La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo final #2
97%

Capítulo final #2

Su boca bajó al cuello de Audrey, sus manos encontraron su cintura, su espalda, la curva de sus caderas a través de la tela.

Ella lo tocó también, más atrevida de lo que habría imaginado de sí misma, deslizando los dedos por su pecho, por el borde abierto de la camisa, por la fuerza de sus hombros.

Cuando Malcolm atrapó una de sus manos y la llevó hasta su boca, Audrey sintió que las rodillas le fallaban un poco.

—No la he esperado todo este tiempo para hacerla mía entre paredes alquiladas —murmuró él contra sus dedos.

—Está dando demasiada importancia a las paredes.

—Estoy dándosela a usted.

Aquello la dejó sin respuesta.

Malcolm sonrió, como si aquella pequeña victoria le costara esfuerzo.

—Duerma, esposa.

—Es usted insoportable.

—No puedo cambiarlo.

Y salió antes de que Audrey decidiera que, como esposa, tenía derecho a arruinarle todos los planes.

La segunda noche fue peor.

La tercera, Audrey estuvo a punto de morderle.

Malcolm lo supo.

Y sonrió durante una hora.

Cuando las Highlands empezaron a levantarse alrededor del camino, el paisaje se volvió áspero, hermoso y familiar de una forma que la sorprendió.

Colinas oscuras, piedra húmeda, pinos torcidos por el viento, manchas de brezo en las laderas, agua corriendo sobre roca, olor a turba y lluvia.

Cada milla le devolvía algo que Londres no había conseguido darle.

No era comodidad.

Era algo auténtico como la vida misma.

Ruadh subió una pendiente conocida al caer la tarde. El cielo estaba soleado. Audrey, montada delante de Malcolm, reconoció el cambio en su cuerpo antes de reconocer el lugar. Él no seguía el camino principal.

—¿Adónde vamos?

—A un sitio.

—Eso es una respuesta muy escocesa.

—Sí.

—Malcolm.

—Achnaburn.

Audrey se quedó quieta.

El nombre le atravesó el pecho con recuerdos de agua, barro, miedo, pasos cortados, carruajes detenidos y la primera certeza de que marcharse no sería tan sencillo como había creído.

Malcolm desvió a Ruadh hacia una zona escondida entre piedras milenarias que, según viejos rumores, habían sido colocadas por los celtas.

El agua corría con fuerza a unos metros de ellos, pero ya no rugía como en los días de temporal.

El paso había sido reparado lo suficiente para permitir el camino hacia Glenmuir.

Más allá, donde no podía verse, estaba el sendero que llevaba al castillo.

Malcolm desmontó, ayudó a Audrey a hacer lo mismo y ató al caballo lejos de ellos.

—¿Por qué aquí? —preguntó ella.

El viento movió el tartán de Malcolm.

—Porque aquí supe que la quería.

Audrey sintió que el corazón se le apretaba.

—Y me dejó marchar.

—Sí.

Malcolm la cogió por la cintura y la besó con hambre feroz.

—Malcolm —gimió ella.

—Audrey —gruñó él, sin paciencia a esas alturas.

Le quitó el abrigo con tanta prisa que un botón salió despedido y rodó por el suelo. Ninguno de los dos le prestó atención.

Audrey ya estaba despojándolo a su vez del grueso abrigo de paño. Sus manos temblaban mientras buscaban los botones, torpes por la impaciencia, sin dejar de besarlo un solo instante.

Lo había deseado durante demasiado tiempo.

Desde el primer beso. Desde cada viaje compartido a lomos de Ruadh, cuando Malcolm la sentaba delante de él y el calor de su cuerpo la envolvía durante horas. Desde cada roce accidental de sus manos, desde cada mirada que terminaba demasiado pronto.

Aquel deseo, que hasta entonces había sido reprimido, se transformó de pronto en una necesidad dolorosa.

Sintió un estremecimiento profundo recorrerla. Un calor íntimo, intenso y desconocido, despertó en su interior mientras su cuerpo, ajeno a cualquier duda, parecía abrirse por completo al hombre que acababa de convertirse en su esposo.

Cuando Malcolm terminó de apartarle el vestido, la tela cedió con un desgarrón seco que se perdió entre el rumor del viento. Malcolm no era un hombre de deshacer lazos.

A Audrey le flaquearon las piernas.

Él lo vio al instante. La sostuvo por la cintura antes de que pudiera caer y, sin apartar la vista de sus ojos, la recostó con infinita rapidez sobre la hierba suave de las Highlands.

Durante un instante el mundo dejó de existir. Solo quedaron el cielo inmenso sobre ellos, el aroma del brezo y la forma en que Malcolm la contemplaba, como si después de tanta espera no pudiera creer que, por fin, ella estaba allí, entre sus brazos.

Cuando su boca llegó a sus pechos, Audrey perdió por completo la última compostura inútil que había traído desde Hamilton Lodge. Malcolm no fue compasivo, se los mordió con algo parecido a la locura y ella gimió con más fuerza mientras sentía sus pezones endurecidos contra los labios de él.

Malcolm había llegado al límite de su resistencia.

La había tenido entre sus brazos durante todo el viaje.

La había sostenido contra él a lomos del caballo, la había protegido de la lluvia, la había besado una y otra vez en las posadas y en los caminos solitarios.

Cada noche había imaginado cómo sería tenerla por fin solo para él, sin puertas que los separaran ni amaneceres que los obligaran a esperar.

Ahora, al fin, ya no había distancia entre ambos.

La delicada tela del vestido había cedido bajo la impaciencia de sus manos, seguida del rígido corsé que la moda inglesa imponía a las mujeres. Malcolm apenas fue consciente del sonido de la tela al rasgarse.

Solo podía mirarla a ella.

Audrey era aún más hermosa de lo que había imaginado durante aquel tiempo. La contempló como un hombre que descubre un tesoro largamente esperado, incapaz de apartar los ojos, con una mezcla de asombro, deseo y una ternura que le apretó el pecho.

Quería saciar de una vez toda la espera de aquellas semanas. No le bastaba con besarla; necesitaba memorizarla, convencer a su corazón de que aquella mujer era realmente su esposa.

Se inclinó sobre ella y depositó un beso ardiente en uno de sus pechos. Después en el otro. Entre beso y beso dejó una leve mordida, un roce de dientes, suficiente para arrancarle un estremecimiento, nunca para hacerle daño.

Era la impaciencia de un hombre que llevaba demasiado tiempo conteniéndose, el intento desesperado de calmar un deseo que había crecido con cada milla compartida, con cada mirada robada y con cada noche en que había tenido que darle las buenas noches desde el otro lado de una puerta.

Ella no lo defraudaba. No era fría, allí entre sus brazos no. A pesar del viento de las Highlands, se había empezado a poner roja y una gota de sudor brillante le resbalaba por la garganta.

—Míreme —le pidió él, y encontró los ojos gélidos de Audrey llenos de fuego, de necesidad.

—Malcolm —susurró ella y entonces él  la besó en la boca, en la garganta, en el hueco bajo la clavícula.

Audrey sintió la mano de Malcolm subir por su muslo, donde ya no había tela, lenta al principio, luego con una seguridad que le hizo cerrar los ojos.

No había violencia en él. Había deseo, fuerza, hambre y una atención feroz a cada reacción de ella.

Cuando sus dedos la acariciaron donde nunca nadie la había tocado, Audrey se quedó sin forma de fingir.

—Malcolm...

—Estoy aquí.

La besó otra vez, y esa vez no hubo vuelta atrás.

Audrey aprendió el placer en la montaña con el arroyo de Achnaburn cerca y el camino a Glenmuir al fondo.

Lo aprendió en la presión de su mano, en el roce de su boca, en la forma en que su cuerpo empezó a responder antes de que su mente pudiera entender.

Lo aprendió sin vergüenza, con asombro, con pequeños jadeos que Malcolm recibía como si cada uno le costara un trozo de alma.

Malcolm sentía un dolor inmenso por la espera, pero no quería hacerla suya sin saborear ese instante antes, sin sentir la humedad de Audrey entre sus dedos, sin conocer esa parte de ella con exactitud.

Deslizó los dedos por su intimidad con un gruñido seco y ella se retorció bajo su mano mientras sus pechos bailoteaban al ritmo de sus sacudidas.

Fue tan placentero como doloroso verla escurrirse en su mano.

—No se detenga —suplicó ella, roja de placer, mordiéndose los labios, con el pelo negro y desparramado sobre la suave hierba.

Él no estaba en condiciones de contradecirla. Se colocó entre sus piernas, enorme y monstruoso en comparación a ella y la penetró. Se obligó a hacerlo poco a poco a pesar de la humedad, ella era estrecha. Era virgen.

Malcolm la besó en la frente, un gesto tan tierno que casi dolió más que el deseo.

Después empujó un poco más.

Audrey cerró los ojos al sentir el primer dolor, breve, profundo, inevitable. Malcolm se quedó inmóvil, con la frente apoyada en la de ella, los músculos tensos como piedra.

—Míreme —pidió él.

Audrey lo hizo otra vez.

Y en sus ojos no había arrepentimiento.

Él esperó hasta que el dolor se transformó en otra cosa. Hasta que ella movió las manos por su espalda. Hasta que sus caderas buscaron, primero con duda y luego con más valentía, el ritmo que él estaba conteniendo por ambos. Malcolm soltó una maldición baja en gaélico y empezó a moverse.

Entonces el mundo se redujo a hierba, piel, cuadros escoceses y el nombre de Malcolm en la boca de Audrey.

No hubo nada frío ni correcto en aquello. Nada aprendido en manuales de decoro. Audrey sintió el placer crecer en su cuerpo como una cosa viva, sorprendente, imposible de ordenar.