La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo final #3
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Capítulo final #3

Sintió a Malcolm perder su dominio, lo justo para que ella comprendiera cuánto se había retenido por cuidarla.

Lo sintió dentro de ella, llenándola por completo.

Lo oyó decir su nombre con una voz que no habría reconocido en ningún salón, y aquella crudeza la empujó hacia él con más fuerza.

Cuando el placer la alcanzó, Audrey se aferró a sus hombros y dejó de ser cualquier cosa que no fuera ser mujer.

Malcolm la siguió poco después, hundiendo el rostro en su cuello negro, con el cuerpo estremecido y una palabra en gaélico que Audrey no entendió, pero sintió como si lo hiciera.

Después no hablaron enseguida.

El viento siguió moviendo el brezo. El arroyo siguió su camino sobre las piedras. Ruadh pastó unos pasos más allá con la discreción que ningún humano habría tenido.

Malcolm cubrió a Audrey con su plaid y la sostuvo contra él, sobre la tierra Sinclair, bajo el cielo despejado.

Ella tenía el cabello deshecho, las mejillas encendidas, el vestido en un estado que habría acabado con la carrera de cualquier doncella respetable. Malcolm la miró como si no hubiera visto nada más hermoso en su vida.

—Ahora sí es Bean an Tighearna —dijo.

Audrey, apoyada contra su pecho, alzó la vista.

—Ahora sí me siento feliz.

—Habrá días en que me odiará.

—Ya los hubo.

—Habrá más.

Audrey apoyó la mano sobre su pecho.

—Entonces tendremos mucho trabajo.

Malcolm la miró con sus ojos verdes entornados.

—No se ha enamorado de una vida fácil.

—No. —Audrey tragó saliva, y esta vez no apartó la mirada—. Me he enamorado de usted.

Él sonrió.

—No lo había dicho —murmuró.

—No.

—Dígalo otra vez.

Audrey sonrió, suave, orgullosa, viva.

—Lo amo, Malcolm Sinclair.

El laird de Glenmuir la besó como si aquella frase fuera más peligrosa que cualquier juramento antiguo.

Llegaron a Glenmuir al caer la tarde.

Audrey iba delante de Malcolm sobre Ruadh, envuelta en el tartán Sinclair, con el rostro cambiado de una forma que no tenía que ver solo con el viaje. Había cansancio en ella. También una serenidad nueva. No la fría, no la de Hamilton Lodge. Otra. Más honda.

El castillo estaba allí.

Pobre.

Áspero.

Imposible.

Suyo.

El patio empezó a llenarse antes de que Ruadh cruzara el arco.

MacNair salió primero, como si hubiera sentido la llegada desde la cocina.

Ewan apareció con una sonrisa enorme. Callum detrás.

Los niños corrieron hasta que una mujer los detuvo.

Hamish bajó los escalones. El viejo Iain asintió satisfecho.

Malcolm desmontó y luego bajó a Audrey.

Sus manos se cerraron en su cintura.

No la soltó de inmediato.

Nadie preguntó nada.

No hacía falta.

El modo en que Malcolm la miraba decía suficiente. El modo en que Audrey miró Glenmuir, también.

No como visitante.

No como hija de un duque examinando una casa pobre.

Como mujer que había vuelto.

El viejo MacIain alzó el bastón.

—Bean an taighearna.

Esta vez Audrey entendió.

La esposa del laird.

La mujer del laird.

No necesitó que Ewan tradujera. No necesitó que nadie explicara el peso de aquella frase ni la antigua costumbre que la amparaba. Sintió a Malcolm a su lado, sintió la piedra bajo sus botas,  el tartán sobre los hombros.

Malcolm no corrigió al viejo. Audrey tampoco. Los dos dejaron que aquellas palabras permanecieran en el aire mientras Mòrag gritaba algo similar al lado de su abuelo.

Entonces Malcolm le tendió la mano. No el brazo, sino la mano, como había hecho tantas veces en Glenmuir cuando quería que fuera ella quien decidiera. Audrey sonrió y la tomó sin vacilar.

La señora MacNair se limpió las manos en el delantal con demasiada energía.

—Van a dejar barro por todo el vestíbulo.

Ewan sonrió.

—Ha vuelto la alegría a Glenmuir.

—Usted está despedido por hablar demasiado —dijo la señora MacNair.

—Nunca me contrata y aun así me despide. Es una relación difícil.

Audrey rio.

Malcolm la miró, y durante un segundo ambos recordaron otro patio, otra llegada, otra Audrey vestida con decoro inglés y dispuesta a odiarlo todo.

Había odiado su carta.

Su arrogancia.

Su castillo.

Su plaid.

Su forma de hablarle como si las viejas costumbres pudieran sobrevivir a los abogados.

Y, sin embargo, todo aquello la había traído allí de vuelta.

Hamilton Lodge seguía en ella. Inglaterra también.

Las joyas, los salones, los vestidos, la educación, el apellido que jamás dejaría de llevar con orgullo.

Nada de eso había desaparecido al cruzar aquel arco.

Pero ahora había más. Había piedra, un sol que amenazaba con irse pronto, tartán Sinclair, una anciana que la llamaba por un nombre gaélico, una casa difícil que necesitaba sus manos y un hombre a su lado que no le había ofrecido comodidad, sino felicidad.

Audrey miró a Malcolm.

—Entremos.

Él entrelazó los dedos con los suyos.

—Bienvenida a casa, esposa.

Audrey cruzó el umbral de Glenmuir junto a él. Ya no lo hacía como una invitada ni como la respuesta a una vieja promesa hecha por otros. Entraba porque así lo había elegido.

Mientras la gran puerta se cerraba a su espalda, comprendió que no había dejado atrás una vida para empezar otra.

Simplemente había encontrado el lugar donde también estaba su hogar: Escocia.