Capítulo 21 #2
Malcolm desmontó y le entregó las riendas.
—Ha hecho un camino largo. Agua primero. Después grano, pero no demasiado.
—Sí, señor.
El mozo obedeció de inmediato.
Malcolm alzó la vista hacia Hamilton Lodge.
Durante unos segundos no se movió.
Había sabido que Audrey pertenecía a otro mundo.
No había comprendido hasta aquel momento cuánto había dejado atrás para mirar Glenmuir sin desprecio.
Los jardines se extendían cuidados incluso en otoño, con senderos limpios, fuentes, setos recortados y árboles dispuestos con esa naturalidad falsa que solo el dinero lograba comprar.
Las ventanas brillaban. Las columnas blancas sostenían una fachada que no parecía resistir el tiempo, sino gobernarlo.
Los criados se movían sin ruido. Las caballerizas eran mejores que muchas casas habitadas en Glenmuir.
La grava no se hundía bajo las botas. El aire olía a cera, flores y leña seca.
No a humedad.
No a turba.
No a lana mojada.
Malcolm comprendió entonces, con una claridad casi dolorosa, que Audrey no estaba eligiendo entre una casa cómoda y otra llena de dificultades.
Lo que tenía delante era una decisión mucho más profunda.
Si regresaba a Glenmuir, tendría que dejar atrás el mundo en el que había nacido: Hamilton Lodge, los privilegios, la familia y todo aquello que siempre había conocido.
Aquella certeza no lo hizo retroceder. Al contrario.
Le dolió de una manera inesperada y, precisamente por eso, la amó aún más.
Porque, si algún día Audrey volvía a él, no lo haría por ignorancia, ni por un impulso pasajero.
Lo haría sabiendo exactamente qué estaba dejando atrás.
El mayordomo apareció en lo alto de la escalinata.
—¿A quién debo anunciar, señor?
Antes de que Malcolm respondiera, la puerta principal se abrió de nuevo.
Alexander Hamilton salió personalmente.
El mayordomo dio un paso atrás.
Malcolm lo comprendió al instante. Un duque no salía a recibir a cualquier hombre que llegara a caballo a su casa. Alexander lo hacía porque aquella visita no pertenecía al protocolo. Pertenecía a algo más sagrado: a las viejas costumbres entre clanes.
Los dos hombres se miraron al pie de la escalinata.
—Laird Sinclair —dijo Alexander.
—Laird de Arran.
Los ojos de Alexander recorrieron el kilt, el sporran, el plaid, el broche, la chaqueta de paño, las botas manchadas de camino y la falta absoluta de esfuerzo por parecer otra cosa.
—Veo que no ha venido a pedir matrimonio con pantalones.
—No he venido a pedir perdón por ser quien soy.
Alexander esbozó una media sonrisa. No era una sonrisa de victoria, sino de orgullo.
Había criado a sus hijos entre dos mundos y, durante años, se había preguntado si algún día olvidarían cuál era el suyo.
Ver a Audrey debatirse entre Hamilton Lodge y Glenmuir, entre la comodidad de Inglaterra y la dureza de las Highlands, le confirmó que no.
La sangre de los Hamilton seguía reconociendo aquella tierra.
Y, aunque como padre deseaba protegerla de todas las privaciones que la esperaban allí, no pudo evitar sentirse orgulloso de que una parte de ella amara las mismas raíces que él jamás había dejado de considerar su hogar.
—Eso habría sido una decepción.
—Necesito ver a lady Audrey.
—Lo imaginaba.
—He venido con un propósito, no lo retrasaré más.
—Antes quiero saber una cosa.
Malcolm no se movió.
—Pregunte.
Alexander bajó un escalón. Seguía estando por encima, pero ya no tanto.
—¿Ha venido por Brodick?
—No.
—¿Por la vieja palabra entre familias?
—No.
—¿Por Glenmuir?
Malcolm tardó un instante.
No porque dudara, sino porque Glenmuir no era una cosa que pudiera dejar en Escocia como un abrigo. Glenmuir viajaba en su sangre, en su nombre, en la manera en que miraba el mundo y en la obligación que nunca terminaría de cargar.
—Glenmuir viaja conmigo aunque no lo nombre —dijo—. Pero no he venido a pedirle otra solución para mi clan. Brodick volverá a ser suyo, tengo intención de escribir a los abogados para hacer el cambio.
Alexander lo observó con atención.
—Entonces ¿por qué ha venido?
Malcolm sintió el peso de la casa, de los criados, de las ventanas, de la riqueza, de la hija de un duque en algún lugar sobre esas escaleras.
No bajó la mirada.
—He venido a pedirle la mano de su hija antes de que la reclame.
Alexander no se ablandó. No era ese tipo de hombre.
—No le pido lujos para ella. Ya los tiene. No le pido comodidad. También la conoce. No le pido que se convierta en un hombre que no es. Mi hija no respetaría esa mentira ni media hora.
—Entonces ¿qué pide?
—Respeto hasta el final. Incluso cuando ella lo contradiga. Especialmente entonces.
—Lo tendrá.
—No como promesa bonita.
—Como palabra de laird.
Alexander sostuvo su mirada.
Luego se apartó.
—Entre.
Malcolm cruzó el umbral de Hamilton Lodge con el tartán Sinclair sobre el hombro.
Sobre la gran chimenea del vestíbulo colgaba el antiguo estandarte del clan de Arran.
Los criados fingieron, con una profesionalidad admirable, que la llegada de un laird vestido con los colores de otro clan no era lo más interesante que había ocurrido en semanas.
Arriba, Audrey estaba preparando su viaje de regreso.
No sabía que Malcolm había llegado.
El equipaje estaba abierto sobre la cama.
Jane había colocado vestidos de viaje, guantes, sombreros y un abrigo adecuado para el norte.
Sobre una silla descansaba la pieza de tartán Sinclair que Mairi le había entregado.
Audrey la había cogido varias veces sin decidir cómo llevarla.
Al final, Jane la había dispuesto como una estola elegante sobre los hombros, no como disfraz, no como apropiación, sino como señal: los cuadros Sinclair sobre un vestido de mañana de lana azul profundo, caro, inglés, impecable.
Audrey se miró en el espejo.
Seguía siendo lady Audrey Hamilton.
Pero llevaba Glenmuir sobre los hombros.
—Así —dijo al fin.
—Así, milady —asintió Jane.
Audrey metió en su bolso de mano las flores secas, la carta de Malcolm y un pañuelo. No sabía si era ridículo llevar todas esas cosas de vuelta al lugar donde habían nacido, pero la sensatez había perdido bastante autoridad sobre ella últimamente.
Jane se acercó a la ventana para cerrar la cortina del viento.
Se quedó inmóvil.
—Milady...
Audrey no se giró.
—¿Qué ocurre?
Jane tardó demasiado en responder.
—Ha venido un highlander.
Audrey levantó la vista al espejo.
No necesitó preguntar quién.
Lo supo por la forma en que su corazón pareció detenerse y después recordar, con violencia, que aún debía seguir latiendo. Lo supo por el calor que le subió al rostro y por la manera en que sus dedos se cerraron sobre el borde de la cómoda.
—¿Estás segura?
—Lleva kilt, milady... es el laird Sinclair.
Audrey cerró los ojos un instante. No salió corriendo.
No era Cathaline ni una muchacha impulsiva capaz de lanzarse escaleras abajo sin detenerse a pensar.
Se irguió despacio, alisó un vestido que no necesitaba arreglo y llevó la mano hasta el tartán Sinclair que descansaba sobre sus hombros, como si aquel sencillo gesto le devolviera el valor que amenazaba con abandonarla.
Respiró una vez. Después otra. Solo entonces caminó hacia la puerta.
Malcolm aguardaba en el vestíbulo cuando Audrey apareció en lo alto de la gran escalera.
Durante unos segundos fue incapaz de apartar la vista de ella.
Hasta entonces la había conocido entre la lluvia, el barro y las piedras de Glenmuir.
Pero aquella mujer pertenecía a otro mundo.
Descendía la gran escalera de Hamilton Lodge con la serenidad de quien había nacido entre mármoles, retratos de antepasados y techos dorados.
Era una Hamilton en su propia casa, una dama criada para los grandes salones de Inglaterra.
Y, sin embargo, el tartán Sinclair sobre sus hombros parecía desafiar todo cuanto la rodeaba.
Malcolm dejó de respirar.
No había enamorado a una muchacha perdida en una ruina escocesa.
Había enamorado a la hija de un duque.
Y ella, pudiendo quedarse allí, entre mármol, seda y una vida fácil de admirar desde fuera, se había vestido para regresar. Audrey descendió cada escalón con una calma que no engañó a nadie que la conociera de verdad.
Al verlo, comprendió algo parecido en dirección contraria.
Malcolm no había intentado convertirse en un caballero londinense para merecerla.
No había escondido el kilt, ni el plaid, ni el broche de Glenmuir, ni la autoridad ruda de sus montañas.
Había venido cansado por el camino, impecable a su manera, orgulloso, escocés, dominante incluso en una casa donde todo el poder parecía pertenecer a los Hamilton.
No había cambiado para encajar en su mundo.
Había cruzado medio país siendo él mismo.
Y eso la conmovió más que cualquier reverencia.
Cathaline apareció en el rellano superior, porque desde luego alguien tenía que espiar.
Edward se asomó desde la biblioteca. Richard llegó corriendo y fue detenido por Douglas antes de lanzarse hacia el highlander como si hubiera aparecido un héroe de aventuras.
Mairi se apoyó en el brazo de Morna en el pasillo lateral.
Eliza, desde el pie de la escalera, observó la escena durante unos segundos y después miró a Alexander.
—Los jardines están bastante tranquilos a esta hora —dijo.
Alexander no apartó la vista de Malcolm.
—Qué conveniente.
Cathaline susurró lo bastante alto para que Edward la oyera:
—¿Esto cuenta como final feliz?
—Todavía no —respondió Edward—. Pero estamos a punto.
Douglas no dijo nada. Sus ojos permanecían fijos en el tartán Sinclair que descansaba sobre los hombros de Audrey.
Por primera vez desde que habían abandonado Glenmuir, en su rostro no había enfado ni desafío, solo la resignación de un hombre que por fin aceptaba una verdad que llevaba días negándose a reconocer.