Capítulo 19 #3
Como una montaña.
El carruaje se puso en marcha.
Las ruedas crujieron. Los caballos avanzaron. Glenmuir empezó a alejarse de una forma lenta y cruel.
Audrey no lloró mientras los ojos verdes de Malcolm podían verla.
No cuando pasaron junto a la anciana que la había llamado prometida del laird.
No cuando Ewan inclinó la cabeza.
No cuando MacNair se limpió las manos en el delantal con demasiada brusquedad.
Pero cuando el arco de Glenmuir quedó atrás y el castillo empezó a desdibujarse en la niebla, una sola lágrima le resbaló por la mejilla.
Cathaline la vio.
No dijo nada.
Solo tomó su mano bajo la manta.
En el patio, Malcolm siguió de pie mucho después de que los carruajes desaparecieran.
Mairi se había ido.
Audrey también.
El viejo Iain se acercó despacio y se detuvo a su lado.
Durante un rato solo miraron el camino.
—Volverán —dijo Iain. Malcolm no respondió—. Las dos.
El laird de Glenmuir tragó saliva.
—No lo sabe.
Iain apoyó una mano nudosa en su hombro.
—No. Pero soy viejo. A veces eso basta para mentir con autoridad.
Malcolm soltó una respiración que casi fue una risa.
Casi.
—Vuelva dentro, Iain.
—Cuando tú te muevas.
Malcolm miró el arco vacío.
Luego el castillo.
Luego a su gente, que aún esperaba sin saber qué necesitaba su laird.
Al final dio un paso.
Solo uno.
Pero fue suficiente para que Glenmuir volviera a respirar.
El viaje hacia el sur no tuvo el dramatismo de la partida.
Quizás por eso resultó más difícil.
La primera jornada fue lenta, con el paso de Achnaburn cruzado bajo la vigilancia de los hombres de Alexander.
El agua ya no rugía como una bestia, pero aún corría con suficiente fuerza para recordarles a todos que Cathaline había estado a punto de no volver a ningún lugar.
La muchacha cerró los ojos bajos al cruzar.
Ewan no estaba allí. Aun así, Audrey tuvo la impresión de que Cathaline pensaba en él.
Después llegaron caminos mejores.
Posadas más limpias.
Criados que hablaban con voces más suaves.
Camas menos húmedas.
Fuegos que no olían tanto a turba.
Cada milla hacia Inglaterra parecía devolverles una capa de civilización inglesa.
La señorita Worth recuperó color. Jane dejó de mirar cada puente como si ocultara intención criminal.
Cathaline empezó a comer con menos esfuerzo.
Edward volvió a leer. Douglas cabalgó a menudo cerca del carruaje donde viajaba Mairi.
No demasiado cerca.
Lo bastante.
Mairi lo notó.
Morna también.
—Ese muchacho mira mucho el camino para alguien que ya conoce la dirección —gruñó la anciana.
Mairi fingió no entenderla.
—Es el heredero de Hamilton. Supongo que mira todo con aire de propiedad futura.
—Ajá.
—No haga ese sonido.
—¿Qué sonido?
—El de las viejas que disfrutan siendo insoportables.
En una de las paradas, Douglas ayudó a Mairi a bajar del carruaje. Ella estaba más cansada de lo que quería admitir, con las mejillas demasiado pálidas por el traqueteo del camino.
—Puedo caminar —dijo antes de que él abriera la boca.
Douglas le ofreció la mano.
—Y yo puedo ser cortés.
—Entonces no me mire con lástima.
—La miro como a una persona que acaba de viajar varias horas y tiene derecho a aceptar ayuda sin convertirlo en una guerra.
Mairi lo miró.
—Habla muy bien cuando quiere.
—Gracias. Mi hermana Audrey me enseñó casi todo lo que sé.
Douglas la ayudó a bajar sin añadir nada sentimental. No la sostuvo más de lo necesario. No hizo comentario alguno sobre su debilidad. Simplemente estuvo allí, firme, correcto, tan tranquilo que Mairi habría preferido poder acusarlo de arrogancia para defenderse mejor.
Cuando sus pies tocaron el suelo, él la soltó.
Mairi descubrió que aquello le molestaba.
Lo cual era absurdo.
Y por tanto inaceptable.
—Gracias —dijo.
—De nada.
Morna, desde el carruaje, hizo un sonido sospechosamente parecido a una risa.
Hamilton Lodge apareció varios días después como si alguien hubiera pintado el mundo de nuevo.
Después de la piedra oscura de Glenmuir, de sus pasillos húmedos, sus patios ruidosos, sus chimeneas obstinadas y sus muros llenos de historia, Hamilton Lodge parecía casi imposible.
Jardines cuidados incluso en otoño, ventanas brillantes, senderos ordenados, criados alineados, fuego limpio, olor a cera, flores frescas y madera pulida.
No había perros atravesando el patio como si heredaran tierras.
No había niños gritando en gaélico desde escaleras.
No había ancianos interpretando mantas como matrimonios.
Todo era perfecto.
Audrey sintió que el pecho se le oprimía.
No de rechazo.
De reconocimiento.
Hamilton Lodge era su casa.
Y precisamente por eso le dolía descubrir que ya no la hacía feliz del todo.
Eliza Hamilton, su madre, esperaba en la entrada.
No bajó corriendo los escalones. Era duquesa hasta en la preocupación. Pero cuando el primer carruaje se detuvo y Audrey descendió, toda aquella compostura se quebró lo suficiente.
—Audrey.
La abrazó.
No como una dama.
Como una madre.
Audrey cerró los ojos y, por un instante, fue hija otra vez. Olió el perfume de Eliza, limpio, familiar, con esa nota suave que siempre le había recordado a seguridad. Le temblaron las manos dentro de los guantes.
—Mamá.
Eliza la apartó lo justo para mirarle el rostro.
—Estás más delgada.
—Estoy bien.
—No empieces mintiéndome tan pronto.
Cathaline fue la siguiente.
Eliza se acercó a ella con una expresión que hizo que incluso la señorita Worth retrocediera medio paso.
—Cathaline Hamilton.
—Madre.
—Te has escapado.
—Sí.
—Mentiste.
—También.
—Casi te ahogas.
—No lo pretendía.
Eliza la abrazó con tanta fuerza que Cathaline soltó un pequeño sonido.
—Vuelve a hacer algo así y te encerraré en una habitación con la señorita Worth leyendo sermones hasta que cumplas treinta años.
—Eso sí sería crueldad.
La señorita Worth se llevó una mano al pecho.
—Lady Cathaline, me sorprende que todavía tenga fuerzas para la insolencia.
—A mí también. Es alentador.
Edward recibió un abrazo más breve, aunque Eliza le tocó el labio con una mirada peligrosa.
—¿Quién te ha hecho esto? —preguntó, aunque casi no se notaba el golpe pero había quedado una marca notoria.
—Una diferencia de opinión escocesa.
—Ya hablaremos.
—Eso suponía.
Douglas fue el último de los hijos en acercarse. Durante un segundo pareció otra vez el muchacho de Hamilton Lodge, no el heredero que había cruzado ríos y discutido con lairds. Eliza le tomó el rostro entre las manos.
—Gracias por traerlos de vuelta.
Richard apareció entonces corriendo desde el interior, seguido por una institutriz desesperada.
—¡Audrey! ¡Cath! ¡Edward! ¡Douglas! ¿Es cierto que hubo un río? ¿Y un laird? ¿Y un castillo lleno de espadas? ¿Y que Cathaline casi murió? ¿Y que Douglas iba a matar a alguien?
—Richard —dijo Eliza.
—Solo pregunto lo importante.
—Pregunta menos y abraza más —ordenó el padre.
Richard obedeció con entusiasmo.
Luego vio a Mairi.