La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

Malcolm aguardó inmóvil al pie de la escalera. No dio un solo paso hacia ella. No delante de toda la familia Hamilton. No mientras aquella decisión no naciera únicamente de Audrey. Permaneció donde estaba, mirándola fijamente a los ojos.

Audrey descendió el último escalón despacio.

Durante un instante pareció vacilar, solo el tiempo de un latido.

Luego avanzó hacia él. Fue ella quien recorrió la distancia que los separaba y se detuvo frente a Malcolm.

A su alrededor seguían los Hamilton, los criados y el imponente vestíbulo de la casa donde había nacido.

Sin embargo, en aquel momento solo existían los dos y el silencio que compartían.

—Laird Sinclair.

—Lady Hamilton.

La formalidad fue absurda.

Necesaria.

Dolorosa.

Eliza se acercó entonces con una elegancia que habría servido para organizar la retirada de un ejército sin parecer apresurada.

—Creo que ambos necesitan aire. Y si permanecen aquí, Richard hará al menos doce preguntas antes de que lleguen a la puerta.

—Quince —corrigió Richard.

—Gracias por confirmar mi punto.

Alexander abrió la puerta que daba hacia los jardines.

—No demasiado lejos.

Malcolm miró hacia él.

—No he venido hasta Devonshire para perderme en un seto.

—Aún no conoce nuestros setos.

Audrey no pudo evitarlo.

Sonrió.

Y Malcolm sintió que el viaje entero había valido la pena solo por aquello.

Salieron al jardín.

Hamilton Lodge era casi ofensivamente hermoso bajo la luz de la tarde. Y allí estaba Malcolm, con el tartán de Glenmuir moviéndose bajo el viento del sur. Como si las Highlands hubieran entrado en Inglaterra para reclamar lo que no podía decirse en voz alta dentro de una casa llena de criados.

Caminaron unos pasos sin hablar.

No por falta de palabras.

Porque había demasiadas.

Audrey fue la primera en detenerse junto a una fuente pequeña.

—Iba a regresar.

Malcolm la miró.

—Lo veo.

Ella tocó el tartán sobre sus hombros.

—Mairi me lo dio.

—Entonces mi hermana ha decidido adelantar acontecimientos.

—Dijo que era una aceptación y una advertencia.

—Eso suena a Mairi. ¿Se encuentra bien?

Audrey levantó la vista.

—Sí, ha mejorado un poco. ¿Quiere verla?

—Por supuesto, pero no ahora. Ahora he venido a terminar lo que debí haber hecho hace tiempo.

La frase fue ruda, directa, más Malcolm que cualquier declaración cuidadosamente pulida.

Audrey sintió que el corazón se le ablandaba de una manera casi dolorosa.

—He leído su primera carta otra vez.

Él se quedó quieto.

—No era mi mejor obra.

—No.

—Era orgullosa.

—Mucho.

—Bruta.

—También.

—Y cobarde en algunos lugares.

Audrey lo miró.

—No.

Malcolm frunció el ceño.

—Audrey...

—Torpe, sí. Orgullosa, también. Imperdonablemente arrogante en algunos párrafos. Pero no cobarde. Ahora lo sé.

Malcolm no respondió. Solo una fugaz emoción cruzó su rostro antes de desaparecer, y a Audrey le bastó para saber que aquellas palabras habían atravesado todas sus defensas.

—Brodick ha empezado a salvar Glenmuir —dijo él.

—Me alegra.

—Pagué al banco. Compramos grano. Repararán los cottages antes de que vuelva el frío. Mandé llamar al médico para el niño de Ainsley.

—Eso es bueno.

—Sí.

Malcolm la miró como si cada palabra siguiente tuviera que pasar por una piedra antes de salir.

—Pero nada de esto me ha traído aquí.

Audrey no respiró.

—¿No?

—No he venido por Brodick. Ni por el pacto.

—Entonces ¿por qué?

Él dio un paso hacia ella.

No demasiado.

Lo suficiente.

—Por usted.

Audrey apretó el tartán entre los dedos.

—Malcolm...

—Su padre me preguntó por qué había venido. Se lo dije antes que a usted.

—¿Qué le dijo?

—Que amo a su hija.

Audrey cerró los ojos. La frase, tan simple, tan brutal en labios de Malcolm Sinclair, le atravesó el pecho.

Cuando volvió a mirarlo, él estaba allí, firme, con la cara de un hombre que acababa de entregar algo que no podía recuperar.

—No lo dije en Glenmuir —continuó él—, porque entonces todavía había demasiadas cosas entre nosotros. No quería que mi amor pareciera otra forma de necesidad.

—¿Y ahora?

—Ahora mi gente tiene pan para el invierno y yo sigo sin dormir porque usted no está allí.

Audrey sintió cómo una risa nerviosa y un sollozo luchaban por abrirse paso al mismo tiempo.

No permitió que ninguno venciera. Se limitó a sostenerle la mirada, aferrándose al poco control que aún le quedaba.

Entonces Malcolm introdujo la mano en el interior de su chaqueta y extrajo un papel cuidadosamente doblado.

—Traje esto para su padre. Y para usted, si lo quiere.

—¿Qué es?

—Una copia de las rentas sobre Brodick. Su padre mantiene su palabra. Yo mantendré la mía. Brodick volverá a los Hamilton. No quiero nada salvo usted.

Audrey negó despacio.

—No tiene por qué demostrarme esto.

—Sí. Tengo y debo.

Malcolm guardó el papel.

Durante un instante se miraron sin tocarse.

Luego él respiró hondo.

—Lady Audrey Hamilton, he recorrido media Escocia y parte de Inglaterra para preguntarle una sola cosa.

Ella sintió que el mundo se reducía a su voz.

—Pregunte.

—¿Quiere casarse conmigo?

No hubo música.

No hubo ceilidh.

No hubo ancianas en gaélico ni tartanes en un patio de piedra.

Solo una fuente inglesa, un jardín perfecto y un laird escocés pidiéndole a la hija de un duque que eligiera una vida difícil con él.

Audrey tragó saliva.

—Sí.

La palabra salió en voz baja, pero con una firmeza que no admitía réplica. Algo cambió en los ojos de Malcolm; una emoción intensa los ensombreció por un instante antes de que pudiera dominarla. Audrey acortó la distancia que aún los separaba.

—Sí, Malcolm. Porque no aguanto ni un solo día lejos de usted.

Durante un instante ninguno de los dos habló. Audrey intentó contener las lágrimas, pero una sonrisa terminó por abrirse paso entre ellas.

—Ha sido la declaración de amor menos elegante que he escuchado jamás.

—Soy escocés.

—Eso explica muchas cosas —dijo ella, dejando escapar una risa temblorosa.

—No todas.

Audrey negó despacio con la cabeza y dio un paso hacia él.

Malcolm no se movió. Permaneció inmóvil, esperándola, como había hecho siempre que la decisión dependía únicamente de ella.

Solo cuando la tuvo delante levantó una mano y le apartó con infinita delicadeza un mechón de cabello.

Sus dedos rozaron su mejilla un instante, como si aún necesitara convencerse de que de verdad estaba allí.

—¿Puedo? —preguntó él en voz baja.

Audrey no respondió con palabras. Acortó la escasa distancia que aún los separaba.

Entonces Malcolm la rodeó por la cintura, la atrajo hacia sí y la besó con todo el deseo, el alivio y el amor que llevaba demasiado tiempo guardándose.

No con la desesperación del pasillo de Glenmuir, ni con el hambre del cobertizo, ni con el dolor de la despedida.

La besó como un hombre que había cruzado medio país con una sola pregunta en la boca y acababa de recibir la única respuesta capaz de devolverle el aire.

Audrey respondió con la misma fuerza, con las manos en su rostro, sintiendo la aspereza de su barba, el calor de su piel, el tartán de él rozando el tartán que Mairi le había puesto sobre los hombros.

No fue un beso largo.

No podía serlo.

Hamilton Lodge tenía ventanas.

Y familia.

Y Richard.

Sobre todo Richard.

Pero cuando se separaron, ambos respiraban como si aquel jardín perfecto hubiera cambiado de clima.

—Mi padre nos está mirando —dijo Audrey.

—Lo sé.

—Mi madre también.

—También lo sé.

Audrey apoyó la frente un instante contra su pecho.

Malcolm cerró los brazos alrededor de ella, no para retenerla, sino para memorizar el momento exacto en el que aquello dejó de ser una posibilidad y se convirtió en una elección.

En la terraza, Alexander observaba con los brazos cruzados.

Eliza estaba a su lado.

—Ha venido con kilt —dijo ella.

—Sí.

—Bien.

Alexander la miró.

—¿Bien?

—Si hubiera venido con pantalones para complacernos, Audrey no lo habría tomado en serio.

Cathaline apareció detrás de ellos con Richard asomado a un lado.

—¿Ya están comprometidos?

—Cathaline —advirtió Eliza.

—Solo pregunto lo importante.

Edward, desde el interior, añadió: —Creo que esta vez sí.

Douglas estaba un poco más atrás, junto a Mairi. La joven Sinclair observaba a su hermano y a Audrey con una expresión que mezclaba felicidad, nostalgia y un dolor pequeño que intentaba esconder.

—Parece que mi hermano ha conseguido no arruinarlo —dijo.

Douglas miró hacia el jardín.

—A veces ocurre lo inesperado.

—¿Habla por experiencia?

—No. Por esperanza familiar.

—Qué prudente.

—Me esfuerzo.

Ella miró a Audrey, con el tartán Sinclair sobre los hombros, y luego a Malcolm, que parecía por fin capaz de respirar.

—Ahora Glenmuir estará completo.

—¿Eso es bueno?

Mairi no apartó la vista de ellos.

—Es vida.

Douglas la miró un segundo más de lo necesario.

—Entonces sí.

En el jardín, Audrey levantó el rostro hacia Malcolm.

—¿Cuándo volveremos?

Malcolm miró hacia la casa, hacia Alexander, hacia el mundo que la había criado.

Luego volvió a mirarla a ella.

—Cuando usted quiera.

Audrey sonrió.

—Entonces lléveme a casa, Malcolm Sinclair.

Él sostuvo su mirada, y por primera vez ninguno de los dos tuvo que preguntar a qué casa se refería.