La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo final
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Capítulo final

Se casaron tres días después.

No hubo anuncio en los periódicos de Inglaterra, ni desfile de carruajes por la avenida, ni salón lleno de damas.

Audrey no quiso una boda convertida en espectáculo, y Malcolm, aunque habría soportado cualquier ceremonia si ella se lo pedía, tampoco tenía paciencia para ver cómo medio condado fingía no preguntarse si una hija Hamilton había perdido el juicio al elegir a un laird escocés con más orgullo que renta.

La ceremonia se celebró en la capilla privada de Hamilton Lodge, con las piedras claras de Devonshire alrededor, el perfume de flores frescas en los bancos y los rostros justos para que aquello fuera familia, no exhibición.

Alexander estuvo allí, serio, enorme, con esa expresión de hombre que entregaba algo precioso sin dejar de recordar a todos que aún podía recuperarlo a caballo si era necesario.

Eliza permaneció junto a él, impecable y pálida solo lo suficiente para que Audrey supiera que su madre estaba mucho más emocionada de lo que permitía su educación.

Douglas no sonrió durante toda la ceremonia, pero tampoco apartó la mirada.

Edward observó con esa calma suya. Cathaline, radiante y ofendida por no ser la protagonista del drama, lloró antes que nadie y luego negó haberlo hecho.

Richard preguntó si en las bodas escocesas se usaban espadas, y Morna le dijo que solo en las sensatas.

Mairi estaba sentada cerca del altar, con un chal sobre los hombros y las mejillas más vivas que semanas atrás.

La enfermedad seguía allí, pero aquella mañana no logró robarle la luz de los ojos.

Miraba a Malcolm como si quisiera reírse de él por casarse tan serio, pero también como si estuviera memorizándolo antes de verlo partir otra vez hacia el norte.

Malcolm se casó como era.

No con pantalones ingleses ni con un traje que hubiera hecho parecer a otro hombre más aceptable para una capilla de Hamilton Lodge.

Llevaba el kilt Sinclair, las medias oscuras, las botas bien lustradas, camisa blanca, chaleco negro y una chaqueta formal de paño oscuro.

Sobre un hombro caía el plaid de su clan, sujeto por el broche antiguo de Glenmuir.

No parecía un visitante incómodo entre mármoles ingleses.

Parecía un laird que había cruzado medio país para tomar una esposa sin pedir perdón por la sangre que llevaba.

Audrey vistió de blanco.

No era un vestido de gran exhibición, pero tampoco sencillo.

La tela caía con esa perfección que solo una casa como Hamilton podía permitirse llamar discreta.

En la cintura llevaba una banda estrecha con los colores Hamilton, y sobre uno de los hombros, prendida con un pequeño broche de perlas, la pieza de tartán Sinclair que Mairi le había entregado. No era un adorno. Era una declaración.

Dos clanes.

Dos mundos.

Una unión.

Cuando llegó el momento de los votos, Malcolm tomó su mano.

Su palma era grande, cálida, áspera contra la piel fina de Audrey.

Ella no tembló. Ni siquiera cuando él pronunció las palabras con voz grave, escocesa, segura, como si cada promesa quedara grabada en piedra.

Audrey respondió con la misma firmeza. No miró a su padre, ni a su madre, ni a Douglas. Miró a Malcolm.

Morna, por insistencia de Mairi y con aprobación seca de Alexander, anudó un instante las manos de ambos con una cinta de tartán Sinclair y otra de tartán Hamilton.

No fue una ceremonia larga ni explicada para ingleses curiosos.

Solo una tradición, breve, suficiente para que Malcolm bajara la mirada hacia el nudo y Audrey comprendiera que nada en aquella unión pertenecía solo al presente, sino también al pasado y al futuro.

No hubo banquete largo.

No hubo brindis interminables.

No hubo visita social capaz de convertir aquella mañana en una jaula de sonrisas.

Audrey quería volver a Escocia, y Malcolm no parecía mucho más dispuesto a esperar.

El equipaje se redujo a lo esencial. Lo demás viajaría después.

Jane protestó lo justo, Eliza eligió lo necesario antes de que nadie pudiera discutirlo, y Alexander observó el patio con la expresión de quien sabía perfectamente que su hija estaba a punto de marcharse más lejos de lo que las millas podían medir.

Antes de partir, Malcolm fue a ver a Mairi.

Ella lo esperaba en el salón pequeño, junto a una ventana abierta un palmo, bajo vigilancia feroz de Morna.

—No pongas esa cara —dijo Mairi en cuanto él entró.

—¿Qué cara?

—La cara que pones siempre cuando estás a punto de darme órdenes.

Malcolm se detuvo frente a ella.

—Escribirás.

—Sí.

—Comerás.

—No soy un caballo.

—Morna me lo dirá si mientes.

Morna, desde su silla, asintió con satisfacción.

—Con gusto.

Mairi suspiró.

—Estoy rodeada de tiranos.

Malcolm se agachó un poco, lo justo para quedar a su altura.

—Ponte bien.

La broma murió en los ojos de Mairi.

—Lo haré.

Ella sostuvo su mirada.

Malcolm la besó en la frente.

—Cuida de los Hamilton.

—Creo que ellos creen que me cuidan a mí.

—Déjalos que sigan creyéndolo.

Mairi sonrió, y por un instante pareció menos enferma, menos lejos de Glenmuir.

Malcolm le tocó la mejilla con el dorso de los dedos.

—Hasta pronto, hermana.

Mairi apretó los labios.

—Hasta pronto, laird.

Poco después salió al patio. Allí aguardaba el carruaje de los Hamilton, dispuesto para llevar a Audrey de regreso a Glenmuir. Unos pasos más allá, inmóvil y con las orejas erguidas, esperaba Ruadh, ensillado como si hubiera sabido desde el principio que también formaba parte de aquella despedida.

Audrey dejó que su mirada viajara del carruaje al caballo. Uno representaba la vida que siempre había conocido; el otro, la que había empezado a imaginar. Malcolm observó aquel gesto sin decir una palabra. No necesitó preguntarle cuál elegiría.

Él le ofreció las manos. Audrey apoyó un pie en el estribo, recogió la falda de viaje con una seguridad que habría escandalizado a alguna dama londinense y montó delante de él.

Malcolm subió detrás con la naturalidad de un hombre nacido sobre una silla.

Su cuerpo quedó a su espalda, firme, cálido, cercano.

Sus brazos la rodearon para tomar las riendas, y Audrey sintió que el mundo entero se reducía durante un segundo al peso de Malcolm detrás de ella y al camino del norte delante.

Eliza se acercó.

—Escribe.

—Sí, madre.

—Y no finjas que estás bien si no lo estás. Laird, cuide de mi hija, vendré a visitaros muy pronto.

—Duquesa, la estaremos esperando —contestó Malcolm.

Alexander se acercó el último.

No abrazó a Malcolm, por supuesto. Le habría dado un síncope a media servidumbre.

Solo puso una mano sobre el cuello de Ruadh y miró a su hija.

—Si quieres volver, vuelves.

—Lo sé.

—A cualquier hora. Desde cualquier lugar. Con orgullo, sin orgullo, enfadada, equivocada o feliz.

Audrey tragó saliva.

—Gracias, padre.

Alexander miró entonces a Malcolm.

—Y usted la trae.

—Yo la traigo.

No hubo más.

Malcolm movió las riendas.

Ruadh avanzó.

Hamilton Lodge quedó atrás entre la grava, las columnas, las fuentes y las altas ventanas.

Audrey no viajaba encerrada en un carruaje, protegida por terciopelo y cristales.

Cabalgaba hacia el norte con el laird de Glenmuir detrás de ella, envuelta en el tartán Sinclair, mientras el corazón le latía con una fuerza desconocida.

Por primera vez en mucho tiempo, sentía que era libre de verdad, que era ella misma.

El viaje hasta las Highlands fue más rápido de lo prudente y más lento de lo que ambos habrían deseado.

Atravesaron buenos caminos, luego senderos de barro, lluvia persistente y colinas cubiertas de brezo.

Durmieron en posadas donde el fuego olía a carbón húmedo y las paredes eran demasiado delgadas para dos recién casados que apenas podían sostenerse la mirada sin que el silencio se volviera insoportable.

Cada roce accidental bastaba para alterar el pulso de Audrey. Un dedo al ayudarla a desmontar. La mano firme de Malcolm en su cintura cuando el terreno se volvía resbaladizo. La rodilla de él rozando la suya durante la cena. Nunca era suficiente. Siempre era demasiado.

La primera noche creyó que él entraría en su habitación.

Esperó.

No lo hizo.

Al cabo de unos minutos llamó con suavidad a la puerta.

Cuando la abrió, Malcolm estaba allí, inmóvil bajo la luz vacilante del pasillo. Tenía el cabello todavía húmedo por la lluvia y llevaba el kilt recién cambiado. Sus ojos se detuvieron en ella con una lentitud que le robó el aliento.

—¿Está bien? ¿Necesita algo?

Jane le había preparado un sencillo vestido de noche de algodón blanco.

Hasta ese instante Audrey había pensado que era una prenda modesta.

La forma en que Malcolm la contempló le hizo comprender que, delante de aquel hombre, no existía tela capaz de ocultarla.

Sus ojos recorrieron despacio su figura, desde el cabello suelto hasta los pies descalzos. Sin prisa. Sin una sola palabra.

Y cuando volvieron a encontrarse con los de ella, Audrey sintió un calor dulce y doloroso extenderse por todo el cuerpo.

Él dio un paso hacia el umbral.

Solo uno.

—Estoy todo lo bien que cabría esperar a pesar de estar en una posada donde oigo los ronquidos del cochero.

—Lo siento, pronto llegaremos.

—No puedo dormir —confesó ella—. Entre.

Malcolm apoyó una mano en el marco de la puerta.

—No debería provocarme en una posada donde pueden oírnos.

—Eso suena a excusa noble para torturarme.

—También.

—¿Y cuánto durará esa nobleza?

—Hasta que pise tierra Sinclair.

—¿Y si prefiero no esperar?

Él entró entonces.

Solo dos pasos.

Los suficientes para cerrar la puerta a su espalda y hacer que el cuarto pareciera demasiado pequeño. Audrey no retrocedió. Malcolm se acercó, le cogió el rostro entre las manos y la besó con una lentitud que fue casi un castigo. No la llevó a la cama. No la desnudó.

Pero tampoco fue inocente.