La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 19 #4
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Capítulo 19 #4

La joven Sinclair había descendido con ayuda de Douglas, aunque había vuelto a protestar exactamente tres veces.

Estaba pálida, agotada por el viaje, envuelta en un chal oscuro y acompañada por Morna, que miraba Hamilton Lodge como si evaluara cuántas habitaciones inútiles podía contener una casa antes de empezar a considerarla indecente.

Mairi mantenía la espalda recta.

Orgullosa incluso cuando apenas podía sostenerse.

Eliza se acercó a ella con una calidez que no tenía nada de compasión y todo de autoridad.

—Lady Mairi Sinclair, bienvenida a Hamilton Lodge.

Mairi inclinó la cabeza.

—Su Excelencia. Gracias por recibirme.

—Ustedes recibieron a mis hijos.

—Intentaré no ser una molestia.

—Eso no se lo recomiendo. En esta casa todos lo son en distinta medida. Es la única forma de encajar.

Richard la observaba con la boca abierta.

—¿Es usted de Glenmuir?

Mairi miró al niño.

—Sí.

—¿Conoce al laird?

—Algo.

—¿Es verdad que todos llevan cuchillos?

—Richard —lo reprendió Eliza.

Morna respondió antes que nadie:

—Solo los útiles.

Richard abrió los ojos con admiración.

—¡Qué sitio tan maravilloso!

Morna miró a la duquesa de Hamilton.

—El niño tiene criterio.

Douglas, junto a Mairi, no sonrió. Pero sus ojos cambiaron.

Mairi lo vio.

Se molestó por haberlo visto.

—Puedo caminar —repitió, porque necesitaba recuperar terreno.

Douglas le ofreció el brazo.

—Y yo puedo ser un buen anfitrión.

—Entonces deje de aparecer cada vez que doy un paso.

—Estoy en el mismo camino.

—Su casa, milord, es enorme.

—Por eso será mejor no perder a nuestra invitada en la entrada.

Eliza miró de uno a otro.

Alexander también.

Audrey lo vio todo y, a pesar del cansancio, guardó aquella escena en algún lugar de su memoria para cuando necesitara preocupar a Douglas con ella.

Mairi aceptó el brazo de Douglas.

Solo porque estaba cansada.

Por supuesto.

Entró en Hamilton Lodge como una Sinclair bajo techo Hamilton: pálida, digna, desconfiada y con el corazón mucho más agitado de lo que su rostro permitía mostrar.

Vestía un sencillo traje de lana verde oscuro, impecablemente cepillado, pero muy lejos de las sedas y terciopelos que llenaban aquella casa.

El tartán Sinclair descansaba sobre sus hombros, sujeto con un modesto broche de plata ya desgastado por los años.

Su cabello rubio, recogido con sencillez, no llevaba más adorno que una cinta.

No necesitó levantar la vista para comprender que todo a su alrededor hablaba un idioma distinto al suyo: mármoles relucientes, lámparas de cristal, alfombras que amortiguaban los pasos, cuadros de antepasados vestidos con un lujo que en Glenmuir habría bastado para alimentar a varias familias durante un invierno.

Por un instante sintió que llevaba consigo el olor de la turba, del brezo y del humo de las chimeneas, como si las Highlands hubieran entrado con ella en aquella mansión donde hasta el aire parecía demasiado refinado. Pero también notó otra cosa: que sus pulmones respiraban con más facilidad.

Aquella noche, Audrey volvió a su habitación.

Todo estaba igual.

Ese fue el problema.

Las cortinas color turquesa. La cama perfecta. La cómoda de nogal. El tocador con sus perfumes. El olor a flores frescas. La alfombra suave bajo los pies. El fuego limpio y obediente. El armario abierto por Jane, lleno de vestidos preparados para una temporada que ya había empezado sin ella.

Vestidos de seda.

Muselina.

Azul, blanco, rosa pálido, marfil.

Guantes nuevos.

Sombreros.

Cintas.

Una vida esperándola en perchas.

Sobre la mesa había varias cartas. Invitaciones. Una de ellas, con sello de Londres, anunciaba un baile importante, uno al que semanas atrás Audrey habría asistido con la seguridad de quien sabía exactamente cuál era su lugar en el mundo.

Tomó la invitación.

La dejó de nuevo.

Luego abrió el pequeño cajón donde había guardado el pañuelo con las flores secas que Malcolm le había regalado.

Las tocó con la yema de los dedos.

Frágiles.

Torcidas.

Sin valor.

Las flores más peligrosas que había recibido nunca.

Jane estaba detrás, esperando órdenes.

—¿Desea que prepare el vestido para la cena, milady?

Audrey miró el armario.

Luego las flores.

Hamilton Lodge seguía siendo su hogar.

Su madre estaba cerca.

Su familia estaba a salvo.

Las habitaciones eran cálidas, las chimeneas no combatían contra el viento, los criados no discutían en gaélico. Todo era perfecto.

Todo era correcto.

Todo era suyo.

Y, por primera vez en su vida, no le bastaba.

Cerró la mano alrededor de las flores secas.

—No, Jane. Todavía no.

—¿Milady?

Audrey miró hacia la ventana. Más allá de los cristales no estaban las montañas. No estaba la piedra oscura de las murallas. No estaba Malcolm de pie bajo el arco, sin levantar la mano.

Pero ella lo vio de todos modos.

—Déjeme un momento.

Jane salió.

Audrey se quedó sola entre los vestidos de una temporada que el mundo había preparado para ella y las flores pobres de un hombre que no le había prometido una vida fácil.

Y comprendió, con una claridad que dolía más que la despedida, que había regresado a casa.

Pero su corazón no había llegado entero.