Capítulo 21
A la mañana siguiente del baile de los Pembroke, Audrey Hamilton bajó a desayunar con la decisión ya tomada.
Había dormido bien por primera vez en mucho tiempo, por fin parecía encontrar su camino.
La luz de Devonshire entraba limpia por los ventanales del comedor, tocaba la plata, las porcelanas, las bandejas de fruta, el pan recién hecho, la mantequilla servida en pequeños recipientes de cristal y los arreglos florales que su madre había ordenado cambiar antes de las ocho.
Todo en Hamilton Lodge seguía funcionando con la misma belleza precisa de siempre, y Audrey, mientras atravesaba la estancia con un vestido amarillo claro de mañana y el cabello negro recogido de forma impecable, pensó que quizás lo más difícil era reconocer que se había engañado a sí misma durante mucho tiempo.
Su padre estaba en la cabecera de la mesa, leyendo una carta. Eliza revisaba una lista de invitaciones con una concentración tan absoluta que, si alguien hubiera movido una taza fuera de su sitio, lo habría visto sin necesidad de alzar la cabeza.
Edward tenía un libro abierto junto al plato.
Douglas bebía té con una seriedad que sugería que ya había cabalgado antes del desayuno.
Cathaline, radiante y muy satisfecha de volver a parecer una señorita y no una mártir de río, comía fresas como si cada una fuera una pequeña victoria personal.
Richard hablaba sin pausa sobre la posibilidad de entrenar a un perro para llevar mensajes a Glenmuir.
Mairi estaba sentada cerca de la ventana, con un chal claro sobre los hombros, más color en el rostro que cuando había llegado a Hamilton Lodge, aunque todavía demasiado delgada. Morna vigilaba desde un rincón con cara de haber declarado la guerra a los desayunos ingleses en silencio.
La señorita Worth, en cambio, se había retirado a la mansión de Devonshire declarando que una institutriz podía soportar muchas cosas por deber, pero que ella ya había tenido suficientes aventuras escocesas para tres vidas.
Antes de marcharse, sin embargo, había sorprendido a todos estrechando las manos de Morna con una solemnidad casi militar.
Nadie habría dicho que aquellas dos mujeres, después de tantas discusiones sobre mantas, equipajes, sopas y corrientes de aire, hubieran terminado por apreciarse; pero Morna la había despedido con un tarro de ungüento escocés y la señorita Worth se lo había llevado como si fuera una condecoración de guerra.
Audrey se detuvo junto a su silla.
—Quiero volver a Escocia.
Nadie habló durante un segundo.
—¿Hoy? —preguntó su padre.
Audrey lo miró.
—No exactamente hoy.
—Yo quiero ir —dijo Richard.
—Tú quieres ir a cualquier lugar donde creas que habrá cuchillos.
—Eso no es justo. También quiero ver las gaitas.
Cathaline se incorporó un poco en su silla, ofendida en nombre propio.
—Es completamente indecente, Audrey.
—¿Perdón?
—Tú tienes la descortesía de vivir una aventura escocesa, ser llamada prometida de un laird y decidir volver a las Highlands antes incluso de que yo pueda debutar. Si esto continúa así, cuando llegue mi turno todo parecerá demasiado insulso.
—Siempre puedes casarte con un escocés —dijo Richard.
—Ni hablar, no más clanes —zanjó Douglas, ganándose una mirada poco afable de Mairi.
Edward cerró el libro con un dedo dentro para no perder la página.
—Debo decir que, por una vez, Cathaline tiene parte de razón. Tu sentido de la oportunidad es admirable. Londres apenas ha tenido ocasión de adorarte y ya planeas abandonarlo.
—Londres sobrevivirá —respondió Audrey.
Douglas no hizo ningún comentario más.
Eso fue lo que más se notó.
Audrey miró a su hermano. Él estaba quieto, con la taza entre las manos, los ojos oscuros fijos en ella. No parecía sorprendido. Tampoco satisfecho. Algo en su rostro decía que había pasado una semana preparándose para ese momento y que aun así no le gustaba haber llegado a él.
—¿Vuelves por él? —preguntó al fin.
—Vuelvo por mí.
Douglas bajó los ojos un instante.
Cuando volvió a mirarla, ya no estaba el muchacho furioso que había entrado en Glenmuir dispuesto a partir a Malcolm por la mitad. Había algo más grave allí. Más adulto. Más triste.
—Entonces no tengo derecho a detenerte.
—No.
—Eso no significa que me guste.
—No esperaba tanto.
—Bien. Porque no pienso concedértelo.
Audrey casi sonrió.
Eliza dejó la lista sobre la mesa.
—Habrá que escribir a Glenmuir para avisar.
Alexander dobló la carta con calma.
—Quizás no sea necesario.
Audrey se giró hacia él.
—¿Por qué?
Alexander la miró con esa expresión suya que siempre daba la impresión de saber más de lo que decía.
—Porque algunos hombres tienen la cabeza muy dura. Cuando por fin entienden lo evidente, les entra una prisa terrible.
Cathaline abrió mucho los ojos.
—¿Crees que viene?
—Creo que si Sinclair posee el juicio que empieza a demostrar, ya debe de estar en camino.
El corazón de Audrey cambió de ritmo.
No mucho.
Lo suficiente para que Eliza la mirara.
—Termina el desayuno —dijo su madre, con suavidad.
—No tengo hambre.
—Lo sé. Hazlo de todos modos.
Morna emitió un sonido aprobatorio desde el rincón.
—La duquesa habla con sentido.
Cathaline miró a Morna.
—¿Eso significa que estamos a salvo de una guerra entre cocinas?
—No me provoque, niña.
Richard suspiró con admiración.
—Definitivamente quiero ir a Glenmuir.
Mairi no dijo nada durante todo el desayuno, pero sus ojos buscaron los de Audrey varias veces.
En ellos había una nostalgia que no necesitaba explicación.
Glenmuir era frío, húmedo, pobre y difícil.
También era suyo. Y Audrey comprendió, con una punzada de culpa, que ella volvería al lugar que Mairi debía dejar atrás para sanar.
Después del desayuno, Audrey fue a verla.
Mairi estaba en su habitación, junto a una ventana abierta apenas lo suficiente para que entrara aire sin que Morna lo considerara intento de asesinato. Sobre sus rodillas descansaba una tela doblada: tartán Sinclair, verde oscuro, azul profundo y rojo apagado.
Audrey se detuvo al verla.
—Eso no parece de Hamilton Lodge.
—Gracias a Dios —respondió Mairi—. Ya empezaba a temer que esta casa me absorbiera hasta los colores de mi sangre.
Audrey cerró la puerta con suavidad.
—¿Cómo se encuentra?
—Si una persona más me pregunta eso, fingiré un desmayo para que al menos haya variedad.
—Entonces no insistiré.
Mairi la observó con atención.
—¿Va a regresar a las Highlands?
—Sí.
—Bien.
Audrey no esperaba que aquella palabra le afectara tanto.
Mairi bajó la vista a la tela.
—No puedo ir con usted.
—Cuando sane, lo hará.
Mairi le tendió la tela.
Audrey no la tomó de inmediato.
—¿Qué es?
—Una pieza del tartán Sinclair.
—Mairi...
—No es un permiso. No tengo autoridad para otorgarlo y, aunque la tuviera, sería un aburrimiento. Es una muestra de afecto a mi futura cuñada y una advertencia para todos aquellos que se atrevan a cuestionar su lugar en Glenmuir.
Audrey tomó la tela.
Era más pesada de lo que parecía.
Más cálida.
—Gracias.
—No llores, milady, no le sienta bien.
—No iba a hacerlo.
—Bien. Ya tenemos demasiados Hamilton con tendencia a dramatizar en los pasillos.
La puerta se abrió antes de que Audrey pudiera responder.
Douglas estaba al otro lado, con un libro en la mano.
Se detuvo al verlas.
—Perdón. No sabía que tenía visita.
Mairi alzó una ceja.
—Eso habría sido más creíble si no hubiera llamado antes.
—Llamé.
—Casi no lo he escuchado. Los Hamilton llaman a las puertas como si las puertas pudieran sentirse halagadas, pero no alertadas.
Douglas aceptó el golpe con una inclinación de cabeza.
—Traía el libro que pidió.
—No lo pedí.
—Dijo que la poesía inglesa tenía demasiada fe en las flores.
—Eso no es pedir un libro.
—Lo interpreté como una emergencia literaria.
Audrey recogió el tartán y observó a su hermano. Douglas dejó el volumen sobre la mesa, no demasiado cerca, no demasiado lejos. Después miró a Mairi como un anfitrión correcto: atento, cortés, sin invadir el aire.
—Lady Audrey regresa a Escocia —dijo Mairi.
—Lo sé.
—Y usted no va a hacer una escena.
Douglas miró a su hermana mayor.
Luego a Mairi.
—Hoy no.
—Qué generoso.
—Me esfuerzo.
Mairi bajó la vista al libro, pero Audrey vio el pequeño cambio en su rostro. La manera en que la ironía llegaba medio latido tarde cuando Douglas estaba cerca. La forma en que sus dedos rozaron la cubierta como si el gesto correcto de él hubiera hecho más daño que una galantería abierta.
Douglas no lo vio.
O fingió no verlo. Tal vez era peor así.
Audrey salió con el tartán apretado contra el pecho, como si aquella tela pudiera sostener su nueva vida. Douglas caminó a su lado. Ninguno de los dos habló.
Malcolm Sinclair llegó a Hamilton Lodge poco después del mediodía.
No llegó con escolta.
No llegó con baúles.
No llegó con la pompa de un pretendiente aristocrático ni con la humildad de un hombre dispuesto a pedir disculpas por ocupar un lugar para el que no había nacido.
Llegó a caballo.
Ruadh estaba cubierto de polvo en las patas y en el pecho, cansado por el camino, pero bien cuidado.
Malcolm, en cambio, no parecía descuidado en absoluto.
Había viajado como viajan los hombres acostumbrados a jornadas largas y decisiones difíciles: con el cansancio en los hombros y la voluntad intacta en la mirada.
Llevaba el kilt Sinclair, botas altas, sporran (bolsa de cuero), camisa blanca impecable bajo un chaleco oscuro, una chaqueta de paño bien cortada y el plaid cruzado sobre un hombro, sujeto con el broche antiguo del clan.
No parecía inglés.
No intentaba parecerlo.
Tampoco parecía un salvaje arrancado de una leyenda para asustar doncellas.
Parecía un laird de las Highlands.
Orgulloso, masculino, sobrio y perfectamente consciente de quién era.
El primer lacayo que lo vio desde la entrada dudó entre anunciarlo como invitado, amenaza o aparición histórica. El segundo tuvo la sensatez de llamar al mayordomo. El mozo de cuadra, menos preocupado por las jerarquías y más por los caballos, se acercó a Ruadh con una mirada respetuosa.