Capítulo 20 #2
Eliza no era una madre que necesitara muchas demostraciones para imponer una decisión.
Su ternura no era desordenada; tenía forma, método y una precisión que a veces resultaba casi intimidante.
Revisó el vestido colgado junto al biombo, los guantes extendidos sobre la cama, las joyas sobre el terciopelo oscuro y los zapatos colocados con la punta exacta hacia fuera.
—Te he elegido el color marfil —dijo.
Audrey miró el vestido.
No era un vestido bonito.
Era una declaración de poder.
Seda francesa de una caída perfecta. Encaje de Bruselas trabajado con tal delicadeza que parecía niebla atrapada en hilo.
Pequeños bordados de plata en el corpiño.
Una falda amplia, no exagerada, sino magnífica.
La clase de vestido que no necesitaba color intenso porque su riqueza estaba en todo aquello que una mirada común no sabía valorar.
Eliza tomó un collar de diamantes y perlas antiguas.
—Perteneció a tu bisabuela, Georgiana Cavendish.
Audrey lo miró.
—Es demasiado.
—No para esta noche.
—¿Por qué esta noche?
Eliza le colocó el collar alrededor del cuello, sus dedos fríos y cuidadosos le rozaron la nuca.
—Porque el mundo debe recordar quién eres antes de que tú decidas si quieres ser algo más.
Audrey cerró los ojos un instante.
—Madre...
—No te estoy empujando hacia Londres. Tampoco te estoy alejando de Escocia —Eliza ajustó el cierre—. Solo te visto con todo lo que también eres.
Jane, desde un lado, estaba maravillada y casi ofendida por tanta belleza reunida.
Audrey se miró al espejo.
Cabello negro recogido con perfección. Ojos azules más claros bajo la luz de las velas. Piel pálida. Diamantes en el cuello. Perlas en las orejas. Guantes hasta el codo. Abanico de nácar. El vestido marfil cayendo sobre ella como si toda la fortuna Hamilton hubiera decidido volverse tela.
Era hermosa.
Lo supo sin vanidad.
Era la hija de un duque.
Era la clase de joven a la que Londres miraría aquella noche no solo por su apellido, sino porque había heredado algo de la belleza severa de las Cavendish, algo de la difunta señora de Devonshire a quien muchos aún recordaban con suspiros respetuosos y comparaciones inevitables.
Y aun así, lo único que Audrey pensó fue que Malcolm la habría mirado como si todas aquellas joyas fueran un obstáculo entre ambos.
Antes de salir, cuando Eliza fue a hablar con Alexander y Jane se inclinó para recoger los guantes de repuesto, Audrey abrió el cajón.
Sacó las flores secas de Malcolm.
No todas.
Solo unas pocas, envueltas en el mismo pañuelo.
Las guardó dentro del ridículo.
No tenían nada que hacer junto a un abanico de nácar, un pañuelo bordado y sales perfumadas.
Precisamente por eso las llevó.
El baile de los Pembroke parecía haber sido diseñado para demostrar que la riqueza podía convertirse en luz si se la colgaba del techo con suficiente cristal.
Las arañas multiplicaban las llamas hasta convertirlas en estrellas domesticadas.
Los espejos agrandaban los salones. Los uniformes militares brillaban junto a los trajes negros.
Las damas parecían flores carísimas moviéndose bajo música perfecta.
Había duques, marqueses, condes, herederos, embajadores, un príncipe alemán con bigote solemne y demasiados jóvenes seguros de que la fortuna Hamilton merecía al menos tres contradanzas y una conversación bajo vigilancia materna.
Audrey entró del brazo de su padre.
El salón la vio.
La vio de verdad.
Los murmullos se desplazaron rápido.
Lady Audrey Hamilton.
La primogénita del duque de Hamilton.
La que había desaparecido unas semanas en Escocia.
La que aún no había sido presentada como correspondía y, sin embargo, aparecía esa noche con diamantes familiares y una belleza fría que hacía que algunos hombres enderezaran la espalda antes de saber por qué.
—Se parece a la difunta señora de Devonshire —murmuró una dama mayor cerca de una columna.
—La misma mirada —respondió otra.
—Más severa.
—Más joven.
—Más peligrosa, quizás.
Audrey oyó parte de aquello.
No le importó. O no como le habría importado antes.
El primer caballero pidió un baile a los diez minutos.
Era un vizconde de buena familia, rubio, correcto, con sonrisa agradable y absolutamente ninguna culpa de no ser Malcolm Sinclair.
—Me honra, lord Ashburn —dijo Audrey—, pero no bailaré esta pieza.
El segundo fue un conde.
El tercero, un heredero de tierras excelentes.
El cuarto, un diplomático con fama de ingenioso.
El quinto, el príncipe alemán.
Audrey los rechazó a todos.
Con educación.
Con una sonrisa impecable.
Sin una sola descortesía que pudiera convertirse en reproche.
Y, aun así, los rechazó.
Cada vez que abría el ridículo para sacar el abanico o fingir que buscaba el pañuelo, sus dedos rozaban el pequeño envoltorio de flores secas.
El contacto era breve, casi accidental. Suficiente para traerle olor a piedra húmeda, lana, humo, cuero y la voz de Malcolm diciendo que no la recibiría como invitada si volvía.
Alexander la observaba desde la distancia.
No intervenía.
No hacía preguntas.
Pero Eliza, junto a él, dijo en voz baja:
—No baila.
—No.
—¿Te preocupa?
Alexander miró a su hija, bella, perfecta, inaccesible, rodeada de todo cuanto alguna vez se había considerado adecuado para ella.
—Me preocuparía más si lo hiciera.
Eliza no respondió enseguida.
Luego suspiró, casi sin sonido.
—Entonces es grave.
—Sí.
—¿Y tú qué harás?
—Esperar a que lo admita, no me desagrada la idea de que mis hijos se casen con escoceses. Yo hice lo mismo, ¿no es así?
—Y no te ha ido mal —respondió Alexander.
—No del todo.
Alexander casi sonrió.
Audrey permanecía junto a una de las columnas cuando la orquesta empezó una pieza más viva.
No era una ceilidh. No había gaitas, ni tacones golpeando piedra, ni niños dormidos contra perros, ni Ewan haciendo reír a medio castillo, ni MacNair vigilando comida como si defendiera una fortaleza, ni Mòrag tirando de su mano con la seguridad de una reina pequeña.
Era música perfecta.
Demasiado perfecta.
Y de pronto vio Glenmuir con una claridad que casi la obligó a cerrar los ojos.
Mòrag empujándola hacia Malcolm.
La risa de Cathaline desde una silla, todavía débil y feliz de observar demasiado.
Mairi burlándose de Douglas con la cara pálida y los ojos vivos.
Fiona mirando a Edward como si discutir fuera una forma de hablar natural.
Ewan haciendo una reverencia absurda.
El viejo Iain golpeando el bastón.
La flor de brezo en el plaid de Malcolm.
Su mano en la suya.
«Por una vez, milady, deje de pensar antes de moverse».
Y ella había reído.
Allí.
En el castillo más pobre, más húmedo, más absurdo y más ruidoso donde había puesto los pies.
Jamás había sido tan feliz.
La comprensión fue tan sencilla que resultó devastadora.
Una voz junto a ella la obligó a volver.
—Ha rechazado usted a todo hombre con piernas funcionales de esta sala.
Audrey giró la cabeza.
Su padre estaba a su lado.
—Creo que algunos aún conservan la esperanza de que cambie de opinión.
—Uno de ellos es un príncipe.
—Sus piernas no parecían superiores por ello.
—No.
—¿No qué?
—No vas a hacerlo fácil.
Audrey abrió el abanico.
—No estoy segura de que haya algo fácil que hacer.
El Duque de Hamilton asintió.
No necesitó más.
Durante el resto de la velada, Audrey siguió allí como debía estar: hermosa, perfecta, hija de duque, heredera de una educación impecable y un apellido capaz de abrir cualquier puerta.
Respondió cuando le hablaron. Sonrió cuando correspondía.
Agradeció cumplidos. Aceptó limonada. Rechazó otro baile.
Y por dentro se fue rompiendo con una precisión cruel.
Al terminar la noche, antes de que llamaran al carruaje, Audrey salió a la terraza.
Necesitaba aire.
El jardín de la casa Pembroke estaba iluminado por faroles. La noche londinense era más suave que la de Glenmuir. Una pareja reía al otro extremo de la terraza y desapareció por una puerta lateral al verla.
Audrey llegó hasta la balaustrada.
Apoyó una mano enguantada sobre la piedra.
Y entonces lloró.
No una lágrima.
No el pequeño desliz permitido a una dama sensible.
Lloró como no recordaba haber llorado nunca.
Sin sonido al principio. Después con una respiración entrecortada que la avergonzó demasiado tarde.
Se llevó una mano a la boca, pero no pudo detenerlo.
Lloró por Malcolm. Por Glenmuir. Por la carta.
Por la anciana que la había llamado prometida del laird.
Por el baile que no había querido bailar.
Por las joyas que pesaban demasiado. Por la vida que había esperado y que de pronto se le hacía estrecha.
Y lloró, sobre todo, porque ya no sabía volver a ser la mujer que había sido antes de entrar en aquel castillo escocés.
Alexander la encontró así. No dijo nada al principio ni se acercó demasiado deprisa. Se limitó a cerrar la puerta de la terraza a su espalda, con cuidado, para dejarla a salvo de las miradas curiosas del salón.
Audrey intentó recomponerse al oírlo. Enderezó la espalda, se llevó los dedos a las mejillas y buscó, por puro instinto, la dignidad de siempre; pero aquella vez no la encontró. El esfuerzo fracasó de una forma tan humillante, tan humana, que solo consiguió hacerla llorar más.
—No puedo —dijo al fin.
Alexander esperó.
Ella se giró hacia él con el rostro mojado, los diamantes en el cuello y el orgullo hecho pedazos.
—Papá... no quiero esto.
No quería aquello.
No Londres.
No los salones.
No los caballeros impecables.
No una temporada entera fingiendo que las Highlands habían sido solo una demostración de orgullo Hamilton.
Alexander la contempló mucho rato. En sus ojos no apareció la sorpresa. Comprendió, con una claridad dolorosa, que su hija había elegido.
—Entonces no lo tengas.
Audrey soltó una risa rota.
—No es tan sencillo.
—No. Pero es más sencillo que mentirte durante treinta años.
Ella se limpió las mejillas con los dedos, arruinando probablemente alguna obra de Jane.
—No sé qué soy si no soy esto.
Alexander se acercó entonces.
—Eres mi hija.
—Eso no basta.
—No. Pero es un comienzo.
Audrey cerró los ojos.