Capítulo 20 #3
—Lo echo de menos.
—A Sinclair.
No fue pregunta.
Audrey asintió.
—Y a Glenmuir. A su gente. A la niña. A MacNair, aunque jamás pensé que pudiera echar de menos a una mujer que me juzgaba por cómo usaba una aguja. A la música. Al ruido. A la forma en que todo era difícil y aun así parecía verdadero.
Alexander apoyó una mano en la balaustrada.
—Entonces volvamos donde eras feliz.
Audrey lo miró, sorprendida.
—¿Así?
—No ahora mismo. Tu madre me mataría por arruinar un carruaje sin avisar.
Una risa temblorosa se le escapó a Audrey entre lágrimas.
Audrey miró hacia el interior, donde los salones seguían brillando.
Luego apretó el ridículo contra su mano.
—En Glenmuir había días en los que no podía respirar de rabia.
—La rabia también es aire.
—Eso suena muy escocés.
—Lo soy, y tú también lo eres.
Audrey bajó la vista.
—¿Y si me equivoco?
Alexander tardó en responder.
—Entonces volverás. A Hamilton Lodge. A tu madre. A mí. A tus hermanos. A todos los lugares donde sigues siendo amada aunque tomes decisiones imperfectas.
Aquello la desarmó más que cualquier permiso.
Volvieron a Hamilton Lodge tarde.
Audrey subió directamente a su habitación.
Jane la siguió, horrorizada al verla con los ojos enrojecidos, pero una mirada de Audrey bastó para que no preguntara nada.
Le quitó las joyas una a una. El collar de diamantes.
Las perlas. Los pendientes. El vestido marfil cayó como una fortuna derrotada sobre una silla.
Luego los guantes. Los zapatos. Los alfileres.
Cuando Jane terminó, Audrey le pidió que la dejara sola.
Abrió el ridículo.
Sacó el pequeño envoltorio de flores secas y lo sostuvo entre los dedos.
Frágiles.
Pobres.
Ridículas en una habitación llena de seda, plata y perfumes.
Miró el armario abierto. Vestidos para bailes, cenas, paseos, visitas. Una temporada entera esperándola con paciencia de depredador educado. Todo cuanto se había preparado para ella. Todo cuanto una Audrey anterior habría sabido usar.
La invitación de Londres seguía sobre la mesa, junto a otras que llegarían en los próximos días.
Audrey colocó las flores sobre el escritorio, junto a la primera carta de Malcolm.
La carta que la había hecho odiarlo.
Las flores que la habían hecho comprenderlo.
Y, entre ambas cosas, la mujer que ella se estaba convirtiendo.
Se sentó despacio frente al espejo. La mujer que le devolvió la mirada tenía los mismos ojos azules de siempre, el mismo cabello negro cuidadosamente recogido y el mismo apellido Hamilton que había llevado con orgullo toda la vida.
Nada parecía haber cambiado. Y, sin embargo, ya no era capaz de reconocerse del todo.
Aquella noche comprendió, por fin, que Glenmuir no le había arrebatado nada.
No le había robado su educación, ni su apellido, ni el lugar que ocupaba en el mundo.
Le había mostrado una parte de sí misma cuya existencia había ignorado hasta entonces. Tal vez por eso dolía tanto haber regresado a su verdadera identidad. Porque uno solo echa de menos aquello que siente, de algún modo inexplicable, como propio.
Muy al norte, en Glenmuir, Malcolm Sinclair recibió aquella misma mañana la primera renta procedente de Brodick.
El dinero no llegó envuelto en ninguna clase de milagro.
Llegó como llegan todas las obligaciones de un laird: en libros de cuentas, bolsas de monedas y rostros que esperaban de él decisiones capaces de cambiar un invierno entero.
Llegó como llegan las cosas verdaderamente útiles: en papeles, cifras, sellos, firmas y un cofrecillo que Hamish abrió con manos casi reverentes.
—Esto cubre el pago inmediato al banco —dijo Hamish, con voz distinta—. No todo. Pero lo suficiente para que Inverness deje de respirar sobre nuestra nuca durante un tiempo.
Malcolm contempló las bolsas de monedas y los libros de cuentas sin alargar la mano de inmediato.
Durante años habría entregado una parte de sí mismo por ver aquella renta llegar a Glenmuir.
Había imaginado ese instante incontables veces: el banco dejando de asfixiar al clan, los graneros llenándose de nuevo, los tejados reparados antes del invierno, las viudas respirando con un poco menos de miedo.
Sin embargo, ahora que el dinero descansaba por fin sobre su mesa, aceptarlo tenía un sabor amargo.
Cada libra que podía salvar a su gente le recordaba también el precio con el que había llegado.
Ya no era solo la renta de Brodick. Era la ausencia de Audrey.
Y descubrió, con una mezcla de alivio y de rabia, que habría preferido seguir siendo un laird pobre antes que recibir aquella ayuda sin ella en Glenmuir.
Aun así, era el laird. Los hombres, las mujeres y los niños que llevaban el apellido Sinclair no podían alimentarse de su nostalgia.
Respiró hondo, tomó la primera bolsa de monedas y empezó a repartir órdenes.
Porque el corazón podía esperar; el invierno, no.
—Pague al banco —dijo al fin.
Hamish levantó la vista.
—Sí, laird.
—Y compre grano antes de que suba el precio.
—Sí.
—Repare el techo de los MacLeod. La viuda no pasará otro invierno con cubos junto a la cama.
Hamish tragó saliva.
—Sí, laird.
—Y mande por el médico para el niño de Ainsley.
—Lo haré.
La noticia se extendió por Glenmuir sin gritos.
No hacía falta gritar para que una casa vieja entendiera que le habían concedido un poco más de tiempo.
MacNair lloró en la despensa durante casi medio minuto y luego salió amenazando con despedir a cualquiera que se atreviera a mencionarlo.
Iain dijo que siempre había sabido que los Hamilton cumplirían su palabra, lo cual era mentira, pero nadie discutió con un viejo aquella mañana.
Ewan encontró a Malcolm en los establos poco después del mediodía.
El laird estaba junto a Ruadh, colocando la silla con movimientos tranquilos y dominantes, como si se dispusiera a recorrer las tierras de Glenmuir una vez más.
Sin embargo, había algo que no encajaba.
No había convocado a Hamish, no había pedido que prepararan escolta ni había comunicado salida alguna.
Simplemente había entrado en el establo, había ensillado su caballo con sus propias manos y ajustaba la cincha con una calma que Ewan conocía demasiado bien.
Malcolm Sinclair solo se movía así cuando ya había tomado una decisión y nadie iba a convencerlo de cambiarla.
Ewan se apoyó contra una columna.
—Bonito caballo.
Malcolm no lo miró.
—Es mío.
—Intentaba iniciar una conversación antes de que escapes como héroe de poesía mala.
—No escapo.
—No. Claro. Solo ensillas tú mismo tu caballo con esa cara de hombre que va a resolver su vida a golpes de galope.
Malcolm terminó la cincha.
—Voy al sur.
—Qué sorpresa. Pensé que ibas a Inverness a coquetear con el banco.
—Ewan.
—Sí, laird. Me callo. Solo necesito saber si debo impedir que el castillo se incendie en tu ausencia o si también debo aparentar madurez.
—Lo primero será suficiente.
Ewan sonrió, pero sus ojos estaban serios.
—Tráela de vuelta —Malcolm alzó la vista. Ewan se encogió de hombros—. O no vuelvas hasta que lo hayas intentado de verdad.
La señora MacNair entró en el establo con un paquete envuelto en tela oscura.
—Para lady Mairi —dijo.
Malcolm lo tomó.
—¿Qué es?
—Galletas de avena, un ungüento que Morna olvidó y una carta.
—¿Suya?
—¿Le parece que tengo tiempo de escribir cartas sentimentales?
—No.
—Entonces no haga preguntas tontas. Dígale a esa niña que coma. Y a lady Audrey...
La señora MacNair se detuvo unos pasos antes de llegar hasta él.
Malcolm levantó la vista y aguardó sin decir nada.
La mujer permaneció inmóvil un instante, con los labios apretados y las manos entrelazadas sobre el delantal, como si estuviera librando una discusión consigo misma antes de decidirse a hablar.
—Dígale que se llevó mi caja de agujas y que quiero que me la devuelva.
Iain apareció en la puerta del establo, apoyado en su bastón.
—¿Te vas ya?
—Sí.
El viejo lo miró de arriba abajo.
—Has tardado demasiado.
Malcolm montó.
—Cuide de Glenmuir.
Iain resopló.
—Glenmuir ha sobrevivido a hombres más torpes que tú —Malcolm tomó las riendas. El viejo dio un paso más cerca—. Regresa con la Bean an taighearna, muchacho.
Malcolm lo miró.
Iain alzó el bastón, severo como un profeta malhumorado.
—O no regreses hasta que recuerdes cómo se suplica sin parecer un idiota.
Ewan soltó una carcajada.
Malcolm casi sonrió.
Después espoleó a Ruadh.
El caballo salió del patio como una sombra roja y negra bajo el cielo gris.
El tartán Sinclair golpeó contra el viento.
Las piedras de Glenmuir quedaron atrás, el arco, los muros, la casa que al fin respiraba gracias al viejo pacto cumplido y que, aun así, no tenía para su laird el sonido que necesitaba.
Malcolm no miró atrás.
Al sur estaban Hamilton Lodge.
Londres.
Alexander.
Eliza.
Temporadas, bailes, hombres adecuados, joyas y todo un mundo preparado para convencer a Audrey de que las Highlands habían sido una clase de vacaciones incómodas.
Malcolm se inclinó sobre el cuello de Ruadh.
No llevaba flores.
No llevaba promesas fáciles.
Llevaba una carta para Mairi, el olor de Glenmuir en la ropa, el orgullo hecho pedazos lo justo para no servirle de estorbo y la convicción , clara como el golpe de los cascos sobre el camino, de que había dejado marchar a Audrey dos veces por honor.
No pensaba perderla por cobardía.
Y el laird de Glenmuir cabalgó hacia el sur en busca de su dama perdida.