocar nada: pregunta por mis padres llamándolos por su nombre, Emilio y Puri, quiere saber si a mi padre le gustó el hotel de Cedeira que nos ha reservado para la semana de la boda, si mi madre es de tarta de almendra o de filloas.
Sabe cosas de mí que yo no recuerdo haberle contado a nadie.
Lo hace todo con un afecto tan bien cosido que tardo en localizar qué me molesta: no hay una sola pregunta cuya respuesta no conozca ya.
— Estarás cansada —dice de pronto, y es verdad, y también es una orden con mantel—. Telmo, sube con Julia. Mañana hay tiempo para todo.
La habitación de invitados está en la segunda planta, en la esquina que mira al norte.
Es grande, empapelada de flores pálidas, con una cama alta de hierro y un ventanal desde el que se ve el faro encendiéndose a lo lejos, cada seis segundos, paciente.
Telmo deja mi neceser en la cómoda, enciende la lamparita, comprueba que hay toallas donde ya ha comprobado dos veces que hay toallas.
Las manos no le saben estar quietas en esta casa.
— ¿Contenta? —me pregunta, desde atrás, abrazándome contra el ventanal.
— Mucho —digo, y es casi entero verdad.
Fuera, la última luz plancha el mar. Y entonces lo veo, abajo, al pie del acantilado, en la punta donde las rocas se meten en el agua: una plataforma de hormigón, medio comida por el mar, con muros bajos a medio derrumbar y unas argollas de hierro comidas de óxido.
Hay algo enfermo en cómo la marea entra y sale de ella, con un golpe sordo, rítmico, de pulso.
— ¿Y eso de ahí abajo? —pregunto—. ¿Lo del hormigón, entre las rocas?
Telmo no se gira. Sigue con la vista en el faro, pero el pulgar de su mano derecha encuentra algo en el bolsillo del pantalón, el anillo de pedida que aún no se pone, y lo frota despacio, una vez, dos veces.
— Nada. Una cetaria vieja. —Su voz sale plana, bien planchada—. No bajes, está podrida.
Apaga la lamparita y me besa el pelo, y por la ventana, abajo, el mar sigue entrando y saliendo del hormigón con su golpe de pulso, treinta y nueve días exactos antes de mi boda.