La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Una semana después de regresar a Hamilton Lodge, Audrey Hamilton descubrió que el orden podía ser una forma mucho más cruel de desamparo que el caos.

La casa funcionaba como siempre.

Eso era lo peor.

A las siete se abrían las cortinas de los salones orientados al este.

A las ocho, el servicio de desayuno aparecía con la precisión de un ejército bien entrenado.

A las nueve, su madre revisaba cartas, invitaciones, visitas y compromisos con esa exactitud implacable que hacía de Eliza Hamilton una duquesa imposible de engañar y una madre capaz de saber, solo por el modo en que una taza quedaba colocada sobre un plato, si alguien había dormido mal.

Todo estaba donde debía estar.

Los jarrones tenían flores frescas.

Las alfombras no olían a humedad.

Las chimeneas obedecían.

Los criados aparecían sin ser llamados dos veces.

Y, sin embargo, Audrey se despertaba cada mañana con la sensación de haber dejado algo esencial en una casa donde los tejados goteaban, las piedras estaban frías y una anciana podía llamarla prometida del laird sin pedir permiso al sentido común.

Cathaline se había recuperado con una rapidez casi ofensiva.

El susto del río, la fiebre y los días de palidez habían dejado tras de sí una versión todavía más luminosa de ella.

Caminaba despacio, por orden de su tía Georgiana, pero lo hacía con tal gracia que parecía fingir convalecencia por diversión.

Tenía el cabello rubio de nuevo brillante, los ojos claros llenos de insolencia y la clase de belleza que no necesitaba presentación en sociedad para hacer que un salón cambiara ligeramente de temperatura.

—Es injusto —dijo una mañana, dejándose caer sobre un diván con un chal claro sobre los hombros—. Tú irás al baile de los Pembroke y yo debo quedarme aquí comportándome como una criatura delicada.

Audrey levantó la vista de la carta que no estaba leyendo.

—Casi te ahogas hace unas semanas.

—Ese es un argumento muy repetitivo.

—También muy sólido.

Cathaline suspiró, dramática y preciosa.

—Me falta un año para debutar. Un año entero. Para entonces, todos los hombres interesantes se habrán casado, muerto o vuelto aburridos.

—Conociendo tu criterio, quizás las tres cosas te parecerán igual de entretenidas.

Cathaline sonrió.

—No. Los aburridos son imperdonables.

Desde el otro extremo del salón, Richard preguntó sin levantar la cabeza de un libro de ilustraciones:

—¿Los hombres se vuelven aburridos al casarse?

—Solo algunos —respondió Cathaline.

—¿Padre?

—Padre nunca se casó del todo con la normalidad —dijo Audrey.

Richard pareció satisfecho con la respuesta.

Mairi Sinclair, instalada en una habitación soleada del ala sur, también había empezado a cambiar.

No de forma milagrosa.

La vida no era tan amable.

Pero el aire de Devonshire no la atacaba con la misma violencia que el de Glenmuir.

Dormía mejor. Tosía menos por las noches.

Comía bajo la vigilancia feroz de Morna, quien se había enfrentado al cocinero de Hamilton Lodge el segundo día porque, según ella, ninguna sopa que brillara de forma elegante podía alimentar a nadie con sangre decente.

Georgiana —hermana de Eliza, médica por terquedad y escándalo social— había examinado a Mairi con una seriedad que no dejó espacio a la cortesía vacía.

Habló de una consunción pulmonar en estado temprano, de reposo, aire templado, habitaciones secas, buena alimentación y la necesidad de mantenerse lejos de la humedad escocesa durante una larga temporada.

Morna escribió esa misma tarde al laird de Glenmuir.

Audrey la encontró en el escritorio de la biblioteca, escribiendo con una lentitud furiosa.

—¿Informa a Malcolm? —preguntó.

Morna no levantó la vista.

—Le digo al muchacho que su hermana respira mejor, come poco, protesta demasiado y no ha muerto. Suficiente para que no ensille el caballo esta misma noche.

Audrey sintió una punzada en el pecho al imaginar a Malcolm recibiendo la carta.

—Se preocupará de todos modos.

—Claro que sí. Es Sinclair. Si no tienen una preocupación, la fabrican.

Audrey casi sonrió.

Douglas se comportaba con Mairi como un anfitrión perfecto.

Ni más ni menos.

Le ofrecía el brazo cuando ella descendía las escaleras.

Se aseguraba de que una silla estuviera cerca de las ventanas con mejor luz.

Mandaba retirar corrientes de aire con la misma severidad con la que habría ordenado cerrar una frontera.

No se mostraba sentimental. No buscaba conversaciones innecesarias.

No parecía, ni por un momento, un muchacho enamorado.

Eso, precisamente, fue lo que empezó a desarmar a Mairi.

La cortesía de Douglas no exigía respuesta. No la invadía. No la trataba como porcelana. No la llamaba frágil. Simplemente estaba allí, atento de una manera tan educada que resultaba imposible acusarlo de nada.

—Es irritante —le dijo Mairi a Audrey una tarde, cuando Douglas acababa de abandonar el salón tras dejar junto a ella un libro de poesía escocesa sin mencionar que lo había buscado expresamente.

—¿Quién?

Mairi la miró.

—No finja. Lo hace fatal cuando le conviene.

Audrey volvió la página de su libro.

—Mi hermano es muchas cosas. Irritante se encuentra entre ellas.

—No lo bastante.

—Eso sí es una queja nueva.

Mairi bajó la mirada hacia el libro.

—Sería más fácil si fuera arrogante.

—Lo es.

—Conmigo no.

Audrey pensó en Malcolm. En sus manos. En su orgullo. En el modo en que se había quedado quieto mientras el carruaje se alejaba.

—Eso es peor —comprendió ella.

Mairi la miró con demasiada atención.

—Sí —respondió al fin—. Empiezo a sospecharlo.

Edward había regresado a sus libros con la naturalidad de quien considera que una temporada de ríos, gaitas, clanes y amenazas paternas era una interrupción razonable, pero no un cambio de personalidad.

Richard llenaba la casa de preguntas sobre Glenmuir, los cuchillos, las gaitas, los caballos, si Malcolm era más alto que Douglas, si Ewan tenía intención de visitar Devonshire, y si Morna podía enseñarle a insultar en gaélico.

La Duquesa de Hamilton organizaba la temporada.

Lo hacía como organizaba todo: con listas, horarios, colores, nombres, afinidades, jerarquías y un orden casi matemático que habría intimidado a media nobleza si la nobleza hubiera sabido cuánta precisión se escondía detrás de una sonrisa amable.

La temporada social ya había comenzado sin Audrey, pero no demasiado tarde para una hija Hamilton.

Había invitaciones.

Muchas.

Demasiadas.

Y Audrey descubrió que el mundo que había esperado durante años seguía allí, brillante, dispuesto y suyo.

Solo que ella ya no lograba reconocer del todo a la mujer que debía entrar en él.

La carta apareció una tarde gris, mientras Jane ordenaba el escritorio.

Audrey estaba junto a la ventana, mirando los jardines con un libro abierto en la mano y sin haber leído una sola línea. Jane movía papeles, sobres, notas de visita y viejas invitaciones con su discreción habitual hasta que se quedó quieta.

—Milady.

Audrey volvió la cabeza.

—¿Sí?

Jane mostraba un sobre.

No hacía falta verlo de cerca.

Audrey lo reconoció por la forma.

Por el sello roto.

Por el modo en que su cuerpo reaccionó antes que su cabeza.

—Estaba entre los papeles que trajo de Glenmuir —dijo Jane—. He pensado que quizás desearía guardarla aparte.

Audrey dejó el libro sobre la mesa.

—Démela.

Jane obedeció y se retiró sin preguntar.

Audrey permaneció de pie con la carta en la mano durante varios segundos. Después se sentó. No porque lo necesitara. Porque había cartas que exigían una silla.

La abrió.

La letra de Malcolm seguía siendo la misma: fuerte, inclinada, oscura, demasiado presionada contra el papel. Una letra que parecía escrita por un hombre poco acostumbrado a pedir y demasiado acostumbrado a resistir.

Brodick.

La palabra antigua entre familias.

El asunto Sinclair-Hamilton.

La necesidad de que lo firmado se cumpliera.

Y, si no era posible dar el castillo, una esposa Hamilton que sellara aquello que el tiempo y los abogados habían deformado.

La primera vez que la leyó, Audrey había visto arrogancia.

Había visto un insulto.

Un laird escocés arruinado atreviéndose a poner precio a una hija Hamilton.

Había odiado cada línea.

Había odiado la mano que la escribió.

Ahora leyó la misma carta y vio lo que no había sabido ver.

El orgullo seguía allí. Por supuesto que sí.

Malcolm Sinclair era incapaz de escribir sin orgullo.

Pero también vio la desesperación entre las frases.

Vio a un hombre acorralado por bancos, invierno, arrendatarios, niños, ancianos y una hermana que se consumía en una habitación húmeda.

Vio a un laird que no pedía caridad porque la caridad habría terminado de humillarlo.

Vio a un hombre que había usado las peores palabras posibles porque no sabía usar otras sin romperse.

«Una esposa Hamilton».

Audrey tocó esa frase con la yema del dedo.

En otro momento le había parecido una amenaza.

Ahora le dolió por otro motivo.

Qué poco sabía de Malcolm.

Qué poco sabía del mundo.

Y qué fácil le había resultado juzgar una necesidad que nunca había tenido que sufrir.

No lo perdonó todo.

No era una santa.

Malcolm había sido bruto, orgulloso, torpe y peligroso en aquella carta.

Había hablado de ella como si pudiera convertirse en un pago antes de conocer siquiera su voz.

Pero Audrey, que había visto Glenmuir, que había sentido la mirada de su gente en el patio, ya no podía leer aquella carta como si solo contuviera insolencia.

También contenía miedo.

Dobló el papel despacio.

No lo guardó con los documentos.

Lo llevó al cajón donde estaban las flores secas.

El día del baile de los Pembroke, Eliza entró en la habitación de Audrey antes que las doncellas terminaran de prepararla.

—Hoy no —dijo.

Jane se detuvo con un peine en la mano.

—¿Su Excelencia?

—Yo acabaré de vestir a mi hija.

Nadie discutió.

Ni Jane.

Ni Audrey.