La Prometida
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Treinta y nueve días
A Telmo se le sube el hombro derecho un par de centímetros en cuanto dejamos atrás el cartel que anuncia Galicia.
No se entera. Nadie se entera de esas cosas: el elevador de la escápula es un músculo pequeño, obediente, que trabaja para el miedo sin cobrar, y el de Telmo lleva de guardia desde que cargamos las maletas en Madrid.
— ¿Quieres que conduzca un rato? —pregunto.
— Estoy bien. —Sonríe sin apartar la vista de la autovía—. Me gusta conducir hacia casa.
Hacia casa, dice. Llevamos dieciséis meses juntos y todavía llama casa a un sitio donde no vive desde los veintitrés años.
Me llamo Julia Andrade y me gano la vida leyendo cuerpos.
En la tarjeta pone fisioterapeuta, que suena a camilla y a crema de masaje, pero después de doce años de consulta lo que una aprende de verdad es otra cosa: la gente miente con la boca y confiesa con todo lo demás.
Un paciente me jura que ya no le duele y el cuadrado lumbar se le pone en guardia al atarse los zapatos.
Una mujer me dice que en su casa todo va bien y trae los escalenos tan acortados que la cabeza le nace de los hombros.
Yo no escucho lo que me cuentan. Escucho dónde se lo guardan.
Por deformación profesional, también me leo a mí.
Ahora mismo, por ejemplo, llevo la mano izquierda cruzada hacia el trapecio del mismo lado, buscando esa contractura vieja que tengo desde la carrera y que se despierta cuando pienso demasiado.
Es mi termómetro. Coral, mi socia, la llama el nudo de Julia: cuando te sobes el nudo, dice, es que estás tragando con algo.
Hoy el nudo está despierto desde Benavente.
No tengo motivo. Voy a casarme dentro de treinta y nueve días con un hombre bueno, en una casa preciosa sobre un acantilado, con un vestido que ya está pagado y una madre política que firma sus correos con «un abrazo afectuoso, Benigna».
Cualquiera de mis pacientes mataría por este junio.
Me lo repito con las palabras exactas de mi madre: nena, que no te lo crees ni tú, con la suerte que has tenido.
La suerte que he tenido entró en mi consulta hace dieciséis meses, un martes de enero, con una lumbalgia crónica y un abrigo azul marino que le quedaba grande a pesar de que Telmo mide metro ochenta y ocho.
Venía derivado de la mutua, con una carpeta de resonancias manoseada y esa cara de disculpa de los hombres grandes cuando les duele algo que no se ve.
Seis años de dolor lumbar, ponía en el informe.
Sin hallazgos que lo justifiquen. Probado todo: corrientes, punción seca, pilates, un traumatólogo en Barcelona, otro en Pamplona. Una lumbalgia que no responde a nada.
Respondió a nada también conmigo, para ser honesta.
Lo que respondió fue lo otro. A la sexta sesión me descubrí alargando los estiramientos para seguir hablando con aquel señor tranquilo que olía a jabón de ducha y me preguntaba por mis pacientes con nombre y apellido, con un interés de primo lejano.
A la décima me trajo una caja de conservas de la empresa de su familia, la lata azul de toda la vida, la de las abuelas, y Coral me dijo desde recepción: Julia, o le das el alta o le das tu número, pero deja de cobrarle.
Le di el alta. Me pidió el número en la puerta, con las manos en los bolsillos, mirándose los zapatos como un crío de treinta y ocho años.
La pedida fue hace cinco meses, un domingo por la noche, en mi cocina de Moratalaz, sin restaurante ni rodilla en tierra ni violinista: Telmo secando los platos, yo quejándome de un paciente, y de pronto el anillo encima del escurridor, entre la sartén y las tazas, y su voz diciendo que la vida con alguien se pide así, en la cocina, que es donde de verdad se vive.
Lloré tanto que se me taponó la nariz. Mis padres, cuando se lo contamos en Parla, sacaron el mantel de las ocasiones: mi padre, taxista jubilado, le estrechó la mano a Telmo con las dos suyas; mi madre puso tres tipos de croquetas para un aperitivo.
Lo único que no elegí yo fue el lugar de la boda.
— Es la tradición de los Quiroga —me explicó Telmo—. Nos casamos todos en A Atalaia. Mi madre lo daría todo por vernos allí.
Y como yo llevo toda la vida colocando lo que se descoloca, dije que claro, que qué bonito, que una finca familiar frente al mar. Tengo treinta y cuatro años y todavía no he aprendido a decir que no sin pedir perdón antes.
———
Paramos a repostar pasado Ponferrada, en un área de servicio con banderines descoloridos.
Pido mi café con leche fría —la leche fría, sí, gracias, fría— y la camarera me mira igual que me miran todas las camareras de España, con ese duelo breve por la leche sin calentar.
Telmo estira la espalda contra el coche, las palmas en el techo, y la columna no le acompaña: se dobla entero desde la cadera, en bloque, protegiéndose la zona lumbar sin saber que la protege.
— ¿Molesta? —pregunto.
— Lo normal. —Se endereza demasiado deprisa—. El coche, tantas horas.
El móvil le suena dos veces durante el café.
Mamá, dice la pantalla. Las dos veces se aparta unos pasos, hacia los banderines, y las dos veces la voz se le coloca medio tono más arriba, más clara, más de hijo: sí, mamá; ya hemos pasado El Bierzo; no, cenamos ahí; dile a Manuela que no haga nada especial.
Cuando cuelga vuelve sonriendo y con el hombro derecho otra vez arriba, trabajando.
— Está nerviosa —dice—. No viene una novia a casa todos los días.
Mientras Telmo paga, llamo a Coral. Contesta al segundo tono, con el ruido de fondo de la consulta, el ultrasonido de la cabina dos, la radio de siempre.
— ¿Ya eres gallega?
— Estoy en ello. Oye, te he dejado apuntado lo del señor de la cadera, el de las nueve. Que no le dé vergüenza pedir el ascensor, que lo pide el fémur, no el orgullo.
— Se lo diré con esas palabras exactas. —Coral baja la voz, la oigo cerrar la puerta del despacho—. ¿Y tú qué? ¿Nerviosa?
— ¿Por qué iba a estar nerviosa?
— Porque llevas dos minutos hablándome de la cadera de un señor que tiene cita conmigo, no contigo.
Me río. Coral tiene esa manera de ponerte delante lo que estás haciendo mientras lo haces, sin anestesia, y quizá por eso llevamos nueve años compartiendo consulta sin matarnos.
Le prometo llamarla cuando esté instalada, cada dos días como siempre, y al colgar me quedo un momento con el móvil en la mano, mirando los banderines descoloridos, sin saber qué acabo de no decirle.
En Pedrafita nos recibe la niebla. Nada que ver con la de ciudad, la que ensucia: esta tiene cuerpo, se echa encima de la autovía por capas y obliga a los camiones a encender las luces a las cinco de la tarde.
Después, bajando hacia Lugo, el mundo cambia de material.
Eucaliptos, helechos, aldeas de piedra con hórreos junto a la carretera, vacas de postal bajo una llovizna que no llega a caer.
Telmo conduce distinto aquí: suelta los codos, canturrea bajito una canción de la radio, me pone la mano en la rodilla en las rectas.
El paisaje le afloja lo que la conversación con su madre le aprieta.
— Te va a encantar Soutelo —dice—. En mayo está verde hasta el aire.
— ¿Y tu madre? ¿Me va a encantar tu madre?
— Mi madre te va a cuidar muchísimo. —Pausa pequeña, dos segundos, los dedos tamborileando el volante—. Es muy de cuidar, mi madre.
Guardo la frase sin saber todavía por qué la guardo. Es un vicio de consulta: cuando una respuesta contesta otra pregunta distinta de la que has hecho, se apunta.
———
Soutelo de Mar aparece después de una curva cerrada, ya con la tarde cayendo, y reconozco que Telmo no exageraba.
El pueblo baja en cascada hacia un puerto pequeño, casas blancas y grises con galerías acristaladas mirando al agua, la lonja pintada de azul cobalto, media docena de barcas de bajura meciéndose en la dársena.
Sobre la punta norte, un faro corto y blanco.
El mar, a esta hora, tiene el color del peltre, y respira contra la escollera con un ruido ancho que entra por la ventanilla abierta y me baja por el pecho.
Huele a salitre, a algas, a humo de leña de alguna cocina. Un perro flaco cruza delante del coche sin mirarnos, con la seguridad de quien lleva generaciones cruzando por ahí.
— El faro —señala Telmo—. Detrás sale una pista de tierra buenísima para correr. Te la enseño mañana y ya no me necesitas: todo recto hasta el fin del mundo.
Atravesamos el pueblo entero en dos minutos.
Telmo va nombrando sin que yo pregunte, con la ventanilla bajada: el bar O Peirao, con tres mesas fuera y un toldo remendado; la iglesia de Santa Mariña, chata y románica, donde nos casamos; la playa del Areal al fondo, una medialuna de arena clara con restos de hogueras viejas.
Dos mujeres que charlan a la puerta de la pescadería levantan la mano al reconocer el coche, y una se queda mirándonos un poco más de la cuenta, con la cabeza ladeada, hasta que doblamos la esquina.
A la salida, la carretera sube pegada al acantilado, entre pinos torcidos por el viento, y de pronto se abre una cancela de hierro pintada de blanco, con un cartel de azulejos: A ATALAIA.
La grava cruje bajo las ruedas. A los lados, camelios grandes como habitaciones, todavía con alguna flor de mayo pudriéndose elegantemente en el suelo, que nadie parece tener prisa en barrer.
Y arriba, la casa.
Es un pazo de indiano, me ha explicado Telmo mil veces: la levantó su bisabuelo en 1928 con dinero de Cuba, y tres años después fundó la conservera para no ser nunca más el hijo de nadie.
Blanca, de dos plantas, con una galería acristalada que ocupa toda la fachada del mar y que ahora mismo arde en naranja con el sol de la tarde, la casa no mira al camino: mira al Atlántico, de frente, con una fijeza de mascarón.
Es preciosa. Lo pienso con una admiración limpia que me durará exactamente lo que tarde en abrirse la puerta.